El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 29
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Capítulo 29

Nos fuimos, y casi no estábamos fuera de la casa cuando Kane empezó a quejarse de que Weaver había eludido deliberadamente la pregunta sobre la magia de sangre.

—Posiblemente vaya a sacrificar una cabra, o algo peor —murmuró—. Ese hombre es oscuro como la mierda.

—¿No te has creído eso de que Tullah sería capaz de saber quién la está llamando? —pregunté.

—No.

—¿Y todo lo demás que ha dicho?

Kane se encogió de hombros.

—No soy un sensor de la verdad. No parecía estar mintiendo, pero tampoco creo que dijera toda la verdad. Creo que es un maldito genio para decir cosas que sólo podría justificar a medias y esconder aquello de lo que no quiere hablar.

Puede que no le gustase cómo lo había utilizado, pero si dejábamos fuera las definiciones de magia, Kane y yo estábamos de acuerdo en muchas cosas.

Y, sin embargo, tenía la extraña sensación de que iba directa a tomar la decisión equivocada sobre Weaver: dejarme guiar por mi instinto, cuando debería estar pensándolo seriamente.

Kane no había terminado todavía.

—No confío en él y no creo que tengamos que hacer nada que lo implique. Si él y su comunidad pueden hacer ese hechizo, entonces Flint y yo también podemos.

—Excepto que ellos saben lo que están haciendo —señalé. Weaver era el líder de una comunidad de Adeptos. Debían de saber más de estas cosas que un par de fugitivos.

—Eso dicen ellos —remarcó Kane—. Y aunque lo sepan, ¿cómo sabes tú lo que están haciendo?

Rita y Scott volvieron a percibir la tensión.

Rita echó a Kane una mirada larga y helada que debería haberle dado más miedo del que le dio.

Podría hacerle callar. Sin tener en cuenta lo que él y Amanda decidieran finalmente, ahora, yo era la Señora de su Casa y se estaba pasando de la raya.

Scott no sabía qué hacer. El conflicto le molestaba hasta niveles que nunca había experimentado. Yo era su Alfa, pero tanto él como Kane eran parientes de Amanda, así que parte del instinto de Scott quería defenderle, mientras que la otra parte quería defenderme a mí.

No sabía cómo gestionarlo y eso lo enfadaba cada vez más.

Su ritmo cardiaco aumentó. Cogí su mano otra vez, esperando poder calmarle.

Entonces todos nos distrajimos al ver a Keith haciéndonos señales urgentes con las manos, mientras escuchaba algo en el comunicador que llevaba en el oído.

—Problemas —dijo—. Algunos miembros de la manada de El Paso no están contentos contigo y parece que tienen amigos en la Confederación. Hay un par de camionetas que se dirigen hacia aquí.

—¿Quién nos ha informado?

—Bian

« ¿Qué está haciendo rastreando hombres lobo? ¿Y por qué? »

No importa ahora.

Keith me dejó su comunicador.

« Eeeh… Ese auricular había estado en su oído. »

Me lo puse igualmente.

—¿Bian? ¿Un par de camionetas?

Escuché su breve resumen.

—Eso no suena como la Confederación —dije—. Ellos prefieren una superioridad abrumadora. Y, en cuanto a El Paso, no creo que fueran los miembros que estaban en la fábrica; Alex y yo lo habríamos sabido.

—Claro que habríais sabido si eran sinceros, Ojos Redondos.

Alex está aquí en Haven con tu nueva manada.

Le han dicho que Caleb y Victoria no estaban seguros de que Félix jugara limpio a la hora de llevarte a la fábrica o aceptar el desafío, así que tenían un equipo en Denver preparado para localizarte y atraparte. Ese es el equipo que te persigue.

¿Cómo? Dos cosas: ¿Alex en Haven? ¿Y el desafío de El Paso tenía que ver conmigo además de con la posición en la nueva super manada?

No tenía tiempo para preguntar mientras Bian seguía explicándome.

—Parece que El Paso también se estaba cubriendo las espaldas hablando con algunos hombres lobo de Wyoming. Puede que no sean de la Confederación. En resumen, que tienes dos camionetas con ocho o nueve hombres lobo dirigiéndose hacia donde estás, y no es para invitarte a bailar.

—¿Cómo diablos saben dónde estoy?

—Te estaban siguiendo con un dron. Te perdieron en la interestatal, y te volvieron a encontrar cuando aparcaste la camioneta gracias a la señal de infrarrojos.

—Vale. —Estaba claro que Bian había jaqueado sus teléfonos móviles. Otra señal de que todo eso no estaba muy bien planificado.

Planificado o no, no habría ninguna diferencia si moríamos.

Miré a Julie y Keith y a las bolsas de tela en el maletero del Hill Bicth.

—¿Tenemos suficiente para gestionar esto?

Asintieron.

Me preocupaba tener que pedírselo a Keith.

No estaba completamente en forma: cojeaba un poco después del disparo que recibió en Los Angeles, a pesar de haber recibido los mejores cuidados Athanate por parte de Yelena.

Pero, incluso así, ¿tres personas entrenadas por Ops 4-10, con refuerzos, contra un equipo de hombres lobo que posiblemente nunca habían trabajado o entrenado juntos?

A no ser que tuvieran algo extraordinario de lo que no estaba informada, no tenían ninguna posibilidad.

—Espera, Ojos Redondos, no tienes que hacer esto —protestó Bian.

—No puedo llevar esto al pueblo —dije.

—Podrías volver a casa de Weaver y esperar. He enviado a un equipo de Ops 4-10 y a una brigada de limpieza. Estarán contigo en unos veinte minutos.

Me reí.

—Ni hablar. Primero, no quiero estar en deuda con Weaver y, segundo, esta pseudo retirada sería mal percibida por mi nueva manada.

Bian me conocía lo suficiente como para aceptar eso.

Y mi razonamiento era correcto. Sobre todo, en lo que respecta a la manada. Por un momento, me pareció sensato volver y pedir ayuda a Weaver.

« Aparta eso y concéntrate. »

El antiguo entrenamiento de Ops 4-10 tomó el mando.

Cinco minutos más tarde habíamos distribuido nuestros recursos entre el Hill Bitch y el Dodge de Rita. Nos dirigíamos hacia la salida de Erie como si no supiéramos nada.

Había luces de faros detrás de nosotros.

—Gira a la derecha aquí —dije. Estaba utilizando la unidad de comunicación de Julie y hablando con Keith, que conducía el Hill Bitch.

Giramos al sur, evitando la amplia carretera de Erie Parkway que nos habría llevado directamente a la I25.

Miré al cielo, pero naturalmente no podía ver nada.

—Un Adepto fuerte podría derribar ese dron —dije a Kane.

¿Podría? ¿Yo podría alcanzarlo con la magia negra y derribarlo en el cielo?

¿Necesitaría pasar por Kane?

Estaba empezando a pensar que no podría. Algo me había pasado antes. Algo había cambiado. Había quitado el seguro.

—Yo podría —dijo Kane—. Pero es más fácil saturarlo.

Cerró los ojos y sentí un cosquilleo en la piel mientras lanzaba el hechizo.

Le dejé con ello, ignorando el cosquilleo en mis manos que quería mostrar que yo podía hacerlo mejor y más rápido.

—Keith, vamos a girar a la izquierda en la próxima, en la carretera de tierra. Y acelera, quiero un montón de polvo.

—Afirmativo —dijo Keith.

Segundos más tarde, el Hill Bitch giró violentamente y salió disparado por la carretera comarcal, con el polvo arremolinándose bajo nuestros faros.

—Adelante —dije a Rita, y ella salió en modo persecución, con una sonrisa y los ojos brillando de emoción. Mi mujer puma estaba disfrutando.

—Luces apagadas —dije.

Bian susurró una maldición en mi oreja.

—Están como a tres segundos detrás de ti, Ojos Redondos.

—¿Puedes hacer un giro con el freno de mano en medio de la carretera, Rita?

Se rio.

—Un segundo. A mi señal, Keith apaga las luces y vuelve aquí.

No era fácil, ya que no podía ver el Hill Bitch y no sabía a qué distancia estábamos.

—Rita… ahora.

El Dodge derrapó y giró sobre sí mismo para apuntar hacia donde habíamos venido.

—Fuera —les dije a David y Kane.

Tres pequeños segundos. Sólo había el polvo que habíamos levantado, que ya se estaba disipando.

Dos. Las luces de las camionetas que nos seguían. El Hill Bitch se puso a nuestra altura.

—¡Poned las largas y salid! —grité, mientras saltaba para alejarme.

Confiaba en mi instinto de preservación y en los ajustados tiempos de reacción de los hombres lobo, y no me defraudaron.

Las luces se apagaron cuando la camioneta de delante pisó el freno a fondo.

Luego dieron un volantazo. Y el camión que venía detrás chocó contra el de delante al pisar también el freno, que no funcionaba tan bien sobre tierra.

No fue un golpe fuerte, pero sí lo suficiente como para empujarlos a ambos hacia un lado.

« Fue un detalle por su parte no chocar contra mis vehículos. »

Julie disparó su MP5 y el parabrisas de la camioneta delantera se hizo añicos y se derrumbó hacia el interior.

Disparé ocho ráfagas rápidas a las ventanas laterales y las puertas del segundo vehículo.

Keith lanzó una granada de luz a la camioneta de delante. Rita lanzó la suya a través de las ventanas que acababa de romper. No eran letales, pero cualquiera que estuviera vivo en esas camionetas iba a quedarse sordo y ciego.

Un tipo saltó de la parte trasera. Levantó la escopeta. Miró a su alrededor con desesperación. Volví a disparar. Tap, tap. Tap. Cayó hacia atrás.

Cambié el cargador. Lo volví a colocar. Cargué el arma. Volví a buscar objetivos. Todo en un movimiento continuo.

Las granadas de luz estallaron. Estábamos protegidos por estar fuera, pero seguí viendo estrellas durante unos instantes.

Se abrió una puerta. David disparó la Sig. Un cuerpo se deslizó sobre la grava y se quedó allí.

No hubo fuego de respuesta. Y ya no lo habría.

Julie y Keith coordinaron la evacuación de la camioneta delantera.

David, Rita y yo nos ocupamos de la de atrás. No fue tan fluido, pero los dos lo habrían hecho bien en Ops 4-10.

Nueve atacantes.

Cuatro cadáveres.

Cuatro heridos. Uno probablemente no sobrevivirá.

Y un cachorro, con los pantalones mojados, temporalmente ciego y sordo, pero por lo demás milagrosamente ileso.

Alejado de nosotros, podía sentir que Kane estaba alterado. Y Scott estaba conmocionado, en parte por la violencia, en parte por su reacción de lobo ante ella.

Dejé de pensar en ellos y me concentré en la tarea que teníamos entre manos.

Cuando el equipo Ops 4-10 de Bian y la brigada de limpieza llegaron diez minutos más tarde, ya habíamos atendido a los heridos y cargado a los muertos en un camión.

Recibí un saludo y un «bien hecho» de la jefa del equipo Ops 4-10. La recordaba de mi época.

—¿Te ascendieron a sargento antes de que todo desapareciera, Annie?

—Sí, señora.

Me reí.

—Nada de señora. Soy una civil ahora.

—Si usted lo dice, señora. —Su labio tembló, pero su expresión cambió al mirar a los prisioneros. Era desoladora, como una tormenta que arrasaba las Rocosas.

—Esta noche no, Annie —murmuré, y me acerqué a ellos.

Golpeé ligeramente con el pie al cachorro.

—Levántate.

Se puso en pie a toda prisa, con el corazón a mil y el aliento apestando a miedo.

Olfateé.

—Tú no eres El Paso. ¿Cuál es tu manada?

—Cállate, muchacho. Ya estamos muertos de todas formas —dijo uno de los heridos.

Apunté con la Mk23 al que había hablado. Tan cerca, la boca del arma parecía un enorme cañón. Entendió el mensaje y se calló.

Sin el apoyo de su manada, el cachorro contestó.

—Black Hills, señora.

Black Hills y Thunder Basin era el nombre completo.

Según mis informaciones, no era una manada de la Confederación allí fuera en la frontera de Wyoming y Dakota del Sur.

Bastante grande, bastante lejos de la Confederación como para que se molestaran.

Pero lo suficientemente cerca como para querer ser amables.

Y la Confederación, frustrada en sus intentos de llegar a las Rocosas a través de Colorado, podría estar mirando al este, al otro lado de las llanuras.

¿Black Hills intentaba comprar una garantía de independencia?

—¿Conduces? —le pregunté.

—Sí, señora.

—Bueno, chico, te sugiero que cargues a los vivos en el maletero de esta camioneta y conduzcas toda la noche. Podrías llegar a Black Hills a tiempo para desayunar con tu Alfa. Y, entonces, le dices que me llame, si tiene pelotas, así me explica qué coño cree que está haciendo.

Hice un gesto y se agachó para ayudar al primero a ponerse en pie. El chico se movía poco a poco, como si estuviera esperando que le disparase por la espalda en cuanto se diera la vuelta.

Le di espacio y dediqué mi atención a los dos últimos, que estaban apoyados contra la camioneta.

Eran El Paso y habían escuchado perfectamente que los vivos tenían que irse.

—Ya no existe la manada de El Paso —dije—.

La manada que era El paso ahora me pertenece, a mí y a mi coalfa, por derecho de desafío.

Vosotros dos sois forajidos. Probad suerte con Black Hills o la Confederación si queréis, pero si os vuelvo a ver en Colorado seréis fertilizante, igual que los otros. Ahora, salid de aquí.

Lo entendieron.

Annie ya había organizado la segunda camioneta con su carga de hombres lobo muertos para la fábrica de fertilizantes. La brigada de limpieza estaba rociando productos químicos por la carretera para hacer desaparecer la sangre derramada durante la emboscada y el tiroteo posterior.

Ya habían acabado, pero me quedé un par de segundos más mientras Rita se encaraba con Kane, a poca distancia de donde los faros iluminaban el vaho de nuestro aliento.

—Sí, cinco vivos —dijo él, sin darse cuenta de que podía escucharle—. ¿Y qué pasa de los cuarto muertos que hay que añadir al total de la noche?

—Estás comportándote como un capullo, Kane. Nos habrían matado para llevársela. ¿Tu magia es buena parando las balas?

—Lo podríamos haber hecho de otra forma.

—Sí, y tú podrías estar muerto. Esta forma ha funcionado bien.

Sabes, según la ley de los hombres lobo debería haber matado a los supervivientes.

Posiblemente tendrá que convencer a Félix y Cameron para que no apliquen la política de tierra quemada con la manada de Black Hills, y si tiene éxito será porque ninguno de nosotros hemos resultado heridos.

Gracias a su forma de hacer las cosas. Tú marcas tus propios límites, pero no intentes hacer lo mismo con otra gente en el mundo real.

Especialmente, en el mundo de los hombres lobo.

Kane se retiró, parpadeando. Sabía algo de magia, pero muy poco de hombres lobo.

Elevé mi voz.

—Hora de ir a casa.

Además de reconstruir puentes con Kane sobre el tipo de magia que me resultaba natural, también iba a tener que educarlo sobre algunos de los aspectos más brutales de las comunidades paranormales. Al menos en lo segundo, esperaba que el resto de la Casa me ayudara.

Si fuera por ellos, Flint y Kane podrían haber vivido toda su vida sin traspasar los límites personales que se habían marcado.

Tal y como vivían, si alguna vez sentían que habían llamado demasiado la atención de los humanos, simplemente podrían seguir adelante y desaparecer.

Pero la historia había demostrado a las comunidades paranormales que su forma de actuar no funcionaba con grupos más grandes y complejos.

Nos repartimos entre las camionetas. Yo me fui con Rita. Kane optó por ir en el Hill Bitch. Me encogí de hombros. No habría sido ideal hablar con él en el coche, pero él se lo perdía; por mucho que me gustara el Hill Bitch, el Dodge de Rita tenía calefacción.