14. Conjuro de sangre #3
—Lina, ¿qué haces aquí? —le preguntó mirándola de hito en hito—.
De hecho, ¿por qué estáis los dos aquí? —dijo, incluyendo en su pregunta a Jarrin—.
Es peligroso. No deberíais pisar el campo de batalla ninguno de los dos.
La enredadera puede activarse en cualquier momento y… deberíais estar a salvo en el Bastión.
Selina lo miraba boquiabierta, con lágrimas en los ojos.
—¿No te acuerdas, Ro? Me hiciste llamar. Querías… Querías hacerme confesar.
—¿Confesar? —replicó Roland—. ¡Por las arrugas de…! —Entonces fue como si despertara del todo. Abrió mucho los ojos y su mirada topó con su escolta, con el Archimago y con Finn y sus amigos.
—¿Os encontráis mejor, Alteza? —le preguntó este con una sonrisa.
—¿Alteza? Ni se te ocurra volver a llamarme así, Finn. Dioses —se llevó una mano a la nuca y suspiró—. Es como si hubiera estado dormido, lo recuerdo todo borroso y confuso. Selina, siento mucho lo que…
La Princesa saltó al cuello de su hermano y lo abrazó.
—Gracias a la Diosa que has vuelto —murmuró.
—Pero entonces… —balbuceó Lidéndil, tapándose la boca con una mano, pensativo—. Ese poder… Esa magia… ¿Cómo habéis sabido que estaba embrujado? ¿Y cómo habéis podido salvarlo?
Finn respiró hondo y se concentró.
«Tercero, si estás ahí, este es el momento de ayudarme, porque, yo solo, no sé si seré capaz…».
—Mis amigos y yo hemos hecho un largo viaje desde que me colé en el Bastión Corona aquel día para buscarte, Roland, y averiguar si los rumores de la maldición eran ciertos.
La aldea de Miren fue destruida por la enredadera, pero su abuela conocía una leyenda que hablaba de un poder perdido en las montañas.
Por eso mis amigos y yo salimos de Argéntea, para hacernos con esa magia y detener la maldición.
Roland dio un paso hacia Finn.
—¿De qué estás hablando?
Finn dudó. Estaba nervioso. No sabía cómo explicárselo todo: las visiones de Miren, el viaje a través del bosque, el robo del ídolo, el culebre, el pueblo minero, el paso a la cordillera, la batalla contra el Roc, el puente de cristal, la caída de Bernus y sus escoltas…
¿Cómo decirle a Roland que ahora él, Finn, era el guerrero escogido por un Dios?
Algo en la mirada de su compañero de Fortín, con quien había compartido entrenamientos y aventuras, lo animó a seguir hablando.
—Lo encontramos, Roland, encontramos el poder de un Dios olvidado capaz de parar la enredadera y de desenmascarar al culpable. Archimago Lidéndil, ¿os suena la magia ritual? Es la que me ha permitido romper el embrujo que pesaba sobre Roland.
El aludido parpadeó y tartamudeó.
—Inaudito… Yo… ¿Cómo iba a saber…? Cuentos, supersticiones…
—¡Hablad claro, os lo ordeno! —le exigió Roland.
—La magia ritual es una leyenda casi olvidada —se apresuró a decir Selina—. Pertenece… Pertenece a un Dios que busca corregir la tendencia opuesta de la Diosa de la Memoria y el Dios de la Naturaleza. Nunca imaginé que pudiera ser cierta…
—¿Entonces? —replicó Roland, perplejo—. ¿Es ese Dios olvidado el responsable de la maldición? ¿Has tenido tú algo que ver al despertar su poder? —le preguntó a Finn.
—¿Qué? ¡No! —clamó Arión tirándose de los pelos—. ¡Se llama Dios del Equilibrio! ¿Cómo iba él a estar detrás de la enredadera? El Tercero busca recobrar el equilibrio, ¡no romperlo más aún!
—De hecho, el culpable quiso impedir que llegáramos hasta él —intervino Miren—. Envió al Consejero de la Guerra con dos escoltas para capturarnos. Eso es lo que Finn trataba de contaros.
—¡Eso es una locura! —chilló Lidéndil, sin que nadie le hiciera el más mínimo caso—. ¡Una completa y disparatada locu…!
—¿Y no puede ser que la enredadera sea cosa de los Dioses? —propuso Selina.
—Interesante teoría, Princesa —le explicó Arión, raudo como un halcón—, pero el Tercero nos insistió en que la corrupción es externa. Alguien ha aprovechado la ausencia del Dios del Equilibrio para beneficiarse a sí mismo y generar todo este caos.
La Princesa Selina se llevó una mano al mentón, imitando el gesto que hacía Arión cada vez que meditaba algo profundamente.
—¿Pero quién sería tan poderoso como para romper un equilibrio entre magias que ha durado más de cien años?
Miren soltó un bufido.
—Con todos mis respetos, Princesa, no creo que el trato que hemos recibido las brujas todo este tiempo pueda considerarse equilibrio. Me atrevería a decir que la Corona lleva casi un siglo favoreciendo la magia ancestral y condenando la elemental al abandono, el aislamiento o el exilio.
—¡Calumnias! —vociferó Lidéndil con voz aguda.
—¿Culpas a mi madre y a mi abuelo de todo lo que está pasando? —replicó Selina.
—Os hago responsables como gobernantes, sí —dijo Miren, alzando la barbilla.
Finn creyó que saltarían chispas de la mirada que se dirigieron mutuamente maga y bruja.
—¿Pero entonces es cierto? —intervino Roland—. ¿Ese Dios te dio algún tipo de magia?
Finn se puso colorado, aunque consiguió permanecer erguido con el escudo bien sujeto y la espada en ristre. El relieve del águila de su pecho resplandeció al brillo de los candelabros.
—Sé que parece de locos, Roland, pero el Dios del Equilibrio me nombró su paladín y me obsequió con su escudo, su armadura y su bendición. Ahora soy un guerrero consagrado a mi juramento.
Finn cogió aire. Se sentía como si acabara de correr un maratón.
—¿Su qué? ¿Un paladín? Dioses, nunca había oído hablar de nada parecido… Pero eso quiere decir que estamos en el mismo bando, ¿no? —dudó Roland.
—¡Siempre ha sido así! —rugió Finn, frustrado—. Nunca he querido otra cosa más que ayudar: a mi familia, a mis amigos, a la Corona. Con o sin yelmo, ¡con o sin magia! ¿Es tan difícil de creer?
—La verdad es que no entiendo cómo estáis tan ciegos —dijo Jarrin, que se había sentado en el sillón de Roland, al fondo de la tienda. Finn llevaba un rato sin fijarse en él—. La maldición tiene forma de enredadera, ¿no es pista suficiente? Una planta que consume el Reino…
Hubo un extraño silencio.
Finn sintió de nuevo esa quemazón, ese escalofrío ardiente que le pellizcaba desde hacía semanas en momentos en los que su instinto parecía querer decirle algo. Ahora entendía que se trataba de la magia ritual, que le advertía en situaciones de peligro…
Un trueno bramó cerca. La lluvia repiqueteaba contra la tienda.
El viento silbaba y abombaba las telas hacia dentro y hacia fuera.
Los candelabros principales se apagaron.
Los envolvió una tenue penumbra. Solo la estufa encendida propagaba un leve brillo.
Fuera, Finn detectó voces en la tormenta, pasos atolondrados sobre los charcos, relincho de caballos, cuernos de guerra.
El vello de los brazos se le puso de punta.
La enredadera se movía.
Si hubiera cerrado los ojos, habría sentido sus ramas y raíces horadando la tierra con uñas y dientes, brotando en la primera línea, derribando trincheras y catapultas.
Pero no apartó la vista de Jarrin.
—¿No es evidente que se trata del Dios de la Naturaleza?
—dijo el Príncipe, alzando la vista y mirando a los presentes, que se habían girado hacia él y lo observaban con perplejidad—.
Él, que da la vida y la quita, que rige los elementos y alimenta la entropía del mundo…
¿Quién sino habría invocado un monstruo así?
Me sorprende que ninguno os hayáis dado cuenta aún.
—¿Qué? —musitó Miren, negando con la cabeza—. No… El Creador no puede haber…
—Jarrin, ¿qué estás…?
Pero ni Selina ni Miren acabaron sus frases, porque Jarrin hizo un rápido movimiento de manos que alertó a todos.
Se arremangó la camisa y mostró el antebrazo derecho al débil brillo de la estufa.
En la piel desnuda del Príncipe menor palpitaba una marca negra tatuada pero viva, hecha de finísimos hilos que le penetraban en la carne como una telaraña y le recorrían todo el brazo.
Al respirar Jarrin, era como si aquella marca también cogiera aire.
—¿Qué es eso? —gritó Roland, espantado.
—¡Jarrin, ¿qué has hecho?! —exclamó Selina llevándose las manos a la cara—. Es…
—Un conjuro de sangre —susurró Miren—. Magia oscura pero poderosa, un pacto firmado con sangre que no se puede romper.
—¿Un pacto? —replicó Roland—. ¿Tú? ¡¿Un pacto con quién?!
El conjuro brilló en la piel de Jarrin con un tono verde que a Finn le resultó familiar…
—El Dios de la Naturaleza —musitó él entre dientes— Mi Dios.
—¿Qué? No… —titubeó Miren.
—En fin —suspiró Jarrin—, debí suponer que la leyenda del Tercero era cierta, pero con tantas fábulas e historias resulta complicado discernir la realidad de los cuentos de brujas.
—¿Tú has hecho todo esto? —preguntó Roland con el ceño fruncido.
—No os acerquéis —le instó Finn, que no podía apartar la vista del tatuaje.
—¿Hecho qué, hermano? —Jarrin parecía burlarse—. Tal vez si fueras más preciso…
—¿Embrujaste tú al Consejero de la Guerra, Jarrin? —inquirió Selina, desesperada—. ¿Embrujaste a nuestro hermano?
—¡Basta de juegos! —gritó Roland, apuntando con el dedo índice a Jarrin.
—Tú eres el que parece estar jugando a algo que le queda grande, Roland.
—¿Por qué? —preguntó Selina con la voz quebrada.