13. El juramento #2
»Nací porque la fuente así lo quiso, mucho después de que lo hicieran mis hermanos, cuando ellos eran ya viejos y llevaban milenios sumando adeptos.
Debía hacerme cargo de mantener el equilibrio eternamente roto por dos Dioses en disputa.
Mientras la primera trata de cuidar el pasado para llegar al futuro, el segundo requiere destruir lo previo para generar vida nueva.
¿Cómo lo hacen? A través de vosotros. —El Dios señaló a Miren y a Arión—.
A través de la magia ancestral, por un lado, y la elemental, por otro.
Así nacieron los magos y las brujas, tiempo atrás.
Aunque la huella de mi magia parece haber sido olvidada en el continente, no he dejado de caminar entre vosotros y aún quedan historias y leyendas que hablan de mi paso entre los hombres.
»Hace más de doscientos años, el continente entero se adentró en lo que llamáis la Era Oscura, que duró cerca de un siglo y regó estas tierras con la sangre de hermanos y hermanas, madres y padres, hijas e hijos.
Algunos clanes antiguos que aún sabían de mi existencia me invocaron y pidieron ayuda.
Tomé de nuevo una capa hecha de harapos y la piel de un nómada anciano para buscar un guerrero capaz de superar mis pruebas.
Muy pocos elegidos lo han logrado a lo largo de las eras.
Cuando hallé a alguien digno de mi magia, lo nombré mi paladín, un guerrero consagrado a mi juramento que debía interceder por mí.
Mi soldado fue clave para que la Era Oscura llegara a su fin y se firmara la paz.
»Sin embargo, en algún momento mi paladín fue traicionado.
Entonces perdí a mi guerrero, que renegó de su Dios y olvidó su propósito…
Los hombres y mujeres que habían hallado la victoria gracias al equilibrio restaurado por mi elegido se erigieron en reyes y monarcas, construyeron murallas, dibujaron líneas en sus mapas y pactaron olvidar aquello por lo que habían empezado a luchar años atrás.
»Mi guerrero cayó en el olvido, como lo hice yo.
Mis hermanos, vuestra Archivista y vuestro Creador, saborearon la libertad; en mi ausencia, el mundo volvía a pertenecerles.
La Era Oscura dio paso a un nuevo periodo de calma y dicha.
Mas la telaraña estaba dispuesta. Pronto, mis hermanos retomaron sus caminos opuestos, fluyendo salvajes como ríos hasta el mar…
Finn escuchó la historia del Dios del Equilibrio con atención. Su voz era melódica, suave como la seda, cálida como la lana. Al terminar, el Tercero posó sus ojos blancos en Finn y sonrió con tristeza.
— ¿Entiendes ahora, Fenian Connell, el papel que te ha sido encomendado?
Finn titubeó.
—¿Qué? ¿Papel? ¿Yo…?
—Por las arrugas de la Archi… —Arión señalaba a su amigo con la boca abierta—. ¡Te ha nombrado su paladín!
Finn movió la cabeza hacia el mago. Luego empezó a temblarle el labio inferior y miró espantado al Dios del Equilibrio.
—¿A mí? Debe de ser un error. ¡Pero si aún no tengo ni el yelmo de la Milicia! Os habéis equivocado, vuestra dinivi …, divini …
—Divinidad —murmuró Arión.
—Eso. —Finn tragó saliva—. Es una locura. Yo no puedo ser un paladín. Para empezar, porque no tengo ni idea de lo que es.
—No es un argumento exento de lógica, desde luego…
—¡Arión! —le riñó Miren.
Finn se giró hacia sus amigos.
—¿Vosotros lo conocíais? Arión, ¿tú sabías que existía un tercer Dios?
El mago se llevó las manos a la cabeza y se rascó con fuerza entre los mechones de pelo oscuro antes de hablar.
—En los tiempos previos a la Era Oscura, Finn, en la época de los clanes, había muchos Dioses menores que cayeron en el olvido; la mayoría eran pura superstición, solo los cultos de la Archivista y del Creador se han mantenido a lo largo de los siglos.
Pero al verlo salir del estanque, recordé haber leído en alguna parte algo sobre una divinidad basada en el equilibrio, el blanco y el negro, la dicotomía o incluso la justicia ciega.
Y, por lo tanto, a veces…, ejem, también cruel.
—¿Dicoto-qué? —Finn se pasó la mano por la nuca sudada—. Dioses, no entiendo nada…
—Pero entonces —replicó Miren, pensativa—, la maldición…
— Que unos jóvenes como vosotros hayáis llegado tan lejos solo demuestra la extrema gravedad de los acontecimientos —dijo el Tercero abriéndose de brazos—.
El equilibrio es una ilusión, una meta; la balanza siempre está inclinándo se, oscilando entre la luz y las tinieblas.
La maldición es un síntoma de que esa desviación ha sido malograda por elementos corruptores.
—Luego decís que yo hablo raro… —dijo Arión con un silbido.
—Y las pruebas que habéis mencionado antes…, esto, divinidad —carraspeó Miren—, ¿quiere decir que nos habéis guiado hasta aquí desde el principio para…, bueno, restaurar ese equilibrio?
Finn estaba perplejo. Se sentía lento y desorientado. Agradecía que sus amigos estuvieran más despiertos y le ayudaran a entender lo que estaba pasando porque él estaba a punto de desmayarse.
El Tercero asintió con más claridad y entornó los ojos blancos mientras su rostro se volvía más oscuro.
—Así es. Al sentir la presencia en Argéntea de un aprendiz con potencial para ser mi nuevo paladín, tracé un camino que os guiara hasta aquí.
Tras la caída de mi anterior guerrero, mi poder quedó menoscabado, me resguardé en mi morada a la espera de que apareciera alguien digno o de que el pueblo recordara mis obras en el pasado.
»Temo, aun así, que este templo haya servido más como cárcel que como santuario, pues intereses oscuros han aprovechado mi ausencia para que la Archivista y el Creador alimenten aún más sus diferencias.
—Un camino… Pruebas para demostrar… —Arión musitaba en voz baja palabras sueltas mientras se acariciaba el mentón con una mano, la vista clavada en el suelo. De pronto, dio una palmada—. ¡Eso es! Tu sueño, Miren. ¡La visión que te llevó hasta la Academia!
Miren soltó un pequeño grito.
—No pretendía que diera contigo, ¡sino con Finn!
El Dios del Equilibrio asintió despacio.
—Fue una suerte y una ironía del destino que precisamente tú, Miren, una hija de la magia elemental, tuvieras en tu mano el conocimiento necesario para encontrarme.
Aunque los fieles magos de la Archivista atesoran la memoria y el archivo del conocimiento, las brujas del Creador sienten especial predilección por las leyendas transmitidas de generación en generación…
Tu abuela te transmitió la leyenda con la que podías encontrarme, pero yo necesitaba que además trajeras a mi santuario al aprendiz de Argéntea que podía ser mi paladín.
—Un momento —suplicó Finn—. Para que a mí me quede claro. ¿Enviasteis ese sueño a Miren para que fuera a la capital y encontrara a Arión? Nos encontrara a los dos —se corrigió con rapidez. Después se giró hacia la bruja—. ¿Fue él con quien soñaste?
—No soñé con nadie, Finn. Ya os lo conté. Yo pensaba que era cosa del Creador, pero…
—Pero luego reparamos en la pluma blanca que había en la cornisa de la ventana y supuse que Uloran se estaba comunicando contigo —recordó Arión—. Es decir, el avatar de la Archivista.
—Pero yo sabía que era imposible que la visión me la enviara la Diosa… —empezó a decir Miren.
—Porque lo que querías era vengarte de los magos —concluyó Arión—. ¿Para qué iba la Archivista a ayudarte si en el fondo tú querías cargarte todo lo que ella representaba? En efecto, tenía poco sentido.
—Bueno —titubeó Miren mirando al Dios del Equilibrio de reojo—, yo tampoco he dicho que quisiera cargarme todo lo que…
—Pero entonces —siguió Finn—, ¿qué significaba la pluma blan…? —Finn abrió mucho los ojos—. ¡El Roc!
—Exacto. Esa pluma pertenecía al avatar del Tercero —zanjó Arión—. La verdad ha estado delante de nosotros todo este tiempo, pero…
— Os faltaba encajar cada pieza en su lugar —concluyó el Dios del Equilibrio, alzándose ligeramente y brillando con más intensidad—.
Yo siempre he estado ahí. Cuando Miren llegó a la Academia convencida de que debía llevarse a Arión a las montañas, secuestrado si hacía falta, y tú te negaste en rotundo a dejarlo solo.
—Pero eso… —dijo Finn frunciendo el ceño— solo fue sentido común. ¿Cómo iba a dejar que mi mejor amigo se fuera con una bruja desconocida? No te ofendas…
—No me ofendo —reconoció Miren con una sonrisa.
— ¿Sentido común? —replicó el Tercero—. ¿Cuando el Consejero de la Guerra te había dicho que la amenaza se acercaba y que pronto cerrarían las puertas de la capital? Muchos aprendices de soldado habrían tomado otra decisión de haber estado en tu lugar, Fenian Connell.
Finn no supo qué decir. Quizás había sido una locura acompañar a Arión y a Miren a la Cordillera de las Bestias, ¿pero qué iba a hacer si no?
¿Sentarse y esperar a que la gran enredadera llegara a Argéntea?
¿Dejar que Arión se enfrentara solo a lo que fuera que hubiese ahí fuera?
¿Qué clase de amigo y de aprendiz de soldado habría sido en ese caso?
Al alzar la vista, Finn comprobó que el Tercero seguía mirándolo como si le leyera la mente.
Carraspeó.
—Entonces, lo que pasó en el pueblo a la entrada del bosque, ¿también fue una prueba?
— Dímelo tú, Fenian Connell —contestó la divinidad con una sonrisa pícara.
—Claro —respondió por él el mago—. Cuando los ladrones se hicieron con el ídolo de plata y los aldeanos culparon a Miren del robo, tú confiaste en su inocencia.
—¿Y qué tiene eso de especial?
—¿Bromeas? —replicó Miren—. Dejaste tus prejuicios a un lado y te empeñaste en ser justo, en hacer lo correcto.
—¡Vosotros habríais hecho lo mismo en mi lugar!
—Hum —gruñó Miren—, no estés tan seguro. ¿Fiarme de un mago torpe y de un soldado cabeza hueca?
—¿Confiar en una bruja salvaje y gruñona? —replicó Arión fingiendo una burla.
Ambos se rieron y Finn también sonrió, aunque le costaba ver lo que todos parecían tener tan claro.