El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 13. El juramento #3
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13. El juramento #3

—Cuando el culebre se topó con vosotros y tuviste el valor de enfrentarte a él para que tus amigos trazaran un plan —continuó el Tercero—.

Cuando el puente de la verdad y el perdón os puso delante de un espejo y no solo tuviste que confesar aquello que te carcomía, sino también desafiar a un superior, a un hombre que en otro tiempo fue tu mentor y cuya autoridad podría haber nublado tu juicio…

Finn acabó sonrojándose. No estaba de acuerdo con que sus acciones fueran más heroicas que las de sus amigos. No se sentía especial, ni más valiente, ni más justo. Él solo había hecho lo que había creído que era lo correcto en cada momento.

— Cuando la gran enredadera os cerraba el paso a la cordillera y tuviste que sacrificar tu espada para seguir adelante —añadió la divinidad.

—¿Eso también fue una prueba? —rechistó Finn—. ¿Pero no decíais que la maldición era cosa de fuerzas oscuras? ¿Cómo hicisteis que…?

— Mi magia impidió que la enredadera pudiera seguir vuestros pasos una vez dejaste tu espada atrás. De igual manera que os protegí de encuentros desafortunados con algunos de los monstruos más temibles que habitan estas tierras…

—¡Esto es una locura! —dijo finalmente Finn, pasándose la mano por la cara.

— Yo estaba ahí, Fenian Connell, a lo largo y ancho de todo el camino, observando, atento a tus palabras y tus actos.

Finn negaba en silencio, cabizbajo, con los hombros encogidos.

—Así que aún podemos detener a la enredadera, ¿verdad? —dijo Miren.

— Tienes razón, joven bruja. El tiempo apremia y la maldición está cerca de desbaratar el equilibrio para siempre. En efecto, todavía tenéis una oportunidad de arreglar las cosas.

—Pero entonces…, ¿debemos enfrentarnos a la Archivista y el Creador? —intervino Finn—. ¿La enredadera es culpa de los Dioses?

El Tercero negó con la cabeza lentamente.

— No es en ellos donde reside la corrupción que asola Luxos, mas sin ellos habría sido imposible ejecutarla.

La aparición de la gran enredadera, como la llamáis, demuestra que alguien ha aprovechado mi ausencia para forzar aún más el odio en el mundo.

Alguien ambicioso y con acceso a la Corona se ha tomado la justicia por su mano, ha aprovechado las diferencias que separan a mis hermanos y las ha usado en su propio beneficio.

Reinstaurar el equilibrio, impartir justicia ciega, deberá ser el cometido del paladín del Tercero, Fenian Connell. Tu cometido.

Finn sintió un súbito mareo. Las piernas le empezaron a temblar. Retrocedió un paso y se dejó caer sobre la misma roca donde había despertado hacía pocos minutos. Tenía la vista perdida en el horizonte de mármol.

—¿Pero cómo voy a hacer todo eso yo solo? Con todos los respetos, divi… —tragó saliva—, divinidad, ¿y si os equivocáis? Solo tengo catorce años, ni siquiera he recibido aún un yelmo, ¡mi madre me va a matar cuando vuelva! ¿De verdad creéis que es buena idea que yo…?

— Por supuesto, no has de hacerlo solo. Soy consciente de que no habrías llegado tan lejos de no haber contado con la ayuda de tus amigos.

— El Tercero se giró con elegancia hacia sus amigos, se llevó las manos al pecho y se dirigió a ellos con una leve inclinación—.

Siempre estaré en deuda con vosotros, Xanamiren Arrubal y Arión Weber de Grosbrinkmann, por haber demostrado que, unidos, vuestros dones elementales y ancestrales son más fuertes que por separado; por haber guiado a mi paladín hasta mi templo y por encarnar todo aquello que hace a mis hermanos únicos y necesarios para que la vida y la magia sigan fluyendo.

Miren y Arión se dirigieron una mirada cómplice. Ambos hicieron también una reverencia, incómodos y nerviosos.

—Esto… ¡no ha sido nada! —dijo Arión—. Lo que sea por salvar el mundo, supongo…

—Ha sido un placer y un honor ser… —Miren carraspeó— de ayuda.

—No te preocupes, amigo —añadió el mago dándole una palmada en la espalda a Finn, que a punto estuvo de caer al suelo al pillarle desprevenido—, ¡nosotros te ayudaremos a ser el mejor paladín de la historia de Luxos!

Además, siempre puedes negarte, aunque a ver cómo resolvemos entonces el desaguisado de la enredadera.

—¿Desaguisado? —replicó Miren—. ¿Le has tomado prestada esa palabra a tu abuela?

—La maestra Zaferina la usa a veces cuando un hechizo ancestral no me sale del todo bien y lleno el aula de humo negro y pestilente, cenizas mágicas urticantes o…

—¿Negarme? —vaciló Finn, interrumpiendo a sus amigos—. ¿Puedo negarme?

— ¿Qué Dios del Equilibrio sería si te obligara a hacer algo que no quieres?

—No lo había visto de esa forma…

—Pero no estarás pensándotelo, ¿verdad, Finn? —replicó Miren fulminándolo con la mirada—. ¡Después de todo lo que hemos pasado para llegar hasta aquí!

—¡No es eso! Pero… ¡son demasiadas cosas!

—Finn jadeó, aturdido, y se alborotó el pelo con una mano—.

¿Qué hay de la enredadera? ¿Quién está detrás de ella entonces?

¿En qué consiste eso de ser paladín? Es decir, ¿puedo seguir siendo soldado en la Milicia, ¿no?

, siempre y cuando no nos juzguen por desacato o traición cuando volvamos, claro…

—Por lo que he podido deducir del discurso del Tercero —se adelantó Arión—, alguien poderoso se ha debido de beneficiar del poder de uno de los Dioses, o del de ambos, para desbaratar el equilibrio entre las magias elemental y ancestral.

Alguien cercano al Consejo o a la corte está detrás de todo esto.

—¡Como sospechábamos! —exclamó Miren—. Pero para desenmascararlo nos vendría bien la ayuda de otro Dios, Finn, ¿lo has pensado?

Finn sentía que la cabeza le iba a explotar.

—Chicos, yo no hago magia como vosotros. ¿Y si… y si no lo hago bien? —se preguntó en voz alta, mirando de reojo al Tercero, que seguía de pie en mitad del templete, con su media sonrisa, ausente, como si todo aquello no fuera con él—. Vosotros me conocéis, solo soy un aprendiz de soldado que…

—¿Estás de broma? —protestó Miren—. Se te daría de miedo, Finn. Los paladines de la antigüedad no eran magos ni brujos, eran guerreros. Aparecen en algunas de las leyendas que me contaba mi abuela cuando era niña.