El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 11. El puente de cristal #3
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11. El puente de cristal #3

Ningún trozo de puente voló ante ella.

—Quizá… —propuso Arión—, quizá haya que confesar cosas más gordas.

—¿Cómo? —gruñó Finn.

—Ya sabes, verdades importantes, secretos que guardamos en…, en fin, en lo más hondo de ¿nuestro corazón?

Las piernas de Miren habían empezado a temblar. Los chicos la adelantaban en unos pocos metros.

El puente estaba lleno de grietas, las partes no encajaban del todo y mientras que algunas eran pura roca otras piezas resbalaban y eran transparentes, como hechas de cristal.

Verse a un paso del vacío le encogía a uno el estómago.

Por suerte, el puente seguía intacto a sus espaldas, sin que los trozos se despegaran.

Tenían tiempo para pensar antes de seguir haciendo el tonto.

A Miren tenía que ocurrírsele algo. Y deprisa.

—Tengo algo —dijo Finn con un suspiro—. De pequeño, te tenía mucha envidia, Arión. Hace ya mucho tiempo que no, te lo juro, pero cuando éramos niños era muy difícil no tenerla…

Arión frunció el ceño.

—¿Qué dices, Finn?

—Comparaba mi casa con tu mansión en el Barrio Alto, tus padres me parecían tan distinguidos, viajabais tanto por el Reino…

que te tenía envidia. Al principio no me caías muy bien.

Pero era cosa mía. Luego me di cuenta de que a tus padres y a ti las diferencias entre vuestra familia y la mía os daban igual, y de que además erais buenas personas, y tú… un buen amigo.

Un hilo plateado elevó un buen peldaño de puente ante Finn.

—Es curioso —dijo Arión pellizcándose la barbilla—, ¡porque yo te tenía envidia a ti!

Por no tener que estudiar en la Academia, por el cariño con que te trataban tus padres y tu hermano…

Mis padres son buenos, cuidan de mí a su manera, pero son algo distantes.

Además, aunque yo di antes el estirón, tú seguías siendo más apuesto, lo que es una injusticia, pero ese es otro tema y…

Una nueva línea de plata llevó a los pies de Arión parte del puente. Entre vítores, risas y aplausos, Finn y Arión se miraron y se encogieron de hombros, súbitamente avergonzados.

—¡Qué niños éramos!

—¡Sí, qué tontos!

Miren puso los ojos en blanco y suspiró.

«¡Chicos!».

—¡Vamos, Miren! —la llamó Finn varios metros por delante—. ¡Te estás quedando atrás!

Ellos habían salvado la mitad del puente, pero a ella aún le quedaba un buen trecho.

Miren empezaba a estar nerviosa. Le sudaban las palmas de las manos, la frente y el cuello, y eso que un viento polar silbaba desde el agujero. Buscaba algo que decir, ser honesta consigo misma, pero estaba en blanco. En la cabeza le martilleaba una sola verdad.

Una inconfesable.

—Confieso que tuve miedo —dijo de pronto Finn, al ver que ella seguía titubeando—.

Cuando el Consejero Bernus me dijo que la amenaza era real y que todos estábamos en peligro.

Siempre he intentado ser fuerte, no solo para poder entrar en la Milicia e instruirme para ser soldado, sino también por mi familia.

Pero cuando supe que todo podía venirse abajo, tuve miedo.

Y el miedo me dio más miedo, porque, si un soldado está asustado, entonces, ¿es un buen soldado?

¿Y si no estaba a la altura? ¿Y si después de todo lo que se han esforzado mis padres, de todo lo que han sacrificado por mí, les decepcionaba?

Un resplandor de plata envolvió a Finn y atrajo hacia él varios fragmentos de roca.

—¡Vamos! —exclamó haciendo un gesto de victoria. Silbó y se giró hacia sus amigos—. No es tan complicado. Solo… soltad lo que tengáis dentro. Sienta bien.

Finn sonrió y miró a la bruja como si confiara en ella de verdad. Miren sintió la culpa, ese mismo miedo del que el aprendiz de soldado acababa de hablar. Temió que el puente fuera a precipitarse allí mismo, bajo sus pies, a la vista de todos.

Los últimos palmos de piedra que había sumado a su puente empezaron a temblar.

—Yo no sé si quiero seguir estudiando en la Academia —soltó Arión de repente—. ¡Ya está, ya lo he dicho!

Un pequeño peldaño de hielo voló hasta el mago.

—¿Cómo? —replicó Miren.

—¡Pero si te encanta! —le dijo Finn desde delante—. Aunque te cueste, aunque no siempre te salgan los hechizos… ¡Has mejorado un montón y…!

—No es eso, Finn. —Arión negaba, compungido—. Quiero decir, no es solo eso. Vale que soy un negado y que he tardado casi seis años en que me salgan los conjuros más sencillos, ¡lo acepto! Cada uno va a su ritmo, pero… no me gusta el por qué estoy en la Academia.

Otro fragmento siguió al anterior y encajó en su perfil dentado.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Miren.

—Mis padres me matricularon solo porque se lo podían permitir y porque les da más prestigio que un respetado académico vaya a estar al mando de la empresa familiar algún día.

¡Pero a mí su emporio minero me da igual!

Me gusta estudiar, ¡pero no soporto a la mayoría de mis compañeros, que se creen mejores que el resto, ni a muchos profesores!

No quiero pertenecer a una institución tan presuntuosa y cruel.

Media docena de rocas salieron disparadas desde el fondo de la garganta y se acomodaron ante la mirada atónita de Arión.

Hilos plateados las sujetaban y llevaban de aquí para allá.

El estudiante de magia avanzó tantos metros que hasta superó por unos pocos pasos el puente de Finn.

Aún seguía habiendo, pese a todo, una enorme grieta entre ellos y la entrada de la gruta.

Miren, por su parte, permanecía muy atrás.

—Has estado genial —le dijo Finn a su amigo. Y bajó el tono—. Quizá al volver a la capital puedas hablar con tus padres del tema, ¿no crees?

Arión resopló y asintió.

—Sí, quizá debería hacerlo…

—¿Qué pasa, Miren? —gritó Finn girándose hacia ella.

Aunque había saltado de alegría al ver el progreso de Arión, ahora volvía a estar serio. Se había dado cuenta de que algo iba mal. La bruja ni siquiera había llegado a la mitad del trayecto. El corazón de Miren galopaba con tal fuerza que le parecía escucharlo por encima del viento.

—Es solo que… —Miren tembló—. No estoy segura de…

—¡Vamos, no lo pienses! —la animó Arión amplificando su voz con las manos.

Finn frunció el ceño. Miren lo vio, captó la duda en su rostro. La sospecha. Empezaba a comprender que quizá ella no podía avanzar diciendo la verdad porque…

—¿Es que no confías en nosotros?

La pregunta voló como una flecha.

A Miren le tembló el labio inferior, un nudo de lágrimas le cerró la garganta.

Una ráfaga helada removió el pelo rubio ceniza de Finn. El frío le había coloreado las mejillas moteadas de pecas. Ya no sonreía.

—No, no es eso… —titubeó Miren—. Pero… puede que… no os lo haya contado todo.

Arión la miró boquiabierto. Finn frunció el ceño.

—¿No fuiste sincera?

—Os dije la verdad —dijo angustiada mientras la montaña crujía en lo más profundo, como si el hielo previera lo que podía pasar—.

Os conté todo lo que mi nana sabía de la leyenda y de la maldición.

Sabía que necesitaba a un mago para llegar hasta aquí y que si las visiones me conducían a la Academia de Argéntea era porque el destino quería que fuera Arión quien me acompañara hasta aquí, pero…

—¿Pero…?

Miren se pasó la punta de la lengua por los labios, cuarteados por el frío.

—Pero yo sabía que el sueño no podía habérmelo enviado Uloran ni la Diosa de la Memoria, Arión, lo sabía y no os conté por qué.

Finn agitó los brazos, impaciente.

—¡¿Y por qué?!

—¡Porque lo que yo quería era vengarme! —explotó Miren entre lágrimas—.

De la Archivista, de los magos y de la Academia, porque estaba segura de que eran ellos los culpables de lo que me había pasado, de lo que nos había pasado a mi aldea y a mí.

¡A mi familia! —Miren se golpeaba el pecho al hablar, desencajada de dolor—.

Cuando vi a mi madre desaparecer bajo la enredadera…

sentí un odio inmenso, Finn, un fuego como jamás había sentido. Quería que el mundo entero ardiera.

—¿Ibas a hacernos daño? —preguntó Arión, dolido.

—No lo sé, Arión. Tal vez. Quería hallar la magia olvidada para vengarme de quienes nos obligaron a vivir apartadas del mundo y a desaparecer bajo la enredadera.

Mientras huía de la amenaza, me sentí más unida al Creador que nunca y por eso sé que fue él quien me envió ese sueño.

¡Tú mismo lo dijiste en el templo de la Diosa!

, Finn. «Qué injusto que os expulsaran mientras el rey fundaba las academias y les daba a los magos un puesto en el Consejo».

Finn frunció el ceño y se encogió un poco cuando mencionó esa conversación.

Miren lo recordaba todo: el altar con el ídolo de la Diosa, los rezos y regalos de los feligreses…

¡Recordaba hasta los dibujos de las vidrieras!

Raíces, libros y una balanza, si no estaba equivocada… Pero sobre todo recordaba la rabia.

La misma rabia que la había guiado desde que estaba sola.

—Pero no sabemos quiénes están detrás de la enredadera —dijo Finn.

—¿Y por qué pilló Arión al Archimago escondiendo esas cartas?

—replicó ella—. Quizá la Academia no tenga nada que ver, sé que no es justo querer vengarme de todos los magos, pero lo que pasó en el templo de la Diosa me sirvió para comprobar que da igual lo que pase, el pueblo de Luxos siempre echará la culpa a las brujas.

En momentos como ese solo quería venganza…

Miren se limpió las mejillas. A duras penas podía hablar. El puente no dejaba de temblar y de resquebrajarse bajo su peso.

—¡Miren, para! —gritó Finn a punto de retroceder—. ¡Es peligroso!