14. Conjuro de sangre #4
Finn no podía creer lo que estaba escuchando, pero al mismo tiempo las piezas giraban en su cabeza y empezaban a encajar.
En el puente, Bernus mostraba signos de haber sido embrujado por alguien cercano…
Lidéndil le había ocultado información a Roland, pero solo para beneficiar a Selina…
Y Jarrin, cuando Finn se topó con él frente al templo en ruinas del Dios de la Naturaleza por casualidad, le aseguró que era su hermano mayor quien aún no quería contarle al pueblo la verdad para ganar algo de tiempo…
¿Y si eso es lo que Jarrin había estado haciendo todo el tiempo?
Finn estaba tenso y concentrado. A su espalda, Miren y Arión atendían a la escena boquiabiertos, igual que el Archimago.
—Te encantaría saberlo, ¿verdad, Lina? «Estudio, memoria, archivo». La necesidad de saberlo todo, de controlarlo todo —se burló Jarrin—. La magia ancestral se manifestó con verdadera premura en ti. Es lógico que Lidéndil, la corte y la Reina quedaran maravillados ante tu talento.
—Nunca he usado mi don para hacerte de menos —dijo ella tratando de sonar convincente, aunque Finn detectó cierto temblor en su garganta—. Además, ¿mamá? Ella nunca… —Tragó saliva—. Nunca ha mostrado preferencias entre nosotros.
—¡Mentira! —escupió Jarrin—. Roland era el heredero, tú una poderosa maga y yo…
Yo no he sido más que un peón. ¿Sabes lo que la Reina pensaba hacer conmigo?
Me lo dijo antes de que despertaran mis poderes.
Pretendía enviarme lejos, a Orben, Flamia o los reinos más allá del mar, el resto de mi vida.
«Aquí no tienes nada que ofrecer a la Corona», me dijo, «pero como alianza matrimonial sí serías útil».
«¿Poderes?», se preguntó Finn, pero no tuvo ocasión de intervenir.
—Esto es un sinsentido —dijo Roland sacudiendo la cabeza—. Vamos, Jarrin, ¿de verdad has montado todo esto por un ataque de celos?
—Al principio, puede. Pero luego descubrí que…
esto, como tú dices, es mucho más grande que nosotros.
Puede que se me haya ido un poquito de las manos, pero que haya aparecido este guerrero mágico de la nada no tiene por qué cambiar las cosas.
Seguimos siendo familia y con vuestra ayuda puedo enmendar la situación…
Roland bufó furioso y le lanzó a su hermano menor una mirada de desprecio.
—¡Eres responsable de innumerables muertes! ¿Ayudarte a enmendar…? ¿Cómo puedes ser tan infantil? ¿Cómo crees que vas a enmendar esto, Jarrin? ¡La enredadera está a punto de llegar y ya ha acabado con miles de personas en todo el Reino!
—¡No están muertas! —bramó Jarrin, que por primera vez desde que había tomado la palabra pareció perder el control de lo que decía—.
La enredadera solo sume a sus víctimas en un dulce sueño…
Pero si me escucháis y prometéis que obedeceréis mis órdenes, pararé toda esta situación.
Yo controlo esas ramas que tanto te preocupan, Roland, y con un solo movimiento de mi mano puedo hacer que se retiren. Si quiero, claro.
Finn notaba las muñecas firmes y los dedos apretados alrededor del mango de su espada, aún en alto. Solo la escolta de Roland seguía empuñando su espada, si bien parecía estupefacta.
—¿Por qué, Jarrin? —balbuceó la Princesa—. ¿Por qué lo has hecho?
—¡¿Acaso tenéis vosotros idea de lo que significa estar en mi lugar?! ¡Ser lo que soy!
—¿Lo que eres? —Su hermana arrugó la nariz.
—Pero ¿cómo alguien sin poderes mágicos ha conjurado al Creador? —se preguntó Arión—. ¡No tiene sentido!
Jarrin sacó una daga de debajo de la capa y se hincó la punta en el centro del tatuaje. En cuanto brotó una gota de sangre, esta fue absorbida por la tinta del tatuaje, como si se alimentara de ella. Jarrin sonrió mientras ráfagas de viento verde brotaban de su brazo y se arremolinaban en el aire.
—¿No escuchas, estúpido mago? Él vino a verme cuando manifesté mis poderes. Él sabía que iba a pasar, que solo debía esperar a que descubriera la verdad que nuestra familia ha ocultado durante generaciones.
—¿A veros? —murmuró Miren—. Los Dioses no se manifiestan así, ¿estáis seguro de que fue el Creador quien…?
Pero Roland la interrumpió, angustiado por lo que estaba diciendo su hermano pequeño.
—¿Pero de qué verdad hablas? —replicó el regente.
—¡Que tenemos sangre elemental! —reveló Jarrin—. ¡Todos nosotros!
Un huracán verdoso se desató alrededor del Príncipe menor y derribó telas y postes.
Finn se cubrió con el escudo, clavó los pies en el suelo y se agachó para no perder el equilibrio.
Selina, Arión, Miren y Lidéndil salieron despedidos hacia atrás, Roland se agarró a la mesa y Boudicca hincó la espada en el suelo.
Quedaron a la intemperie. La lluvia arreció, apagando la estufa.
La tormenta arrastraba voces, ecos metálicos y detonaciones del campo de batalla mientras el crujido de la enredadera avanzaba hacia Argéntea.
Entonces, Finn notó un terremoto bajo los pies.
Saltó a un lado a tiempo de evitar las ramas que estallaron en el centro de lo que había sido la tienda.
Raíces y tallos giraron alrededor de Jarrin y reconocieron el conjuro de sangre de su antebrazo.
Los ojos del Príncipe menor adquirieron un inconfundible tono esmeralda y sus labios se curvaron hacia arriba.
Al fijarse en sus pupilas, a Finn le pareció estar contemplando la ambición misma de un Dios.