15. De hilos y ramas
DE HILOS Y RAMAS
A los pies de la muralla de Argéntea, ante la Puerta Sur
F inn se protegió del caos del vendaval con el escudo y llamó a sus amigos.
—¡Estamos bien! —contestó la bruja.
Ambos habían caído sobre un montón de postes y telas, entre los que empezaban a correr rápidos riachuelos. El agua le pegaba el pelo a la frente y le entorpecía la visión. Corrió hasta ellos y los ayudó a levantarse. Arión hundió un pie en el barro en cuanto se puso de pie.
—¡Por las arrugas de…! ¡¿De verdad tiene que caer un tormentón justo ahora?!
—Princesa, ¿estáis bien?
Al oír como Miren se preocupaba por Selina, Arión recuperó la compostura rápidamente. La Princesa se puso en pie con ayuda de la bruja.
—Sí, esto no ha sido nada, pero gracias —dijo aceptando la ayuda y apartándose de la marabunta de listones, telas y barro—. Consejero, ¿estáis herido?
—Algo aturdido, Alteza —reconoció el Archimago, que usaba un candelabro derribado como bastón. Bajo la fuerte lluvia de la tormenta y las oscuras nubes del temporal que lo cubría todo, a Finn Lidéndil le pareció poco más que un anciano—. No es posible…
La enredadera había llegado al campamento y se dirigía rápidamente a la capital.
Las raíces más largas rozaban ya las torres de defensa laterales de la Puerta Sur. Ramas oscuras siseaban por todas partes y atravesaban tiendas, aplastaban carromatos y atrapaban a soldados y caballos encabritados.
Finn tenía delante el horror: flechas de fuego, proyectiles mágicos, espadazos por todas partes.
El Ejército, los patrulleros y la Guardia Real proferían gritos de guerra bajo las órdenes del general de infantería, que montaba un caballo acorazado.
Los magos lanzaban runas, rayos y fuegos arcanos contra la enredadera.
Desde lo alto de la muralla, los centinelas intentaban detener la zarza trepadora.
Si no hacían algo, la maldición entraría en Argéntea.
El gigantesco brazo de ramas que había atravesado la alfombra de la tienda giró alrededor de Jarrin como una serpiente.
—Si lo que mi hermano dice es cierto… —musitó Selina mirando a su mellizo—, significaría que Jarrin es…
—Un brujo —dijo Miren—. Solo eso explicaría que el Dios de la Naturaleza y él…
—¿Pero no era muy raro que vuestra magia se manifestara en chicos? —preguntó Finn.
—Es raro, pero no imposible. En todas las aldeas hay algún brujo, dos o tres como mucho. Pero entonces… —Miren vaciló—. Si el Creador hizo aparecer la enredadera, yo…
—Eres mucho más que tu Dios, Miren —le dijo Finn intentando transmitirle con un apretón de manos que entendía lo que estaba pensando.
Una explosión de fuego arcano impactó cerca de ellos y les obligó a ponerse a cubierto.
—¡Hay que moverse! —gritó, tirando de la bruja. Arión también los siguió.
A su derecha, Roland pegó un grito y le asestó una patada a las tablas que el vendaval le había tirado encima.
La armadura del Príncipe regente estaba teñida de barro.
Del cuello y el lado izquierdo de la cara le sangraban un par de heridas.
Roland se limpió la mejilla con el dorso de la mano y recuperó su espada de un charco.
—¿Sangre elemental? —le gritó a Jarrin—. ¡Has perdido el juicio! ¿Cómo íbamos nosotros a…?
—¿Es que no lo ves? —clamó el Príncipe menor.
Jarrin se había sentado en el sillón de Roland, que ahora estaba envuelto por decenas de ramas que giraban en torno a él.
Hilos de magia verde manaban de su antebrazo y alimentaban a la gran enredadera.
Con un nuevo espasmo de energía, las ramas se abrieron a su alrededor como una mano.
Finn ahogó un grito al ver como algunas atrapaban a soldados que luchaban en las inmediaciones.
—¡Mamá nos lo habría contado! —gritó Roland, que bloqueó una rama alada y le lanzó un tajo efectuando una pirueta.
De la herida brotaron dos tallos más.
—¡La Reina ni siquiera lo sabía! —contestó Jarrin—.
No hasta que nuestro querido abuelo se lo confesó en su lecho de muerte.
Él acudió a las brujas como último recurso cuando no conseguía tener descendencia.
¿No es irónico? ¡Nuestro linaje se asienta en una mentira!
¿Qué pasaría si el pueblo supiera que soy un brujo?
¡Qué pasaría si descubrieran que la realeza tiene sangre de brujas!
Una rama fue directa a por Finn. La esquivó derrapando y dibujó con la espada un limpio tajo descendente que la cortó en dos.
Al contrario de lo que había pasado en el pueblo minero, o del ataque que acababa de ejecutar Roland, de la herida no surgieron nuevos tallos, sino que la rama se retorció un momento, siseó en el suelo y se endureció, ennegrecida, seca.
Perplejo, Finn observó el filo de su arma, que resplandecía, y cruzó una fugaz mirada con Arión y Miren. La bruja mantenía a raya otra rama con una lengua de fuego.
—¡Prueba con esta! —Miren gritó y desvió la enredadera hacia él. Finn detuvo el ataque con el escudo y se impulsó hacia arriba con la espada en alto. Al caer cortada al suelo, la rama se encogió antes de secarse como un sarmiento.
—¡Fascinante! —dijo Arión.
—Pero Finn, ¿significa eso que puedes…?
Miren no llegó a terminar la frase porque muy cerca de ellos se produjo otra explosión de magia.
Los gritos de sus amigos se fundieron con el suyo propio.
Una ola de fuego y humo negro estalló detrás de Jarrin, a los pies de la muralla de Argéntea.
La Puerta Sur estalló, lanzando ladrillos y rocas por todas partes.
La onda expansiva los tiró a todos al suelo.
Finn voló por los aires varios metros, cayó de espaldas y temió hundirse por el peso de la armadura en una trinchera inundada.
El cielo quedó abajo, el suelo arriba. Masticó tierra mientras gateaba a tientas. Al abrir los ojos, distinguió las nubes encolerizadas, los rayos, un estandarte roto que volaba a merced del viento. Un pitido le atravesaba los oídos.
—¡Arión! —Ni siquiera se oyó a sí mismo—. ¡Miren! —Nada.
Hincó una rodilla en el barro para levantarse, pero justo entonces sintió el subsuelo temblar. Giró sobre sí mismo y esquivó el brazo de raíces que surgió de las profundidades.
« Tú », oyó en su cabeza. Era una voz grave y ronca. « Tus esfuerzos son inútiles, paladín. El Reino será consumido desde el valle más hondo a la más alta cima. Así ha sido dispuesto ».
Finn sintió un escalofrío. Las ramas adquirieron la forma de dos garras fantasmales con dedos esqueléticos hechos de raíces que se abrían y cerraban.
« Te atraparemos como atrapamos a tantos otros antes que a ti. ¿Acaso crees que contigo será diferente? ».
Las garras se abrieron, listas para atrapar a Finn.
Este quedó con la boca abierta, sin saber quién o qué le estaba hablando.
De reojo, buscó a Roland, Selina, Jarrin y el Archimago, pero comprobó que habían desaparecido.
Seguramente la explosión los habría lanzado lejos de la tienda real, también.
O puede que el Príncipe menor hubiera huido y sus hermanos hubieran ido tras él.
En cualquier caso, aquella voz no era la de Jarrin. ¿Qué o quién estaría detrás?
Finn retrocedió. De pronto, temió que el propio Dios de la Naturaleza se estuviera dirigiendo a él, pero justo entonces sintió un bálsamo en el pecho y oyó algo en su cabeza.
« Estoy contigo. Yo soy el único Dios en tu cabeza. Te elegí por una razón. No temas ».
Era el Tercero, Finn estaba seguro. Hincó los pies en el suelo encharcado y levantó la espada y el escudo contra la enredadera.
—No me atraparás, monstruo, ni cruzarás la muralla de Argéntea —dijo.
Algo parecido a una risa salió del ardid de ramas.
« No sabes nada, paladín. Pronto, la ira y el miedo del Príncipe cubrirán el Reino entero con mis ramas… y ni el heredero ni la maga podrán hacer nada por impedirlo. Tampoco tú ».
Finn no esperó un segundo más y saltó hacia delante.
Las garras se unieron cual torrente y lo arrollaron.
El escudo repelió buena parte del ataque, pero la potencia de la maldición era demasiada y Finn voló por los aires.
Cayó sobre un carromato hecho trizas. Una descarga de dolor le recorrió el cuerpo como un rayo, pero desapareció tan rápido como había llegado, disuelta por una caricia cálida que le resultó familiar.
«La magia ritual», se dijo. Un licor espeso y cálido que le recorría las venas y apretaba el corazón.
« Levántate, paladín, y lucha ».
Finn sonrió. Se sentía fortalecido. Era hora de saber hasta dónde llegaba ese poder, pensó poniéndose de pie de un salto y amenazando con la espada a la nube de ramas.
—¡¿Eso es todo lo que podéis hacer?!
La enredadera respondió a la provocación y estalló en mil espinas negras.
Finn elevó el escudo en el último segundo para parar las cuchilladas.
El corazón le golpeaba el pecho. La lluvia caía impasible sobre él.
Finn no sentía ira ni miedo, al revés: de pronto notaba su cuerpo más ligero, imbuido de una rapidez fuera de lo común.
Al instante, lo supo: aquella fuerza y agilidad eran también consecuencias de la magia del Dios del Equilibrio.
Era más rápido, más fuerte, cometía menos errores.
Era como si tuviera la experiencia de un soldado experto.
Sonrió y usó la potencia de su adversario en su contra.
La enredadera falló, impactó en el suelo y se giró para volver a atacar.
Finn cortó el aire con un giro de muñeca y cargó de lado con la espada sobre las ramas.
El tajo no las cortó del todo. La enredadera se sacudió con violentos espasmos y se enrolló en sí misma.
Del corte abierto manó un líquido verde que humeó al tocar el suelo.
Finn no vaciló. Esquivó la savia de la maldición y arremetió de frente contra las ramas.
« Llegará el día en que desearás no haber pronunciado tu juramento, paladín ».
La espada de Finn penetró de lleno en el torbellino de raíces. Sus espinas lo apuntaban como dientes, tratando de morderle.
—Pero hoy no es ese día —dijo con voz serena antes de alzar la espada.