El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 22
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Capítulo 22

El conductor y su amigo se negaron a contestar mis preguntas: órdenes del Alfa. Sólo dijeron que eran de la manada de Tucson y que se estaba celebrando la mayor reunión de hombre lobo de todos los tiempos.

Y Alex ni siquiera se había enterado, y mucho menos yo.

No era una buena señal.

Y, mientras tanto, ahora que ya habíamos salido de la sobrecarga de adrenalina y claustrofobia de la discoteca, podía sentir la Llamada de las manadas. Scott también lo sentía, y no le estaba haciendo ningún bien.

Su respiración y su ritmo cardíaco no se habían relajado desde que llegamos al club. Estaba sudando, incluso con el frío que hacía. Teniendo en cuenta las circunstancias, diría que lo estaba llevando bastante bien, pero eso podía cambiar en la reunión.

—¿Me escuchas, Scott?

Asintió.

Le empujé ligeramente contra el asiento, intentando que se relajara.

—Lo estás haciendo muy bien, pero va a ser más duro —dije.

—Cuéntame.

—Vamos a una reunión. Habrá muchas manadas diferentes en un único lugar.

—Lo entiendo —dijo—. Todo me parecerá mal, igual que sucedió en el club. Del mismo modo que esos dos idiotas de ahí delante.

Resoplé y me mordí el labio.

—Sí, como eso, pero mil veces peor.

—¿Qué tengo que hacer?

—No te metas en una pelea. Esos lobos estarán al límite. Te empujarán y te gruñirán por instinto, te pondrán a prueba. Pero si llega una pelea, todos serán expertos luchadores. Y tú no. Te matarán.

Asimiló eso y no le gustó.

—¿Qué hago? —soltó—. ¿Miro al suelo? ¿Me tumbo boca arriba?

Sus labios se tensaron, como si intentase gruñir.

—No, eso sería igual de malo. Empuja, gruñe, pero si la cosa se pone fea, yo me ocupo. O David.

Reflexionó sobre eso un momento, con las cejas fruncidas.

—¿Por qué?

—Porque eres parte de mi Casa, y eso es lo que hacemos los unos por los otros. Al menos, hasta que aprendas lo suficiente sobre las reglas de los hombres lobo como para sobrevivir.

Gruñó.

—¿Tienen reglas? ¿Los hombres lobo tienen reglas?

Me reí, no pude evitarlo. Él sonrió.

Sentí cómo los lobos de Tucson que iban delante se giraron a mirarnos. Podía ver su cara: « Loca manada de Denver. Deben haberse contagiado de Nuevo México. »

Me puse seria rápidamente.

—Sí, tus instintos ya las están aprendiendo. Sólo necesitas un poco más de tiempo.

Su boca se torció, pero no dijo nada más.

En ese momento nos dirigíamos a Aurora por Colfax y yo sabía adónde íbamos: la manada de Denver tenía una enorme fábrica de fertilizantes en esa zona.

Estaba lo suficientemente cerca de la ciudad, pero lo bastante alejada de los proyectos de construcción residenciales como para permanecer aislada y segura.

Era ahí donde hacían desaparecer los cuerpos para que la policía no supiera nada de las muertes.

« ¿ Qué demonios estaba pasando ? »

Se me encogió el estómago.

¿Le había pasado algo a Alex? ¿Se había metido en problemas?

¿O era yo quien tenía problemas?

Y, además, ¿por qué nadie me había dicho nada?

Al igual que la última vez que vine aquí, cuanto más nos acercábamos a la fábrica, más se activaban mis hormonas de alerta, tanto Athanate como Licántropo. Estaba más tensa que la cuerda de un violín.

Estaba desesperada por sentir a Alex e intenté alcanzarlo con mi eukori, utilizando el de David para propulsarme, pero había demasiado movimiento, demasiadas auras y emociones fluctuando a mi alrededor.

Había muchísimas manadas en la fábrica. Fuimos a la parte trasera.

Había hileras de camionetas aparcadas en el exterior. Y un par de autobuses.

De nuevo, ¿por qué demonios nadie me dijo nada?

Aparcamos al final de fila, y salí del vehículo.

Podía oír la música en directo. El sonido de una melodía que invitaba a pisar fuerte se oía perfectamente desde fuera.

Inspiré el aire profundamente, estaba impregnado de un olor que fluía como petróleo crudo emanando de la fábrica. Ese olor traía consigo un torrente de emociones: excitación, entusiasmo, salpicadas de oscuros destellos de miedo y rabia.

Y una avalancha de dominación licántropa. Detecté al menos un par de docenas de Alfas encerrados en ese gran edificio: fuera de sus territorios, fuera de sus zonas familiares y a punto de perder la cabeza.

Y sangre también. Esa marea de olores que se arremolinaba a mi alrededor traía consigo sangre y muerte.

Alguien había muerto dentro de esa fábrica esa noche.

Scott también lo olió. Estaba inmóvil, con los ojos cerrados.

Desde lejos, podría haber pensado que estaba relajado, pero estaba emitiendo un gruñido de advertencia de hombre lobo, apenas audible.

En su mente era consciente del peligro en el que se encontraba, pero su cuerpo aún no lo había asimilado.

Le cogí la mano y se la apreté hasta que me miró.

—No puedo dejarte fuera.

—Lo entiendo.

—Quédate cerca de mí. Sigue pensando en lo que estás haciendo. No reacciones.

Con David al otro lado de Scott, caminamos hasta el edificio, donde había una puerta pequeña y un par de guardianes iluminados por una farola exterior.

Kane se unió a nosotros en ese momento. Zane no nos había esperado, ya estaba dentro.

—¿Preparados? —pregunté.

Naturalmente que Scott no estaba preparado, pero asintió y entramos.

Nos quedamos de pie, aturdidos, mientras nuestros ojos se acostumbraban a la oscuridad.

La única luz llegaba del centro del almacén, donde habían encendido una gran fogata con palés de madera.

Se trataba de la antigua zona de carga de la fábrica, lo bastante grande como para que una docena de camiones de dieciocho ruedas pudieran entrar marcha atrás uno al lado del otro, y las paredes eran de chapa ondulada, así que supuse que el riesgo de incendio era mínimo.

Pero no era suficiente para los licántropos, así que habían colocado un montón de bancos de trabajo cerca de la hoguera y hombres y mujeres bailaban encima de ellos, algunos haciendo malabares con palos en llamas, lanzándoselos unos a otros.

Una mujer sin camiseta hacía su propio espectáculo, y se le daba muy bien: lanzaba los palos en llamas por los aires, los atrapaba y dibujaba con fuego sobre su vientre y sus pechos desnudos, todo ello mientras sus caderas giraban suavemente al ritmo de la música.

Si los bancos no ardían, algunos de los hombres lobo que la miraban seguro que lo harían.

La música venía de un grupo al fondo que tocaba guitarras y tambores. Estaban en un espacio despejado y sonaban tan bien que la mayor parte del público estaba bailando.

Algunos ya habían empezado a quitarse la ropa.

Hacía calor, claro, entre el metabolismo de los hombres lobo excitados y la hoguera.

La proporción de hombres y mujeres entre los licántropos era de unos tres a uno.

En las manadas, eso era normal: muchas mujeres lobo tenían un par de amantes.

En esta reunión, era una provocación para pelear teniendo en cuenta que la mayoría de los Alfas no estaban en esta zona.

Nadie se estaba peleando todavía, así que decidí que quienquiera que hubiera organizado esto para que los hombres lobo se desahogaran bailando podría ser un genio.

Quizá.

Pensaba que mientras nos mantuviéramos alejados de la multitud que había en el centro del almacén, no sería tan malo para Scott. Eso fue hasta que me di cuenta de que no todos estaban concentrados en el baile.

Tres jóvenes licántropos que estaban más cerca de nosotros se habían girado y nos estaban observando.

A la luz de la hoguera, apenas podía distinguir los detalles de sus rostros. Sus olores se mezclaban con los de otros cientos. Podrían haber sido cualquiera, al igual que nosotros.

Gruñeron a Scott y a David. Uno de ellos extendió la mano para agarrarme y tiró de mí. Quizá fuera su forma de invitarme a bailar.

Scott les gruñó.

« Oh, Dios mío. »

Mi nuevo cachorro gruñía de verdad. Más que eso; su rostro se transformó parcialmente, algo que se supone sólo saben hacer los hombres lobo maduros.

Los jóvenes me soltaron la mano rápidamente y se ahorraron la vergüenza al ser desplazados por un torbellino de gente que acababa de llegar y que se interpuso entre nosotros. Nos lanzaron algunos gruñidos, pero fue más bien para guardar las apariencias.

Retrocedimos hasta llegar de nuevo a la pared, bien alejados.

—Qué colmillos más grandes tienes, abuelito —murmuró Kane a Scott.

Scott se estaba esforzando por no sonreír. Creo que estaba tan sorprendido como nosotros.

—Menuda fiesta —dijo David—. Mucho mejor que la discoteca.

No estaba de acuerdo. Posiblemente, los tres jóvenes nos habían hecho más bien que mal, pero estaba viendo las otras miradas desde la otra punta del almacén. Una o dos narices se arrugaron al sentir el aroma Athanate.

Era sorprendente. Imagino que habría sido demasiado esperar que el ritual de los escorchados hubiera aportado una mejor opinión sobre los Athanate, pero si esas narices podían oler Athanate, deberían haber sido capaces de saber quién era.

Puede que la Liga del Sur se hubiera expandido tan rápido que algunos hombres lobo no supieran quién era yo.

O… puede que ellos supieran algo sobre esta noche que yo ignoraba.

Dejé de darle vueltas al asunto cuando reconocí a un grupo que se dirigía hacia nosotros.

—¡Billie! ¡Me alegro de verte! —la saludé.

Billie y las Belles eran la única manada compuesta exclusivamente por mujeres en la zona de Los Angeles. Tras un malentendido inicial, cuando habíamos invadido su territorio sin saberlo, congeniamos enseguida.

Puede que ella pudiera decirme lo que estaba pasando.

Pero Billie no sonreía.

Me rodeó con sus brazos en un fuerte abrazo y me habló al oído.

—Deja al cachorro —dijo—. Nos ocuparemos de él y tus amigos.

Las Belles habían rodeado a David, Kane y Scott. La mano de Scott se había soltado de la mía.

Billie me agarró por la cabeza antes de que pudiera girarme y protestar. Me sacudió un poco. Tenía el rostro tenso por la ira, pero no iba dirigida a mí.

—Concéntrate en ti —dijo—. No te preocupes por ellos.

—Pero…

No pude terminar. Zane estaba aquí y Billie se apartó.