El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 23
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Capítulo 23

—¡Mierda!

Zane fue el primero en recuperarse. Me cogió por el brazo y me llevó al final del edificio, a una zona despejada donde había estado tocando la banda.

—Pero Scott y…

—Esas zorras los mantendrán a salvo —dijo—. Confía en ellas.

—Scott es un híbrido, no está preparado. Podría hacer cualquier cosa.

—No si ellas se lo impiden, y lo pueden hacer. Olvídate de ellos, de momento.

Estábamos en el extremo de la sala. La banda tocaba instrumentos acústicos, así que sencillamente habían salido corriendo y habían dejado el lugar vacío, a excepción de la arena en el suelo, que habían puesto para absorber la sangre.

Eso me afectó. El aturdimiento provocado por la lujuria desapareció y dio paso a la ira cuando Félix y Cameron aparecieron por la puerta principal. Lideraban un grupo de alfas.

¡Alex!

Mi corazón dio un vuelco.

Me hizo una mueca y negó con la cabeza cuando empecé a ir hacia él.

Zane me sujetó el brazo, lo suficientemente fuerte para hacerme un morado.

—Espera —siseó.

Félix vestía con su estilo informal habitual: unos tejanos oscuros y una camisa blanca impecable.

Sus ojos hundidos quedaban a la sombra bajo la luz intensa y tenía la boca apretada.

Por muy enfadado que estuviera, el Alfa de la manada de Denver irradiaba dominación.

Lo mismo ocurría con Cameron, a su lado.

Vestía unos pantalones rojos y un top azul claro que podrían haber salido directamente de las pasarelas de Milán, pero su expresión habría dejado helados a los amantes de la moda.

La última vez que los vi, Félix y Cameron se habían gruñido y escupido el uno al otro como dos leones machos que se disputan el liderazgo de la manada. A pesar de las apariencias, en ese momento Zane me aseguró que era un hecho consumado y que ya estaban prácticamente emparejados.

Parece que tenía razón. Prácticamente podía ver el vínculo entre ellos. Podía saborear su dominación, que siempre había sido intensa y ahora se había potenciado al estar emparejados.

Vaya, eso cambia las cosas en el mundo de los licántropos.

¿Pero eso es parte de su comportamiento esta noche?

Se alinearon y Alex asintió a la pareja de alfas, que dieron un paso adelante.

—Muchos de vosotros ya me conocéis —dijo el hombre—. Soy Caleb Oaken, coalfa de la manada de El Paso, junto con mi mujer Victoria.

Era alto y delgado, hombros anchos y cuerpo poderoso. Sus ojos eran de un gris oscuro y su pelo color paja. Tenía la piel bronceada de un hombre que pasa mucho tiempo en el exterior.

Su mujer era morena, unos centímetros más alta que yo, con ojos de cazadora y cuerpo de atleta.

Ella comenzó a hablar y, aunque su voz era suave, se le oía con claridad.

—Hemos dirigido la manada de El Paso durante más de cien años y han sido cien buenos años, amigos. Hemos hecho crecer la manada. La hemos liderado, la hemos cuidado, la hemos mantenido oculta a los humanos y hemos sido considerados con las manadas vecinas de nuestro territorio.

Hizo una pausa. El silencio sólo fue interrumpido por el chisporroteo de las llamas, hasta que comenzó a hablar de nuevo.

—Ahora entendemos los cambios que se nos avecinan. Sabemos que no podemos seguir escondidos para siempre y necesitamos un plan. Esta Liga del Sur es un buen primer paso; que es el motivo por el cual aceptamos formar parte de ella en cuanto nos lo propusieron.

Su marido volvió a tomar la palabra.

—Pero no somos una nueva manada que se vaya a limitar seguir la corriente.

Queremos ser parte del timón y no parte de los remos, si entendéis lo que quiero decir.

Y parece que eso puede ser un problema. —Miró a su alrededor—.

No tengo ningún problema con la buena gente que estoy encontrando en la Liga del Sur.

Pero sí que tengo un problema con el punto en el que se encuentran.

Como ha dicho mi mujer, hemos sido alfas durante cien años.

Eso nos da una perspectiva, y esa perspectiva es necesaria para la Liga.

Alfas que sólo están en el puesto desde hace unos meses están en una posición muy alta y, por el bien de todos vosotros, necesitamos experiencia en la dirección.

Hubo un murmullo de acuerdo entre los hombres lobo.

A mí sólo me sirvió para aumentar mi rabia. Sólo eran una pareja de oportunistas que buscaba una forma fácil de ascender en la jerarquía de la Liga.

—Por eso desafiamos a la manada Deauville —dijo Victoria.

Sus ojos barrieron la multitud hasta que me encontraron y se quejaron fijos en mí—.

No están dispuestos a ceder el puesto, como es su derecho, y por eso estamos en este punto muerto.

Les desafiamos por su manada y su posición, como es nuestro derecho.

Los Alfas de El Paso dieron un paso atrás y Félix miró hacia Alex, quien negó con la cabeza. No iba a ceder; no podía ceder y no estaba interesado en hablar sobre eso.

Hubo movimiento alrededor de Zane y de mí. La manada Deauville se congregaba. Nick y Olivia. Incluso Úrsula y Rick, aunque ambos fueran todavía oficialmente lugartenientes de la manada principal de Denver.

A su lado, Rita, la lugarteniente de Zane en Albuquerque, estaba allí para apoyarlo.

Cameron se aclaró la garganta, sin mirarme a los ojos.

—A pesar de las conversaciones, parece que no podemos solucionarlo de manera amigable, y eso representa un problema para Félix y para mí.

No estamos dispuestos a arriesgarnos a perder a la mujer que, como todos sabéis, dirige los rituales de transformación además de ser la coalfa de Deauville.

Pero no podemos prohibir los desafíos. Así que hemos tomado la decisión de que este desafío siga adelante con un combate individual entre Alexander Deauville y Caleb Oaken.

La ira que se había ido acumulando en mi cabeza explotó.

—¡No! —grité.

Aparté la mano de Zane, que intentaba sujetarme, y di un paso adelante.

Cameron levantó una mano.

—Amber, no puedes…

—No, Cameron, tú no puedes. No puedes relegarme sin ni siquiera hablar conmigo primero. Esto no es la Confederación, donde nombran a dedo a los Alfas que quieren en sus submanadas. Soy coalfa de la manada Deauville. Aceptamos el desafío, El Paso. Para la manada y para la posición. Hasta la muerte.

La conmoción se extendió por el edificio.

Algunos nos gritaron su apoyo, contagiados por mi ira porque les parecía lo correcto, les parecía más propio de un hombre lobo que el estúpido argumento de El Paso.

El asombro también era evidente en los rostros de los Alfas. Todos ellos, especialmente los de El Paso.

Eso me cabreó todavía más.

—Todos vosotros. —Señalé a los Alfas y luego me giré para mirar a los demás—.

No somos animales, y esas reglas no están escritas en ningún lugar que no sean nuestros instintos y costumbres, que no tenemos por qué seguir.

No tenemos que hacerlo de esta forma. Pero, oye, aquí estamos.

¡Genial! Si sois lo suficientemente estúpidos como para seguir funcionando así, entonces seréis lo suficientemente estúpidos para aceptar las posibles consecuencias.

Incluso si eso significa que las manadas se reduzcan de nuevo.

Podía sentir la furia que había causado mi arrebato, especialmente en Félix y Cameron.

Me daba igual.

Alex estaba a mi lado, tan enfadado como yo.

—Mierda, Amber, ¿qué has hecho?

—Lo correcto, ¿no? Que les den.

Menuda respuesta. Sus ojos se volvieron dorados como los de un lobo.

—Esto va en serio.

—Lo siento. Sé que es muy serio, pero se supone que somos coalfas. Pase lo que pase, tiene que pasarnos a los dos, o nuestra manada Deauville habrá sido una mentira.

—¡No! —se le escapó—. Me convencieron… —Bajó los ojos—. Lo siento. No debería haber aceptado. No podía enfrentarme a la posibilidad de perderte. No puedo. A lo mejor podríamos ceder. No necesitamos ser parte de esta jerarquía.

—No, no podemos ceder, Alex. En el fondo, sabes que no podemos. —Agarré su cabeza y la sacudí, tal y como Billie había hecho conmigo un poco antes—. Céntrate, no tenemos tiempo. Peleamos. Podemos hacerlo. ¿Qué táctica crees que podemos aplicar?

Alex cerró los ojos un momento. Su ritmo cardíaco bajó del pico en el que estaba.

—Igual que antes. Tengo que atacarle —dijo finalmente, señalando a Caleb con la mirada—. Pero necesitaré todas mis fuerzas. Tú tienes que mantener a esa zorra alejada de mí, y no es un peso pluma.

—Tenemos un plan.

—Teníamos un plan. Un estúpido plan que tenía sentido desde un punto de vista político. Lo siento. —Sus ojos se dirigieron hacia Félix y Cameron—. Ahora tenemos un par de problemas, incluidos ellos…

—Cada cosa a su tiempo —le corté—. Peleamos con El Paso. Le matas. Nos olvidamos de ella. Aunque no tenga experiencia peleando como lobo, conozco algunos trucos que ella no habrá visto.

Era un farol, para hacerle sentir mejor. No estaba segura de que me creyera, pero no teníamos tiempo: Caleb y Victoria ya se estaban desnudando.

Sin su ropa, todavía parecían más fuertes.

Un segundo después, se habían transformado en lobo. Negro, gris y blanco. Grandes colmillos como cuchillos. Se estiraron y se sacudieron como un par de deportistas calentándose, sin parecer preocupados por el enfrentamiento.

Alex y yo nos quitamos la ropa.

En una mala situación, tenía que elegir la estrategia más sencilla: confiar en que Alex matase a Caleb antes de que Victoria pudiera matarme a mí, o que pasara por encima de mí para ayudar a Caleb contra Alex.

Sabía que mi papel defensivo no me sentaría bien cuando estuviera en forma de lobo.

A cuatro patas, querría atacar, pero no tenía suficiente experiencia para eso.

¿Qué tenía? Probablemente más fuerza y velocidad de las que mi oponente esperaba.

Pero me faltaba el impulso que podría haber tenido gracias a los instintos de lucha de Hana, mi guía espiritual.

¿Mi eukori? Lo expandí y conecté con mi Casa: la determinación fría y centrada de Alex, la fe absoluta de David, la agitación de Scott.

La incertidumbre de Kane. Quizá se preguntaba si podría salirse con la suya ayudándome.

Pero sería difícil usar el eukori durante una pelea, y no habría forma de que pudiera obligar a Victoria a no atacar.

Entré en contacto con los Alfas de El Paso. Una sensación de confianza. Entusiasmo. Sed de sangre.

Quizá el eukori me proporcionara algo parecido a una advertencia sobre sus intenciones.

Me estaba aferrando a un clavo ardiendo.

Alex se transformó en lobo.

Me quedé unos instantes más, acariciando la espalda de Alex y sonriendo deliberadamente a los lobos de El Paso, esperando a que se activara esa concentración previa al combate mientras repasaba lo poco que sabía sobre las peleas reales de hombres lobo.

Luché contra Noble y gané, pero él no era un luchador experimentado, sólo se valía de su enorme tamaño y fuerza.

Había visto a Rita matar, y ella utilizaba la velocidad y la ferocidad de su ataque. No era mi papel hoy y, de todos modos, ella era un puma. Una bestia completamente diferente.

Por un segundo, algo sobre Noble llamó mi atención, pero mi mundo se reducía a un único y agudo punto, y los observadores se estaban impacientando.

Me transformé.

« Maldita sea. »

Mi loba me resultaba desconocida. No había pasado suficiente tiempo sobre cuatro patas.

Era más grande que antes. Más dominante. Algo relacionado con el crecimiento de la Liga. No era importante, no lo suficiente como para hacer que El Paso se echara atrás.

« Amenaza. Hay que matar. »

Me contuve, frenando mis instintos de lobo. Alex y yo moriríamos si me lanzaba a un ataque frenético. Tenía que controlarme, controlar mi ira hasta que la necesitara.

Por lo que me había contado Alex, lo realmente importante en las peleas de hombres lobo, como en muchos otros tipos de peleas, se decidía al principio, cuando los oponentes se evaluaban mutuamente.

Los lobos de El Paso se separaron y empezaron a rodearnos en direcciones opuestas.

Comenzó.