Capítulo 21
Me puse de pie de un salto y miré a la humeante pista de baile.
Todo lo que podía ver era cuerpos moviéndose entre la niebla, iluminados por las luces de colores que parpadeaban en el techo. Entonces, como el aliento de los búfalos en invierno, la niebla empezó a crecer en la escalera que llevaba al bar. Y de ella salieron tres personas, subiendo las escaleras.
Conocía al que iba delante. Ken Weaver, el líder de los Adeptos de la comunidad de Denver. No era el típico que iba de discotecas. No, esto no era una visita de cortesía.
—Mierda.
No podía hacer nada con Scott.
—Julie, Keith, sacad a Tove.
—Jefa…
—Sacadla. Luego venís otra vez.
Agarraron a una sorprendida Tove y se la llevaron.
Tenía el corazón en la garganta cuando pasaron al lado de Weaver, en la entrada de la zona del bar.
Los miró de reojo, con evidente desdén, pero no hizo ademán de detenerlos.
Un problema menos.
—Scott, no creo que intenten hacer nada aquí. Estate tranquilo —dije.
Scott gruñó, pero podría vivir con eso, siempre y cuando no se abalanzara sobre la mesa.
A mi otro lado, Kane estaba preparando algo; parecía como si unos insectos estuvieran tejiendo a mi alrededor. ¿Algún tipo de hechizo protector?
¿Usaría la magia Weaver?
No pensaba que fueran a intentar algo aquí, delante de todo el mundo en el bar. Pero, ¿y si habían preparado un hechizo para llevarnos al mundo espiritual? ¿Podría impedirlo Kane?
El grupo de Weaver llegó a nuestra mesa. Él miró brevemente a Kane y Scott, luego los ignoró y se sentó enfrente de mí. Los otros dos se quedaron detrás de él.
Era un hombre grande, con hombros anchos, pelo oscuro. Tenía ojos azules penetrantes, el tipo de color que llaman azul persa, como el esmalte de la cerámica antigua. Me miraban bajo unas cejas pobladas y una frente ancha.
Desprendía poder, tanto que me picaba la piel. Era fuerte, y se había vuelto más fuerte desde la última vez que le vi.
Había una sensación de hormigueo diferente que emanaba de él. Kane se tensó, pero todo lo que pasó fue que el ruido a nuestro alrededor se quedó en un segundo plano; estaba ahí, pero no tan alto como para que no pudiéramos hablar.
—Un hombre lobo renegado, un Adepto forajido y una humana que apesta a adicción —dijo Weaver—. Tienes extrañas compañías, Farrell, sobre todo en lugares llenos de humanos.
Tanto Scott como Kane sonrieron, pero sus expresiones no podían ser más diferentes.
—Dice el hombre que utiliza magia —contesté—. La mujer se ha ido y con quién esté o lo que haga mi Casa Athanate no es de tu incumbencia, Weaver.
—¿Estás reclamando a estos para tu Casa? —Sus dedos, demasiado pequeños para un hombre de su tamaño, señalaban a mis compañeros con rápidos movimientos.
—Sigue sin ser asunto tuyo. Envía tus quejas a Casa Altau.
Weaver podía ser poderoso, pero debería estar loco si contemplaba enfrentarse a Altau, dado que Skylur dirigía a todos los Athanate del país.
—He oído que tu líder tiene sus propios problemas en Nueva York. —Weaver hizo un gesto de desprecio con la mano—. No es importante. ¿Dónde está Tullah Autplumes?
¿No Kaothos? ¿No el dragón? Tullah…
—Otro miembro de mi Casa Athanate y otra persona que no es asunto tuyo.
Entrecerró sus brillantes ojos.
—Ella es parte de mi comunidad de Adeptos de Denver, no de tu… —Se reprimió. No iba a decir Casa. Posiblemente lo llamaría burdel o algo por el estilo.
No esperé a que terminase.
—No ha sido miembro de tu comunidad desde que intentaste evitar que utilizara su espíritu guía.
Había roto ese bloqueo en Nuevo México. Menos mal.
Aunque, decir que ella era miembro de mi Casa era una pequeña mentira. No había sido mordida o vinculada. Por suerte, Weaver no era un sensor de la verdad.
Sus habilidades estaban más bien en la sección de coacción.
Podía sentir el poder acumulado de los tres, como la amenaza de una tormenta.
Bloqueé mi eukori, pero no era suficiente.
La música de Electric Beath se ralentizó hasta convertirse en el contoneo de una serpiente; era tan fría como la sangre de un reptil, y con una necesidad aguda y exigente.
Tenía ojos de raptor que podían ver en mi alma, y una lengua sibilina de lagarto que hablaba de estrellas caídas y de la muerte de todos los sueños.
—¡Ey, pelirroja! ¿Quieres bailar?
La confusa visión de serpientes voladoras saliendo de la oscura selva se desvaneció. El sonido volvió. Electric Breath estaban tocando música trance de Burren, el bajo se transmitía a través del suelo.
Un tipo borracho, pero mono, se dirigía a la mesa y se agarró al borde cuando llegó. Era un misterio saber cómo había decidido que mi pelo castaño era rojo bajo la luz de la discoteca, pero había llegado como un precioso accidente de coche en el complejo hechizo que Weaver estaba intentando.
El latido de mi corazón retomó su ritmo y mis pulmones se llenaron de aire.
—Otra vez será —dije a mi salvador e incluso le guiñé un ojo—. Cuando puedas bailar sin que tenga que agarrarte para que no te caigas.
Mi voz sonaba áspera contra el ruido que había vuelto. El chico parecía decepcionado, pero Julie y Keith habían vuelto ya. Keith llevó al borracho de vuelta al bar. Julie se quedó de pie detrás de los Adeptos y se acercó a ellos, tanto que podía sentir cómo se estremecían.
Ella y Keith no podían haber sabido cómo nos había atacado Weaver, pero intuían lo que era necesario.
Scott estaba confuso con todo, como si se hubiera despertado en medio de una discusión.
Kane sonrió de nuevo.
« ¿Había utilizado algún tipo de magia para que ese tipo viniera y nos interrumpiera? »
De todos modos, entre el hecho de que todo el bar nos estaba mirando ahora y la distracción de la amenaza de Julie, Weaver no podía mantenerse lo suficientemente concentrado para lanzar otro hechizo.
—Inténtalo otra vez, Weaver —dije, para estar segura que él lo entendía—, y te darás cuenta del tipo de armas que mi equipo puede colar en una discoteca.
Sospechaba que Julie tenía una espada de cerámica escondida en su camiseta. No muy larga y posiblemente sólo serviría para un par de puñaladas, pero suficiente para matar.
¿Cómo demonios explicaría eso a la policía luego? No tenía ni idea.
La cara de Weaver estaba tensa por la ira, pero me daba igual; estaba pasando algo más. Miré a mi alrededor, intentando saber dónde.
—¡Farrell!
Weaver me dio un golpecito en el dorso de mi mano para recuperar mi atención. Su toque fue como una descarga de energía estática y me reprimí para no sacar la mano de un tirón. No le iba a dar la satisfacción de que supiera que me había sobresaltado.
El aire hervía a nuestro alrededor.
Se asustó, pero yo ya había recibido una señal, y lo había visto antes.
Esta vez ya estaba esperando el pelo blanco y los ojos azul hielo que me estaban mirando desde el otro lado de la mesa.
—Toda la banda está aquí —murmullé.
Sus labios se tensaron.
Le gustaban mis chistes. Era somo si fuéramos las mejores amigas.
Un par de personas en el bar podrían haberse dado cuenta, pero en nuestra esquina estaba oscuro y la Hécate sólo estaba medio aquí, como la última vez que había utilizado ese truco. Vi a un tipo aguantando su bebida y frunciendo el ceño pensando que estaba demasiado cargada.
—Hécate —dijo Weaver con rigidez. Era evidente que no esperaba que ella viniera, y mucho menos utilizando su truco de proyección aural.
No estaban colaborando. No creo que Weaver supiera que Kaothos estaba con Diana.
Si no estaban trabajando juntos, ¿podría utilizar eso?
¿O tenía el doble de enemigos en esta mesa?
—Weaver —contestó la Hécate, utilizando su mismo tono—. Bien. Como dice Amber, estamos todos aquí, y parece que tenemos un objetivo común. Sería insensato trabajar los unos contra los otros. Hablemos.
Al parecer, su poder de proyección no era suficiente para lanzar un hechizo para silenciar la discoteca, y yo no estaba dispuesta a dejar a Weaver hacerlo de nuevo, así que ambos tuvimos que inclinarnos para poder escucharla.
—No hay nada que el Athanate pueda proporcionar, excepto riesgo —dijo Weaver.
—Pues parece que tienen la llave —respondió la Hécate—. Por muy reacios que sean, tenemos que convencerles para que compartan.
No mordí el anzuelo y decidí ganar algo de tiempo.
—Todos aquí reunidos. ¿Qué pasa con los hombres lobo? —pregunté amablemente, y Scott se removió en su asiento otra vez. Volví a coger su mano, intentando tranquilizarle. Estaba sorprendida de haberlo conseguido, por el momento.
Weaver estaba en un aprieto. Podía ver que quería decir que no había lugar para los animales en el plan que estaba trazando, pero él sabía que yo era una híbrida, y me había dado cuenta de cómo miraba a Scott con nerviosismo.
—¿Qué pasa con ellos? —dijo, pasándose la mano por la barbilla—. ¿Qué rol crees que pueden tener?
—Creo que todos nosotros deberíamos estar en la Asamblea, y cualquier problema que tengáis debería exponerse allí, bajo las reglas acordadas por todos.
Weaver hizo una mueca.
—Los lobos no van a someterse a vuestro club de abogados Athanate.
Mientras hablaba, algo cambió.
—Yo creo que sí —dije—. Y si no me crees, se lo puedes preguntar tú mismo.
La persona que iba a sugerirle acababa de entrar en la discoteca. No había tenido tiempo de detectar su olor, pero reconocí su presencia en mi eukori.
Zane.
Era el Alfa de Albuquerque. Los nuevos Alfas de Nuevo México, Zane y Cameron, tenían la reputación de estar locos. La gente empezaba a entender que un comportamiento alocado era una máscara intencionada, aunque en el caso de Zane no estaba completamente segura de que fuera una máscara.
De todas formas, su Alfa supremo, Cameron, se había apareado con mi Alfa supremo, Félix; lo que significaba que ahora éramos algo así como una super manada que cubría Nuevo México y Colorado.
Pero no eso no me daba ninguna pista de porqué estaba aquí.
Ningún problema. A caballo regalado no le mires el dentado.
Llegó a lo alto de las escaleras y me tomé un segundo para disfrutar del espectáculo.