13. El juramento
EL JURAMENTO
En el templo del Tercero
F inn soñó con campos dorados de trigo, avena y centeno bañados por el sol. Con espigas meciéndose al vaivén de la brisa. Con voces familiares que reían cerca, acompañadas del rumor del agua discurriendo por el valle. Con Argéntea al fondo, majestuosa y arrogante, brillando como bañada en plata.
Soñó con una espada vieja y un nuevo amanecer.
—¿Me oyes, Finn? ¡Finn, despierta de una vez!
—No reacciona. ¿Y si probamos a abofetearlo?
—Nadie va a abofetear a nadie, Arión.
—Solo era una idea…
Los párpados le pesaban. Abrió los ojos y vio dos cabezas recortadas contra la luz.
—Vamos, eso es. Incorpórate poco a poco. ¿Quieres agua? Arión, por favor, tráele un poco del estanque.
—¡A la orden!
Finn oyó pasos atolondrados alejándose. Esbozó una sonrisa: las voces de sus amigos eran inconfundibles. Al momento, le acercaron una copa llena de agua fresca a los labios. Tragó con dificultad, como si llevara siglos con la boca seca. Poco a poco, los sentidos volvieron a su cuerpo.
Finn estaba tumbado bocarriba en una roca plana, varios palmos sobre el nivel del suelo.
Miren y Arión estaban arrodillados a su lado y le tocaban la frente y le apartaban los mechones rubio ceniza para comprobar si tenía fiebre.
Alguien le había quitado la armadura. Vestía solo su vieja camisa y el pantalón de paño, pero ambas prendas estaban limpias y olían a lavanda.
Al parpadear, vio que también estaba descalzo.
Una mano pasó por delante de su campo de visión.
—A ver, ¿cuántos dedos tengo?
—Arión, no hagas tonterías.
—¿Y si el golpe en la cabeza tiene secuelas irreparables?
—Escucharte a ti sí que tiene secuelas irreparables… —musitó Finn con un hilo de voz.
—Al menos en expresión y capacidad visual todo parece indicar que está perfectamente —dijo el mago—. ¿Ves? Mis técnicas de primeros auxilios funcionan.
Finn sonrió y movió la cabeza despacio intentando averiguar dónde estaban.
Parecía un templete de mármol con columnas blancas por las que trepaba un sarmiento hasta el techo.
Finn no había visto nunca nada igual. La luz provenía de extrañas flores que colgaban del techo; parecían farolillos en cuyo interior brillaban pistilos dorados.
Finn aguzó la vista. Más allá del templete, la sala era amplia y clara, de paredes de mármol negro y blanco intercaladas.
Una red de pequeños canales salía del estanque del fondo, recorría el suelo de la cueva y llenaba el espacio con el rumor del agua en movimiento.
Finn se mareó al fijarse en el estanque.
—Despacio —le ordenó Miren—. Has estado un buen rato inconsciente. No tengas prisa. Nosotros hemos despertado hace poco.
—¿Dónde estamos? —Finn consiguió erguirse y poner los pies en el suelo—. ¿Estáis bien? —preguntó entornando los ojos y mirándolos, como tratando de discernir si aquello era una ilusión o estaba ocurriendo de verdad—. ¿Cómo…? ¿Qué ha pasado? ¿Qué es este sitio?
—Estamos bien, pero…
—¿Cómo hemos llegado aquí? —insistió Finn antes de que la bruja acabara la frase.
—Ese es el quid de la cuestión —apuntó Arión encogiéndose de hombros—. No tenemos ni idea.
—Pero la cámara, el Roc… Os vi llegando a…
—Al corazón del templo, sí —afirmó Miren—, pero luego hubo un estallido de luz y… Bueno, creo que perdimos el conocimiento los tres a la vez, porque no recordamos más. Hemos despertado directamente aquí. ¿Y tú? ¿Tienes idea de lo que puede haber pasado?
Finn vaciló. Se llevó una mano a la cabeza, aún espesa, y lo observó todo de nuevo, más atento esta vez.
Arión se había quitado también la túnica y vestía como él prendas sencillas pero claras.
Entonces, lo recordó: ¡el brazo herido! Arión movía el codo izquierdo con normalidad.
Al reparar en lo que estaba pensando, Miren rio.
Ella también parecía recuperada, como si hubiera descansado durante días sobre un colchón mullido.
Su rostro estaba sereno, limpio y sin rasguños ni magulladuras.
Sus ojos de color azul y verde le sonreían.
—Magia curativa —le dijo—. Este lugar… Algo o alguien nos ha sanado, Finn.
—¿Significa eso que lo hemos conseguido? —Finn intentó contener la alegría y la emoción, pero no pudo no alzar la voz—. ¿Hemos encontrado la magia legendaria?
— En efecto, Fenian Connell . —La profunda voz retumbó por toda la cueva y le puso los pelos de punta.
Miren pegó un brinco y se sujetó a la roca donde estaba sentado Finn, mientras Arión tropezaba consigo mismo y casi se daba de bruces con el suelo—.
Bienvenidos a mi morada. Habéis sido bendecidos por la luz del Tercero.
Muchas son las preguntas que embotan vuestras mentes, ¿por cuál empezaréis?
— ¡¿Pero qué?! —chilló Arión.
—¿Quién anda ahí? ¡Muéstrate! —ordenó Miren.
Finn se levantó y bajó del templete, puños en alto, listo para defenderse.
De repente, lo recordó: esa extraña voz era la misma que había oído en su mente cuando el Roc lo atacaba.
¿Seguían en peligro? Antes de que pudiera avisar a sus amigos, notó que algo cambiaba.
La luz se hizo más potente, como si las paredes y las columnas, el agua y las flores de papel irradiaran un destello más intenso.
Una figura envuelta en seda blanca salió del estanque y empezó a caminar, descalza, hacia ellos.
Finn se paró junto a sus amigos, sin bajar los puños, mientras la espigada silueta subía los peldaños.
Su piel, si es que podía decirse que tenía piel, porque todo en ella brillaba con un fulgor iridiscente, era negra como el basalto.
Por contra, sus cabellos rizados y sus ojos resplandecían de un blanco inmaculado.
Finn se tapó el rostro con una mano cuando estuvo cerca, era como fijar la vista en el sol.
Entornó los ojos, mirando entre sus pestañas, para intentar distinguir sus facciones.
Su rostro era fino, tenía una nariz recta y una boca ancha, con un gesto enigmático, como si sonriera y a la vez estuviera triste.
El primer impulso de Finn fue retroceder, pero al mirar a la figura a los ojos comprendió que ya se conocían. Había hablado con ese ser. Se había enfrentado a él.
— Bueno, te enfrentaste a mi avatar, para ser exactos…
—Tú… —dijo Finn—. Tú me hablaste cuando estaba a punto de perder. Querías que me rindiera.
—¿Cómo? —replicó Miren, que estaba detrás de Finn—. ¿Él es quien nos habló en la cámara de las columnas? —A continuación se volvió hacia él con chispas de fuego saltándole de las manos—. ¿Ordenaste tú al Roc que nos atacara?
Arión tenía la boca abierta, pero no podía hablar. Por su gesto, parecía estar repasando mentalmente todos los libros que había leído en su vida, intentando hallar una explicación.
Finn confirmó las sospechas de la bruja asintiendo enérgicamente.
—Y de hecho yo debería… —Finn extendió los brazos comprobando que seguían allí—. Yo debería estar muerto.
— Así es. Si no hubieras superado la última prueba. Pero lo hiciste. Y por eso estamos aquí. Por eso sigues vivo, Fenian Connell.
—No entiendo lo que eso quiere dec…
—Chicos, creo que… —balbuceó Arión—. Creo que sé qué es.
—¿Qué? —replicó Miren—. ¿Cómo que sabes lo que es? Querrás decir quién…
—No —añadió el mago tragando saliva ante la atenta mirada de la figura misteriosa—, no es un hombre… ni una mujer. No es una persona.
Tanto Finn como Miren se giraron hacia su amigo con los ojos como platos.
—Eso explicaría… —tartamudeó Arión—. Ahora lo entiendo. Claro. Por eso nos dijo que se trataba de la morada del Tercero y que su avatar nos detendría el paso… ¡Un avatar! ¿No lo veis? No se trataba de Uloran, el avatar de la Archivista, ni del avatar del Dios de la Naturaleza, qué va…
Miren fue a rechistar, pero entonces se dio cuenta de algo y palideció.
—¡No puede ser!
El mago asintió.
—La leyenda de las brujas hacía alusión a una magia perdida, pero nunca pensé que sería…
—¿Que sería qué, Arión? ¿Miren? Por lo que más queráis, ¡soltadlo de una vez! —suplicó Finn.
Arión se mordió el labio antes de atreverse a señalar al recién llegado y murmurar:
—El Dios de la Venganza.
— Mi historia se remonta al principio de los tiempos.
La luz no puede existir sin la oscuridad, como tampoco puede haber vida sin muerte.
Vosotros los llamáis la Archivista y el Creador, la Diosa de la Memoria y el Dios de la Naturaleza, pero son muchos los nombres que mis hermanos han recibido a lo largo de los años y muy pocos aquellos que puedo mencionar en una lengua de vuestra comprensión.
» Cuando la magia nació, cobró forma de fuente y de esta manaron dos ríos que tomaron caminos opuestos: las aguas de la Diosa abrazaron la conservación y el orden; por el contrario, las aguas del Dios eligieron la renovación y el caos.
Infinitos son los cultos que a lo largo de la historia los han adorado, mas pocos son los pueblos que han oído hablar de mí.
»Mi función nunca fue la de guardar la memoria, el conocimiento y la sabiduría, como tampoco la de regir los elementos y alimentar la entropía.
Mi nombre, en vuestra lengua, es el Tercero o Dios del Equilibrio, aunque muchos me han conocido también como Dios de la Venganza, y mi lugar es el del punto medio entre la creación y la destrucción, entre el caos y el orden.