El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 16. El yelmo de plata
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16. El yelmo de plata

EL YELMO DE PLATA

En Argéntea, capital de Luxos

A l otro lado de la puerta, el sonido de las campanas resonaba contra las paredes, amortiguado por las voces en las calles.

—¿Ya es la hora? —preguntó Finn asomándose por la ventana abierta.

—¿Qué? ¿Ya? —replicó su madre, que estaba intentando peinarse delante del único espejo de la habitación. Tener que hacerlo mientras Doras se enceraba la barba le añadía a la tarea un extra de dificultad—. Y yo aún sin… ¡Ay, hijo, me has pisado!

—¡Es que no puede uno ponerse guapo tranquilamente en esta casa!

—Qué presumido… —le chinchó Finn por lo bajinis.

—Fenian Connell, no eches leña al fuego —lo riñó Giana—.

Y, Doras, ya te he dicho que el próximo día de mercado compraré otro espejo, pero por ahora…

No puedo presentarme así delante de todo el mundo.

¡Rea, te lo suplico, hazme un recogido! Merías, querido, haz el favor de…

¿Pero cuándo te has cambiado tú de ropa?

El padre de Finn se encogió de hombros e intercambió con él una mirada cómplice. Se rieron. Merías estaba sentado en la mesa de la cocina, vestido con sus mejores galas y disfrutando con parsimonia de su pipa de menta. Rea acudió a la llamada bajando del primer piso para hacerle a Giana una trenza.

—¿Tú ya estás preparado, hijo?

—¡Pues claro! —dijo Finn abriéndose de brazos y luciendo su flamante armadura—. ¡Sois vosotros los que tardáis una eternidad!

El horno encendido propagaba por toda la casa un aroma cálido a madera de pino.

El otoño había empezado en el Bosque Perenne y sus colores ocres, verdes y rojos llegaban a la ciudad en forma de hojas arrastradas por el viento, pero aún no hacía frío.

Laia, la prima de Finn, abrió la puerta de golpe con los mofletes y la punta de la nariz rosados por la carrera.

—¡Está todo el mundo en la plaza! —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—.

Han decorado los torreones del castillo con estandartes preciosos…

—Hizo una mueca al ver a Finn en medio de la habitación con gesto impaciente—.

¿Aún estás aquí? Creo que ya han llamado a los nuevos reclutas…

¡Tenéis que entrar al Bastión por el portón lateral!

Al quedarse en silencio, oyeron el tañido de las campanas. Giana se llevó las manos al rostro y soltó un grito agudo.

—Ups. ¡Alguien llega tarde…! —dijo Doras, aún frente al espejo.

—¡Dioses, qué familia! —gruñó Finn.

—¡No blasfemes! —lo riñó Giana, que le rodeó la cara con las manos—. Ya has oído a tu prima. Adelántate tú y ahora vamos nosotros.

Finn asintió. Su madre lo miraba con ojos brillantes, emocionados.

—Y pensar que llegué a creer que no volvería a verte…

—Mamá, por favor. Todo está bien —le aseguró Finn cogiéndole las manos, algo avergonzado.

—Estamos orgullosos de ti. —Y acto seguido fue como si Giana recordara algo—. Pero no te olvides de que, en cuanto termine la ceremonia, ¡sigues estando castigado!

Todos salvo Giana y Finn rompieron en una carcajada. ¡Su madre no tenía remedio! Él negó con la cabeza, salió por la puerta y echó a correr calle arriba. Debía darse prisa si no quería llegar tarde a su propia graduación.

Hacía una mañana radiante. Una brisa fresca se colaba por los callejones y acumulaba las hojas bajo las carretas.

La ciudad parecía súbitamente desierta, pero eso era solo porque todos debían de estar ya en la plaza, donde acababa el desfile que había cruzado Argéntea de punta a punta.

Nada más salir a la avenida, Finn sintió ese vuelco en el estómago del que no lograba librarse.

Las consecuencias de la batalla seguían allí.

Aún le afectaba lo cerca de su propia casa que había estado la maldición. El avance de la enredadera era visible no solo por los desperfectos en la muralla y la Puerta Sur, prácticamente en ruinas, sino por los arañazos en paredes y muros, las tejas arrancadas y los carros hechos trizas.

Las labores de reconstrucción habían empezado apenas había cesado la amenaza, pero muchos de los brazos arrugados y oscurecidos de la enredadera habían sido imposibles de partir.

Se habían quedado en su sitio, inertes, y daba miedo que pudieran volver a despertarse.

Si Jarrin hubiera terminado de perder el control, las ramas se hubieran expandido por el Barrio Bajo sin encontrar oposición alguna hasta atrapar en su sueño venenoso a todos sus habitantes.

Por suerte, lo peor había pasado.

Roland había reinstaurado el orden deprisa.

Se habían limpiado las calles, reorganizado las tropas, y se había nombrado un comité evaluador de daños y celebrado un desfile con el que levantar el ánimo.

Estaba previsto que este acabara en el salón del trono con la entrega de yelmos a los nuevos reclutas y también el reconocimiento a civiles y soldados que habían luchado con valor, dando, en ocasiones, su propia vida.

La mezcla de emociones era extraña, y no solo la notaba Finn, se respiraba en el aire.

La gente estaba contenta pero también asustada.

¿Qué pasaría ahora con la enredadera? ¿Podrían rescatar a quienes seguían atrapados dentro?

Aún transcurrirían muchos días hasta que supieran a ciencia cierta qué había pasado y quién, cómo y por qué estaba detrás de aquello.

El bullicio y la muchedumbre le dieron la bienvenida en la plaza. Estaba tan a rebosar que se sofocó tratando de cruzarla. Un guardia lo reconoció como aprendiz y lo dejó pasar por la entrada lateral del Bastión. En cuanto giró el primer pasillo del palacio, dio con un rostro familiar.

—Parece que te gusta llegar con el tiempo justo a todas partes… —le dijo una soldado de armadura blanca y yelmo de leopardo montés.

—¡Boudicca! —saludó Finn con alegría—. ¿Llego tarde?

—No, por los pelos —sonrió la mujer—. Vamos, te estaba esperando. Te guiaré hasta el salón principal, que esto es un laberinto.

Finn se apresuró para poder seguir el ritmo de la escolta del Príncipe Roland.

Pensó en preguntarle si había resultado herida en el combate, pero, con la velocidad a la que andaba, supuso que no era necesario.

Al llegar al vestíbulo contiguo al salón, Finn se dio de bruces con una multitud de aprendices uniformados como él.

Al fondo había un pequeño arco que daba al salón del trono.

Cuando el heraldo cantaba el nombre del siguiente aprendiz, el susodicho accedía directamente al escenario y se encontraba allí con el Príncipe regente y la audiencia expectante.

Por lo que pudo saber Finn, la ceremonia acababa de comenzar.

De repente, Finn reconoció una cara entre los aprendices que esperaban a su alrededor.

—¿No te alegras de verme, muchacho? —preguntó el Consejero de la Guerra.

—¡Bernus! —gritó Finn, incapaz de articular palabra—. Pero vos, pero yo… ¡Estáis vivo!

Bernus soltó una carcajada que retumbó como una avalancha.

El Consejero llevaba sobre los hombros una capa de ribetes dorados, pero bajo ella eran visibles las vendas en el vientre, el pecho y los hombros.

El antiguo mentor de Finn lucía arañazos en el rostro y estaba más delgado de como lo recordaba, aunque seguía siendo de un tamaño colosal.

—Tuvo mucha suerte —dijo Boudicca sonriendo a Bernus—. Todos nosotros, en realidad.

—¿Pero cómo…? —preguntó Finn, que aún tenía la boca abierta.

—Mis recuerdos de esos días son confusos, muchacho —murmuró, ya más serio—.

Sé que partí con dos guardias a caballo rumbo a la Cordillera de las Bestias, pero no mucho más.

Recuerdo tu rostro al otro lado de un puente y un gran banco de niebla.

Sé que caí por un terraplén, pero quizá el suelo estaba cerca o puede que la Diosa velara por nosotros…

—¿Cómo regresasteis a la capital? —preguntó Finn—. ¿O Roland envió a alguien a buscaros?

—No hizo falta. Al salir del desfiladero descubrimos dos caballos salvajes.

En lugar de dar coces, se acercaron como si nos invitaran a montarlos…

—Bernus sacudió la cabeza—. En mi vida había visto criaturas salvajes comportándose así, pero nos salvaron la vida.

Un escuadrón de exploradores dio con nosotros en la Carretera de Bronce y nos escoltó hasta Argéntea.

Pero ya hablaremos más detenidamente. Tú también tienes mucho que contarme…

Bernus le guiñó un ojo y se retiró con Boudicca.

Finn respiró hondo. Aún no podía creer que su antiguo mentor estuviera vivo. «Esto ha debido de ser cosa tuya, Tercero, así que gracias», pensó.

Eso le recordó algo. Bernus era el Consejero de la Guerra, ¿le habría confiado Roland ya algo sobre el Dios del Equilibrio, sobre la magia ritual o sobre la traición de Jarrin?

Finn había pensado mucho en lo que habían logrado Miren, Arión y él neutralizando el conjuro de sangre, pero más aún en lo que significaba ser paladín y en lo que podía implicar que él lo fuera de ahora en adelante.

Tras la batalla, Roland le había dado las gracias, pero también le había dicho que todo lo del Tercero y lo de ser paladín del Reino primero tendrían que discutirlo con su madre, la Reina.

Luxos no tenía un paladín desde hacía casi ciento cincuenta años.

La mayoría de la gente no había oído hablar del Dios del Equilibrio, ni mucho menos sabían en qué consistía la magia ritual.

Después de la enredadera, anunciar que un Dios olvidado había regresado, podía reavivar el caos.

Y Finn no quería contribuir a eso, así que había estado conforme.