El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) Epílogo. El otro juramento
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Epílogo. El otro juramento

Epílogo

EL OTRO JURAMENTO

En un castillo muy lejano

E l cernícalo entró por el balcón abierto y profirió un graznido al posarse en el escritorio.

Llevaba atada a la pata derecha una nota.

Sentado en el butacón había un caballero de armadura pesada y semblante ensombrecido.

De hecho, hasta que el ave entró y aleteó en la habitación, parecía que estuviera dormido.

Pero él nunca dormía.

Abrió los ojos inyectados en sangre y levantó la vista de la mesa.

Alargó una mano para coger la nota y la leyó despacio.

Sobre el escritorio, mapas desplegados y roídos por la humedad y el tiempo, libros polvorientos, plumas secas y frascos rotos.

Todo desordenado y cubierto por telarañas.

La habitación entera parecía descuidada.

Por el ventanal abierto entraba un viento que arrastraba hojas secas. Fuera estaba nublado, apenas había luz.

El caballero se levantó con lentitud, como si el peso de cien años cayera sobre sus hombros.

—Así que los rumores son ciertos —susurró con una voz ronca—. Han detenido la enredadera y Luxos está a salvo.

Un silbido extraño le contestó desde el otro extremo del despacho, donde la escasa luz no llegaba. Una figura encapuchada salió de unas sombras. Entre sus dedos giraban volutas de humo violeta.

—La noticia que te ha traído el cernícalo es cierta —dijo el visitante con una sonrisa maliciosa—, pero incompleta. Tu Dios ha despertado. Y ¿sabes qué? Parece que te han sustituido.

El caballero de ojos rojos desenvainó su espada de acero, con una guarda con alas membranosas talladas en hierro oscuro.

Su sonrisa fría se reflejó en la hoja del arma.

—Después de tanto tiempo, seré yo quien juzgue si es un rival digno.