El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 16. El yelmo de plata #4
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16. El yelmo de plata #4

—«Alguien ambicioso y con acceso al poder de la Corona se ha tomado la justicia por su mano, ha aprovechado las diferencias que separan a mis hermanos y las ha usado en su propio beneficio» —recitó Arión de memoria—.

Yo pensé que se refería al propio Jarrin.

¿Se lo has dicho a Roland y a Selina? La Corona debería saber que alguien peligroso intentó usar al Príncipe en contra de Luxos.

Roland asintió despacio.

—Sí, lo saben, e insisten en que Jarrin les ha contado toda la verdad.

Él creyó estar hablando directamente con el Dios de la Naturaleza, lo que nos lleva a un callejón sin salida.

Pero, durante la batalla, la enredadera me habló, o tal vez alguien me hablara a través de ella.

Por un momento temí que fuera el mismísimo Dios de la Naturaleza, pero el Tercero me aseguró que no.

Así que debe de haber alguien más, Arión, ahí fuera, que quiere hacerles daño a la Corona y a Luxos.

Se quedaron otra vez callados, digiriendo el peso de aquellas palabras pero también de los recuerdos de los últimos días.

A Finn le parecía como si hubieran pasado meses.

No podía creer que siguiera siendo el mismo aprendiz que, semanas atrás, ayudaba a su familia en la granja mientras seguía a la espera de recibir un puesto en la Milicia.

—¿Crees que la Reina Dybala contará la verdad? —preguntó Arión—. Ya sabes, si dirá por qué les ocultó a sus hijos, y a todo el pueblo, que la familia real está emparentada con las brujas.

—Es difícil saberlo, pero espero que, después de todo lo que hemos pasado y de lo que habéis logrado combinando las distintas magias, esto marque un punto y aparte.

—Yo también —confesó Arión mirando el horizonte—. Ojalá las obras del templo del Creador sean solo el principio de esos cambios. Que las brujas puedan volver a las ciudades y se restauren sus templos abandonados es lo mínimo.

—Roland y Selina parecen bastante dispuestos a hacer cambios en Luxos para intentar restaurar ese equilibrio roto del que nos habló el Tercero… —empezó a decir Finn.

—¿Pero? —replicó su amigo con una sonrisa torcida, consciente de que Finn había dejado la frase suspendida en el aire.

—Pero dudo que se atrevan a nombrar a un Consejero o una Consejera de la Magia Elemental, por ejemplo. Aunque sería lo más justo.

—Tú sabrás, ¡paladín! La justicia es lo tuyo, ¿no?

—Arión sonrió y juntó su hombro con el de Finn.

Este le hizo burla, pero Arión continuó, algo más serio—.

De todas maneras, lo primero es deshacernos de la maldita enredadera.

Aunque ahora esté detenida y tú puedas ennegrecerla y arrugarla con tu magia como una uva pasa, debe de haber alguna forma de hacerla desaparecer…

y de despertar a quienes siguen atrapados.

—Jarrin confirmó lo que pensábamos: que las víctimas de la maldición están dormidas.

—Correcto, los magos de la Academia ya lo han comprobado.

Lo complicado va a ser devolverlas a la normalidad.

La maestra Zaferina va a dirigir al grupo de académicos encargado de hallar una solución.

¡Y me va a permitir seguir siendo su pupilo!

Así que estaré ayudando en el laboratorio.

Va a ser muy emocionante. Espero que pronto lleguemos a alguna conclusión.

—¿Lo sabe Miren? —preguntó Finn—. ¿Sabe que los magos están intentando recuperar a su familia?

—Pues claro. Se lo dije antes de que se fuera.

Finn sonrió y volvió a mirar el horizonte, cada vez más apagado. Leyó otra vez la carta de Miren y la sintió cerca, aunque hubiera decidido separar sus caminos por un tiempo. En esa ocasión, reparó en un detalle que antes había pasado por alto.

—¿Qué se traen entre manos Miren y Selina? —se preguntó el soldado en voz alta—. ¿Ahora son amigas o algo así? Miren la nombra en su carta, y esta mañana, antes de la ceremonia, Selina me dijo que había hablado también con ella…

—¿Cómo? —replicó el mago, arrugando el entrecejo—. ¡Qué raro!

—¿Crees que… esto… hablarán entre ellas?

—Eso es lo que suele hacer la gente, ¿no? Hablar. Comunicarse.

—¡De nosotros! —dijo Finn dándole con el puño a Arión en el hombro—. De chicos. De cosas de chicas.

Arión se quedó súbitamente quieto, cual estatua, y luego se puso tan colorado como un tomate.

—¡No se atreverán!

Cuando se les hubo pasado el sofoco, Finn releyó la carta por última vez.

—Ah, ¿y qué es eso de un ingrediente peligrosísimo?

—¡Qué detalle que te ofrezcas voluntario como guardaespaldas, Finn!

—respondió Arión dándole unas palmaditas en la espalda—.

Verás, como te he dicho, la maestra Zaferina necesita unos ingredientes un tanto exóticos para probar hechizos y pociones con la enredadera y sus víctimas dormidas.

Pero, claro, los ingredientes no vienen al laboratorio por su propio pie.

Hay que ir a buscarlos, naturalmente. Y ahí es donde entras tú.

—¿Quieres que vaya yo en tu lugar? —le preguntó Finn con una sonrisa maliciosa—. ¿O quieres acompañarme?

—En absoluto. Tú me acompañarías a mí. Como mi escolta, claro. ¡Para algo eres paladín, digo yo! ¿No es tu trabajo proteger a quienes intentan ayudar al Reino?

Finn se rio y chocó el hombro con el de su amigo. A lo lejos, anochecía.

—¿Y a qué esperamos?

Ya estaba deseando empezar otra aventura.