El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 16
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Capítulo 16

¿Hacer que Kaothos volviera con Tullah causaría problemas todavía más serios?

Sin hacer caso al buen consejo de Yelena, me preocupé por eso mientras iba de camino a Haven.

De eso y de las razones que podría tener la Hécate para mentirme.

Aunque no me mató cuando tuvo la oportunidad de hacerlo.

Vale, puede que me haya visto como una manera fácil de llegar a Kaothos, y me haya mantenido con vida por eso, pero yo no estaba tan segura de que necesitara mi ayuda.

¿No podrían ella y su aquelarre entrar en Haven a la fuerza?

¿Llevar todo el lugar al mundo espiritual, donde no habría armas y su magia sería letal?

Flint y Kane pensaban que no podría, pero ella los había pillado desprevenidos en RiNo.

Si ella podía secuestrar a Kaothos, y no lo había hecho, era un punto a su favor.

Pero ¿era Kaothos un demonio? No.

Tenía que dejar en manos de Diana y Kaothos la decisión sobre qué hacer con la Hécate. Aparté mi mente de ella y pensé en las cosas que quizás podría controlar. Quizás.

¿Dónde estaba Tullah? ¿Por qué no había llamado? ¿Estaba muy lejos?

Darle vueltas a todo esto tampoco me estaba llevando a ninguna parte.

Julie conducía y no hablaba mucho. Notaba que no estaba de acuerdo con la situación de Yelena. El trayecto fue inusualmente tenso y silencioso, y fue un alivio cuando llegamos a las puertas abiertas de Haven.

Había antiguos miembros de Ops 4-10 por todos lados. Algunas caras me resultaban conocidas. Casi todos conocían a Julie.

En una situación normal, habría esperado sonrisas y choques de manos, pero bien tenían algo en mente o no parecíamos muy accesible esta noche. No fue hasta que llegamos a la puerta principal que alguien nos habló.

Un mensaje de Bian.

Quería que Julie bajara al gimnasio para ayudar a evaluar a los recién llegados. Yo debía ir a la Biblioteca Oscura, coger un par de libros que me estaban esperando y unirme a Bian y Diana en el salón de los Lyssae de Skylur.

Había oído a Skylur hablar sobre la Biblioteca Oscura, pero nunca la había visto. Haven era como un iceberg, con su mayor parte oculta bajo tierra, y sabía que a los Lyssae y a la Biblioteca Oscura sólo se podía acceder por los ascensores secretos.

Las instrucciones de Bian explicaban cómo llegar allí: al final del pasillo de la planta baja, habitación de la derecha, debía colocarme encima del círculo.

Había pasado por allí un par de veces, pero me seguía pareciendo extraño cuando el cristal curvado se deslizaba desde la pared para rodearme y luego el suelo se hundía.

Al llegar abajo, me encontré en un pasillo vacío con paredes sin decoraciones y una tenue iluminación.

¿Era el camino a la Biblioteca Oscura?

No había ninguna señal. Al final del pasillo parecía haber una especie de puerta. Puede que fuera aquí.

Toqué la puerta y pude sentir cómo se empezaba a abrir, pero la luz del pasillo se apagó.

A lo mejor funcionaba con un temporizador.

Palpé la pared.

—No hay ningún interruptor —dijo una voz en la oscuridad.

«Mierda. Biblioteca Oscura, literalmente en la oscuridad.»

—¿Y cómo se supone que debo ver lo suficiente como para coger un par de libros?

—Dale tiempo.

La voz era seca y suave, casi un susurro.

—¿Y tú quién eres?

—Ptolymeus.

«Un Athanate viejo, muy viejo. Con siglos de antigüedad.»

Algo despertó mi memoria. Cosas que había visto y oído empezaron a tomar forma, como las piezas de un puzle.

—Vistes de forma peculiar —dije—. Capa negra con capucha. —Le había visto caminando por el pasillo una vez en Haven, con los brazos abiertos como si estuviera tanteando el camino.

La risa sonó como un papel rasgado.

—¿Y Skylur te llama Tolly?

Ptolymeus—Tolly-may-us— Tolly .

Skyur había dicho algo sobre las afirmaciones de Tolly, imposibles de verificar. Tolly era el guardián de la librería de Altau, su conocimiento impreso y su sabiduría arcana.

—Me has pillado —dijo—. Tolly, el topo ciego del sótano. El pobre sirviente maltratado y oculto a la vista.

Mis ojos se estaban adaptando. Mis ojos de lobo utilizaron el infrarrojo y, por su calor corporal, pude vislumbrar una silueta sentada en una mesa no muy lejos de mí.

Había unos escalones que bajaban y que ningún humano habría sido capaz de ver.

Y había unos libros colocados encima de la mesa, más fríos que la superficie de la mesa. Los podía ver como una ausencia de calor, pero su forma era inconfundible.

Bajé los escalones y caminé con cuidado para cogerlos.

—¿Son para mí?

—Sí. Tu vista es excelente. Supongo que debe ser tu lobo.

—Posiblemente. Dime, ¿por qué no hay luz en la biblioteca?

—Aquí hay libros que podrían desaparecer. De hecho, hay libros que podrían desintegrarse con la luz —dijo. Hizo un gesto de desprecio con la mano—. Y yo no la necesito.

—¿Así que la gente tiene que saber qué libros necesita antes de venir y pedírtelos?

—Más bien se lo tienen que pedir a Casa Altau —contestó—. Si está de acuerdo, yo sólo los preparo. Algunos libros puedo prestarlos, otros los tengo que leer a la persona que los pide.

Abrí uno de los libros que había en la mesa.

—¿Puedes leer esto?

Yo ni siquiera podía ver las letras.

—Por supuesto. —Extendió la mano y sus dedos rozaron la superficie de la página. Habló, pero en un idioma que no podía reconocer, así que tuve que creerme lo que decía.

Quería preguntar «cómo», pero puede que fuera una cuestión sensible.

En su lugar, pregunté:

—Y esta biblioteca es… quiero decir, ¿cuál es su ámbito?

—Todo lo que ha escrito el Athanate, lo que se ha recopilado, en lo que se ha interesado, de lo que se haya oído hablar, me he esforzado por conseguirlo.

—Su voz parecía menos seca ahora—. Alabado sea Altau por patrocinar y proteger esta labor vital a lo largo de los años sin dudar en ningún momento.

El conocimiento es poder, y sólo la biblioteca de los Cárpatos en Hutsul podría competir en cierto sentido con el alcance de la Biblioteca Oscura.

Hizo una pausa y percibí cómo se movía en la oscuridad, bajo su envolvente capa.

—Tengo muchas ganas de hablar con los bibliotecarios de Hutsul, Amber de la Casa Chrysos, la Casa Dorada, la Casa de Carpathia perdida hace tiempo.

—Es Amber de Casa Farrell, subcasa Altau, recientemente descubierta en Denver, Tolly. No tengo ni idea de cómo me recibirían en Carpathia y tampoco tengo intención de averiguarlo.

—Puede —dijo. Y tuve la impresión de que el tema no estaba cerrado—. Perdóname, para mí, esto es mi vida. Altau desea el poder del conocimiento. Yo deseo el conocimiento por sí mismo. No descansaré hasta que no haya recopilado todo, cada libro.

—Vale. —Me mordí la lengua. Pero tenía ganas de preguntarle si tenía un ejemplar de Crespúsculo o una versión electrónica, pero me contuve—. Si alguna vez tengo la oportunidad de organizarte una sesión en Hutsul, lo haré.

—Gracias.

—Mientras tanto, le llevaré estos libros a Bian —dije.

—Ve con cuidado, Casa Farrell.

«¿Se refiere a que no tropiece con los escalones? ¿O algo más?»

Avancé poco a poco hacia la puerta. Con la temperatura ambiente, me costaba ver mucho más que a él.

—Un poco a la izquierda —dijo para ayudarme—. Dale recuerdos a mi primo.

Abrí la puerta y salí. Las luces del pasillo se iluminaron lo justo para que la biblioteca detrás de mí pareciera tan oscura como una vieja mina abandonada.

—Claro —dije a esa oscuridad—. ¿Quién es tu primo?

—El Lyssae al que llamas Anubis —contestó mientras la puerta empezaba a cerrarse y las luces iban iluminando el pasillo de forma gradual—.

Escucha todo lo que se dice, sabes, aunque esté en silencio.

Y si pudiera hablar, te diría que te mantengas alejada de la magia, sobre todo de la magia negra. Muy alejada.