Capítulo 20
Conseguí conducir hasta la discoteca sin cortarme la lengua.
Supongo que Yelena tenía razón. Estaba arriesgando demasiado. Pero cada decisión tenía peores consecuencias que la que había elegido.
Lo que no quería decir que la decisión de esta noche fuera segura o fácil.
Aparcamos en Lincoln y caminamos.
El club había hecho muchos esfuerzos con la insonorización, pero con nuestros oídos de lobo, podíamos oír el estruendo de los sintetizadores y el fuerte latido de la música conforme nos íbamos acercando.
Scott reaccionó. Lo ideal habría sido que estuviera en algún lugar tranquilo y familiar con Alex y Amanda, en un entorno agradable, acostumbrándose a ser un lobo. Pero por desgracia, no había nada familiar en Denver, casi no nos conocíamos y ni siquiera había visto a Alex.
Así que, en lugar de tranquilidad, le estaba proponiendo un espacio brillante y lleno de ruido en el que estaría rodeado de presas excitadas. Sólo con ver la multitud de la entrada, su ritmo cardíaco y su respiración se aceleraron.
No podía dejarle atrás. No podía dejarle con nadie más. Todo lo que podía hacer era cogerle de la mano mientras caminábamos, y parecía que el contacto físico le ayudaba.
—Tranquilo —le dije—. No nos quedaremos mucho tiempo. Entrar y salir.
No contestó, pero parecía estar bien mientras nos estuviéramos tocando.
Era la calma antes de la tormenta.
Ya había estado aquí antes, pero los demás no.
Conforme íbamos bajando al sótano, el sobrenombre que le habían dado a la discoteca se hacía evidente.
El tema era el color azul, e iba desde el claro de la piscina hasta el azul oscuro espacial.
Había « ventanas » en cada pared, diseñadas para parecer vitrales retroiluminados.
Había focos estroboscópicos en el techo y una capa de niebla de vapor sobre los bailarines que daba la sensación de que estaban bailando en la niebla.
Electric Breath ya estaban actuando. Eran dos chicas góticas que se turnaban el puesto de DJ con los bailes, y parecía que su técnica funcionaba,
Justo cuando llegamos a la pista de baile, mi nariz empezó a funcionar a través de la neblina de la adrenalina, el sudor, las drogas, el alcohol y los perfumes.
Había hombres lobo en la discoteca.
Y no eran de la manada de Denver.
Scott los olió un segundo después que yo y tuve que agarrar su brazo fuerte para que se quedara a mi lado.
Julie reaccionó colocándose delante de mí, y Keith nos cubría las espaldas. Kane hizo algo que me provocó un hormigueo en la piel, como si la magia se estuviera activando, sin saber qué era. Nadie sabía lo que estaba pasando ni qué había provocado mi reacción o la de Scott.
—Tranquilos —dije por encima de la música—. Calmaos.
El territorio de los lobos no se aplicaba de manera estricta ahora.
Lobos de todo Estados Unidos podrían estar en Colorado para visitar a Félix y Cameron en el rancho de Coykuti.
Podrían haber venido para verme en otro ritual de transformación.
Había muchas razones por las que otros lobos podrían estar en la discoteca.
Lo sabía, pero incluso así no me daba buena espina.
Scott no conocía los antecedentes, así que se aferraba a los principios de « mi territorio, mi manada » . Sus nuevos instintos todavía no habían aprendido que, si los atacaba, ellos le matarían. Era fácil.
—¡Vamos al bar! —grité por encima de la multitud.
El bar tenía dos niveles en un lado, por encima de la pista de baile, y las escaleras para llegar estaban justo delante de nosotros.
Conseguí llevarlos hasta allí sin soltar a Scott y sin que nadie se diera cuenta de nuestro extraño comportamiento.
Si no estuvieran completamente absortos por la música, los lobos bailarines ya nos habrían detectado; pero esperaba que nos hubieran identificado como miembros de la manada de Denver y no como una amenaza.
Asumiendo, naturalmente, que estaban aquí por un motivo legítimo.
En el bar, el ambiente era menos frenético que en la pista de baile. Hablé con los demás. Envié a Keith y Julie a buscar bebidas. Utilicé a Kane para que me ayudase a arrastrar a Scott hasta la esquina más alejada donde, por suerte, conseguimos una mesa que un grupo acababa de dejar.
Scott entendía todo lo que le estaba diciendo, pero estaba lejos de controlarse. Estaba sobrepasado, así que me senté a su lado, cogí su mano, le miré a los ojos y seguí hablándole.
—Son sólo un par de hombres lobo. No es como si estuviéramos en peligro o rodeados por otras manadas. Estamos seguros. Este es nuestro territorio y ellos están de visita.
Una y otra vez, hasta que al final el dorado del lobo enloquecido se difuminó en sus pupilas. No se había relajado, pero como mínimo ya no estaba a punto de explotar.
Para cuando había conseguido eso, Kane estaba sentado a mi lado.
—¿Julie? ¿Keith?
—Están en la pista de baile. Subirán con Tove y David.
—Bien.
Nos habían comprado mi cerveza favorita, Blue Moon. Kane me pasó la mía, y tras un brindis rápido, le dio otra a Scott.
Tomé un gran sorbo. No era una forma muy elegante de beber, pero sabía muy bien y yo lo necesitaba.
—Un par de lobos han subido a la zona del bar y han mirado hacia nosotros— dijo Kane—. Luego se han ido.
Eso no me gustaba.
Los lobos no eran como la Mafia, no esperaba que vinieran a verme y me presentaran sus respetos. Pero subir aquí, mirar y volver a irse… no era bueno. Por una razón que no podía explicar, no me gustaba.
No había tiempo para pensar más sobre eso. El resto volvió a la zona del bar, escoltando a Tove. David, Julie y Keith se retiraron hacia el bar. Kane se unió a ellos.
Scott hizo un ademán de levantarse, pero le hice un gesto con la cabeza. Lo quería a mi lado, sentado y agarrando mi mano, no gruñendo a alguien en la cara porque le habían pisado el dedo gordo del pie.
Tove se desplomó en el asiento, con la cabeza baja, el sudor brillando en su piel y el pelo mojado por la neblina de la pista de baile.
Tenía veintidós años. Cuatro años lejos de Minnesota, los primeros tres años en Los Angeles sirviendo mesas y haciendo castings en Hollywood. Entonces apareció Forsythe. Cuando nos conocimos, Tove estaba trabajando en Van Nuys, cobrando pocos dólares y haciéndose llamar Celeste.
Algo me tocó, y aunque no podía ayudar a cada mujer cuya vida había destrozado Tanner, sí que podía ayudar a Tove. O al menos eso es lo que pensé en aquel momento. Ahora ya no estaba tan segura.
Bajo la luz azul oscuro, posiblemente todos parecíamos enfermos. Ella lo parecía, en todo caso. Piel cetrina, ojeras y sus signos vitales tan erráticos como los de Scott.
Yelena me había dicho que Tove estaba hecha un desastre cuando la trajo a Manassah. La chica se había recompuesto para el día de Navidad, pero ahora el síndrome de abstinencia estaba ganando.
Pia y yo podríamos arreglar eso, de alguna forma. Los bioagentes Athanate podrían eliminar los síntomas físicos.
El problema era que podían no tener ningún efecto en los síntomas mentales. Y ella tendría que consentir que la mordiéramos sin estar bajo los efectos de las drogas; eran las reglas de mi Casa y tenía que atenerme a ellas.
¿Cómo llegar hasta ella?
Tove estaría agitada e irritable y…
—Bueno, ¿qué va a pasar? —preguntó, con voz mordaz y sus ojos mirándome fijamente. Debía elegir entre « Estábamos preocupados por ti » y « No tienes derecho a hacer esto » .
Por un momento, estaba demasiado sorprendida para reaccionar y Scott se puso de pie de un salto.
Tenía la cara deformada por la rabia. Estaba a un suspiro de transformarse en lobo aquí mismo.
—¡Scott! —Le agarré el brazo y tiré de él hacia atrás.
Tove tenía la boca abierta y los ojos fuera de sí por el miedo. Incluso sin transformarse, Scott destilaba violencia.
Los demás vinieron rápidamente desde el bar, tanto para protegernos de ojos curiosos como para darnos a Tove y a mí un poco de privacidad para nuestra conversación.
Tuve que dejarla con los demás un momento, mientras volvía a mirar a Scott a los ojos. Le toqué con mi eukori, pero era tal tornado de emoción que no parecía darse cuenta.
—Tranquilo, Scott —dije—. Tranquilo. ¿Qué pensaría Amanda de tu comportamiento?
No le gustaba que le preguntase eso, ni un poco, pero atravesó todo ese instinto irracional y llegó hasta su cerebro.
Se sentó de nuevo, hirviendo en frustración, con todas las emociones revueltas y sin forma de canalizarlas, pero manteniéndolas bajo control.
Lo que me permitió dedicar mi atención a Tove otra vez.
« ¿De verdad quiero esto?
¿Ahora?
No me echo atrás en los desafíos . »
Bajo esa cabezonería había otro pensamiento: « si no puedo ayudar a Tove, ¿querrá decir que también le fallaré a Kath? »
Tove había cambiado de estar enfadada y agresiva a mostrarse retraída y asustada. Comenzó a llorar.
Le acerqué su botella de cerveza.
—Lo siento —dijo.
Tomé otro trago de mi cerveza para darme tiempo para tranquilizarme. Habría preferido una discusión a gritos con ella. Con el volumen de la discoteca, nadie se habría dado cuenta.
—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Por qué lo sientes?
—Porque cualquier cosa que digo o hago, lo jode todo.
Puede que quería que yo dijera algo reconfortante como « no es culpa tuya » .
Me encogí de hombros.
—A mí me lo vas a decir.
Tenía la botella en la mano y empezó a juguetear con la etiqueta. Estaba llorando. David le trajo unas servilletas de papel del bar y ella se sonó la nariz.
—Tengo miedo de hablar. Tengo miedo de quedarme quieta. No sé lo que queréis de mí. Y queréis algo. —Me miró enfadada, desafiándome a negarlo—. Nadie me da nada a cambio de nada. Eso lo aprendí muy rápido.
—¿Qué crees que queremos de ti? —dije.
Miró a nuestro alrededor, y luego volvió a bajar la cabeza.
—Sois algún tipo de secta sexual, ¿verdad?
Tuve que reírme, aunque eso le provocó escalofríos.
Volvió a mostrarse enfadada y retadora.
—Sé que sois investigadores privados y ejecutivos de empresas y mierdas por el estilo, pero tengo ojos, sabes, puedo ver. Todo ese rollo de tocarse y besarse. Nadie duerme solo.
Seguía riéndome. No era divertido y tampoco estaba ayudando en esta situación, pero no podía evitarlo.
« ¿Cuánto más podía complicarse todo esto? »
—No es exactamente una secta sexual, pero en cierta forma tienes razón —dije, y tomé otro trago de mi cerveza antes de seguir—. Bueno… piensa en una secta, si quieres, como si quisiéramos reclutarte.
Parecía desconcertada de verdad.
No estaba fingiendo. Toqué sus emociones con mi eukori y parecía que no lo entendía, pero principalmente tenía miedo.
Su vida era miserable, pero lo había aceptado.
La miseria era parte de su vida cotidiana; tenía demasiado miedo como para dejarla atrás.
Era como si se hubiera convencido a sí misma de que su miseria era lo que hacía su dolor soportable.
—¿Por qué me querríais?
No contesté enseguida, porque la verdad era que, en ese momento, no la quería en mi Casa. Estaban pasando demasiadas cosas y ella era problemática.
Pero incluso así, bajo era dura coraza llena de cicatrices, podía ver a la fresca adolescente de Minnesota que había subido corriendo las escaleras del avión, llena de esperanza por hacerse un nombre en Hollywood y mostrarle a la gente de su aburrido pueblo que había un mundo entero para conquistar ahí fuera y una forma de conseguirlo.
Lo único que había demostrado es que a veces el mundo te golpea.
No le debía nada. Pero el agente especial Ingram lo había descrito bien con su perezoso acento de Texas: « A veces tengo que ignorar la imagen general y centrarme en una persona. Un representante del todo. Una figura que ocupe el lugar de todos aquellos a los que no puedo ayudar con mi justicia. »
Suspiré con resignación.
No le podía decir eso a Tove. No lo entendería.
Por mucho que me lo negara, sí que se lo debía; en nombre de todas las chicas a las que Forsythe había seguido violando después de violarme a mí y que yo me callase. Todas las chicas por las que no pude hacer nada. Todo el mal que no pude evitar.
Por otro lado, no tenía que obligarla a aceptar nada. Era el mismo razonamiento que Jen y Pia me habían dado sobre Kath, y tenían razón: ya le habían obligado a demasiadas cosas.
No estábamos llegando a ningún sitio, y tenía que sacar a Scott de este ambiente.
Era hora del plan B. A costa de romper mi palabra, tenía que sorprenderla para que diera el primer paso positivo. O no.
—Mira. —Saqué un fajo de billetes que había cogido antes de salir de casa—.
Confiar es difícil, Tove, y yo necesito que lo hagas antes de que hagamos nada más.
Necesito que tomes una decisión. Este dinero es para ti.
Gratis. Puedes hacer lo que quieras con esto.
Es suficiente para pagar un billete de avión al norte.
Podrías volver a casa. Crees que tu familia ya no quiere saber nada de ti, pero te garantizo que estás equivocada.
Eso no significa que sea fácil volver, pero creo que, en el fondo, eres fuerte. Sabes que lo eres.
Respiré profundamente.
—O lo puedes quemar todo en drogas y matarte. Espero que no hagas eso, pero si es lo que quieres, no puedo hacer nada para evitarlo, nadie puede hacer nada. Si es lo que quieres.
Comenzó a llorar de nuevo.
—O… —Puse el dinero en sus manos, cerré sus dedos y le cubrí sus manos con las mías—.
O, puedes decidir que vas a arreglar las cosas aquí en Denver, con nuestra ayuda.
La parte más difícil de todo el camino, pero es la que funcionará.
El problema es que no te puedo demostrar nada hasta que no confíes en mí, y me pidas ayuda. Y lo sientas de verdad.
La estaba poniendo entre la espada y la pared, lo que me convertía en una zorra, pero se tenía que hacer.
Había llegado hasta ella, podía sentirlo.
En ese momento, Kane levantó la cabeza de golpe y miró hacia las escaleras de la entrada, al otro lado de la pista de baile.
Se me erizó el bello en la nuca.
Adeptos. Unos fuertes.