El árbol de los sueños (Amber Farrell 6) Capítulo 9
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Capítulo 9

Me quedé mirando el lugar por donde había desaparecido. Con los Adeptos de Denver, sabía a lo que me enfrentaba. Pero esta Hécate era completamente diferente, y parecía ser muy capaz de imponer sus peticiones.

¿Cómo sabía lo de Diana y Kaothos?

—Lo siento —dijo Flint, interrumpiendo mis pensamientos—. Es culpa nuestra. Nos pilló desprevenidos.

—Tenemos que movernos —dijo Kane, mientras ayudaba a su compañero Adepto a ponerse de pie—. Todo esto es su zona.

Corrimos de vuelta hasta donde habíamos dejado el caso, poniéndonos cada vez más nerviosos conforme nos íbamos acercando a los Apartamentos Schown. Ahora había gente alrededor, coches, cosas normales. Nada de brujas que aparecían de la nada en medio de nubes de nieve.

—¿Qué hora es? —pregunté cuando entramos en el coche.

Tenía un reloj en mi cabeza en el que solía confiar, pero al haber sido lanzada al mundo espiritual parecía haberse estropeado. Mi cabeza me decía que eran las primeras horas de la noche, pero me parecía extraño.

Si estuviera anocheciendo sería otro gran desastre, aunque de un tipo diferente. Querría decir que llegaba tarde a la cena de mamá.

—Son las cinco —dijo Yelena—. Parece raro, ¿verdad?

—El tiempo transcurre de manera diferente en el mundo espiritual —dijo Kane—. A veces de forma muy dispar. Tenemos que confirmar qué día es.

—¡Oh, Dios, no!

Mi móvil decía que seguía siendo hoy, pero su comentario me asustó.

Por favor, que no llegue un día tarde a la fiesta de mamá. Por favor, por favor.

Llamé a casa.

Contestó Alex:

—¿Estás bien?

—Sí, ¿qué día es?

—El mismo día que hace un par de horas. ¿Seguro que estás bien?

—Te lo explicaré luego. Estamos volviendo.

Genial. Posiblemente haya pensado que tengo una conmoción o algo por el estilo. Podía imaginar su cara cuando le dijera que me habían transportado al país de las hadas.

El tráfico era fluido y Yelena iba conduciendo, dejándome tiempo para repasar lo que había dicho la Hécate.

Kaothos era una amiga. Una amiga un poco rara, pero una amiga. No era un demonio.

Así que, ¿a qué se refería la Hécate con eso? Y si ella creía que Kaothos era un demonio, ¿por qué tenía tantas ganas de hablar con ella?

Igual de urgente, tenía que hablar otra vez con Skylur y no tenía muchas ganas de explicarle que había una gran asociación de Adeptos que se había estado formando tranquilamente delante de sus narices.

Bueno, como no podía hablar directamente con él todavía, supongo que sería el problema de Bian.

El mío era traer a Kaothos y Tullah de vuelta juntas antes de que la Hécate tuviera tiempo de inmiscuirse más.

Llamé a David.

—¿Sí, jefa?

—¿Todavía recibes algunos mensajes o llamadas de Matt?

—Sí. Supongo que todavía se está escondiendo y teme que lo puedan localizar, pero de vez en cuando envía algo.

Matt era el experto en ser ilocalizable. Si él estaba preocupado por que pudieran detectarlo, no iba a pasar eso por alto, pero tenía que asegurarme que Tullah estaba bien. Esa sensación de picor no había desaparecido.

—¿Tienes algún lugar dónde puedas dejarle un mensaje?

—Sí.

—Dile que la jefa necesita hablar con su asistenta y que la quiere de vuelta, lo antes posible.

—Vale.

—Tengo que irme.

Jen me estaba llamando. Respondí.

—¿Qué es eso de preguntar en qué día estamos? ¿Recuerdas que…?

—Vamos a casa de mi madre, sí. Sólo era una historia rara de Adeptos. Te lo explicaré luego.

—De acuerdo —dijo—. De hecho, te llamaba para avisarte de que Bian está aquí. He intentado explicarle que nos tenemos que ir, pero quiere saber qué está pasando.

Bien.

—Os lo explicaré a las dos al mismo tiempo.

—Entonces tendrá que ser mientras nos arreglamos —advirtió—. No vamos a llegar tarde esta vez, querida.

Tragué saliva.

Mi mujer, mi marido y yo estaríamos desnudos, en la misma habitación que Bian; que había sido la amante de mi marido en algún momento y que me había dicho, y mostrado, en varias ocasiones que también estaba interesada en meterse en mis bragas. La situación se estaba volviendo… incómoda.

—Bian, cariño, ¿me puedes ayudar con la cremallera, por favor?

Jen estaba aprovechando la presencia de Bian.

Imagino que yo estaba demasiado ocupaba explicando lo que había pasado como para sentir vergüenza.

Alex estaba sospechosamente preocupado por quitarse la toalla que tenía puesta a modo de kilt. Y que no estaba exactamente lisa.

Bian estaba… siendo Bian. Un momento estaba hablando concentrada, pidiendo explicaciones sobre algo que había dicho y al siguiente estaba lanzándonos miradas ardientes a uno de nosotros, o a los tres a la vez.

—¡Amber, todavía tienes el pelo mojado! —dijo Jen—. ¿Podrías ayudarla, Bian? Y, ¿qué pintalabios recomiendas para esta noche?

Alex se escapó al baño para ponerse los calzoncillos. Bian eligió un pintalabios y se dedicó a mi pelo.

No estaba tan mojado. Sólo un par de minutos más tarde, Bian dejó el secador y empezó a cepillar mi pelo.

Yo seguía hablando.

—Si la Liga de los Adeptos del Norte se extiende desde Los Lagos a Nueva Jersey, entonces debe haber alguien en Nueva York —dije—. Skylur podría ser capaz de obtener más información desde allí.

Bian asintió.

—Créeme, le informaré cuando hable con él más tarde.

Dejó de cepillar mi pelo y colocó sus manos en mis hombros desnudos.

Me puse tensa, esperaba alguna de las bromas de dudoso gusto de Bian, como besarme delante de Jen y Alex, pero no lo hizo.

Su voz sonaba seria:

—Dime otra vez las palabras exactas de la Hécate sobre porqué estaba aquí.

—Dijo: Aquí, en Denver. No porque creamos que Altau está aquí, pero porque aquí es donde Diana y el dragón volverán.

—Así que sabe que Diana y Kaothos no están muertas, y que hicimos un espectáculo de humo y espejos para el Imperio.

Y que Diana está volviendo aquí. Esto es mucho conocimiento interno, Ojos Redondos.

Mucha información interna actualizada. Por ejemplo, Skylur tomó la decisión e ir directamente a Nueva York ayer.

—Bueno, parece que esta liga es muy poderosa —dije.

—¿Más poderosa que los Adeptos del Imperio? ¿De verdad? ¿O sólo tienen mejores espías?

Parpadeé.

—Los pantalones grises te marcan mejor el culo, Alex —dijo Bian por encima del hombro.

Jen se rio y le dio a Alex los pantalones grises. Él se los puso.

Sabia elección, Bian tenía razón.

Me vestí mientras pensaba en lo que había dicho. Conocía a Bian lo suficiente para saber en qué dirección iba su mente respecto a la liga de los Adeptos, sin tener en cuenta la distracción del culo de Alex.

—¿Te he dicho últimamente que estás un poco paranoica, Gatita? —dije.

—Justo esta mañana. Venga, dime lo que estoy pensando.

Suspiré.

—Hay una persona que no es Athanate, y que no está en esta habitación, que sabía exactamente lo que estaba pasando, porqué y dónde. La única persona, además de Diana, que sabía que Skylur iba a Nueva York incluso antes que tú lo supieras.

—Exacto, ¿ves? La paranoia es contagiosa.

—Sé que no te gusta. Siempre has tenido tus reservas sobre Alice Emerson. Recuerdo cuando me decías que se merecía que la hubieran expulsado del Mayflower.

—Así que siempre tuve razón. ¿Me culpas por eso?

No tenía respuesta. Me gustaba Alice Emerson.

Y Alice era la Adepta responsable de los campos mágicos que escondían a Diana y Kaothos del Imperio.

Mi intuición me decía que ella no estaba trabajando contra nosotros, pero no era lo mismo que tener un conflicto de lealtad.

Y seguramente Skylur la había vinculado, ¿verdad?

—Oh —dije, al recordar algo más—. Alice estaba trabajando con los Guardianes. Skylur más o menos la adoptó cuando fueron expulsados de la Asamblea en Haven.

—Te estás acercando, Ojos Redondos.

—El dominio de los Guardianes era Nueva York. Es razonable pensar que Alice procede de allí. Por lo que sería probable que Alice fuera de la Liga o tuviera relaciones con ellos.

—Acabas de ganar tu estrella de oro en paranoia. —Bian aplaudía con una sonrisa.

—Y perderéis todas esas estrellas de oro si no salimos por la puerta ahora mismo —nos interrumpió Jen.

—Pero todavía no hemos hablado de lo que la Hécate dijo sobre Kaothos…

—No es mi problema. Es tu responsabilidad —dijo Bian, empujándome por la puerta del dormitorio—. Primero tienes que traer a Tullah de vuelta, luego ocuparte de la Hécate. Mi terreno es la seguridad y la paranoia, y ya tengo suficiente.

Ya lo había demostrado con el culo de Alex, la muy traidora.