El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 12. El avatar #4
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12. El avatar #4

Se sostuvieron la mirada un instante que les pareció que duraba una vida entera. Los tres sabían que era poco probable que Finn ganara esa pelea… o que sobreviviera.

Un graznido atroz reverberó sobre sus cabezas.

—¡Más te vale estar de una pieza cuando volvamos! —le gritó Miren con lágrimas en los ojos y dándole un puñetazo en la armadura a la altura del pecho.

—¿Qué? —replicó Arión con los ojos vidriosos—. ¡No! ¡No podemos hacerlo! ¡No podrás aguantar, Finn!

Finn lo sabía. Cogió a su amigo por los hombros y lo zarandeó.

—¡Vamos, Arión! ¡Es vuestra única oportunidad!

El mago ahogó un sollozo y buscó consuelo en Miren, que entrelazó los dedos de su mano con los de Arión y apretó con fuerza para tirar de él.

—¡Ni se te ocurra morirte sin mi permiso! —gruñó Arión, limpiándose las lágrimas.

—¡Rápido, marchaos!

Miren y Arión se levantaron y echaron a correr. El Roc sobrevolaba la cámara a la altura de los candelabros. Al detectar movimiento abajo, chilló y plegó las alas para caer en picado.

—¡Tu espada! —le gritó Arión desde delante, girando hacia él pero sin dejar de avanzar.

Finn alzó su arma y vio como el mago dibujaba en el aire la misma runa que había derribado por error una columna.

— ¡DERMIS METALLEUMAS!

El hechizo golpeó de lleno la espada de madera. En esta ocasión, la explosión de magia azul fue tan potente que lanzó a Arión y Miren hacia delante y desvió la trayectoria del Roc, que chocó de costado con uno de los pilares. La bestia aterrizó estrepitosamente entre gruñidos y arañazos.

Finn sujetó la espada con ambas manos mientras el hechizo de Arión interactuaba con la magia de Miren.

La bruja frunció el ceño, dirigiendo una mano hacia el arma.

Los nervios y los nudos de la madera se reforzaron y aumentaron el tamaño de la espada.

Su magia verde volvió a vibrar al contacto con la magia azul del hechizo ancestral, que bañó el arma de un hierro tan negro como el basalto del suelo.

Finn sonrió y blandió la espada en el aire.

El Roc irrumpió en el pasillo central a medio camino entre él y sus amigos.

La bruja y el mago siguieron adelante. El avatar intentó echar a volar para impedírselo desde arriba, pero Finn fue más rápido.

Saltó desde un montón de rocas y le lanzó un tajo descendente cargado de furia.

El Roc no tuvo más remedio que detener el golpe con un zarpazo.

Antes de que Finn tocara el suelo y pudiera escapar, la bestia agarró el arma e intentó volver a romperla, pero ahora era metal lo que la endurecía y, por mucha presión que aplicó sobre ella, esta no cedió.

—¡Ajá! —exclamó Finn, envalentonado.

Apoyó los pies en las garras del Roc y saltó para liberar la espada.

El filo lo hirió entre las escamas, de donde brotó una sangre negra.

Finn aterrizó entre cascotes, pero se torció el tobillo y reprimió un grito de dolor.

El avatar rugió y le asestó un golpe con el ala que Finn a duras penas pudo desviar con la espada.

Otro picotazo. Otra embestida. Un tajo. Una finta. Golpe a golpe, el Roc ganaba terreno y arrinconaba a Finn contra la pared. Sentía un dolor penetrante en el pie y casi no le quedaban fuerzas para seguir protegiéndose de los ataques.

A las espaldas del Roc, mientras luchaba por mantenerse con vida, Finn vio a sus amigos cada vez más cerca del umbral.

Pese al dolor que le nublaba la mente, respiró aliviado.

«No pasa nada», se dijo a sí mismo, tembloroso pero tranquilo.

«Pase lo que pase, habrá valido la pena si consiguen salvar al Reino».

En cuestión de segundos, todo acabaría. Lo habrían logrado.

Arión y Miren llegarían al final de la cámara y hallarían la fuente de poder antiguo.

No le cabía la más mínima duda. En cuanto a él…

Las garras del Roc lo golpearon con tanta fuerza en el pecho que abollaron su armadura, con lo que empezó a apretarle las costillas.

Finn cayó de rodillas. El Roc se irguió, abrió las alas hasta alcanzar su máxima envergadura y profirió un graznido aterrador.

Sus ojos negros destilaban ira, su pico abierto exigía sangre, sus garras propagaban un chirrido insoportable al clavarse en el suelo. Arión tenía razón: no iba a aguantar.

Con esfuerzo, Finn cuadró los hombros y blandió la espada ante la criatura. No podría esquivar un nuevo ataque, pero caería como un auténtico soldado: luchando hasta el final.

Sin un ápice de duda, alzó la espada, dispuesto a seguir peleando.

El tiempo se detuvo.

Finn sintió como los segundos dejaban de pasar, como el Roc, todo su cuerpo y el mundo entero se paralizaban en un instante. Incluso el fuego en las antorchas se quedó quieto.

— El Roc nunca se detiene ante su presa —dijo de pronto aquella voz en su cabeza—, acabará contigo… a no ser que mi orden lo detenga. ¿Quieres eso, Fenian Con nell? ¿Quieres que cese el dolor que te atenaza el cuerpo? Si te rindes, vivirás. Tienes la palabra del Tercero.

—¿Cómo…? —balbuceó, pestañeando, confuso y débil—. ¡¿Quién habla?!

—Si te rindes, sobreviviréis los tres. Podréis vivir juntos en mi templo por los siglos de los siglos, a salvo de cualquier amenaza. Estaréis en paz por fin, a mi recaudo.

Finn frunció el ceño, cerró los ojos e intentó enfocar la vista, cada vez más borrosa y turbia.

—¡Muéstrate!

— Olvidaríais vuestros nombres, a las personas que conocisteis alguna vez y todo cuanto habéis sido hasta ahora. Os alumbraría con mi poder, Fenian Connell, y pondría fin a vuestro viaje. Se acabarían la búsqueda, la huida y el sufrimiento.

Finn sintió un alud en su cabeza, una ola de fuerza sobrenatural que doblegó sus defensas y le obligó a soltar la espada.

Se apoyó en las manos para evitar dejarse caer del todo.

Esa extraña voz le susurraba al oído y parecía controlarlo a su antojo: doblaba sus articulaciones, provocaba escozor en cada herida.

—No… —gimoteó—. No lo entiendo… ¿Viviríamos?

— Por siempre. En un descanso merecido y placentero tras las penalidades a las que os habéis enfrentado. A salvo del terror que se cierne sobre el mundo.

Abrió los ojos a un mundo nuevo y despejado. Al apartarse las nubes, Finn se vio a sí mismo sobrevolando Luxos, pero el horizonte, sus campos, montes y ciudades eran solo un recuerdo bajo la maldición. Todo estaba cubierto por una alfombra de ramas espinosas.

Era el futuro. Un futuro, al menos. Fuera de la cueva, nada escaparía de su savia venenosa mientras ellos, quizá, aquí dentro, podrían vivir a salvo… para siempre.

—¡NO!

Finn emergió del encanto, dándose de bruces contra el suelo.

Buscó a tientas hasta dar con la empuñadura de la espada, cerró los dedos y la usó como apoyo para levantar una pierna y alzarse.

Apenas veía, pero el brillo plateado del Roc le indicaba que tanto la bestia como él seguían allí, en la cámara. Congelados.

Y que aún podía luchar.

— ¿No?

—¡No! —gritó Finn irguiéndose ante la criatura—. ¡Mis amigos encontrarán la forma de volver y salvarlos a todos!

— ¿Aunque tú mueras?

—¡Aunque así sea!

— Entonces está decidido.

Finn frunció el ceño.

«¿Qué? ¿Qué está decidido? ¿Qué significa eso?», pensó.

— Significa que eres digno de ser mi paladín .

El tiempo volvió entonces a su curso.

El Roc profirió su chillido y de sus alas manó electricidad que inundó la cueva entera de luz.

Todo se encendió, a los ojos de Finn, antes de apagarse por completo.