El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 11. El puente de cristal #4
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11. El puente de cristal #4

—Hasta que… —sollozó Miren—, hasta que me di cuenta de que tampoco era justo lo que estaba haciendo —reconoció—.

La académica del templo fue buena conmigo y no me culpó como esa otra gente por el robo ni por ser una bruja.

El culebre y los caballos salvajes conectaron con mi magia elemental, supieron que yo no era una amenaza.

Si realmente hubiera querido esa magia antigua para vengarme, ¿me habrían permitido continuar?

Tu padre también pudo desconfiar de mí y sin embargo solo tuvo palabras amables conmigo.

Y vosotros… Vosotros tampoco me habéis juzgado.

—¡Pues claro que no! —dijo Finn, que no apartaba la vista del tembloroso suelo.

—¡Tú no eres mala persona! —exclamó Arión.

—¿No? —Miren se enjugó los ojos—. Hice justo lo que detestaba en los demás. Albergar prejuicios. Porque, ¿qué pruebas tenía de que la maldición fuera culpa vuestra? ¡Ninguna!

Un fogonazo verde brotó del pecho de Miren y la envolvió en un torbellino de llamas.

—¡No! —gritó Finn, que quiso volver atrás.

—¡Quietos! —les ordenó Miren alzando un brazo—. ¡Es peligroso!

Sintió que el don elemental rebasaba su cuerpo, que no podía controlar la ira y que su propio poder la consumía. Los fragmentos del puente de Miren temblaban y se resquebrajaban por la presión del fuego verde.

—¡Voy a volver! —clamó Finn a lo lejos, pero antes de que diera un paso hacia ella, hubo otro estallido de magia en el fondo de la garganta.

Hilos de plata salieron de las paredes y llevaron partes del puente ante Miren, pero los hilos también envolvieron la llamarada verde, asfixiándola. Era como si dos tipos de magia distinta lucharan entre sí. Miren quería avanzar, pero el don elemental desatado la paralizaba.

—¡¿Qué está pasando?! —aulló Arión.

—Miren, ¿me oyes? —la llamó Finn, que se protegía con los antebrazos del vendaval plateado y verde—. ¡Todos dudamos! ¿No ha quedado claro con lo que hemos confesado antes Arión y yo? ¡Yo tampoco confié en ti desde el principio!

Miren a duras penas conseguía escuchar la voz del aprendiz desde dentro del torbellino.

—Cuando me di cuenta de que la magia elemental no solo no era peligrosa sino que podía ser bella, supe que estaba equivocado.

¡Es normal que sintieras miedo y furia! ¡Habías perdido a tu familia!

Pero ahora sabemos que ambas magias unidas pueden ser la clave para devolver la paz a Luxos.

¡Arión y tú podéis salvar el Reino, estoy seguro!

Así que no importa si no nos contaste toda la verdad desde el principio.

¡Importa lo que sientas ahora! ¿Me oyes, Miren? ¿O acaso sigues buscando venganza?

El vendaval amainó. Las lenguas de fuego verde se extinguieron. Un fulgor plateado revitalizó el fragmento de suelo que aún seguía sosteniendo a Miren.

—No —contestó la bruja con un hilo de voz. Levantó la vista y halló a Finn y Arión al otro lado. Los dos habían retrocedido para ayudarla. En los ojos de los chicos vio algo que la terminó de convencer—. No quiero hacer daño a nadie. Quiero detener la maldición de una vez por todas.

El estallido de luz fue tan potente que tuvieron que cerrar los ojos. Cristales blancos soldaron las partes separadas de los puentes de Finn, Miren y Arión. Los tres corrieron y se encontraron en el centro, donde se abrazaron llorando de alegría.

—Esto aguantará nuestro peso, ¿verdad? —dijo Arión dejando de saltar.

—¿De verdad me habéis perdonado? —les preguntó Miren.

—El puente no se tambaleó ni desapareció cuando lo dije, ¿no? —le contestó Finn.

Miren rio enjugándose las lágrimas. Ya no había fuego en su pecho, solo una agradable calidez.

Juntos recorrieron lo que quedaba de puente. Estaban muy cerca de cruzar.

—¡ALTO AHÍ!

El chasquido metálico de las lanzas los sobresaltó.

Al darse la vuelta descubrieron que tenían compañía: tres figuras con armadura y capucha acababan de cruzar la hendidura por la que habían llegado al puente.

Aun en la distancia, detectaron el emblema del águila estampado en sus capas granates y los yelmos de leopardo montés que delataban a los miembros de la Guardia Real.

Miren no conocía tan a fondo la Milicia ni la corte como Finn, pero en cuanto el Consejero alzó su única mano y se deshizo de la capucha, comprendió al instante de quién se trataba.

—¡Consejero Bernus! —clamó Finn boquiabierto— ¿Qué hacéis aquí…?

—¡Silencio!

La voz del Consejero sonó tan grave e imponente como su aspecto.

—Fue mentor de Finn en sus primeros años de instrucción… —le susurró Arión a Miren tapándose la boca con una mano.

—Ya lo sabía —le contestó esta con retintín, también en un murmullo.

Pero Finn no parecía nada contento.

—Algo no está bien —les susurró, tenso, colocándose entre ellos y los soldados.

Bernus se llevó la mano al cinto y desenvainó una espada larga y resplandeciente, con la que los apuntó.

Puede que fuera el viento, o la distancia, pero Miren creyó reconocer un destello extraño en su mirada.

Además, los tres tenían mal aspecto, manchas de sangre en la armadura, la capa ajada, como si se hubieran enfrentado a algún monstruo en el camino.

El Consejero traspasó el inicio del puente que ellos habían construido.

—Por orden del Príncipe Roland, no deis un paso más.

A Miren le pareció ver que el puente temblaba, un mínimo estertor en sus cimientos, pero los soldados y el Consejero siguieron adelante.

—No sé cómo habéis llegado tan lejos tres chiquillos como vosotros, pero esto es inaceptable. ¡Prófugos de la justicia, eso es lo que sois! Os ordeno dar marcha atrás. Cualquier fuente de magia desconocida dentro de las fronteras del Reino pertenece al Príncipe regente.

Finn extendió los brazos a los lados para proteger a sus amigos.

—¿Prófugos? ¿De qué estáis hablando? Consejero Bernus, ¿es que no os acordáis de quién…?

—¡Fenian Connell! —lo interrumpió con un bramido—. Por supuesto que te recuerdo: terco, impaciente, insubordinado. Si no obedeces esta orden, será la última que escucharás como aprendiz, serás expulsado de la Milicia y se te juzgará como desertor.

Más grietas serpentearon bajo los pies del Consejero y sus escoltas.

—No podéis hacer eso… —murmuró Arión.

—¿Que no? —replicó Bernus—. Como Consejero de la Guerra puedo hacer eso y mucho más. Está en vuestra mano. Retroceded y mis guardias y yo os escoltaremos a Argéntea, de donde nunca debisteis haber salido. Seguid adelante… y estaréis firmando vuestra sentencia de muerte.

Finn negó con la cabeza.

—Esas órdenes no tienen sentido —dijo en un tono desafiante que crecía palabra a palabra.

Ni Miren ni Arión podían creerse que estuviera desafiando a su superior—.

La maldición acaba con pueblos, aldeas y ciudades, arrasa con todo a su paso…

¿y el Consejero de la Guerra pasa de largo?

¿Buscando a unos niños que solo intentan ayudar?

¿Cómo sabíais que estábamos aquí? ¿Y qué saben el Archimago Lidéndil o Roland del poder legendario que hay más allá de la cordillera?

¿No deberían ayudarnos a acabar con la maldición? ¿O… tienen algo que ver con ella?

Uno de los soldados que escoltaban al Consejero se adelantó antes de que este contestara y les lanzó a los chicos su lanza.

—¡No! —gritó Bernus, que dudó por un momento y parpadeó mirando el vacío.

Arión soltó un grito y Miren se encogió, pero Finn saltó a un lado para esquivar el proyectil. La lanza se clavó en el suelo del puente, que empezó a brillar. Finn se quedó mirando fijamente el arma, Miren quería gritarle que huyera, pero no podía encontrar su voz.

—Detente, soldado —rugió Bernus—.Vamos a llevarlos a Argéntea con vida. Para que todo el Reino sea testigo de que este aprendiz de soldado ha desafiado a su superior.

—Para eso tendréis que llegar hasta mí y apresarme vos mismo —respondió Finn, quien, pese a faltarle el aliento, permanecía impasible junto a sus amigos.

—¡Yo te enseñaré lo que es la disciplina! ¡Yo te enseñaré lo que es el honor! ¡Argéntea entera sabrá que Fenian Connell es un traidor a la Corona!

Finn extrajo la lanza con ambas manos.

—Bernus, me enseñasteis que ser un buen soldado es mucho más que obedecer órdenes a ciegas. Es proteger a los que nos necesitan. ¡Vos mismo desobedecisteis a Roland cuando me contasteis que la amenaza era real! Nada de lo que decís tiene sentido. ¡Ni es justo!

—No sabes de lo que hablas, muchacho. ¡La Corona decide lo que es justo! —sentenció el Consejero Bernus con los ojos desorbitados.

Finn cogió impulso y saltó para clavar con todas sus fuerzas la lanza de nuevo en el puente.

Miren entendió lo que pretendía hacer: abrir una brecha en el suelo para que ni Bernus ni sus hombres pudieran seguirlos.

No obstante, de repente un súbito temblor sacudió la montaña y Finn trastabilló y erró el tiro.

La lanza resbaló en el hielo y cayó al vacío.

—¡Va a venirse abajo! —gritó Arión mientras cogía a Finn de un brazo y a Miren de otro y tiraba de ambos.

Las paredes palpitaron.

Mantos de nieve y guijarros cayeron al vacío.

El puente entero resplandeció de un plateado incandescente, y luego los fragmentos del principio se soltaron del conjunto y cayeron al abismo.

Finn profirió un grito y dio un paso hacia Bernus, pero Miren ayudó a Arión a tirar de él hacia la cueva.

Del impulso, los tres aterrizaron en la cornisa, a los pies de las columnas talladas en la montaña.

Habían cruzado.

Miren se incorporó lo bastante para ver el puente hacerse pedazos a sus espaldas, las piezas girando entre sí movidas por caprichosos hilos de plata.

—¡No! —acertó a gritar Finn al ver cómo el suelo por el que avanzaban Bernus y sus guardias se desplomaba bajo sus propios pies.

Las tres figuras cayeron abrazadas por la bruma.

Luego, de nuevo, el silencio.

El puente había desaparecido.

Y regresó la calma.