Capítulo 10
Tenía el corazón en el puño mientras entraba en casa de mi madre, intentado evitar las brillantes decoraciones de Navidad. Mi padrastro, John, se había esforzado para que fuera lo más alegre posible, pero a mí no me emocionaba.
Esta noche sería mi primer paso para reconstruir una relación con mi hermana. Y la primera oportunidad de verdad para que mi madre y mi padrastro conocieran a Alex y Jen juntos.
Tendría que explicar los anillos que llevábamos, y que consideraba a Alex y a Jen como mi marido y mi mujer, y que no, no me estaba convirtiendo a una ninguna religión polígama, así que no había necesidad de ninguna ceremonia en una iglesia.
«Que el cielo me ayude. Dame una pistola y gente disparándome cada vez.»
Decir que la velada empezó tranquilamente sería una exageración.
Llegamos con los regalos que, de alguna forma, Jen y Alex habían encontrado tiempo para comprar, posiblemente durante mis horas perdidas en el país de las hadas.
Los colocamos en el montón que ya había en un rincón de la entrada.
Las reglas de mamá eran claras: sólo se podían abrir después de la cena.
Después de dejar los regalos y quitarnos los abrigos, entramos en el salón.
Nos quedamos de pie porque no había suficientes asientos.
John nos propuso unos refrescos y Kath miró al suelo, sabía que no habría alcohol por ella. La familia lo sabía. Quise decir algo. No importa lo que hubiera hecho, era mi hermana pequeña, y me dolía verla así.
Pero los cinco pasos que había entre nosotras parecían cinco kilómetros.
«Pasos pequeños», habíamos acordado Jen, Alex y yo.
Mamá vio los anillos enseguida, claro. Su mirada fue de mi mano a la de Alex y sus ojos se abrieron con emoción. Luego miró la mano de Jen. Su cara cambió y puso una excusa tonta sobre la salsa y fue corriendo a la cocina.
«Buen comienzo. Maravilloso».
Bueno, era normal que se sorprendiera, aunque ella ya sabía que tenía una relación con ambos. Sólo esperaba que pudiera adaptarse.
Dirigí mi atención a los demás.
La primera vez que lo vi, Taylor no me desagradó completamente; sólo que me parecía que tenía horchata en las venas.
Una definición un poco extraña viniendo de una Athanate, pero le iba bien.
Aquel día de otoño, al hablar sobre su compromiso, no dijo que estaba enamorado de Kath, si no que estaban «muy unidos».
Me sonaba tan mal, tan débil, tan… horchata en las venas.
Pero aquí estaba, haciéndose un harakiri profesional al tomarse un tiempo para cuidar de Kath.
Puede que lo haya juzgado muy a la ligera.
Resultó ser el más fácil para mantener una conversación y romper el hielo antes de ahogarnos: Jen era mecenas del ballet de Denver y a Taylor le encantaba el ballet.
Estaba un poco intimidado por Jen. Kath se quedó a su lado y Jen conversó animadamente con ambos, comparando el ballet de Nueva York con el de Denver.
John fue el siguiente en sucumbir a nuestros encantos. Habíamos venido con mi Audi esa noche, pero John sabía que Alex tenía un viejo Ford: el Mustang Boss del 69 de color negro jade. Estuvieron hablando sobre los problemas de mantener un clásico original.
Era un coche con clase.
Mamá volvió de la cocina, con los ojos un poco brillantes.
—¡Qué anillos tan bonitos, Amber! —dijo en voz baja, y luego esbozó una gran sonrisa para toda la sala—. Creo que estamos listos. Podemos sentarnos en la mesa. Kath, ¿me puedes dar una mano, por favor?
Alex estuvo encantador con mamá durante la cena y habló sobre la historia local que había estado estudiando. Jen habló con mucho conocimiento sobre el negocio de John.
Kath no hablaba. Sus ojos parecían vacíos.
Sólo me quedaba Taylor.
Le había amenazado, al igual que amenacé a Kath, para que se mantuviera fuera de mi camino y no volviera a hablarme nunca. Ahora tenía que borrar eso y empezar de nuevo, sólo con palabras.
—Bueno, Taylor, ¿qué te parece ahora Union Station? ¿No es genial?
—Sí, supongo, necesitaban algo más para los turistas y eso.
—¡Y lo que están haciendo en RiNo! —dije sin pensar—. Seguro que aumentará el valor de las propiedades por todo Denver.
«Mierda. Taylor y Kath vivían de alquiler. ¿Cómo había olvidado eso?»
Vi la mueca de Kath, pero no dijo nada. Comía lentamente, la mayor parte del tiempo mirando a su plato.
Seguí hablando, pero me iba sintiendo peor. Expliqué la historia sobre la pareja que había contratado a un par de investigadores para saber si el otro estaba siendo infiel, y al final resultó que los supuestos amantes eran los investigadores.
Fue un fracaso.
Intenté que Kath participase en la conversación, pero ignoró todas las oportunidades.
Hasta que llegó el postre y las conversaciones pararon un momento.
—¿Qué significan los anillos? —preguntó Kath de golpe.
Directa, como siempre.
—Simbolizan que estamos enamorados y comprometidos —le contesté—. Los tres.
No me estaba mirando a mí; estaba mirando a su propio anillo de compromiso que Taylor le había entregado el día en que le conocí. Habían hablado de una boda primaveral, pero mamá se habría asegurado de que yo supiera que ya habían fijado una fecha. No me había dicho nada.
Me mordí el labio.
¿Había problemas entre Kath y Taylor?
¿O sólo era Kath?
—Los tres. ¿De verdad? —dijo.
—Es lo que funciona para nosotros. —La voz de Jen sonaba tranquila y segura.
—Estoy segura de eso. —Mamá no tenía ni idea, pero no quería una discusión.
—No pinta bien para los Bronco —dijo John para romper el silencio.
Sabía que estaban muy cerca de los Buffalo Bill y que tenían que conseguir una plaza para clasificarse para la final, pero eso era todo. No había visto ningún partido esta temporada y no se me ocurría nada que decir.
—Necesitan un quarterback que juegue como tal —dijo Alex, dándole la razón, y continuaron la conversación. Kath volvió a su comida.
Exhalé en silencio.
Unos minutos más tarde, Jen le mencionó a Taylor que estaba buscando un par de abogados externos a su empresa para un análisis independiente de algunos de los modelos de contrato, dado el tamaño de la empresa y la reciente actualización legislativa.
Contrato de trabajo, condiciones flexibles. Podría trabajar desde casa.
Taylor frunció los labios y dijo que sonaba interesante. Miró a Kath, que no mostró ninguna señal de haber estado escuchando.
—Te diré algo —dijo.
Mamá estaba a punto de proponer el café cuando sonó el timbre de la puerta.
—Lo siento —dije—. Creo que es para mí.
Eso cayó como un jarro de agua fría.
Yelena tenía mi móvil e instrucciones estrictas de interrumpirme sólo en caso de emergencia.
O si tenía una llamada de Tullah.
Corrí a abrir la puerta y respirar el aire frío, sin rastro de la tensión del interior de la casa.
Podía sentir los ojos de mamá como rayos láser que atravesaban mi espalda y llegaban hasta Yelena.
—¡Uy! —dijo Yelena, hablando muy bajito, pero dejando que su acento tomara protagonismo—. La madre de la bestia también es una bestia; un antiguo dicho ucraniano.
—Tonterías —dije, intentando aguantar la risa—. Dame.
—David dice que tiene un mensaje de Matt. Llamará, puede que con Tullah. —Miró su reloj—. En cinco minutos.
Quedarme aquí fuera no iba ser bien visto, y me arriesgaba a deshacer lo poco que había conseguido esta noche, pero no podía perder la oportunidad de hablar con Tullah.
Cerré la puerta detrás de mí y me quedé esperando, mirando el tiempo pasar en mi teléfono móvil.
—¿Algo más?
—Diana ha llegado a Haven con la Adepta Emerson hace medía hora —dijo Yelena—. Bian ha enviado un mensaje: no tiene información todavía.
«Oh, me hubiera encantado mirar por un agujerito cuando llegaron.»
—También he hablado con los chicos guapos. No hay nada de la Hécate desde que nos fuimos de RiNo.
Tenía la impresión de que posiblemente había llamado a Flint y Kane chicos guapos en su cara. Y seguro que les había gustado.
—Scott, Amanda y Tove están durmiendo —añadió.
Pia había utilizado las feromonas pacificadoras para sedar a Tove y protegerla de los síntomas de abstinencia.
«Sí, también tenía que decidir qué hacer con Tove. Otra situación urgente.»
El móvil sonó. Número desconocido.
—¿Tullah?
—Soy yo, jefa. —Era la voz de Matt, hablando con prisa—.
Por favor, no hables, escúchame: esta conexión se cortará si se detecta un rastreo.
Cada vez hay mejores rastreadores en la web y tengo poco tiempo.
Tullah recibió tu mensaje y está volviendo a Denver por su cuenta.
Se estaban acercando demasiado, incluso con el hechizo que nos esconde.
Dijo que estaría bien viajando sola. Espero que tenga razón.
Debería llegar en unos días. Podemos intentar una distracción.
Puede que pueda darte una mejor explicación. No seas demasiado dura con ella…
La conexión se cortó de golpe.
—Mierda.
Nos quedamos mirando al teléfono como si la llamada pudiera volver, pero no ocurrió nada.
Mamá abrió la puerta.
—Amber —dijo. No hacía falta que dijera nada más. Lo que quería decir era: por qué estaba siendo tan mal educada, no era así como me había criado, y si me daba cuenta de lo decepcionante que era esta situación.
—No hay nada que hacer ahora. Disfruta del resto de la cena —dijo Yelena. Sus ojos se deslizaron brevemente más allá de mí y luego se dio la vuelta para volver al coche.
Me giré.
—Lo siento, mamá. Una de nuestras compañeras más jóvenes está viajando sola y hemos perdido el contacto con ella. Estamos muy preocupados.
Frunció el ceño mientras miraba por encima de mi hombro.
Imaginaba lo que parecía para mi madre: Yelena podría ser la parca vestida de cuero.
—No me gusta esa mujer —dijo mamá mientras entrábamos en casa—. No creo que debas contratarla. Seguro que hay gente más profesional en ese campo que serán mucho mejores. No es como si el grupo Kingslund fuera un club de mala muerte en el…
—No, mamá. Ya no es el grupo Kingslund. Es Altau Holding, e incluye al grupo Kingslund. Y me gusta Yelena.
Mamá abrió los ojos con exageración.
—No de esa forma —dije.
—Gracias a Dios —murmuró mientras entrábamos en el comedor.
En mi mente apareció una imagen en la que le explicaba a mi madre que Yelena y yo nos mordíamos en el cuello y que nos gustaba mucho.
Era suficiente para hacerme reír. O llorar.
Pero no era nada comparado con lo que me esperaba en la mesa.
Kath había recogido los platos de postre y estaba trayendo las tazas para el café.
—Nunca cambiarás, ¿verdad? —Me estaba mirando fijamente—. Siempre habrá algo más importante que la familia.
Era como si fuera una persona diferente de la que estaba cenando. Se tenía recta y con la cabeza erguida, desafiante por primera vez en toda la noche. Parecía llena de energía.
—Kathleen. —Mamá intentó pararla.
Taylor le tocó el brazo.
Ella los ignoró a ambos.
—Tenemos a dos de los principales empresarios de Denver en la mesa, pero es «la jefa de seguridad» quien tiene que responder las llamadas en medio de la cena.
—No es nada raro —dijo Jen.
Kath también la ignoró.
—Me sorprende que no te hayas quedado en Los Angeles. Es el tipo de lugar en el que encajas, ¿no crees?
Me enfadé lo suficiente como para despertar a mi lobo y entonces lo noté.
Respiré hondo. Brandy. Era probable, teniendo en cuenta el pastel que había hecho mamá, pero…
«Oh, mierda.»
—Mamá —dije tranquilamente—. ¿Qué has hecho con el resto del brandy que no has utilizado para el pastel?
No se movió. Fue John quien se precipitó hacia la cocina y volvió con la botella vacía.
—¡Oh, Kath! —La voz de mamá estaba llena de dolor.
—No os atreváis a juzgarme, ¡ninguno de vosotros! —De repente, Kath se puso a gritar—. ¡No tenéis ni idea!
Taylor intervino.
—Tranquila —dijo. Como si eso fuera a funcionar.
—¡Es culpa tuya! —Me señaló con el dedo—. ¡Todo lo que la gente esperaba de ti! Cuando nos dejaste, yo tuve que ocuparme de todo. Nunca volviste.
Taylor le cogió el brazo, intentando que volviera a sentarse.
—¡Sácame las manos de encima! ¿Qué pasa contigo?
—No pasa nada conmigo —dijo—. Eres tú la que está alterada.
—¿Alterada? ¿Por quién me tomas, imbécil? ¿Qué pasa contigo que quieres esta mierda?
Kath se derrumbó en la silla.
—Nunca volviste —dijo de nuevo y empezó a llorar.
Taylor y John le ayudaron a llegar hasta el coche, mientras que Jen y yo intentábamos consolar a mamá, que también estaba llorando.
Jen me miró y supe en lo que estaba pensando.
Apreté los dientes y salí corriendo. Esto era lo último que quería, pero si no lo hacía ahora, nunca lo haría.
Kath estaba en silencio en el asiento del pasajero. Taylor iba caminando rápidamente hacia el lado del conductor. John intentó pararme, pero le empujé y abrí la puerta de Kath.
—Has dicho que nunca volví de verdad. —Tenía que controlar la rabia y obligarme a decir las palabras—. Vale, lo acepto, Kath y lo siento mucho. Ahora lo estoy intentando, intento volver de verdad. Por ti.
No me miró.
—No puedo dejar de ser diferente a la persona que se fue de Denver después del instituto —continué—. Tú también has cambiado, pero ¿podemos empezar de nuevo? ¿Podemos intentarlo, por favor? ¿Dejar de lado los últimos años?
Taylor entró y cerró su puerta.
Me pregunté cuánto tiempo más aguantaría después de esta noche. Kath necesitaría tener a alguien a su lado.
No respondió. Pero sabía que me había escuchado. Parecía confundida.
Cerré la puerta con suavidad y Taylor arrancó el coche.
«Mierda.»
—No eres del tipo de persona que se rinde cuando las cosas se complican —dijo Jen.
Nos fuimos de casa de mi madre justo después. No abrimos los regalos. Lágrimas, despedidas silenciosas y reproches tácitos.
Feliz Navidad.
Suspiré.
—¿Qué dicen los psicólogos? Puedes ayudar a la gente, pero primero hace falta que quieran ayuda. No me parece que ella quiera mi ayuda.
Estaba agotada.
Todos estábamos de acuerdo en que esta era la mejor forma de hacerlo, pero miraba la magnitud de la tarea y dudaba de mí misma.
¿Tenía la fuerza? ¿El tiempo? Con todo lo que estaba pasando ahora mismo, ¿de verdad podía darle a Kath la atención que necesitaba?
¿O ya era demasiado tarde?