El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 13. El juramento #4
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13. El juramento #4

—¿De verdad? —Finn echó un vistazo a Arión, que asintió.

—Yo también había leído sobre ellos. ¡Pediré más bibliografía a la maestra Zaferina en cuanto vuelva a la Academia! Los paladines eran los caballeros más valientes, ¡capaces de obrar prácticamente milagros!

—Juntos podremos hacer cualquier cosa —continuó Miren, posando una mano en el hombro de Finn y mirándolo a los ojos con ternura—, estoy segura.

¡Mira lo que hemos conseguido hasta ahora, y eso sin el favor de un Dios!

Mi instinto de bruja lo tiene claro: es tu destino.

Estoy segura de que serías un gran caballero, Fenian Connell, uno del que todo Luxos llegaría a estar orgulloso.

Era la primera vez que Miren lo llamaba así: Fenian.

Como solo lo hacían su familia, el Consejero Bernus y ahora el Dios del Equilibrio, aparentemente.

Finn temblaba de la cabeza a los pies. No sabía qué pensar o, más bien, pensaba en todo y eso lo paralizaba como nada lo había hecho en su vida.

¿Escoger? ¿Cómo iba a aceptar él una responsabilidad tan grande?

¿Qué pasaría cuando volvieran a la capital y descubrieran quién estaba detrás de la enredadera? ¿Cómo iban a pararla, con o sin magia? ¿Y qué diablos quería él, Finn, ahora que había despertado?

Porque creía que iba a morir. Se había entregado a su destino alzando la espada una última vez ante el Roc y…

había soñado con los campos sembrados de su granja, las voces de su familia tras la colina y el perfil de Argéntea en lo más alto del valle.

Su hogar. Su destino. ¿Qué anhelaba él por encima de todo? ¿Poder, justicia, paz?

«Paz —se dijo, cabizbajo—, pero para conseguirla primero hay que obrar justicia…».

Finn se puso en pie. De pronto, se sentía sereno por primera vez en semanas, puede que incluso desde antes de acabar la instrucción en el Fortín. Arión y Miren lo miraban fijamente.

—Está bien —dijo mirando a los ojos blancos del Dios del Equilibrio—. Seré vuestro guerrero.

— Sígueme.

El Tercero se giró y caminó grácil, como si flotara sobre el mármol, hasta un extremo de la sala, donde un haz de agua cristalina brotaba de las rocas. La cascada llovía sobre el estanque, del que salían los riachuelos que recorrían el suelo.

Finn lo siguió, y tras él fueron también Arión y Miren.

El agua chapoteaba fresca bajo sus pies desnudos.

Finn sonrió. Era agradable caminar descalzo y ligero después de tantas semanas con el pesado uniforme del Fortín.

No sabía dónde había quedado, pero imaginaba que se metería en problemas cuando tuviera que explicar por qué estaba tan mellado.

En cuanto a la espada de su padre…, prefería no pensarlo.

Les rompería el corazón saber que había perdido la reliquia familiar en el paso a la cordillera.

— Entra en el estanque —le indicó el Tercero señalando con una mano brillante la superficie de agua cristalina.

Estaba tibia. Dio un paso y bajó los escalones. La fuente era poco profunda y el agua le llegaba a los tobillos. Finn les dirigió a sus amigos una última mirada. Arión y Miren le animaron con un gesto.

— Arrodíllate.

Finn obedeció. A su alrededor, el agua empezó a brillar como si fuera plata líquida.

— Fenian Connell —lo llamó la voz del Tercero—. Y o te honro con la magia ritual y te hago entrega de mis dones. Que mi luz te guíe y tu espada siembre la tierra de los hombres de justicia y reparación hasta el último de tus días. ¿Juras ser mi paladín?

—Lo juro.

El agua plateada formó hélices en el aire que rodearon los brazos, el pecho y las piernas de Finn, dibujando a su alrededor una armadura que resplandecía como recién pulida.

Sobre el peto de acero estaba grabado el relieve del Roc.

Las alas abiertas se extendían hacia las hombreras en forma de filigranas.

Bajo las placas, Finn notó la textura compacta de la cota de malla ajustándose a su cuerpo.

Toda la armadura parecía amoldarse a él, incluso los guanteletes, rematados con nudillos reforzados, se adaptaron a sus dedos como si ninguna otra mano cupiera allí.

Al extender los dedos de la mano izquierda, Finn vio aparecer su nuevo escudo: un disco de madera oscura reforzada con aros concéntricos de hierro bruñido. El frontal estaba pintado de blanco, azul y gris, y tenía una balanza grabada en plata.

Al devolver su atención a la mano derecha, que aún tenía libre, Finn abrió tanto los ojos y la boca que temió interrumpir el ritual.

La vieja espada familiar, la reliquia de su bisabuelo, lucía de nuevo espléndida ante él.

La hoja de acero de opalázuli resplandecía.

Con el corazón desbocado, Finn cerró los dedos alrededor del puño.

Los últimos destellos de magia acabaron por dibujar el pomo redondo, grabado con una pequeña inscripción en marmorés.

Al blandir su vieja arma, Finn sintió un estremecimiento de la cabeza a los pies.

La magia ritual anidó en su pecho y en su corazón.

Fue como si naciera de nuevo.

— Ahora, álzate, Fenian Connell, paladín del Tercero.