14. Conjuro de sangre
CONJURO DE SANGRE
A lomos del Roc, sobrevolando Luxos
—¡ E sto es una pasada!
El viento le despeinaba y helaba los ojos y las mejillas, pero a Finn le daba igual. El Roc le respondió con un graznido alegre. El avatar del Dios del Equilibrio atravesaba veloz las nubes y planeaba con el viento a favor. Iba mucho más rápido que cualquier animal.
Finn, Arión y Miren iban montados detrás de las alas, bien sujetos a sus plumas. Solo Finn se atrevía a erguir la espalda de cuando en cuando para sentir el viento gélido en la cara.
—¡Estás loco! —le gritaba Miren, riendo.
Y tenía su parte de razón, pero nunca se había sentido tan vivo.
Cuando el Tercero les comunicó que debían viajar a Argéntea a toda prisa, ninguno imaginó que sería a lomos de la criatura legendaria.
Miren, aunque algo recelosa, no se había opuesto; pero a Arión le costó un buen rato convencerlo.
Mientras Finn aullaba envalentonado por la adrenalina, Arión rezaba a la Archivista pegado a la espalda del ave, con los ojos cerrados.
Luxos parecía una acuarela bajo sus pies.
La Cordillera de las Bestias hacía rato que había quedado atrás, convertida en una mancha gris.
Ahora, cuanto se extendía a su alrededor era el Bosque Perenne, teñido por los colores del otoño: los pinos salpicaban de verde los primeros amarillos y ocres de chopos, álamos y abedules.
En el transcurso de su viaje, el verano había acabado por completo y el otoño estaba empezando a despuntar.
En cuestión de medio día recorrieron una distancia increíble.
Cuando Finn calculó que ya estaban a punto de terminar de sobrevolar el bosque, el cielo se cubrió de pronto de nubes grises.
Empezó a caer una fina llovizna, pero no fue hasta llegar al valle y divisar los primeros campos, las primeras granjas y la Carretera de Bronce, cuando Finn mudó su expresión de júbilo por una de horror.
La enredadera había llegado a Argéntea.
Una alfombra de ramas cubría el Río Galerna al este y se dividía en dos brazos que cercaban las tierras, los molinos y las posadas de los alrededores.
Al sur, la maldición cubría la tierra con tal densidad que no quedaba un solo hueco.
La enredadera todavía no había llegado a la muralla, pero estaba cerca.
Aunque la terrorífica capa de ramas parecía quieta, quién sabía si en otros puntos del Reino estaría activa, o si en breve iba a lanzar sus espinas contra su ciudad natal.
Al bordear el Bastión Corona desde las nubes, Finn vio que se alzaba un campamento militar a los pies de la muralla, cerca de la Puerta Sur.
El Ejército debía de haber salido para defender la ciudad en caso de que la enredadera despertara.
Los banderines granates con el águila de oro no dejaban lugar a dudas, como tampoco los soldados que iban y venían entre las tiendas, afilaban puntas de lanza, levantaban lonas, reforzaban armaduras y preparaban trincheras y catapultas.
—¡Esa es la tienda del Príncipe Roland! —gritó Finn para que sus amigos lo oyeran por encima del silbido del viento y la lluvia.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Miren.
—¡Por los yelmos! La mayoría de los soldados son caballos, halcones y lobos, pero también hay un destacamento de yelmos en forma de leopardo montés. ¡Es la Guardia Real! No irían a ningún lado de no estar protegiendo a la máxima autoridad de la Corona.
—Será mejor que bajemos —le dijo Miren a Finn—. Aunque no sepamos aún quién está detrás de la maldición, deberíamos hablar con Roland en primer lugar para explicarle todo lo que sabemos. ¡Y que el culpable ahora deberá enfrentarse al paladín del Tercero!
Finn tragó saliva. Por momentos olvidaba que ahora vestía una nueva armadura en cuyo cinto iban atados el escudo y la espada que el Dios del Equilibrio le había entregado como prueba de su juramento.
Hacía más de cien años que no había un paladín en Luxos.
No sabía cómo se tomaría el Consejo, la Reina y el Príncipe regente, ¡ni tan siquiera el pueblo!
, que un Dios olvidado hubiera señalado a un simple aprendiz de soldado como paladín.
De hecho, Finn recordó algo que le generó un cosquillo desagradable en la boca del estómago mientras se iban acercando más y más a la muralla.
—Oye, Miren, antes, en el templo, Arión llamó al Tercero «Dios de la Venganza»… Las leyendas que conoces donde aparecen paladines, ¿explican algo de eso?
Miren frunció el ceño y se apartó un mechón arrastrado por el viento que le tapaba la cara.
—La justicia nunca es imparcial, Finn, aunque lo intente.
Siempre puede ser interpretada. Lo que a mí me parece justo a ti puede parecerte cruel o desorbitado.
Quizá tiene que ver con eso: con paladines que tomaron decisiones difíciles por el bien mayor y con personas que interpretaron esas decisiones como represalias.
Finn sintió ganas de vomitar.
—¡Tranquilo! —Miren pareció leerle la mente—. Eso no tiene por qué pasarte a ti.
Finn asintió e intentó concentrarse en la tarea que tenían por delante. La lluvia era más insistente ahora. Detectó un claro en el campamento militar, a los pies de la muralla.
—¡Aterriza ahí!
El Roc cayó en picado. El ave desplegó las alas en el último momento para posarse cerca de una hoguera apagada y humeante bajo la lluvia, rodeada de tiendas, hombres y mujeres que los miraban atónitos. Una soldado imponente de armadura blanca salió a su encuentro.
—¡Por las arrugas de…! Eres aquel chico —dijo escrutando a Finn, al tiempo que se llevaba una mano a la espada envainada.
Él la reconoció de cuando se había colado en el Bastión Corona y había hablado con Roland. Era la escolta personal del Príncipe regente, Boudicca.
El Roc mostró las alas y graznó al aire una advertencia.
Boudicca retiró la mano del arma y enseñó las palmas abiertas.
La escolta les bloqueaba el paso a la tienda real.
Boudicca parecía llevar tiempo a la intemperie: tenía el calzado y las protecciones de las piernas manchados de barro y el pelo rubio se le pegaba a la piel a causa de la lluvia.
—Hemos venido a ver al Príncipe —dijo Finn con firmeza.
—Su Alteza está reunido en estos momentos…
—Es urgente.
El ave gigante bufó tras él. La soldado asintió despacio y se hizo a un lado.
—En ese caso…
Finn se dio la vuelta para agradecerle al avatar que los hubiera traído.
La criatura le dio un amigable picotazo en la espalda a modo de despedida.
A partir de ese momento, sus amigos y él estarían solos.
El Roc batió sus alas de nuevo. Sus garras arañaron el barro antes de que su graznido se alejara cielo arriba, entre las nubes.
Era tan imponente como la primera vez que lo habían visto, pero ahora que no intentaba matarlos, a Finn le caía mucho mejor.
Aunque Arión estaba pálido y caminaba poco decidido, él y Miren siguieron rápidamente a Finn hacia la tienda real, más alta que el resto.
A pocos metros estaban la muralla y la Puerta Sur, y, tras esta, Argéntea entera bajo la lluvia.
Las torres más altas del Bastión Corona apenas se distinguían a causa de las nubes y las ráfagas de agua.
Las antorchas brillaban encendidas en los puestos vigías.
Finn supuso que la ciudad entera estaría armada y atenta al más mínimo movimiento de la enredadera, que estaba muy cerca.
Boudicca les cedió el paso a la tienda. Al entrar, la calidez de los candelabros azules los reconfortó. El rumor del aguacero y los truenos quedaron apagados al otro lado de las telas.
—¡Te lo diré por última vez, Selina! —bramó una voz que a Finn le resultó familiar—. ¡Confiesa o yo mismo te llevaré al calabozo!
Todos estaban allí: el Archimago Lidéndil, la Princesa Selina, el Príncipe Jarrin y Roland. En cuanto Boudicca cerró la entrada de la tienda, el Príncipe regente los miró con ojos desorbitados.
—¿Qué significa esto? ¿Boudicca? —inquirió Roland a su escolta—. ¿Por qué has dejado pasar a estos…?
Fue entonces cuando se dio cuenta de que en realidad era Finn.
Roland tenía mala cara: tez verdosa, enfermiza, y el pelo castaño pegado a la frente sudorosa.
Aun así, Finn se sorprendió de verlo uniformado para la batalla, con una cota de malla gruesa, grebas contundentes y hombreras impresionantes.
El Príncipe regente abrió la boca al reconocerlo.
Finn no supo si en su gesto había más sorpresa o desconcierto.
—¿Finn? ¿Qué haces aquí? ¿Y quiénes…?
—Alteza, estos son mis amigos: Arión, estudiante de magia en la Academia, y Miren, bruja superviviente de la aldea del Bosque Calmo. Hemos venido porque…
—¡¿Una bruja?! —replicó el Archimago Lidéndil con voz chirriante—. ¿Habéis traído una bruja a la tienda real? ¿Y tú se lo has permitido? —increpó a Boudicca.
—Ha pasado algo fuera, Alteza. —La escolta habló exclusivamente a Roland—. Venía hacia aquí para informarle sobre la enredadera cuando me he topado con… Bueno, estos jóvenes han… llegado al campamento a lomos de un ave gigante de plumas plateadas, Alteza. Parecía…
Roland enarcó una ceja.
—¿Estás segura?
—¿Sugerís que una criatura legendaria que lleva siglos desaparecida ha traído a estos chiquillos en volandas? —replicó Lidéndil—. ¡Pamplinas!
—No solo yo la he visto, Archimago —se defendió Boudicca—. Preguntad a las tropas.
—¿Alguien va a explicarme qué pasa? —replicó Jarrin de pronto, saliendo del rincón donde había estado sentado hasta entonces—. ¿Qué criatura es esa?
Finn apenas había reparado en el Príncipe.
Se le notaba preocupado por cómo Roland había hablado a la Princesa.
Incluso con las profundas ojeras que le enmarcaban los ojos, el Príncipe Jarrin seguía teniendo un porte elegante y distinguido.
Vestía una gruesa capa verde que le llegaba hasta los pies.
La Princesa Selina, por el contrario, no llevaba la típica túnica celeste de académica, ni tan siquiera un vestido más típico de la corte, sino una armadura ligera y una camisa ribeteada con volantes sencillos en el cuello y los puños.