El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 13
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Capítulo 13

Al día siguiente, todavía no había recibido ninguna llamada de Tullah, ni respuesta de Matt a los varios mensajes que David le había enviado.

Ayer, tener un par de días de descanso me había parecido un regalo. Hoy, esperar hasta el anochecer para visitar Haven y hablar con Kaothos era una gran frustración.

Llamé a Bian varias veces y siempre me saltó el contestador.

Pasamos el tiempo después del almuerzo antes de que el mundo volviera a ponerse en marcha.

Una llamada de Alex. Félix y Cameron querían reunirse con él, y cuando la pareja Alfa que dirigía la Liga de Manadas de Sur pide tu presencia, te aguantas y vas.

Hasta ahí llegó eso de que los licántropos estarían demasiado ocupados para interrumpir nuestras vacaciones; pero pensé que, si fuera importante, Alex habría tenido más información.

A mi instinto no le gustaba esto. ¿Por qué Alex solo? ¿Por qué no nosotros dos?

Pero incluso así, tenía la sensación de que un segundo día en Manassah no era su idea de diversión y que tampoco le molestaba tanto tener que irse, así que no expresé mis preocupaciones.

En la puerta de la entrada, compartimos un beso prolongado que encendió llamas doradas en sus ojos y luego se fue.

Me aseguré de que todo el mundo estuviera ocupado haciendo algo y me fui al solárium para interrogar a Nick, Flint y Kane sobre la magia.

No esperaba una solución sencilla, pero cuanto más hablábamos, más difícil me parecía poder rescatar a Tullah.

«Si necesita que la rescaten... La chica es buena, piensa en positivo.»

Tampoco parecía que pudiéramos enfrentarnos directamente a la Hécate o a la comunidad de Adeptos de Denver. La ventaja que podíamos tener eran formas inesperadas de crear hechizos, como cuando habíamos tenido la conexión espiritual con los árboles.

—Los Adeptos chamánicos están considerados como forajidos —dijo Kane—. Nuestros métodos están prohibidos, lo que quiere decir que los aquelarres no utilizan la energía como lo hacemos nosotros.

—Porque, aunque la forma en la que utilizamos la energía nos hace potencialmente más fuertes, también hace que los resultados sean menos predecibles —añadió Flint.

Kane completó:

—O seguros. En el peor de los casos, un Adepto chamánico podría hacer daño a mucha gente. Si ocurre muchas veces, la gente empezará a darse cuenta.

—Pero también nos hace impredecibles.

—Volvamos al concepto de «más fuerte». Los nuevos métodos estructurados de los Adeptos con todo el aquelarre… —empecé.

—Cada miembro trabaja sólo en un elemento o línea de trabajo. Una persona se encarga de tejerlo todo.

—Sólo se puede utilizar tan bien como el Tejedor que lo utiliza. Pero cada elemento es más sencillo, así que hay menos opciones de cometer errores. El otro problema es que el conjunto es tan fuerte como el miembro más débil del aquelarre.

—Así es como rompimos el hechizo de Wendy —dijo Flint.

—¿El hechizo del aquelarre de la Hécate?

Asintieron.

—La Hécate era la «tejedora» del aquelarre, la imagen visible de un hechizo que era un esfuerzo conjunto del resto del aquelarre, y el líder de la comunidad de Denver era su «Weaver o Tejedor», que utilizaba ese título como nombre.

—¿Qué hicisteis exactamente para romper el hechizo? —pregunté

—Habían elegido un día de verano. Respiré en el polen y digamos que compartí la sensación con el aquelarre —dijo Kane—. Encajaba con su trabajo, así que no prestaron atención a lo que estaba haciendo.

—¿Y uno de ellos era alérgico?

—Exacto. No es que inhalara el polen de verdad, pero parecía que lo había hecho. Afectó a su concentración. No habían pensado en protegerse contra eso. Estornudó y toda la estructura se debilitó lo suficiente.

—Buen truco. —Me gustaba la forma que habían utilizado—. Pero dijisteis que la Hécate es fuerte. ¿No podría haber superado eso?

—Ella es fuerte, pero se limita al utilizar ese proceso. Todo lo que hace es diseñar el hechizo y controlarlo. El verdadero poder viene del tejido del aquelarre. Si una parte falla, aunque sea un poco, toda la estructura se debilita.

—Wendy es fuerte —dijo Kane, encogiéndose de hombros—. Si no jugase con sus propias reglas, que la limitan, no haríamos esto contra ella.

—No sabemos cuál es su guía espiritual —dijo Flint, moviendo la cabeza—. Parece completamente diferente, pero nunca se ha acercado demasiado, claro.

—A veces no puedes verlo —interrumpió Nick—. No importa lo cerca que estés. Pero me pregunto por qué lo esconde.

Hubo un silencio embarazoso.

—Bien —dije—. Queréis saber más sobre el elefante en la habitación. Preguntad.

Los chicos bajaron la cabeza y quejaron que hablara Nick.

—¿Qué le ha pasado a tu espíritu guía?

Aunque yo se lo había pedido, la pregunta me dolía.

—La respuesta más directa es que no lo sé. —Respiré profundamente—. Os lo puedo explicar y vemos si tenéis alguna idea.

Nick sabía casi todo lo que pasó en Nuevo México cuando rescatamos a Diana; había estado en el ritual justo antes.

Pero no sabía los detalles de lo que ocurrió cuando Kaothos y yo rompimos el bloqueo que los Adeptos de Taos habían utilizado para retener a Diana.

Flint y Kane no sabían nada de todo eso.

Así que hablé a través del dolor, y los chicos se quedaron con los ojos como platos.

Hasta esa noche, había tenido un lobo como espíritu guía, Hana. Y no estaba sola en mi cabeza. Estaba Tara, mi hermana gemela nacida muerta y, en cierta forma, todavía viva dentro de mí. Aquella cuyas bromas y presencia me mantenían con los pies en la tierra desde que tenía memoria.

Hana y Tara estuvieron allí cuando hice el primer ritual de transformación para una escorchada que estaba muriendo porque no era capaz de transformarse.

Era Olivia, y el ritual tuvo lugar en Carson Park, en la frontera entre Nuevo México y Colorado, con ejércitos de hombres lobo apostados en cada lado.

Eso les dio a los chicos los antecedentes, así que les hablé del ritual de transformación: los lugares sagrados, el baile en las hogueras, el baile a través de las nubes de humo, vislumbrar figuras espirituales.

La confusión. El dolor. La sangre. La forma en la que todo parecía ser parte del ritual.

Hablar de eso me relajó y conseguí continuar hasta el rescate de Diana y la pérdida de mi guía espiritual.

Mi garganta estaba seca, mi voz apagada. Mi corazón se aceleraba y me dolía el cuerpo al recordar el dolor.

Los Adeptos de Taos habían echado un hechizo a Diana. Habían formado un círculo a su alrededor, y se habían colocado en sus puntos, sintiéndose seguros de que el hechizo se había formulado para que, si les atacaban, esa fuerza se descargaría en Diana.

Y no sólo en Diana. El poder del hechizo se alimentaba de la vida de niños cautivos. Me dijeron que los niños morirían si atacaba a los Adeptos.

Intenté desactivar el hechizo canalizando el poder a través de mi cuerpo. Era como si cada una de mis venas estuviera ardiendo, cada hueso estuviera roto y cada músculo, desgarrado. Dolor sobre dolor.

Entonces llegó Kaothos y oscureció el cielo.

Ella rompió el hechizo y desvió el latigazo de poder lejos de los niños y a través de los Adeptos que lo habían creado.

Pensaba que ya sabía lo que era el dolor, pero Kaothos arrasó mi mente.

Era como si hubiera caído en el sol, y toda la noche estuviera en llamas.

Cuando recuperé el sentido, el bloqueo había desaparecido, y Kaothos y los Adeptos todavía seguían en sus posiciones, rígidos, con las cabezas ardiendo y desprendiendo un hedor a piel quemada conforme sus rostros se derretían.

Y mi mente se abrió en canal y dejó que la locura la inundara. Me convertí en una renegada.

Necesitaba demostrarme a mí misma que podía explicar esta historia, aunque pudiera ver el horror en la cara de los chicos y las muecas de Nick.

Maté al líder de los Adeptos de Taos, Taggart. Le arranqué la garganta y la tiré a los pies de Diana, como ofrenda a una diosa antigua y sanguinaria.

Luego cacé y torturé a Amaral, el hombre responsable del secuestro de Diana. Lo mantuve con vida, sufriendo, alimentando su sufrimiento, como si fuera un Athanate Basikilos.

Recuerdo el hambre insaciable de ser una renegada. Lo recuerdo en mi mandíbula y en mi estómago.

Pero desde el momento en que Kaothos se grabó a fuego en mi mente, Tara desapareció. Nada de hermana gemela. Ni Hana, mi guía espiritual.

Diana y mi Casa me sanaron, me trajeron de vuelta, pero tenía un agujero en mi pecho que nada más podía llenar.

Mi susurro se desvaneció en el silencio.

Parpadeé y observé las miradas de Flint y Kane. Más horror que añadir a mi historia.

—¿Qué pasa? —les pregunté.

Intercambiaron una mirada como solían hacer.

Flint habló primero.

—No es sobre volverte renegada ni nada de eso. No creas que sigues siendo una renegada. Es sobre los rituales y lo que el dragón y tú hicisteis cuando salvasteis a Diana.

—¿Qué?

—¿Sabes que los mitos se basan en hechos?

—A veces —dije.

—Sí, bueno, a veces. El tema es que hay cierto consenso en que la magia toma muchas formas, y que la magia negra es peligrosa, malvada.

—Creo que lo entendí, al ver lo que ocurrió con los Adeptos de Taos. —Pero mientras lo decía, me di cuenta de que no se referían a eso exactamente—. Espera. ¿Me estás diciendo que los rituales de transformación son magia negra? ¿Que el rescate de Diana fue magia negra?

Kane respondió:

—La forma en que lo has descrito, todos centrados en el dolor, el miedo y la sangre. Y la muerte para el rescate; Kaothos y tú matasteis a los Adeptos de Taos.

—Como sacrificios humanos. Eso se parece mucho a la definición de magia negra o magia de sangre —dijo Flint.

Magia de sangre. Podía sentir el eco de su horror a través de mi eukori. Me helaba, irradiando frío desde los más profundo de mi estómago, como silenciosos dedos helados atrapando mi corazón y mis pulmones.

—No fue así —dije.

«¿No fue así? ¿Sabía algo de lo que estaba haciendo? Estaba loca en ese momento.»

Me contuve y no dije que los Adeptos de Taos merecían lo que les pasó.

«¿Quién soy yo para juzgar?»

En realidad, la magia no vino de mí. Yo no era tan poderosa. Vino de Kaothos.

Nick no había dicho nada. Tenía la cabeza gacha.

Con una sensación de desánimo, recordé que Nick había compartido conmigo su preocupación por Kaothos. En Nuevo México me había dicho que su gente tenía miedo del Pájaro Trueno, y que aquellos que lo habían elegido como su tótem habían muerto porque era un espíritu demasiado poderoso.

¿Demasiado poderoso, o demasiado malvado?

En mi cabeza, se repetían las palabras de la Hécate, burlándose de mí: «Dracul significa dragón, y proviene de drac, que significa diablo».