El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 16. El yelmo de plata #2
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16. El yelmo de plata #2

Pero ahora no dejaba de preguntarse cuánto debía contar y cuánto callar de todo aquello.

Si Jarrin había manifestado poderes de brujo era porque la familia real estaba emparentada con las brujas.

¿Lo dirían abiertamente? Roland le había pedido que esperara y Finn había decidido no presionar, pero tampoco estaba dispuesto a que la Corona hiciera lo mismo que con la maldición: ocultárselo a los ciudadanos y poner en peligro miles de vidas solo para mantener una fantasía de control.

No le parecía justo, y una incomodidad constante en el fondo del vientre le sugería que su Dios tampoco lo encontraba aceptable.

Si algo había aprendido de su viaje y del encuentro con el Tercero, era que todas las magias eran iguales y que nadie debería sentirse rechazado solo por heredar una magia incomprendida o temida por el resto. Tampoco el Príncipe menor, a pesar de sus errores.

—Qué alegría verte, Finn, ¿estás listo? —dijo una voz suave a sus espaldas. Al girarse, encontró a la Princesa Selina—. La entrega de yelmos ya ha empezado, debes estar atento.

Estaba verdaderamente hermosa, con la larga melena castaña trenzada cayéndole en cascada por un hombro y un vestido celeste del mismo tono que la túnica de los magos. Incluso vestida de gala, Selina dejaba claras sus aspiraciones.

Con cierto apuro, Finn se arrodilló ligeramente en señal de reverencia, pero Selina lo obligó rápidamente a levantarse.

—Somos nosotros los que deberíamos inclinarnos, Finn. De no ser por ti, y por Miren y Arión, no sé qué habría sido de Luxos.

Finn se sonrojó.

—¿Os habéis… recuperado ya… de las heridas, Alte…?

—Olvida las fórmulas de cortesía, Finn, al menos conmigo. Pero sí, ya estoy bien, gracias por preocuparte.

—¿Y el Archimago Lidéndil? Lo vi luchar en la batalla.

—Está bien, cansado y magullado, pero esperará custodiado en sus aposentos hasta que regrese mi madre.

—¿Entonces ya no es el Consejero de la Magia Ancestral?

—Por ahora, sí, pero dudo que por mucho tiempo más, y solo porque Roland no cuenta con autoridad suficiente para cesarlo. Sus horas como Archimago están contadas.

—Supongo que es lo justo, aunque… —Finn carraspeó— me pregunto a quién nombrará la Reina en su lugar.

Selina entornó los ojos un momento y esbozó una sonrisa enigmática.

—Roland quiere proponerme como Archimaga, pero no estoy segura de que sea lo mejor. Soy… demasiado joven.

Finn se encogió de hombros.

—Si el Tercero vio algo en mí a mi edad, ¿por qué no habría de hacer el Príncipe regente lo mismo contigo?

Selina volvió a meditar bien sus palabras. La forma en que miró a Finn hizo que se le erizara el vello de la nuca.

—Miren tenía razón —dijo—. Quizá seas más perspicaz de lo que pareces a simple vista, Finn.

No me extraña que el Dios del Equilibrio viera algo en ti y decidiera ponerte a prueba.

—Selina sonrió—. Pero no te entretengo más.

El heraldo debe de estar a punto de cantar tu nombre. Suerte con tu yelmo, soldado.

Finn volvió a inclinarse antes de que la Princesa se retirara. No sabía por qué, pero sentía una presión inmensa cada vez que ella estaba cerca.

No se había repuesto aún del todo cuando oyó que decían su nombre. «¡Es la hora!», se dijo, notando el revoloteo de mariposas en el estómago. ¡Cuánto había deseado que llegara ese momento!

Cruzó el umbral y apareció en el extremo posterior del descomunal salón, muy cerca de donde esperaba el Príncipe Roland.

El salón del trono estaba directamente tallado en roca maciza.

De hecho, se decía que todo el Bastión Corona al completo había sido construido alrededor de esa cámara excavada en una misma roca.

Pese al tamaño, la atmósfera era sorprendentemente acogedora.

Muchísima gente había entrado al Bastión tras el desfile y ocupado hasta el más mínimo hueco.

La mayoría eran miembros de la corte y nobles del Barrio Alto, pero también estaban los familiares de los participantes de la ceremonia.

De camino al estrado, Finn buscó entre el público a su familia, a la que los padres de Arión y el propio estudiante de magia habían guardado el sitio.

Lo que le extrañó fue que Miren no estuviera también allí.

Los tres amigos habían quedado en verse tras la ceremonia…

Las trompetas cesaron cuando Finn llegó al trono, cincelado en una sola pieza de mármol gris.

Roland se puso en pie de un salto y rodeó a Finn por los hombros.

—¡Finn, compañero! —dijo con el rostro iluminado—.

¡Tienes buen aspecto! ¿Cómo puede ser que yo me llevara la peor parte?

—Le enseñó el brazo vendado bajo la capa de terciopelo—.

El médico real me ha atiborrado a miel de luna para el dolor, pero en dos o tres semanas estaré como nuevo.

Estate preparado: ¡te haré llamar para entrenar juntos!

—¡Estupendo! —acertó a decir Finn, que no sabía del todo cómo comportarse. Demasiada gente observando, demasiado lujo a su alrededor, demasiadas emociones, demasiados cambios.

—Ya hablaremos cuando acabe todo esto, ¿de acuerdo? Entre tú y yo, menos mal que ya ha terminado el circo del desfile. Hay tanto trabajo por hacer… ¿Crees que le habrá gustado al resto? A ver cuando vuelva Su Majestad, si está conforme…

—Ha sido emocionante, Roland, es una pena que se lo haya perdido. ¿Sabes ya cuándo…?

Roland soltó un suspiro.

—La Reina está en camino, pero la capital de Flamia está lejos y los cernícalos tardaron en llegar.

Mi hermana piensa acribillarla a preguntas en cuanto llegue.

Puedes hacerte una idea de sobre qué… Pero no alarguemos esto, el pueblo está esperando y tengo entendido que la Milicia estaba en deuda contigo…

El Príncipe regente se giró y recibió de su ayudante el yelmo de Finn.

—Gracias, Roland, es un verdadero honor —dijo a toda prisa, lleno de adrenalina, antes incluso de ver ese casco que tanto había deseado—. Te juro que seré un soldado digno.

¿Cómo sería su yelmo? ¿Halcón para los centinelas de las ciudades, lobo para los patrulleros del Reino, oso para los exploradores y cazadores, caballo para el Ejército…

, o tal vez leopardo montés, si es que Roland quería que Finn formara parte de su guardia personal?

Finn había pasado los últimos cuatro años de su vida imaginándose aquel momento, y ahora por fin descubriría su cometido.

Finn se mordió el labio inferior y alzó la vista nerviosísimo, pero no estaba preparado para lo que vio.

Nadie lo estaba.

Un murmullo generalizado sobrevoló el salón del trono. Los aplausos se volvieron tímidos, dispersos. Roland alzó un yelmo precioso con forma de cabeza de águila plateada y se lo entregó a Finn con una sonrisa de oreja a oreja. Luego, le guiñó un ojo.

Finn estaba atónito, no sabía cómo reaccionar. El yelmo del águila dorada estaba destinado al Rey o la Reina de Luxos, así que no tenía sentido que Roland le hiciera entrega de uno bañado en plata justo a él.

Entonces, lo entendió. No era un águila.

«El Roc», se dijo Finn, con los ojos como platos. Tragó saliva y se esforzó en aguantar el tipo. Respondió a la sonrisa de Roland con una leve reverencia y, al descender del trono con el casco bien prieto contra su cuerpo, fue al encuentro de los demás soldados.

Ninguno de sus compañeros tenía un yelmo como el suyo.

Y por las miradas y los cuchicheos que hubo entre los presentes hasta que el heraldo cantó el siguiente nombre, el pueblo de Argéntea se preguntaba por qué.

—¿El Roc? —bufó Arión alzando el yelmo ante sí y estudiándolo con los ojos entornados, tan de cerca que rozaba el pico del águila con la punta de la nariz—. ¡Anda ya! ¿Y a Miren y a mí nos dan una mísera medalla? ¿Qué se supone que voy a hacer yo con una medalla: atármela al cuello?

—Es una muestra de agradecimiento, Arión, no seas tan tiquismiquis. ¿Qué habrías querido que te dieran?

Los ojos del estudiante brillaron.

—Acceso a la biblioteca real del Bastión Corona, por ejemplo.

—¿Desde cuándo necesitas permiso para entrar en una biblioteca privada? —dijo Finn con una sonrisa pícara—. ¡Otro licor etéreo, y solucionado!

Arión lo ignoró conscientemente y siguió admirando el yelmo a la luz del atardecer. Los rayos de sol resbalaban por su baño de plata y creaban hipnóticos brillos.

—Sigo sin entenderlo —reconoció encogiéndose de hombros—. ¿Qué puesto en la Milicia representa?

—¡Pues eso digo yo! Nadie lo sabe. Y eso no es lo peor. ¿No viste cómo me miraban todos?

—Bueno, es natural. De repente, y sin mayor explicación, un crío de catorce años recibe un yelmo que se parece sospechosamente al de la mismísima Reina…

Si al menos Roland hubiera dicho que el Tercero te ha escogido como su paladín…

—Finn soltó un hondo suspiro y le pidió a Arión que le devolviera el yelmo.

Este lo miró con malicia y señaló con un gesto las almenas—. ¿Y si se me cae…?

—No hay problema. Irías detrás para recogérmelo.

—Aburrido —dijo el mago devolviéndoselo—. Todo tuyo.

Finn sonrió. Aún se le aceleraba el pulso al mirarlo y verse reflejado en el metal pulido.

—Roland me ha dicho después de la ceremonia que la forja ha trabajado día y noche para acabarlo a tiempo.

—Rilind mi hi dichi dispiís di li ciriminii…

—Detecto cierto rencor en tu voz, Arión. Por fortuna ya hace muchos años que nos conocemos y sé que jamás albergarías sentimientos tan amargos hacia un buen amigo —intervino con un retintín que recordaba al de su amigo.

El mago recordó que la cita era suya y sonrió, con la vista perdida en el mar de tejados.

El desfile y la entrega de yelmos y galardones habían ocupado todo el día.

Cuando había conseguido escapar, Finn se había reunido con Arión en un torreón de la cara oeste del Bastión desde donde se podía disfrutar de un espléndido atardecer.

Ahora, con las horas de la tarde languideciendo al otro lado del valle del Galerna, el cielo se teñía de oro, granate y morado por momentos.