El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 15
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Capítulo 15

Dejé a Nick hablando con Flint y Kane. Jen no estaba en el salón. La encontré en su habitación, haciendo las maletas

— ¿Qué ha pasado? —dije, con el corazón todavía más encogido. Se supone que lo íbamos a pasar bien juntos. Primero Alex, y ahora Jen.

—Skylur —dijo con una mueca—. Me necesita en Nueva York. El negocio nunca duerme.

—¡No!

Suspiró y colocó un par de bufandas en la maleta.

—Ya me he quejado. No ha servido para nada. —Me miró vacilante y luego apartó la mirada—. La cosa empeora.

—¿Cómo?

—Skylur le ha ordenado a Yelena que me lleve volando con el Pilatus. Nos quedaremos un par de días.

—¡No puede hacer eso! —¿Por qué se estaba retractando de su palabra? — Eres mi mujer y mi pariente. Yelena es mi Diakon. Os necesitamos aquí. Y está rompiendo sus propias reglas.

Se acercó y me abrazó.

—Querida, él las hace, él las rompe. Me sorprende que hayan durado tanto.

—¿A qué te refieres?

—Parece que lo has olvidado, pero Yelena es cárpata. Genuina, no sólo por impregnación como tú.

Apreté los dientes. No podía gritar y maldecir como me apetecía. No estaba enfadada con Jen.

Intenté hablar con calma.

—Y Yelena pertenece a mi Casa ahora. Casa Farrell. Ha jurado lealtad a Panethus, no a Carpathia.

Yelena habló detrás de mí:

—Sí, pero nací y me crie, fui impregnada y entrenada en el dominio de Carpathia.

—Tenía su habitación al otro lado del pasillo, y nos habría oído hablar—.

Carpathia cerró las fronteras a todos los Athanate extranjeros antes de que yo naciera.

No llegan noticias. Skylur dirá que yo sé más sobre el dominio que cualquier otra persona a la que él tenga acceso.

—Se encogió de hombros—. Posiblemente tenga razón.

Entiendo que quiera saber cualquier cosa que yo pueda decirle.

—Se la quería llevar en Los Angeles —dijo Jen—. Diana le pidió que esperase hasta que estuvieras más recuperada.

—Sólo es una conversación. Sólo unos días, Señora —dijo Yelena. Vino hacia nosotras y Jen le pasó el brazo por la cintura, uniéndola a nuestro abrazo.

Yelena irradiaba pacíficos para calmarme.

—Guárdatelos —solté—. Estaré enfadada hasta que esté lista para dejar de estarlo.

Se rieron, un poco de humor en una sombría tarde. Indulgencia para mi reacción inmadura.

—Tengo que terminar de hacer la maleta. —Yelena se retiró. Me besó la mejilla y volvió a su habitación.

—Yo también. —Jen volvió a su maleta.

Su voz tenía un tono distendido que me alertó que se avecinaba algo más.

—Skylur dejó muchas cosas de lado mientras Diana te estaba cuidando.

—¿Cómo qué?

—Mordiscos —dijo, sin mirarme a los ojos—. A ti y a mí.

Me senté en la cama de golpe. Tenía razón, como siempre.

Jen gestionaba Altau Holding para él. Sí, era mi pariente y estaba vinculada conmigo, y yo tenía un juramento de Sangre con él, pero ningún otro Athanate en su posición tendría a alguien como Jen, una humana, tan cerca suyo, con todo ese control de los recursos de su Casa sin morderla también. Y tampoco me había mordido a mí.

—¿Crees que este viaje es sólo para morderte?

—No, querida. Los negocios son de verdad y es un buen momento para hacer cosas que serían más fáciles si estuviera en Nueva York.

Pero creo que aprovechará esta oportunidad para preguntarme, y no creo que esté en una posición en la que pueda rechazarlo, como tampoco podrías hacerlo tú.

No me está señalando a mí en particular.

Soy la única de su equipo que no ha sido mordida todavía.

Es la tradición Athanate. —Volvió a doblar las bufandas, con las manos cada vez más torpes—.

De hecho, no creo que sea muy sensato negarle nada.

Se me revolvió el estómago.

Sangre y sexo.

Jen se acercó y se puso de rodillas.

—Querida, no pasa nada. Estaré bien. No tenemos… ¿cómo fue esa frase que utilizaste? ¿Un matrimonio idílico de barrio residencial? ¿Una vampira híbrida, un lobo y una humana? Seguro que tendremos problemas, problemas que podremos superar.

Quería decir que seguía siendo injusto, pero ella tenía razón. No teníamos límites humanos bien definidos.

Tomó mis manos y las besó.

—Sé que no lo estoy diciendo bien, pero Alex y yo sabíamos que tendríamos que hablar pronto sobre esto. No se trata sólo de mí. Por un lado, tú necesitas más parientes, y por otro, te encuentras en la misma posición, con Bian, como yo estaré con Skylur.

Abrí y cerré la boca un par de veces, pero ella tenía razón otra vez. Esto era territorio de la Casa Trang. Bian tenía todos los derechos Athanate sobre mí y mi Casa. Mi Sangre, por ley Athanate, y mi cuerpo, por tradición.

Y ya había dejado claro que se sentía atraída por mí. Muchas veces.

—Tiene dieciséis parientes en Haven —dije, porque tenía que decir algo—. ¿Por qué se molestaría conmigo?

Jen resopló, desestimando mi argumento.

—Estoy celosa —dijo—. Claro que lo estoy. Pero me metí en esto contigo, sabiendo dónde me metía. Y siempre he sabido que tenía que separar lo que puedo controlar de lo que no. Si me obsesiono con cosas que no puedo controlar, me carcomerá por dentro, y no hay nada que hacer contra eso.

—Bueno, Bian es un tema aparte. Por otro lado, tengo katikia, Jen. No necesito más parientes.

Jen se encogió de hombros con elegancia.

—Puede. Ya sabes, me gusta Bian. Ha sido mucho más comprensiva de lo que podíamos esperar. —Respiró profundamente—. No me enfadaré por eso.

Sabía que no me estaba diciendo toda la verdad, pero yo estaba demasiado afectada y enfadada para decirlo.

—Te quiero —le dije en su lugar.

—Y yo también te quiero. —Me besó y todo pareció estar bien por un minuto.

Entonces me echó, diciendo que tenía que concentrarse en hacer la maleta. Sus ojos estaban llorosos.

La puerta de la habitación de Yelena estaba abierta. Tenía menos exigencias vestimentarias que Jen, y ya estaba terminando la maleta.

—Le he pedido a Julie que te lleve a Haven —dijo.

—Gracias —le contesté. Mi Diakon estaba siendo efectiva, pero no era eso de lo que quería hablar—. Jen me acaba de decir que debería tomar más parientes y estar preparada para las exigencias de Bian.

—Lo sé —dijo Yelena—. Es duro para vosotras, lo entiendo.

—Es duro, pero no entiendo por qué tiene que ser así —dije—. Soy Athanate. Disfruto compartiendo mi Sangre contigo. No te he pedido que vengas a mi casa. No quiero decir que no seas atractiva, sino…

Las palabras daban vueltas en mi cabeza, pero Yelena me entendía. Se rio.

Estaba a punto de hablar cuando Amanda nos interrumpió. Parecía preocupada.

—Lo siento, Amber. Parece que me esté disculpando por Flint y Kane todo el tiempo.

—No te preocupes. —Desestimé su disculpa—. Me acusaron de ser una bruja de magia de sangre que realiza rituales satánicos. No es para tanto.

Eso fue rencoroso e innecesario.

—Lo siento —repitió.

—No, Amanda, yo lo siento. —Me pasé los dedos por mi pelo e intenté visualizar cómo mi estrés se concentraba en mis pulmones y lo expulsaba de mi cuerpo.

Estas pequeñas vacaciones habían empezado tan bien—.

Necesito que digan cosas así, porque si ellos lo piensan, esa es la actitud que tendrán otros Adeptos y tengo que saberlo.

—Eso no los excusa —dijo, y continuó caminando torpemente para darme un abrazo.

Yo también la abracé y ambas recordamos las ganas de teníamos de intercambiar Sangre. Aunque no fuera ahora.

—Te prometo que no volverán a faltarte al respeto.

Amanda salió de la habitación, sonrojada.

La observé mientras se alejaba, disfrutando del latido de deseo por su Sangre.

—Tienes que rascarte esa picazón antes de que te muerda —dijo Yelena tranquilamente.

La miré sorprendida.

—Es un viejo dicho cárpato —protestó.

Estaba intentando hacerme sentir mejor. Yo era Casa Farrell y ella era mi Diakon.

Le habían ordenado dejar a su nuevo pariente atrás mientras estuviera en Nueva York para que mi jefe pudiera asegurarse de su fiabilidad, como si mi palabra no fuera suficiente.

Y, como Señora de la Casa, eso implicaba que le había fallado.

Debería ser yo quien estuviera intentando hacerla sentirse mejor.

—Amanda y yo nos morderemos en cuanto todo esté más tranquilo —dije—. Y no hay nada más que eso.

—Puede. —Hizo una pequeña mueca y luego se puso seria de nuevo, imitando a Jen sin saberlo—.

Son tiempos difíciles. No los desperdicies preocupándote por cosas que no puedes controlar.

¿Skylur? Está comportándose como un capullo, pero no está aquí y no va a hacerme daño, ni a mí ni a Jen.

¿Bian? ¿Tan malo puede ser? ¿Félix y Cameron?

Todo tranquilo. ¿El Imperio del Cielo? Muy lejos.

Tienes Adeptos en Denver. No puedes luchar contra ellos, así que no lo hagas.

No te líes. Lleva a Tullah con Kaothos y deja que ellos se ocupen de los Adeptos.

—Palabras sabias, Diakon. No estoy segura que poder evitar a la Hécate.

—La bruja de hielo quiere hablar con Diana, déjala hablar con Diana.

—Movió la cabeza para señalar al resto de la casa—.

Tus Adeptos dicen que es poderosa, pero no tanto como para hacerles algo a Diana y Kaothos, ¿verdad?

No es tu responsabilidad. Tu trabajo es traer a Tullah de vuelta. ¿Ha llamado?

—No, y me estoy preocupando. Matt nos prometió que llamaría.

Tras una serie de llamadas el día de Navidad, el teléfono no había vuelto a sonar. Justo entonces, vibró y contesté sin ni siquiera mirar el número.

—¿Tullah?

—No. —La voz sonaba tranquila, precisa. Me preguntaba qué haría falta para sacar de quicio a la Hécate.

—Hablando del rey de Roma —dije. No iba a preguntarle cómo había conseguido mi número.

—De hecho, la última vez estuvimos hablando de dragones y sé que está en Denver ahora.

Me heló la sangre que lo supiera, pero no se lo iba a confirmar.

—¿Qué quieres, Hécate?

—Lo que quiero es evitar el horrible error que Diana, Tullah y tú estáis a punto de cometer con Kaothos.

—¿Y qué error sería ese?

—Casi cualquier cosa que hicierais. Incluso si no hacéis nada. Estáis dando palos de ciego.

Ciego. Oscuridad. Magia negra.

Ni siquiera quería pensar en eso sin haber hablado antes con Kaothos.

—Y tú, en cambio, eres una experta en dragones. Tienes un largo historial con ellos.

Si mi sarcasmo le había afectado, no lo mostró en su voz, que siguió siendo tranquila, escogiendo las palabras con cuidado.

—No, no tenemos un largo historial, pero lo que sí tenemos es una estructura sofisticada diseñada para evitar errores.

No me gustan las analogías, pero si tuvieras una granada a punto de explotar, no se la darías a unos niños para que jugaran con ella.

Se la darías a alguien que entendiera de explosivos.

—Un dragón no es una granada.

—Dije que no me gustaban las analogías, porque a menudo se utilizan para dar importancia a un argumento y olvidarse del tema central…

—Y el tema central es qué haces tú con algo tan poderoso como un espíritu guía dragón.

—Exacto —admitió—. No puedes utilizar su poder para hechizos chamánicos inestables e impredecibles, ni tampoco para hechizos estructurados, si no tienes las medidas de seguridad pertinentes.

No tienes ninguna de esas medidas de seguridad ni la capacidad de crearlas.

No tienes ni idea del poder que intentas controlar.

—Así que quieres a Kaothos. Eres como el Imperio; os la queréis quedar para vosotros. ¿Tenéis a alguien esperando para acoger a Kaothos? ¿Crees que puedes convencerla para que se vaya?

Estaba discutiendo desde una posición desaventajada. Kaothos ya se había movido antes, de Tullah a Diana.  Me dijeron que había sido algo instintivo. Un atractivo hipnótico relacionado con el poder de Diana, aunque Diana no fuera un Adepto.

¿Había sido puramente instintivo?

Estaba claro que no había querido moverse del lado de Diana para irse con el Adepto elegido por el Imperio.

¿Podía elegir con quién irse? De lo contrario, ¿iba a ser posible llevarla de vuelva con Tullah? ¿No era Tullah lo suficientemente fuerte?

¿Era la Hécate lo bastante fuerte?

Su voz interrumpió mis pensamientos.

—Prefiero discutir eso con Kaothos.

—No tengo su número de teléfono a mano.

Mi sarcasmo fue recompensado con un leve suspiro.

—Dile a Diana que debe permitirme el acceso. Es importante. Más importante que nada. Más urgente que la reunión de esos enemigos, de los cuales parecéis ignorar completamente todo.

¿Qué? ¿Enemigos?

Tenía que descubrir a qué se refería, pero si me lo dijera ahora tendría más deudas con ella.

—¿Qué pasa si Kaothos se niega? —dije en cambio.

—Entonces, todos tenemos un problema. Tú, yo, el mundo entero, incluida Kaothos.

La línea se cortó.