11. El puente de cristal #2
Finn se fijó en cómo Arión se encogía de hombros, entre avergonzado y contento.
—Aunque… —siguió Finn alzando la voz— ¡¿viste los hechizos que lanzaron aquellos magos contra la enredadera?! Fue una pasada.
—Ya —reconoció Arión con fastidio—. Magia ancestral avanzada, de altísimo nivel; un hechizo ralentizador del tiempo y otro explosivo…
—¿Y tú no puedes lanzar esos hechizos? —le pinchó Finn, fingiendo malicia—. ¡Pues vaya mago estás hecho!
—¡Ahora verás!
Arión intentó golpear a su amigo, pero este fue más rápido y saltó sobre una roca para esquivarlo.
Sin embargo, Finn tropezó y cayó de rodillas, casi de bruces en la nieve.
Acto seguido intentó lanzar una bola de nieve, con tan mala suerte que resbaló con la capa de hielo y cayó de culo. Los dos rompieron en carcajadas.
—¡Justicia! —sentenció Arión.
—Eh, escandalosos —dijo Miren—, mirad esto.
Había un quiebro en el desfiladero y un espacio abierto tras la montaña.
Finn siguió a la bruja y, en cuanto pudo ver lo que había detrás, sintió que el pulso se le disparaba.
—Por las arrugas…
Un endeble saliente los separaba del vacío.
El acantilado, vertical y moteado de negro y blanco, se perdía en la bruma arriba y abajo.
La senda seguía al otro lado del abismo y se adentraba en una cueva.
La boca horadada estaba flanqueada por dos grandes columnas y estatuas talladas en la misma pared, pero tan viejas que eran ya irreconocibles.
Aunque el abismo que los separaba de la entrada era inmenso, Finn entornó los ojos para intentar buscar señales en el interior de la gruta.
Había restos de lo que antaño pudo ser una inscripción, ahora muy dañada.
—¿Es aquello? —preguntó el mago a sus espaldas, asomándose con cautela al vacío—. ¿Hemos encontrado la entrada?
Pero entonces Miren les señaló algo que los chicos aún no habían visto. No había ningún puente o cornisa alrededor de la garganta por donde pasar. En su lugar, decenas, cientos de cristales de roca, planos como piedras de río, flotaban bajo sus pies, a varios metros de distancia.
Flotaban de verdad, en el vacío, sostenidos por hilos invisibles.
Miren fijó la vista en la boca oscura que penetraba en la montaña de enfrente.
—Hemos llegado —dijo sin parpadear.
Unas runas de fulgor plateado aparecieron en el aire, sobre el vacío, en cuanto los chicos pusieron un pie en el borde del acantilado buscando una forma de cruzar.
Miren se llevó una mano instintivamente al zurrón, donde guardaba el saquito con ceniza de la fogata de su decimoquinto cumpleaños.
Al apagarse el fuego, su nana le había confesado el significado de la leyenda y el cometido que le estaba reservado, pero su madre había insistido en que era pronto y en que no había ninguna maldición de la que huir.
La gran enredadera había aparecido en la aldea pocos días después.
—¿Arión? —instó Finn, impaciente.
—Estoy en ello. —El estudiante de magia sacó de la mochila un tomo de mil páginas—.
Es marmorés —aseguró con emoción—, uno de los dialectos más antiguos del continente, pero no estoy familiarizado del todo con algunos símbolos.
¡Cáspita! Es la primera vez que veo este idioma fuera de los libros.
Es emocionante. Dice algo así como «El enigma…
», ¿«pide»? No, es más fuerte, «exige», tal vez.
«El enigma exige…». Vaya, con la última palabra tengo dudas, no es…
, no está claro si… ¿«sangre», «corazón», «verdad»?
—Arión se rascó la cabeza—. No lo sé, en marmorés estas tres palabras se escriben parecido.
El enigma exige alguna de esas tres cosas.
Callaron.
—De acuerdo —resopló Finn—. Usemos la lógica.
Para empezar, no es lo mismo exigir corazón que exigir «el» corazón.
La primera opción podría referirse a cariño o afecto, mientras que la segunda sería más bien un órgano del cuerpo, ¿no?
Y lo mismo pasaría con el resto de las cosas, sobre todo con la sangre. ¿Puedes repasar ese detalle, Arión?
—Bien visto —dijo el mago hundiendo la nariz en el diccionario de lenguas antiguas y rumiando cosas sin sentido—. Sí, creo que lo tengo, dice «El enigma exige», a secas. «El enigma exige sangre», «El enigma exige corazón» o «El enigma exige verdad».
—Es un avance —dijo Finn encogiéndose de hombros.
Miren lo pensó un momento.
—¿No llevas en tu maletín extracto de algún tipo de sangre? —le preguntó a Arión—. De tritón, de rana lunar, de sauce rojo… Para alguna de tus pociones.
—¡Pues claro! —gritó Arión—. Te abrazaría si no tuviera medio cuerpo congelado.
—Tampoco es necesario —se apresuró a decir Miren, dando un paso atrás.
—Prueba lanzando al abismo algunas gotas de sangre —dijo Finn, animándole a buscar en la mochila—. De cualquier sangre.
La ilusión duró poco. El mago descorchó los frascos uno a uno y los vació en el abismo. No hubo ninguna reacción en las runas ni en los fragmentos de hielo y roca flotantes.
—Antes de que lo preguntéis: no, no llevo en el maletín ningún corazón disecado, ni de salamandra ni de cordero ni de nada de nada. ¡Puaj! —exclamó Arión con tono apesadumbrado—. ¿Os imagináis el hedor?
—Tampoco es que tu mochila huela a rosas precisamente… —dijo Finn por lo bajo.
«El enigma exige corazón», murmuró Miren para sí misma. «El enigma exige verdad». Al pensar en ello, sintió un cosquilleo en la planta de los pies y las palmas de las manos que le reptó por las extremidades hasta el vientre.
Había tenido una idea.
¿Podía ser eso?
—Es curioso —dijo de pronto Finn, mirando el vacío—. ¿Os habéis fijado? Los fragmentos de roca voladores tienen… ¿forma de puente? Como un puzle desordenado…
Miren parpadeó.
No se había dado cuenta. Se fijó mejor en lo que decía Finn y…
era cierto. Era como si el puente hubiera estallado y los pedazos de roca bailaran ingrávidos desde entonces.
Frunció el ceño. Pero aquella no era magia elemental, de eso estaba segura, porque el resplandor que tiraba de los cristales no era verde.
Aunque tampoco azul, por lo que la magia de la Diosa de la Memoria tampoco estaba detrás de esa prueba. Parecía… ¿blanco?, ¿gris?, ¿plateado?
«El enigma exige verdad».
Estaba segura de que su instinto había reaccionado ante ese pensamiento.
Esa era la traducción correcta del acertijo, Arión había estado muy cerca de resolverlo del todo.
Ahora, el Creador parecía impulsarla, empujarla a hacer una locura, pero así funcionaba la magia elemental algunas veces: no era una formulación lógica o una disertación, era entrañas, era intuición.
Miren cerró los ojos y empezó a dar un paso adelante.
—La gran enredadera arrasó mi aldea y atrapó a mi familia entre sus ramas —dijo.
Y se lanzó al vacío.
Los chicos solo tuvieron tiempo de verla arrojarse a la nada y chillar.
Pero entonces ocurrió la magia.
Hilos plateados saltaron de las paredes y condujeron rápidamente un pedazo del puente a los pies de Miren, sujetándola en el aire.
—Por las barbas del Creador —susurró la bruja con el pulso desbocado pero sonriente—. Por un momento pensé que no funcionaría…
—¡¿Estás majareta?! —gritó Arión con las manos en la cabeza. Parecía que le fuera a dar un infarto—. ¿Cómo…? ¿Cómo lo has hecho?
Miren se giró hacia los chicos.
Un pie lo tenía aún en el acantilado mientras el otro descansaba en el primer fragmento de cristal.
—Es fácil. El reto es ser sinceros. Abrir nuestro corazón. «El enigma exige verdad». Como habéis dicho, no se refiere a una verdad concreta, sino a la de quien esté dispuesto a cruzar. Debemos ser honestos.
Finn y Arión se miraron extrañados. Eso de abrir el corazón no iba mucho con ellos.
—Está bien. Dejadme probar —dijo el mago cargándose la mochila y dando un paso hacia ella—. ¡Los ronquidos de Finn son terribles! ¡Preferiría dormir en una cueva infestada de trols!
Finn estaba a punto de quejarse cuando nuevos destellos plateados arrastraron ante Arión una superficie sólida sobre la que pisar.
—¡Conque esas tenemos! —rio—. Además, ¿has oído tú los tuyos? ¡Seguro que son muchísimo peores! —Arión se encogió de hombros, indiferente—. Pues yo creo que tu apetito no es normal, Arión. A este paso las cosechas de todo el valle de Argéntea no darán abasto para alimentarte.
Los hilos plateados volaron de una pared a otra, tensándose y llevando consigo los trozos de puente a su lugar original.
Los labios de Miren se curvaron hacia arriba, aunque su gesto no se relajó.
La prueba quizá fuera divertida al inicio, pero, tal y como pensaba, tras varios pedazos de puente más devueltos al centro de la garganta, las confesiones tontas y divertidas («¡Lo reconozco: en el último Día del Lazo, le envié un grajo a tu prima Laia…
, ¡pero ella nunca me contestó!…») y las burlas honestas pero inofensivas que pudieran lanzarse («Si me callo, reviento.
Weber de Grosbrinkmann es el apellido más ridículo que he oído en toda mi vida.
¿Crees que tus padres se enfadarían si te lo cambias?
») no bastaban para que el puente siguiera formándose.
—¡Quiero ser el mejor soldado de Luxos! —exclamó Finn, pero no esperó lo suficiente a que la magia del enigma respondiera y dio un paso al vacío antes de que nada apareciera ante él.
—¡Cuidado! —aulló Miren.
—¡No! —chilló Arión, tapándose la cara.
Gracias a que no llevaba espada ni escudo en el cinto, Finn consiguió voltear el cuerpo lo suficientemente rápido como para hincar una rodilla en el trozo de puente que lo sostenía y agarrarse con los dedos al filo.
—¡Finn!
—¿Necesitas ayuda?
—¡Estoy bien!
Se le escapó un insulto y consiguió auparse al fragmento, que se tambaleó. Los hilos de plata seguían manteniéndolo en pie, pero no habían reaccionado ante sus palabras.
—¿Qué ha fallado? —se preguntó mientras volvía a ponerse en pie.
Miren tragó saliva y agachó la vista.
—Necesito que hallemos la morada legendaria para devolver la paz al Reino y rescatar a mis padres… —susurró, pero sabía que aquello ya no iba a funcionar.