El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 15. De hilos y ramas #3
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15. De hilos y ramas #3

Los lazos de magia verde envolvieron la hoja de opalázuli antes de que alcanzara a tocar el antebrazo del brujo.

Finn sintió la presión que ejercía el conjuro.

Los hilos verdes que surgían del tatuaje se trenzaron y formaron una capa protectora que el filo de su espada no lograba traspasar.

Jarrin chilló, aterrado, y justo cuando parecía que el equilibrio de fuerzas no cedería, hubo una explosión y ambos saltaron por los aires.

Cayeron a pocos metros, entre fragmentos de ramas secas, jirones de humo, escombros y barro.

Por primera vez desde que había empezado el combate, Finn sintió una ola de cansancio aplastando su cuerpo.

Alzó la vista y vio a Jarrin, que intentaba incorporarse.

Al acercarse, Finn detectó el tatuaje intacto en su antebrazo.

Los hilos volvieron a surgir de inmediato.

«¿He fracasado?», se preguntó.

—¿Có… cómo? —oyó que balbuceaba Jarrin—. No puedo controlarlo. Lina, Ro, ¡lo siento! —Jarrin llamó a sus hermanos entre lágrimas antes de ser engullido por un nuevo ciclón de ramas verdes.

Finn no tuvo tiempo de protegerse cuando el torbellino fue a por él.

Una rama le dio en el pecho y lo lanzó hacia atrás.

Sintió la armadura clavándosele en las costillas al aterrizar y ahogó un grito de dolor.

Arión fue a socorrerlo y lo ayudó a incorporarse mientras Miren repelía con llamaradas las espinas que salían de la maldición.

Tras ellos, a pocos metros, estaban Roland, Selina y el Archimago, los tres levemente heridos y aterrorizados por la espantosa visión que había devorado a Jarrin.

El ciclón giraba en torno a él, se hundía en el suelo y provocaba chirridos al arañar balcones y tejados.

Finn reparó en que el ataque a la enredadera estaba dejando a la bruja al límite de sus fuerzas.

—¡Miren, para! —le dijo Arión sosteniéndola por los hombros—. Según mis cálculos, has usado ya el noventa por ciento de tu magia elemental. No es un cálculo fácil, tuve que tomar un montón de apuntes y probar un montón de fórmulas durante el viaje, pero creo que es bastante correcto.

—¿Bastante correcto? —gruñó Miren con media sonrisa.

—Ya perfeccionaremos la ecuación en otro momento… El caso es que necesito que ahorres toda la magia elemental que puedas porque… —El mago cogió aire y se puso serio—: tengo una idea.

—¡Nunca me he alegrado tanto de oírte decir eso! —gritó Finn, que acto seguido hizo una mueca de dolor—. Auch. Esa caída me ha dejado hecho polvo.

—¿Pero es una idea tipo plan-plan o tipo plan-no-plan? —preguntó Miren.

—¡Plan-plan! —respondió el mago—. Veréis, Miren tenía razón, el conjuro de sangre es demasiado fuerte, pero el problema no es ese. El problema es… —Arión negó para sí mismo, a la vez que asentía con vehemencia—. Eso es, ¡hay que pensar en el hechizo como si fuera una cerradura!

—¿Qué? —gruñó Finn.

—Tu magia ritual puede neutralizar la enredadera, Finn, pero solo si la cortas directamente, por eso has fallado en tu último ataque.

El conjuro de sangre no funciona igual, es intrínseco a Jarrin.

Tu estocada debe incidir en un nivel mucho más profundo de magia.

Y para eso necesitamos que una llave nos permita acceder a él.

—¿Y cómo hacemos eso? —preguntó Finn.

Entonces Miren, abriendo mucho los ojos, se adelantó a la respuesta del mago.

—Quieres hacer lo mismo que con el culebre, pero sumando el poder de la magia ritual.

—¡Eso es! Las tres magias juntas: la elemental abrirá un camino en el amasijo de ramas y conectará con el conjuro, mientras la ritual limpiará la corrupción al poder penetrar en ella.

—¿Y qué pasa con la ancestral? —preguntó Finn—. ¿Qué harás tú?

—Utilizaré el hechizo que usé contra el Roc: mantendré en pie el camino que Miren abra para que las ramas no os coman vivos. ¿Os parece una locura?

—No he oído una locura mayor en toda mi vida, ¿pero por qué iba eso a significar que no va a funcionar? —replicó Finn con los ojos radiantes y una sonrisa en los labios—. ¡Me encanta!

—¡Haremos que funcione! —aulló Miren.

—¡Acabemos con esto juntos! —exclamó Arión.

Los tres corrieron hacia la maldición. La enredadera no dejaba de crecer, amenazando los alrededores de la avenida. Tras esos muros habría hombres, mujeres y niños muertos de miedo, familias enteras de inocentes que no merecían acabar siendo alimento de aquel monstruo.

Finn no lo permitiría. No solo porque ahora se sentía imbuido por la magia ritual y la bendición del Tercero, sino porque Argéntea era su ciudad natal, su propio hogar estaba a unas pocas callejuelas, y, como soldado del Reino, tenía una misión que cumplir: proteger Luxos por encima de todo.

—¡Miren, ahora! —gritó, empuñando la espada con fuerza.

La bruja gritó y concentró delante de sí una enorme lengua de fuego verde. El cabello le brillaba rojizo y suelto, alborotado por las llamas, que trazaban un camino a través de la maldición.

Antes de que el enemigo reaccionara, Arión vociferó:

— ¡Dermis lithos!

El túnel abierto en la enredadera se endureció, revestido de adoquines y escombros.

Finn, Miren y Arión avanzaron a trompicones.

Arión murmuraba y repasaba en el aire la runa una vez tras otra, mientras Miren seguía lanzando llamas que penetraban en el corazón de la enredadera.

Sin embargo, el túnel crujió de repente y un abanico de ramas los atacó.

Finn contraatacó con la espada, pero Arión perdió la concentración y el torbellino se hizo más fuerte.

La bruja, por otro lado, empezó a sufrir los efectos del agotamiento: sus llamas se encogían.

Finn alzó la vista. Jarrin estaba a pocos metros, en el vórtice del ciclón, pero si no hacían algo pronto…

—¡No puedo llegar solo! —gritó Finn, que sintió cómo la magia ritual renovaba sus fuerzas y deseó que parte de esa energía fuera también a sus amigos.

De repente, Miren y Arión cogieron aire y pisaron con firmeza a su lado. El fuego de la bruja giró y allanó el camino, quemando a su paso los látigos que cubrían el tatuaje de Jarrin. Y Arión, de súbito, dibujó otra runa en el aire y apuntó directamente a Finn.

— ¡Inbelos glyphia! —gritó.

«¿Flecha penetrante?», se preguntó Finn un segundo antes de que la magia ancestral de Arión lo irradiara con luz azul. No tuvo tiempo de pensar mucho más.

Sintió un impulso inusitado que lo arrojó hacia delante, como si fuera un proyectil, dentro del nido de ramas que envolvía al Príncipe.

Finn no tenía tiempo para pensar. Aprovechando el impulso, alzó su espada y, justo cuando pensó que la hoja chocaría de nuevo con la telaraña mágica que cubría el antebrazo de Jarrin, las llamas de Miren le abrieron paso hacia el conjuro.

El fuego verde de la bruja empujó los hilos a un lado, justo lo suficiente para darle a Finn la apertura que necesitaba.

—¡Ahora! —gritó su amiga.

« Solo retrasas lo inevitable, paladín… », dijo la voz de nuevo. « El Reino será consumido desde el valle más hondo a la más alta cima, porque así ha sido dispuesto… ».

—¡Eso ya lo veremos! —bramó Finn antes de asestar un tajo de luz al centro del tatuaje.

Esta vez, la hoja de su espada sí tocó a Jarrin.

Ramas picudas mordían el túnel de fuego, abrían grietas y les arañaban brazos y piernas.

Jarrin gritaba envuelto en un torbellino de magia oscura.

Nubes de tierra, polvo y ascuas brotaban alrededor de los chicos y se elevaban absorbidas por el conjuro de sangre.

Hilos de magia azul, verde y plateada giraron alrededor del Príncipe menor y penetraron a la vez en su antebrazo.

Con un último grito que le salió de las entrañas, Finn hendió el arma en la herida, que sonó como un aullido en la noche.

Magia ancestral, elemental y ritual brillaron al unísono, en armonía.

Los tres gritaron y se protegieron la cara con las manos.

Por un momento, Finn no supo qué pasaba, si estaba funcionando o si no lo conseguirían. Luego hubo un estallido de luz y todo se detuvo. La magia dejó de brotar y el ciclón se deshizo en el aire.

Finn dejó caer la espada, Miren se arrodilló a su lado y Arión se tambaleó tras ellos.

Se hizo el silencio.

Las ramas que habían atacado fachadas, tenderetes y carros se ennegrecieron y arrugaron.

Finn cogió aire y comprobó que sus amigos estaban bien.

Roland y Selina se acercaron a un Jarrin inconsciente que, sin embargo, tenía el antebrazo libre de toda marca salvo por el corte plateado que le había infligido Finn.

Había dejado de llover y las nubes se estaban rompiendo.

Un rayo de sol abrió el cielo.

Argéntea estaba a salvo.