El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 15. De hilos y ramas #2
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15. De hilos y ramas #2

Con una fuerza inusitada salida de las entrañas, Finn gritó. Una aurora plateada bañó la hoja de opalázuli justo antes de que alzara el arma en el aire y asestara el golpe. La maraña de ramas cayó retorcida y negra sobre empalizadas, armeros derribados y tiendas destruidas.

Finn parpadeó.

La voz se había ido, pero por los gritos del campo de batalla era evidente que la enredadera seguía expandiéndose por todas partes.

Las piernas le temblaban. La boca le sabía a hierro.

La tierra le rechinaba entre los dientes.

Pero sonrió. Tenía hasta ganas de gritar.

¿Qué acababa de hacer? ¡Había luchado contra la mismísima maldición y la había enviado de vuelta bajo tierra!

Envainó la espada y se miró la palma de la mano derecha. Sentía la magia ritual fluyendo por sus venas, fortaleciéndolo. El Dios del Equilibrio estaba con él, era cierto.

—¡Finn! —Era la voz de Arión.

Se giró y en la distancia, a los pies de la Puerta Sur ahora derruida, vio a Miren levantando un tornado verdoso lleno de escombros, maderos y rocas.

A su alrededor, decenas de soldados con diferentes yelmos y armados con espadas melladas, junto con magos de túnicas ajadas, luchaban contra cientos de finas ramas que brotaban de la tierra e intentaban continuar muralla a través.

Arión estaba a su lado y señalaba con aspavientos el portón en ruinas.

—¡Ahora! —gritó Miren.

— ¡Dermis lithos! —la siguió Arión.

La runa resplandeció inmensa y azul antes de envolver el vendaval de Miren y solidificarlo, armando una gigantesca masa sólida de escombros. Con un nuevo grito, la bruja embistió a la enredadera con ella. Las ramas crujieron y llovieron por los alrededores hechas pedazos.

—¡Chicos, por fin os encuentro! —gritó Finn al reencontrarse con ellos—. Traigo noticias: la magia ritual puede detener la maldición. ¡Si corto la enredadera, las ramas no vuelven a crecer!

—Nosotros también hemos hecho progresos combinando nuestras magias —dijo Arión.

Miren se giró hacia la porción de muralla derruida y se mordió el labio inferior.

—El problema es Jarrin y el conjuro de sangre de su antebrazo —aseguró—. Creo que es él quien la controla. Ha salido corriendo después de la explosión y ha atravesado la Puerta Sur. ¡Si desata la enredadera dentro de la ciudad, todo estará perdido!

—¿Crees que tu magia ritual podrá detenerlo? —le preguntó Arión.

—No lo sé, pero… —Finn dudó, se dio cuenta justo entonces de una cosa—. ¿Qué has dicho? ¿Que Jarrin ha entrado a la ciudad? Chicos, ¡mi casa está muy cerca!

—Tenemos que darnos prisa —dijo ella mirándolo muy seria—. Sus hermanos fueron tras él, seguro que están intentando detenerle…

Finn estaba mareado. Solo de pensar en su familia en casa, rezando a los Dioses para sobrevivir al paso de la maldición, sentía una mezcla de rabia y dolor insoportables.

Miren tenía razón: debían correr. No solo por todas las vidas inocentes que estarían en juego de desatarse la enredadera en la ciudad, sino porque Roland y Selina también corrían peligro.

Si el Príncipe regente y la Princesa caían a merced de las ramas y del sueño de su savia venenosa, ¿quién podría convencer a Jarrin de parar esta locura?

El campamento había quedado irreconocible, así como las inmediaciones de la muralla.

Ruinas en llamas, columnas de humo, soldados heridos, escuadrones a la retirada y ramas que se abrían paso como garras arando la tierra.

La tormenta había amainado, ahora caía una lluvia fina.

Mirara donde mirase, Finn veía ráfagas de flechas y runas azules crepitando contra las nubes.

Los tres amigos cruzaron el umbral demolido que, semanas atrás, habían traspasado a hurtadillas, de madrugada y en sentido contrario, para iniciar su aventura.

Los restos de la Puerta Sur los condujeron al laberinto de callejones y plazuelas del Barrio Bajo, allí donde Finn había crecido. Se conocía cada recoveco.

A poca distancia, donde el camino de tierra se convertía en la avenida de baldosas que zigzagueaba hasta la plaza y el Bastión, Finn vio una figura envuelta en magia y ramas verdes.

—¡Jarrin! —gritó, pero al instante se percató de que el Príncipe no estaba solo.

El Archimago y Selina mantenían con los brazos en alto sendos hechizos ancestrales.

La magia azul fluía desde ellos hacia la enredadera situada a la espalda de Jarrin, intentando retenerla.

De escapar, las ramas se adentrarían por las callejuelas, y atravesarían muros y ventanas.

Finn dudó un instante, incapaz de no pensar en todos los inocentes escondidos en sus casas, tras puertas atrancadas y postigos cerrados.

¿Cómo podía enfrentarse a la maldición sin poner a nadie en riesgo?

—¡Nuestra madre no te permitirá salirte con la tuya! —gritó Roland, que también estaba cerca, con el brazo izquierdo ensangrentado y la espada apenas levantada con la mano derecha.

—¡Jarrin, detén esta locura! —dijo Selina—. ¡Aunque tengas razón y nos hayan ocultado todo este tiempo nuestra herencia, ¡¿adónde crees que te llevará esto?!

—¡La Reina ha huido! —contestó Jarrin desde el interior del remolino verde—. ¿No os dais cuenta? ¡Os abandonó a vosotros también en cuanto tuvo la oportunidad!

—¡No es así! ¡Mamá fue a buscar ayuda! —clamó Selina—. ¡Recapacita! Aún estamos a tiempo de parar esto, de hablar los tres, ¡tiene que haber otra manera!

—¿Sabéis lo que me dijo? Yo acababa de manifestar el poder de las brujas provocando un huracán en mi cuarto y estaba aterrado por lo que pudiera pasar…

, por lo que pudiera pasarme. ¡No sabía nada de la magia elemental!

—chilló Jarrin—. ¡Y mamá me miró con asco y me ordenó que lo ocultara, porque nadie debía saberlo nunca!

El suelo tembló. El amasijo de ramas y espinas dio una sacudida y amenazó con derribar las runas de contención.

—¡Déjanos ayudarte! ¿Acaso quieres gobernar sobre un reino en ruinas? —suplicó Selina con un grito antes de que la magia ancestral colapsara y la onda expansiva los lanzara al suelo a ella y al Archimago.

Roland corrió hacia su hermana y la defendió con la espada en alto de varias ramas espinosas que ondeaban como látigos.

No obstante, su espada emitió un ruido espantoso al chocar con las zarzas y se quebró.

Finn vio el rostro de Roland cambiar al espanto más absoluto mientras la hoja de su arma volaba hecha añicos.

Jarrin se giró hacia su hermano mayor y palideció al verlo desarmado.

El Príncipe menor no se movió, como si estuviera maniatado por una fuerza superior.

Sin embargo, el antebrazo del tatuaje se extendió hacia Roland, incontrolable.

De pronto, una nueva rama atrapó al Príncipe regente por una pierna.

—¡No! —aulló Roland—. ¡Jarrin, no lo hagas!

—¡Roland! —gritó Selina intentando levantarse.

—¿Cómo…? —dijo Jarrin, que se miró confundido el brazo y se enjugó las lágrimas—. No, espera, yo no…

Pero su brazo no le obedecía. Mandaba señales a las ramas, que se abrieron como una boca inmensa a punto de devorar a Roland.

—Es el conjuro de sangre —le explicó Miren a Finn, que había observado la escena incapaz de reaccionar—. Está hecho de magia elemental, puedo sentirlo, pero no es tan sencillo como Jarrin cree. Ha perdido el control.

Finn alzó la espada y se preparó para intervenir.

—Entonces tendremos que deshacernos de él.

Corrió hacia el Príncipe menor envuelto en viento verde y le asestó un tajo al látigo que tiraba de Roland.

El Príncipe quedó liberado al momento. Las raíces cortadas cayeron arrugadas e inertes mientras la magia de Jarrin se agitaba, enfurecida.

Finn apuntó al brujo con la hoja aún resplandeciente.

—Jarrin, no sé qué crees que puedes conseguir con ese hechizo, pero es evidente que no puedes controlarlo. ¿Estás seguro de que fue el Dios de la Naturaleza quien te animó a invocar la enredadera? ¿Y si has caído en una trampa?

La sombra de la duda cruzó el rostro del Príncipe, cada vez más pálido y ojeroso, como si el tatuaje de su brazo estuviera absorbiendo su vitalidad. No podía hacer otra cosa que observar a Roland, tendido en el suelo y cubierto de heridas.

—No… No puede ser. Yo… —Jarrin titubeó—. ¡Aún puedo hacer que las cosas cambien! ¡El pueblo debe saber la verdad! ¡No es justo que yo solo cargue con el peso de todo esto!

—¡Estoy de acuerdo contigo! —gritó Finn—. Brujas y brujos no deberían vivir exiliados, rechazados por su herencia mágica. Juntos, buscaremos la manera de deshacer el conjuro y de enmendar la situación, ¡siempre y cuando hagas retroceder a la enredadera!

Jarrin estaba titubeando. Algo no iba bien.

Miraba a su alrededor, observaba la magia que brotaba de su brazo y el movimiento espasmódico de las ramas a su alrededor.

Muchas de ellas arañaban las paredes, levantaban baldosas, destruían carros…

Al impactar con las fachadas, se oyeron los primeros gritos.

Jarrin cerró los ojos y lloró. Finn maldijo entre dientes. Se quedaba sin tiempo.

Así que no esperó un segundo más.

Corrió hacia él. La enredadera reaccionó detrás de Jarrin, abriendo una boca terrorífica hecha de espinas. El Príncipe menor se cubrió la cara con las manos. Finn esquivó el primer golpe, bloqueó los siguientes envites con el escudo y avanzó hasta el momento preciso de atacar.

A cada paso que daba sentía la magia ritual insuflando fuerzas tanto en sus músculos como en su espíritu.

El Dios del Equilibrio estaba con él. Finn no se lo pensó dos veces y saltó entre las ramas para llegar hasta Jarrin, que, de rodillas, se agarraba el brazo del tatuaje con la otra mano, intentando sujetarlo.

Finn lo vio claro: «El Príncipe ha sido engañado.

Jarrin no es más que una marioneta. ¿Pero quién… ?».

—¡No! ¡Por favor! —gritó el Príncipe menor al verlo abalanzarse sobre él.

Pero Finn no apuntaba a Jarrin.

Apuntaba al conjuro de sangre.