El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 12. El avatar
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EL AVATAR

En la morada legendaria

L a cueva se hundía en la más completa oscuridad. Finn oyó que Miren y Arión le decían algo, pero fue incapaz de entender una sola palabra. Lo que había presenciado ante el puente no le dejaba pensar. Sentía una fuerte presión en el pecho y le faltaba el aire.

No podía dejar de imaginar al Consejero despeñándose por el abismo.

Bernus había cuidado de él al inicio de su instrucción, le había mostrado el significado del honor, le había enseñado a manejar la espada.

El Bernus que había conocido era un hombre bueno, un soldado íntegro.

No se parecía a la persona que había visto en el puente.

¿Qué había pasado para que Bernus actuara así?

—Llevamos un buen rato andando —dijo Arión—. Un pequeño descanso nos vendrá bien.

El mago encendió las últimas virutas de carbón que le quedaban, pero sin ramas para una hoguera, el fuego solo duraría unos minutos.

Sus rostros resplandecieron, llenos de sombras, garabateados por la luz azul.

Nada más sentarse en el suelo de la caverna, Finn sintió que una losa de agotamiento le aplastaba los hombros.

—¿No se habían acabado? —preguntó Miren cuando vio a Arión sacar de la mochila un puñado de almendras tostadas.

—Esto… Guardé unas pocas. Por precaución.

—Hummm… —contestó la bruja mirándolo como la madre de Finn miraba a su hijo al pillarle en mitad de una travesura.

Arión compartió los frutos secos forzando una sonrisa.

Ambos, mago y bruja, intercambiaron luego una mirada que Finn interpretó de preocupación.

Por él. Intentaban iniciar una charla, sacarle de su estupor, pero él no podía.

En lugar de eso, sintió un escalofrío. El túnel no hacía más que descender mientras el frío, el silencio y la oscuridad crecían a su alrededor.

«¿Y si esto ha sido un error?», se preguntó de pronto.

Finn se esforzó en masticar el tentempié y espantar esa idea de su cabeza. Debía recuperarse, centrarse en la misión, volver al presente. Le hubiera pasado a su mentor lo que le hubiese pasado, ellos seguían adelante.

La tarea que los había llevado hasta allí era más importante que cualquier otra cosa.

—¿Visteis sus capas y armaduras? —dijo Arión—. Parecía que los había atacado un oso o un leopardo montés, ¡por lo menos!

Finn no contestó. Era un milagro que, durante días, hubieran esquivado a tantas bestias.

—¿Creéis que habrán podido seguirnos? —preguntó Miren echando la vista atrás.

—Nadie sobreviviría a esa caída —aseguró Arión—, salvo que fuera un mago y empleara algún hechizo, claro. —Rápidamente se dio cuenta de la cara que había puesto Finn al oírlo y Miren le dio un codazo—. Ups, jo, lo siento, no quería decir que…

Finn agachó la vista.

—No pasa nada…

Miren suspiró e intentó desviar la conversación.

—Chicos, en cuanto a lo del puente…, me gustaría volver a pediros disculpas.

—¿Por haber invocado un fuego verde gigante que casi nos lanza al vacío? —replicó Arión agitando una mano—. No ha sido nada. Está todo olvidado.

—Si Arión tuviera que disculparse cada vez que su magia nos pone en peligro de muerte… —añadió Finn.

—Ahora en serio, me siento fatal. Sabía que necesitaba a un mago para esta misión y no me importaba si eso os ponía en peligro. Solo quería vengarme de la Academia y de la Corona por haber permitido que todo esto pasara.

Finn había pensado mucho en la confesión de Miren.

Y también en la de Arión y en la suya propia.

El puente les había exigido verdad, pero no solo eso, también les había permitido ponerse en el lugar del otro, sentir por un momento la frustración o el miedo de un amigo.

Aunque hacía unas pocas semanas Miren era una extraña para él, eso era historia.

¡Qué lejos parecía ahora el día en que esperaba ansioso a que el heraldo bajara la escalinata del Bastión Corona para cantar la función de los reclutas!

Ahora, a Finn le daba igual su yelmo o lo que hiciera la Corona con él cuando todo aquello acabara; solo podía pensar en hacer lo que estuviera en su mano para parar la maldición.

Finn no se lo habría perdonado nunca a sí mismo si hubiera actuado de otra forma.

—No es que mentir esté bien —dijo encogiéndose de hombros—, pero, como me dijiste tú en una ocasión, no nos conocíamos de nada y venías de haber vivido algo terrible. Acababas de perder a tu familia, Miren.

—Gracias, Finn, de verdad.

Arión soltó una tosecita.

—Gracias, Finn, ¿yyy…? —dijo abriendo mucho los ojos y alargando la «y».

—Y gracias a ti también, Arión —se apresuró a decir ella—, por tu admirable generosidad, tu heroico valor y tu inconmensurable sabiduría…

—Eso está mejor —aceptó el mago inflando el pecho.

Tras unas leves risas, se pusieron en marcha.

Finn seguía notando el nudo en las entrañas, pero al menos ahora parecía más ligero.

Hablar hacía que la carga pesara un poco menos.

El túnel seguía hacia abajo. Por todas partes había estalactitas, estalagmitas y columnas de gran belleza, donde la luz se refractaba en siniestras acuarelas de color.

Su armadura, a pesar de estar sucia y dañada, brillaba como plata líquida sobre su pecho y sus brazos.

A los pocos minutos, una piedra debió de caer y rodar por la pendiente, a sus espaldas, y el eco retumbó por las paredes.

Se pusieron los tres tensos al momento y se detuvieron en la penumbra.

Miren se llevó un dedo a la boca, pidiendo silencio.

Su llama verde iluminaba la gruta. Nada.

Finn relajó los hombros, rígidos como una estaca.

—¿Ha sido una falsa alarma? —titubeó Arión.

—Eso parece —dijo Miren mientras apremiaban el paso—, pero hay magia aquí, puedo sentirla.

—Teniendo en cuenta lo que hacía la magia del puente, lo que a mí me preocupa es que ella pueda sentirnos a nosotros… —apuntó el mago.

—¿Podremos volver? —preguntó Finn sin dejar de caminar—. Por el puente, quiero decir, ¿creéis que seguirá en pie cuando regresemos?

—Entiendo la preocupación, pero… —empezó a decir Miren, dejando la frase inacabada.

—Ya —entendió Finn—. Bastante tenemos por delante como para pensar en volver…

—Eso es.

—Aun así, y ya que has sacado el tema —carraspeó Arión—, ¿qué pensáis de lo que dijo el Consejero Bernus antes de…

, esto…, amenazarnos? —Finn sabía que su amigo se moría de ganas de especular sobre el tema—.

Quiero decir, ¿dijo que Roland lo había enviado hasta aquí para buscarnos o es cosa de mi imaginación?

—No, Arión, esta vez no son fantasías tuyas —suspiró Finn—. Dijo que cualquier fuente de poder que se escondiera en la cordillera pertenecía al Príncipe regente.

—¿Os dais cuenta de la locura que es eso? —replicó Arión con la voz más aflautada de lo normal—. ¿Significa eso que Roland está al corriente de la leyenda de las brujas?

Finn se encogió de hombros. No sabía qué contestar.

—¿No os pareció que actuaba de forma extraña?

—preguntó la bruja, que se le adelantó—.

En el puente, quiero decir. En fin, yo no lo conozco, pero por lo que me habéis contado, no parecía el mismo hombre.

¿No se preocupó en Argéntea porque tu familia, Finn, se pusiera a salvo de la enredadera?

Nos llamó «prófugos de la justicia y la Corona»…

—Yo tampoco lo entiendo —dijo él sin más, sincero y apesadumbrado.

—¿Y visteis a los soldados? No parecían preocupados, actuaban mecánicamente, como si no pensaran en las consecuencias de sus actos —añadió ella sin dejar de avanzar en el túnel de roca—. El único momento en que Bernus pareció reaccionar fue cuando uno de ellos te atacó con la lanza.

—Ahí casi me da un infarto —farfulló Arión.

—¿Por qué pisaron el puente de cristal? —siguió Miren—. ¿No vieron lo peligroso que era? ¡Se tambaleaba cada vez que abrían la boca!

—¿Adónde quieres llegar? —preguntó Finn.

—A que estaban embrujados. —Hubo un pequeño silencio—. No sé por quién ni desde cuándo, pero eso explicaría que te reconociera pero no actuara con normalidad.

El Consejero Bernus, ¿embrujado? ¿Era eso posible?

Finn tragó saliva.

Arión adoptó su ya típica posición de académico sabelotodo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mano derecha acariciándose la barbilla, y dijo:

—Realmente, los tres presentaban síntomas de un embrujo: comportamiento extraño, repetición de patrones, memoria limitada, brillos iridiscentes en los ojos…

A Finn le había parecido ver algo raro en la mirada del Consejero Bernus. ¿O había sido su imaginación? La tensión del momento, junto con el miedo de que Miren cayera en el abismo, hacía que no recordara los detalles.

—Pensémoslo un momento —dijo Miren—. Primero, la Reina se marcha y nombra regente a Roland, aun cuando no está preparado para el cargo. Luego…

—Este le dice a Finn que no existe ninguna enredadera y que todo es cosa de su madre para ponerlo a prueba —continuó Arión.

—Y ahora encontramos al Consejero de la Guerra en los confines de Luxos, justo donde puede estar la solución a la amenaza, pero no para ayudarnos, sino para hacerse con ella y llevarnos de vuelta a la capital para juzgarnos por traición —concluyó Miren—.

¿Y si ha sido Roland quien ha hecho todo esto para quitarse a su madre y su hermana de en medio?

¿Y si le da miedo que encontremos la solución a todo esto porque detener la maldición es justo lo contrario de lo que pretende?

Finn arrugó la nariz.

—Pero Roland no tiene ningún poder mágico, ¿cómo iba él a embrujar a nadie?

—Un momento, ¿no os ha parecido oír un…? —empezó a decir Arión.

—Puede que algún mago esté ayudando al Príncipe. ¿Se os ocurre alguno que frecuente la corte? Hum, veamos, ¿qué tal el mismísimo Consejero de la Magia Ancestral?

—Lidéndil me cae tan mal como a ti, Miren, pero eso no tiene sentido. Lidéndil estaba criticando el gobierno de Roland delante de la Princesa, nos lo contó Arión. ¡Hasta le escondió las cartas!

—Selina, entonces —zanjó Miren—. Dicen que es una maga extraordinaria, ¿no? Será capaz de embrujar a quien quiera…

—Esto… Chicos, ¿no oís…?