El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 12. El avatar #3
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12. El avatar #3

—Yo tampoco —confesó Arión, que se quitó el sudor de la frente con el dorso de la mano libre y apretó con la otra el libro de hechizos en su regazo.

—¡Ahora sí puedo luchar! ¡Vosotros seguid pensando un plan, que hacéis buen equipo!

Finn les guiñó un ojo antes de correr de vuelta al pasillo. Miren y Arión intercambiaron una mirada cómplice. Justo entonces tronó un nuevo graznido sobre sus cabezas que les hizo dar un respingo.

—¡Aquí, bestia!

El Roc planeó sobre la sala con las garras abiertas.

Un nuevo chillido respondió a la provocación de Finn, que cuando vio a la criatura de reojo a la altura de los candelabros se metió entre las columnas.

El ave frenó, giró su cuerpo en el aire para cambiar de dirección y zigzagueó con agilidad entre el pasillo central y el lateral.

Perseguía a Finn, pero este tenía un plan.

De pronto, frenó de sopetón, derrapando, y se tiró al suelo.

A continuación se impulsó con las piernas desde un pilar para pasar justo por debajo de aquella especie de águila en sentido contrario, deslizándose sobre la espalda de su armadura.

Entonces Finn le lanzó el escudo al ave, golpeándola en el vientre.

Aunque no fue un gran ataque, el Roc bufó y perdió el equilibrio.

Clavó las uñas en una columna y aterrizó en medio de la sala.

El escudo cayó con estrépito. Finn no perdió un instante y corrió a por él.

La bestia lo miró, enfurecida, y saltó hacia delante para interceptarlo.

Era un ser formidable, pero Finn esperaba que en tierra no pudiera moverse con tanta agilidad. Alcanzó el escudo justo cuando el Roc caía sobre él.

¡Clanc!

Finn detuvo la garra del Roc con la espada, que aguantó el golpe.

—¡Funciona! —exclamó, con la voz algo entrecortada por el esfuerzo.

El Roc graznó y apretó las garras afiladas como puñales alrededor del arma de Finn, que crujió.

¡Catacrac!

Tal vez Finn lo había celebrado demasiado pronto.

La piedra que recubría la espada de madera se hizo añicos. Finn tiró de ella para sacar la espada de madera de entre las garras del ave. El Roc se inclinó hacia delante y le asestó un picotazo. Finn giró el escudo para absorber el impacto.

—¡Finn, al suelo! —gritó Miren.

Tuvo el tiempo justo de inclinarse antes de que el torbellino de fuego golpeara en el pecho del animal, que alzó la cabeza al cielo y chilló. El Roc retrocedió, pero ni una sola de sus plumas parecía chamuscada.

—¡Ha roto la capa de rocas! —le explicó Finn a Arión, con la espada en alto, cuando lo vio acercarse a la batalla—. Espera, ¿qué haces aquí? ¡Es demasiado peligroso!

—No importa, ¡creo que tengo la solución! —El joven mago se mordió el labio antes de alzar la mano con la que iba a dibujar el hechizo—. ¡Dermis metalleu mas!

Sin embargo, pisó un cascote y el primer trazo bailó en el aire, impreciso. Pretendiera lo que pretendiese su amigo, no dio resultado.

Finn lo supo al instante por la cara que puso Arión.

—¡Que la Archivista me perdone! —clamó con la vista perdida en las alturas.

Finn se giró y vio rayos de magia ancestral enroscados alrededor de una columna, que reventó al instante formando una nube de tierra, polvo y humo que hedía a azufre.

Finn trató de cubrir a su amigo y a sí mismo con el escudo.

Fragmentos y escombros aterrizaron a su alrededor, abriendo boquetes en las baldosas.

El estruendo era atronador. Había tierra y guijarros por todas partes.

La sala entera parecía temblar, sacudida por el conjuro fallido.

—¡Miren! —gritó Finn entre toses; la había perdido de vista.

La situación empezaba a descontrolarse. La balanza estaba injustamente desnivelada: el Roc no parecía cansarse y ni sus magias ni sus armas lo herían.

¿Cómo iban a hacerse así con el poder legendario?

De repente, Finn vio la punta de las alas del Roc surgir de la polvareda. El ave se elevó con un grácil movimiento y agitó sus extremidades para dispersar las nubes.

—¡Estoy aquí! —dijo Miren alzando una mano—. ¡Seguidme!

La bruja invocó una cortina de raíces que salió del suelo agujereado y tejió una débil pared entre dos pilares.

El Roc quedó al otro lado. Mientras rompía el muro con el pico y las garras, los chicos corrieron a refugiarse en la entrada a la caverna.

Arión se sujetaba el brazo izquierdo con una mueca de dolor.

Al acercarse, Finn vio que tenía la túnica rasgada, seguramente por la lluvia de cascotes, y el codo magullado.

—¿Estás bien?

Arión tenía las mejillas sucias llenas de polvo y lágrimas.

—No es nada, pero… me duele…

—Creo que no está roto —le tranquilizó Miren, también sucia y llena de arañazos—, pero sí dislocado.

—¿Tú estás bien? —le preguntó Finn—. ¿No te han herido?

—Solo tengo algunos cortes.

—¿Estás segu…?

Un nuevo graznido los puso en alerta. Miren se asomó a la cámara y lanzó al aire una llamarada verde que iluminó como una estrella fugaz el lejanísimo cielo de la habitación. El Roc viró y se perdió entre los pilares.

—Y a Arión —siguió Finn—, ¿puedes curarle?

—No en medio de una pelea…

—¿Qué intentabas hacer? —le preguntó al mago.

—Una…. versión avanzada del conjuro… —dijo este, avergonzado—. Quería utilizar los elementos metálicos… de la cueva…

—¡¿Magia ancestral avanzada?! ¿Te has vuelto loco?

—Dijiste… que teníamos que estarlo…

Finn se mordió el labio. Tenía razón. No podía culpar a su amigo por seguirle en esa batalla imposible contra un monstruo legendario. Arión solo había intentado hacer lo que él: confiar en su instinto y llevar sus habilidades al límite.

—Has estado cerquísima de lograrlo —lo animó el aprendiz—. ¡Enseñémosle lo locos que estamos!

—¡Voy detrás de ti! —dijo la bruja.

—¡Yo os cubro! —añadió el mago.

Volvieron a la carga. El Roc plegó las alas y descendió en picado en el pasillo central de la sala.

Miren gritó y lanzó con las manos una ráfaga de viento que ascendió en tromba.

El Roc se desvió empujado por el vendaval.

Finn lo seguía con la vista, quería anticiparse a sus movimientos, tenderle una trampa.

Empezaba a asumir que no podrían derrotarlo, pero quizá sí cansarlo o herirlo si utilizaban el entorno en su beneficio.

La sala era estrecha y las altas paredes y los pilares jugaban en su contra.

En la distancia, Finn vislumbró la salida: el camino que continuaba hacia esa magia que, según la extraña voz y la leyenda de las brujas, los estaba aguardando.

Solo necesitaba inmovilizar al Roc el tiempo suficiente para que Miren y Arión pudieran llegar al otro lado.

Quizá, una vez ellos se hicieran con el poder oculto, podrían retroceder y ayudarlo a vencer a la bestia.

—¡Miren, ahora!

A su señal, la bruja levantó del suelo un nuevo ciclón de viento. Finn aprovechó la corriente para lanzar el escudo, que impulsado por las ráfagas de color verde salió disparado y le dio de lleno al Roc en el pecho.

—¡Eso! —aulló Finn, extasiado.

El ave graznó, atravesó el ciclón de Miren y atrapó en el aire el escudo con el pico. Con un sonoro ¡crac!, lo hizo pedazos.

—¡Llevadlo hasta esas columnas! —les pidió Arión desde la retaguardia.

Miren y él se dieron la vuelta y vieron que el mago señalaba dos pilares a su derecha.

Finn asintió y silbó, invocando a la bestia.

Un nuevo giro en el aire. Otra carrera. Finn esquivó los cascotes desperdigados y las baldosas arañadas.

Miren llamó la atención del Roc con sus llamas verdes, aunque empezaba a estar cansada.

Finn podía notarlo por el brillo de sus llamaradas, cada vez más apagado.

Cuando la bestia zigzagueó entre las columnas de la fila contraria, Finn salió veloz a su encuentro para que lo persiguiera.

El Roc picó el anzuelo. Mientras, a una distancia prudencial, Arión ya estaba listo.

— ¡Proosis sphingos!

El trazo limpio de Arión resplandeció en el aire antes de que el hechizo estallara. Una ristra de cuerdas agarró al Roc de la pata izquierda, el cuello y el ala derecha.

Como serpientes vivas, las cuerdas mantuvieron a la inmensa criatura atada a las columnas.

Finn quiso gritar, pero la alegría duró poco tiempo.

El Roc empezó a relucir. Un fulgor plateado envolvía sus plumas.

Una sacudida eléctrica le recorrió el cuerpo entero desde el pico hasta las alas y entonces un rayo blanco cortó las cuerdas e impactó contra las paredes, propagando una onda expansiva.

Las columnas, el suelo, todo tembló. Finn a duras penas pudo mantenerse en pie.

Mientras el ave emprendía el vuelo y se alejaba, él se giró hacia sus amigos.

Miren estaba cerca, de rodillas entre los escombros, agotada.

Arión corrió en su busca con el brazo herido apretado contra el pecho y el manual de conjuros en la mano libre.

—Es demasiado fuerte… —se lamentó el mago.

Miren se incorporó y buscó con la mirada la trayectoria del Roc, que aleteaba mientras seguía su ascenso para guarecerse en las tinieblas del techo antes de atacar otra vez. Se quitó el pelo enmarañado de la cara y suspiró.

—No podemos vencerle —asumió, mirando a Finn.

—Quizá no sea necesario —dijo este—. Adelantaos vosotros. ¡Yo lo entretendré!

—¡¿Qué dices?! —gruñó Arión—. De eso ni hablar.

Miren estuvo de acuerdo.

—¿No es rival para los tres juntos y pretendes hacerle frente tú solo?

Finn respiró hondo. Le sabía la boca a sangre y le dolía todo el cuerpo, pero no podían rendirse. No a las puertas de conseguirlo.

—Habéis oído a la voz: el final de la cueva está muy cerca.

El motivo por el que estamos aquí. La razón de trás de tus visiones, Miren; puede que sea la Biblioteca de la Archivista, Arión.

No lo sé. Solo sé que vosotros sois la clave.

Tú misma lo dijiste cuando nos conocimos: una bruja o un mago podéis usar la magia que esconde este lugar.

Y yo…, yo puedo retener al Roc mientras os adelantáis.