14. Conjuro de sangre #2
Los tres hermanos parecían alterados, como si llevaran días sin dormir. Era evidente que en palacio los hijos de la Reina Dybala tampoco habían pasado días fáciles.
—Hablas del Roc —dijo Selina, dirigiéndose a Boudicca—, ¿me equivoco?
—¿El Roc? —replicó Jarrin—. Lina, ¿qué es eso del Roc?
—Una bestia mágica, Alteza —explicó el Archimago, adelantándose a la Princesa—, que aparece en el emblema de la familia real.
Esto… —Y con un movimiento grácil señaló el tapiz principal de la tienda, en el que aparecía una feroz águila blanca—: ha sido el símbolo de Luxos desde tiempos inmemoriales.
—Ah, siempre pensé que era un águila…
—Bueno, es fácil confundirlo a simple vista, pero…
—¿Y ese pájaro ha traído a la tienda de mi hermano, en vísperas de la batalla, a un aprendiz de soldado, una bruja y un…? Discúlpame, ¿tú eras…?
—Arión, estudiante de magia en la Academia. —Carraspeó—. Mi amigo me ha presentado antes, también. ¿Crees que no se ha oído? —le preguntó seguidamente a Miren en voz baja.
Ella se encogió de hombros.
Finn dio un paso hacia el interior de la tienda, lo que desató varias reacciones inmediatas: Roland se puso tenso y se agarró a la empuñadura de su espada, Selina y el Archimago retrocedieron y Boudicca se interpuso entre los chicos y el regente.
—Calma —pidió Finn enseñando las manos—. No hemos venido a pelear.
—¿Qué haces aquí entonces? —preguntó Roland con un hondo suspiro. A Finn le pareció que su antiguo compañero de Fortín se tambaleaba al moverse, como si no pudiera mantener el equilibrio—. Estoy bastante ocupado. No tengo tiempo para…
—Ro… Alteza…, tenéis que escucharme. Debemos encontrar a quienquiera que esté detrás de la maldición antes de que sea tarde.
—¡Ya estamos de nuevo con la teoría de la conspiración! —resopló Lidéndil llevándose las manos a la cabeza—. Ni todos los magos del Reino han podido detener o averiguar el origen de esa fatal infección, ¡pero unos niños cualesquiera van a ser capaces de hacerlo! Alteza, tenéis que parar esto.
—Punto número uno, no somos niños —dijo Arión con retintín—, Finn y yo tenemos catorce años (él quizá aún no ha terminado de dar el estirón, pero yo mido más que la mayoría de los adultos que conozco…) y Miren tiene ya quince, la misma edad que la Princesa Selina y el Príncipe Jarrin.
¿Acaso los consideraríais a ellos niños?
Lo dudo. Y punto número dos, ¿volarían unos cualesquiera a lomos del Roc? Pensad en ello, Archimago.
—¡Habrase visto! ¡Dirigirse a Su Alteza y al Consejero de Magia con ese descaro! ¡Inaudito!
—Esto es una pérdida de tiempo —sentenció Roland dándoles la espalda y apoyando las manos abiertas en un pesado escritorio sobre el que había desplegado un mapa del Reino.
Miniaturas de las ciudades, de las tropas y de lo que Finn supuso que sería el avance de la enredadera ocupaban buena parte de la superficie libre.
Roland se puso a murmurar como si hablara consigo mismo—.
Mi Consejero de la Guerra desaparece en medio de la mayor crisis a la que se enfrenta Luxos en doscientos años y mi madre no contesta a mis cernícalos por más que intente pedirle ayuda.
—Se giró hacia Finn y lo miró con ojos brillantes.
Demasiado brillantes. La mandíbula le temblaba—.
Estoy solo, Finn, enfrentándome a un enemigo que no entiendo y que amenaza con borrarnos del mapa, así que no puedo atenderte, no tengo tiempo para acertijos ni aves legendarias.
El frente de la enredadera está cada vez más cerca de Argéntea y…
—Eso hizo que recordara algo. Se dirigió a su escolta—: ¿Qué decían los partes de infantería?
Boudicca enderezó la espalda.
—Que la enredadera se acerca, Alteza. —Jarrin y Lidéndil ahogaron un grito—. Ha atrapado a tres exploradores cruzando el río. Las trincheras, la infantería y los magos están listos para la batalla y…
—¿Oís eso, Alteza? —interrumpió el Archimago sacudiendo las mangas de su túnica—. Mis magos están listos para servir a Luxos. Y aun así seguís poniendo en duda mi lealtad.
—¡Pusisteis el pueblo en mi contra, Lidéndil!
¡Y a favor de Selina! —exclamó Roland golpeando el escritorio con el puño—.
Mientras aprovechabais el caos del Reino para aliaros con el Consejero de la Moneda y subir los impuestos, ¿quién parecería un príncipe negligente?
Yo. ¿Quién salvaría al pueblo? Vuestra pupila, ¡la buena de Lina!
—Eso no es así, Roland —dijo Selina negando con la cabeza.
—¿No, Lina? —replicó Roland con ojos furibundos—. ¿Fue el Archimago un mero títere? ¿Quién mejor que la académica más prometedora en siglos para conjurar ese monstruo de espinas y ramas?
—Roland, detente —suplicó la Princesa dando un paso hacia él—. Te lo he dicho una y mil veces. Lidéndil intentó convencerme, pero le dejé bien claro que no iba a participar de ninguna artimaña en tu contra. ¡Estoy de tu parte!
—¡Ya, claro!
—Lo cegó la ambición, pero no puedes juzgarlo en ausencia de mamá. Solo la Reina puede cesar consejeros.
—¿Quién lo dice?
—¡La ley!
—¡Puedo cambiarla! ¡Para algo soy Príncipe regente!
—¡Pero no eres el Rey!
Los ojos de Roland centellearon. El heredero al trono desenvainó la espada y de nuevo dio un paso hacia su propia hermana, pero esta vez Finn se interpuso en su camino instintivamente.
Con un rápido movimiento de brazo, Finn alzó también su espada, que aunque no tocó la de Roland sí emitió un chasquido y un resplandor.
—¡Deteneos! —gritó Lidéndil.
—No te atrevas a amenazar a Su Alteza. —Boudicca avisó a Finn llevándose una mano al pomo de su arma.
Finn respiró hondo y reordenó las palabras que se precipitaban en su garganta, deseosas de salir. Roland los miraba alternativamente a Selina y a él con gesto nervioso, fuera de sí. La espada le temblaba.
—No pretendo amenazar a nadie —dijo Finn—.
Al revés: intento evitar una tragedia. Roland…
Alteza, yo… Yo sé dónde está Bernus, el Consejero de la Guerra.
Nos topamos con él en la Cordillera de las Bestias, o más bien él nos encontró a nosotros allí.
Dijo que había ido en nuestra busca por conspirar contra la Corona, y que lo que buscábamos en las montañas os pertenecía.
Dijo que actuaba en vuestro nombre, Alteza.
Algo pareció romperse en los ojos encendidos de Roland.
—¿Qué estás diciendo? —inquirió, confuso y mareado—. Yo no…
—Intenté hablar con él, pero no atendía a razones. Creemos que estaba embrujado. Y puede que no sea el único. Intenté… Intenté que dieran marcha atrás, pero el hielo se quebró y cayeron. Los soldados que lo escoltaban y él. Dudo que sobrevivieran, pero si enviaras exploradores…
—¿Pedirle a Su Alteza que se desprenda de unos cuantos soldados justo cuando más necesita un ejército con el que defenderse? ¡Qué disparate! —siseó Lidéndil.
—¡Silencio! —Roland se dejó caer en el sillón del escritorio y se tocó las sienes con las manos.
Con un pie no dejaba de dar nerviosos pisotones sobre la alfombra de la tienda.
Estaba alterado, musitaba palabras inconexas—.
Nada de esto tiene sentido… La cabeza me va a explotar.
Bernus desapareció sin decirle a nadie adónde iba ni por qué.
¿Enviarlo a la Cordillera de las Bestias?
¿Cuándo? Pero yo, ¿sabía acaso dónde estaba Finn? No… Todo esto debe terminar. ¡Ya!
Roland se puso en pie de un salto y alzó la espada contra Finn.
Arión y Miren gritaron, y Finn imitó al Príncipe, apuntándolo con el filo de su arma.
Los ojos de Roland brillaban más incluso que antes, con un odio visceral.
Pero Finn estaba preparado. Levantó el brazo y paró la estocada de su antiguo compañero de entrenamiento, esquivándolo con una finta.
« Muéstrame ».
Finn oyó la voz del Dios del Equilibrio con claridad en sus pensamientos. Apretó los dedos alrededor de la empuñadura, se giró hacia Roland y, antes de que nadie pudiera reaccionar, asestó un tajo al aire con la espada.
Hubo un estallido de luz.
Todos gritaron y se llevaron las manos a la cara para protegerse del fogonazo.
Selina cayó de rodillas, Jarrin chocó de espaldas con la mesa de roble y Lidéndil tropezó con un taburete y se dio de bruces contra el suelo.
Solo Boudicca mantuvo la posición, si bien perdió la guardia al taparse los ojos con una mano torpe.
Luego, el destello se apagó.
Roland hincó una rodilla en el suelo, pero mantuvo el equilibrio. Se llevó las manos a la cabeza. Sorprendentemente, parecía ileso. Era como si el tajo luminoso no hubiera atravesado nada, sino más bien como si la espada de Finn hubiera hecho algún tipo de… magia.
—Ro, ¿estás bien?
Selina corrió hacia su hermano y le ayudó a levantarse y sentarse en el sillón. El Príncipe regente estaba temblando, parpadeaba intensamente y respiraba con dificultad.
—¡Alabada Archivista —clamó Lidéndil—, ha atacado al Príncipe regente! ¡Llamad a la Guardia! ¡Apresadlo!
—¡Tú! —rugió Boudicca, desenvainando su espada—, ¡¿qué le has hecho?!
—¡No! —gritó Finn retrocediendo con las manos en alto—. Nunca le haría daño. ¿No habéis visto que actuaba de forma extraña? ¡Él también estaba embrujado, como Bernus! Es parte de lo que intentaba explicar.
—¡Pero tu espada…! —exclamó Jarrin señalando el filo y a su hermano mayor, que, aunque tendido en el sillón, estaba de una pieza, sin muescas en la armadura ni heridas a la vista—. ¿Cómo es posible?
—Es acero de opalázuli, Príncipe Jarrin —se justificó Finn—, un metal mágico que…
—¿Finn? ¿Eres tú?
Todos se giraron hacia Roland. El Príncipe había alzado la vista y lo buscaba con ahínco por la tienda.
Sus ojos eran de color marrón avellana. Aunque pareciera imposible, su piel lucía más viva, como tostada por unas horas de sol, y no tenía tan marcadas las ojeras.
Roland se rascó la cabeza y se incorporó con ayuda de su hermana.