El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 12. El avatar #2
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12. El avatar #2

—La pregunta es para qué iba la Princesa a hacer todo esto —apuntó Finn.

—¿Para dejar a Roland en evidencia y postularse ella misma como heredera al trono?

—Es retorcido, Miren.

—¿Cómo explicas entonces lo que ha pasado en el puente, Finn?

—Tiene que haber otra explicación…

—¡Chicos, no me estáis haciendo caso y…!

Finn oyó el frenético aleteo justo a tiempo de agacharse y evitar el impacto de una bandada de murciélagos.

Sus chillidos habían ido escalando conforme Miren y él hablaban también más alto.

La nube de sombras giró en la gruta y desapareció por un pasadizo que se hacía mucho más amplio de ahí en adelante.

Habían llegado al final.

A pocos metros, el túnel desembocaba en una cámara mucho mayor.

Los tres se asomaron, asustados aún por la súbita aparición de los murciélagos.

La llama verde de Miren salió del túnel e iluminó el inmenso espacio, que se abría a los lados y hacia arriba.

El eco de los últimos aleteos alejándose se apagó en la distancia.

—¡Estaréis contentos! —los riñó Arión poniendo los brazos en jarra.

—Vamos, no ha sido para tanto, solo eran unos pocos murciélagos —apuntó Miren.

—¿Unos pocos? Habría más de cien, ¡más de mil! Puede que decenas de miles. ¿Y si nos hubieran mordido?

—¿No te habría venido bien capturar alguno para tus experimentos? —le dijo Finn.

De pronto, Arión se quedó quieto como una estatua, y luego dio un pisotón.

—Mecachis. La piel de murciélago se utiliza como en una docena de elaboraciones… Y la lengua, y la oreja, y las uñas…

—Por las barbas del Creador, para —suplicó Miren—. Es repugnante y cruel al mismo tiempo. Pobres animales. Menos mal que no has atrapado ninguno.

Antes de que Arión pudiera contestar, Finn les habló desde delante.

—Chicos, tenéis que ver esto…

Había aprovechado mientras sus amigos discutían para avanzar y que sus ojos se adaptaran a la negrura. El suelo de la gigantesca cámara ya no era de tierra o piedra virgen, sino de azulejos lisos. Aquel lugar era de todo menos de origen natural.

—Por las arrugas de la Archivista… —susurró Arión.

Miren elevó la mano e invocó un fuego más vivo, lo que les ayudó a hacerse una idea de las dimensiones de la cámara.

Era inmensa, de planta rectangular y con dos filas de columnas a los lados.

Entre las columnas había candelabros de hierro colgados de una larga cadena que se perdía en la oscuridad.

Finn contó una veintena de pilares antes de que se le cansara la vista.

Estaban en un extremo de la cámara, pero no alcanzaba a ver el techo ni el final de la habitación.

Finn sintió cómo se le erizaba el vello del brazo. El aire olía levemente a electricidad, como cuando se carga el ambiente antes de una tormenta. Aquellas ruinas eran antiguas y albergaban un gran poder. Estaba seguro. Justo lo que estaban buscando.

—Es aquí —dijo Miren con un susurro—. Esta es la verdadera entrada.

—¿Sentís algo? —les preguntó Finn con impaciencia—. ¿Algún tipo de conexión con vuestras magias?

Antes de que pudieran contestar, una ráfaga de viento cavernoso se levantó del suelo.

— Vuestros dones no tienen cabida aquí —dijo un eco de ultratumba que resonó entre los pilares—. Este es el templo del Tercero, la morada olvidada del juicio, ¿acaso ha béis venido a interrumpir mi sueño y desafiar mi poder?

—¿Soy el único que ha oído eso? —susurró Arión con voz temblorosa.

Miren sacudió la cabeza.

—Alabada sea…, pensé que me había vuelto loco.

Finn dio un paso hacia las sombras de la sala.

—¡Hemos venido por la leyenda de las brujas! —gritó—. ¡Necesitamos un poder capaz de detener a la gran enredadera!

— Ilusos. Habéis venido al corazón de la montaña a morir. El templo está sellado. Mi magia ya no pertenece a vuestro mundo.

Algo grande y pesado chirrió al fondo de la sala, como si alguien arrastrara una roca por el suelo.

Finn notó un temblor bajo sus pies. Luego hubo un graznido y un aleteo furioso, pero distinto al de los murciélagos.

Con un nuevo agitar de plumas, Finn captó un silbido a su derecha.

Se agachó para evitar que algo grande y rápido lo golpeara.

Algo que volaba.

—¡El Reino nos necesita! —clamó Finn—. ¡No nos iremos de aquí sin ese poder!

— Entonces que el avatar del Tercero juzgue vuestro desafío. Solo tenéis que cruzar la cámara, si podéis…

Hubo un estallido de luz y calor. Finn alzó la vista a tiempo de ver estallar la primera lengua de fuego plateado, pero tras ella vinieron muchas más.

Un fuego mágico envolvió los candelabros entre columnas y bañó la habitación.

El otro extremo de la cámara finalmente era visible.

Podrían llegar corriendo, pero quedarían expuestos a lo que fuera que los estuviera atacando desde las alturas.

A sus espaldas, Miren lo llamó:

—¿Finn?

Un ligero silbido lo puso en alerta: algo se dirigía en picado hacia él.

—¡Cuidado!

Algo agitó las alas delante de ellos. La corriente de viento fue tan potente que levantó el polvo de la cámara y los lanzó por los aires, sacándolos del pasillo central.

Finn se levantó rápidamente para ver aquella cosa alada planear entre los pilares.

Era una criatura descomunal, con plumas plateadas, garras como espadas y un graznido estridente.

—¿Qué es eso? —les gritó a una Miren y un Arión paralizados, pálidos como el papel.

Ambos se levantaron del suelo y se sacudieron el polvo de la ropa.

—La voz ha dicho «que el avatar del Tercero juzgue vuestro desafío» —dijo la bruja, que también observaba las alturas tratando de adivinar el próximo ataque.

—¿Habéis visto las plumas de ese bicho? —chilló Arión dejando la mochila a un lado y sacando libros—. ¡¿Es lo que yo creo que es?!

—¡Estaba bastante ocupado fijándome en sus garras! —se quejó Finn.

El animal regresó al pasillo. Ahora podían verlo mejor ante el fulgor de las antorchas: tan alto como dos hombres y de la envergadura de un dragón, con un cuerpo emplumado que iba del blanco al gris, del negro al plata, pequeños ojos negros y pico afilado.

El ave gigante abrió el pico y chilló. A continuación viró entre las columnas y desapareció, seguramente para atacarlos desde los flancos.

—¡Lo sabía, es el Roc! —gritó Arión, que tenía su bestiario abierto y cuyo rostro mudó de la ilusión por su hallazgo al terror—. Pues se acabó. Estamos muertos.

—¿Cómo va a estar aquí el Roc? —replicó Miren.

—¿Se lo preguntamos a él?

—¡Puede alguien explicarme qué es el Roc! —aulló Finn.

—Un ave legendaria —le explicó la bruja—. Nadie que se haya enfrentado a él ha vivido para contarlo.

—¿No estaréis exagerando?

—¡Léelo tú mismo! —le invitó Arión señalando el libro—. «La tempestad hecha plumas, el señor de las tormentas y los vientos del norte, solo los locos se atreverían a enfrentarse al Roc».

—¿Y qué hacemos? —preguntó Miren, que se asomó al pasillo, tenuemente iluminado por los candelabros.

El viento volvía a silbar en lo alto.

El Roc regresaba.

—Está bastante claro —dijo Finn mirando con firmeza a las tinieblas—. Volvernos locos.

—¡Chicos, necesito un arma!

Finn salió corriendo al encuentro del Roc.

El ruido de sus propios pasos llenó la cámara mientras de fondo oía el graznido descendiendo.

Con una finta, cambió de dirección y se protegió detrás de una columna.

El Roc aterrizó en el centro y clavó las garras en la roca, provocando una lluvia de esquirlas de basalto a su alrededor.

La criatura se impulsó entre las columnas de un salto y le propinó un picotazo a Finn, que derrapó en el suelo y zigzagueó entre los pilares.

—¿Chicos?

—¡Ya vamos!

Arión pasaba las páginas del manual de hechizos a la desesperada. Miren se desanudó la capa del cuello y se ató la melena rojiza y alborotada.

—¡Finn, agáchate! —gritó.

Una lengua de fuego verde surgió de las manos de la bruja y envolvió las columnas y al Roc, que chilló.

Finn se deslizó por el suelo como si patinara sobre hielo.

El animal saltó hacia delante huyendo de la llamarada y desplegó de nuevo las alas para echar a volar.

Aunque la magia elemental de Miren le había impactado de lleno, el fuego no parecía herirle.

Un par de plumas cayeron tras él, pero ni siquiera ardían.

—Necesitamos un plan —dijo Finn yendo hacia ella—. Un plan-plan, esta vez.

—Estoy de acuerdo —contestó la bruja—. Quizás…

Por cómo dirigió la mirada al suelo, estaba claro que Miren tenía una idea.

La bruja se arrodilló y posó las palmas de las manos abiertas sobre la losa negra.

Tenía los ojos cerrados. El cabello, recogido, le caía encendido como el fuego por el hombro derecho.

Finn se percató de que estaba susurrando, hablándole a la tierra.

Antes de que pudiera preguntarle qué hacía, vio como la baldosa se resquebrajaba bajo sus pies.

De entre las grietas surgió una raíz llena de vellosidades que, siguiendo las manos de Miren, alcanzó rápidamente el metro y medio antes de quebrarse. Enroscada en el suelo, la raíz restante comenzó a girar hasta formar una rudimentaria espiral de madera. La bruja abrió los ojos y jadeó, cansada.

—¿Servirán? —preguntó entregándole a Finn la espada y el escudo improvisados.

—¡Son geniales! —aplaudió Finn—. Aunque no sé si contra sus garras…

—¡Dejádmelo a mí! —intervino de pronto Arión, con el libro en ristre y la túnica arremangada hasta los codos—. ¡Dermis lithos!

Los fragmentos de roca de la baldosa resquebrajada se alzaron en el aire.

Comenzaron a desprender un resplandor azulado mientras giraban alrededor de la espada y el escudo.

Entonces, se apretaron contra la madera como una segunda piel.

Compactados por la magia, los sedimentos y las piedras formaron un nuevo recubrimiento para las armas creadas por Miren.

—Piel pétrea, ¡qué pasada! ¡Y a la primera! —exclamó Finn con una sonrisa de oreja a oreja—. No sabía que podía usarse para recubrir objetos.