11. El puente de cristal
El puente de cristal
En la Cordillera de las Bestias,
en dirección al Filo del Mundo
L a enredadera no los siguió, pero no dejaron de correr hasta estar bien seguros de ello.
Anocheció, pero no lo supieron por la oscuridad.
Tan al norte siempre brillaba un débil fulgor, incluso de madrugada.
Lo supieron por el frío. Todo se volvió blanco.
El silencio cayó a plomo sobre las cumbres.
La senda por la que habían salido del pueblo pronto desapareció entre desfiladeros, simas y paredes verticales.
—Los mapas ya no sirven —musitó Arión guardándose en la mochila el atlas, harto de consultar los pocos registros que había del norte.
Al ajustar la correa, Finn se dio cuenta de que su amigo echaba ligeramente la vista atrás, al camino de donde venían, quizá pensando en el horror que habían vivido.
Quizá preguntándose si su padre habría podido escapar.
—Vamos, busquemos un lugar resguardado donde pasar la noche —le dijo Finn dejando caer una mano en su hombro y apretando los dedos con cariño.
En aquella región de Luxos iban a ciegas. Ningún cazador o explorador en su sano juicio llegaba hasta allí. Los manuales del mago acababan en el pueblo minero.
Se llamaba Cordillera de las Bestias por un motivo: las criaturas y los monstruos más temibles de los bestiarios habitaban aquel laberinto helado.
El macizo montañoso seguía creciendo continente arriba hasta donde el ser humano no había llegado jamás o, al menos, hasta donde no recordaba haber llegado.
—Seguiremos nuestro instinto —dijo Miren mirando el firmamento.
¿Pero dónde estaba el firmamento?
La bruja recuperó algo de color en las mejillas al alejarse de la aldea. Seguía exhausta, pero al menos podía andar. Finn sentía por ella una enorme admiración. Había invocado la magia elemental hasta sus últimas consecuencias con tal de ayudar a los habitantes del pueblo a escapar.
Acamparon en una cueva. Como Miren no pudo ni hacer fuego ni invocar sus hiedras protectoras, fue Arión quien, con virutas de carbón que traía de la Academia, se encargó de la fogata.
Se apretujaron los tres entre mantas, comieron algo y entraron en una duermevela que les duró toda la noche.
Estaban agotados. También tenían miedo. ¿Y si seguía su rastro un leopardo montés, una quimera o un grifo?
Se turnaron para hacer guardia y ninguno se libró de oír aullidos y susurros extraños en la noche, pero la Archivista o el Creador parecían estar de su lado, pues nada ni nadie pareció acecharlos en las sombras.
—¿Por qué se detendría la enredadera en el pueblo? ¿Por qué no nos habrá seguido? —se preguntó Finn en voz alta al amanecer, cuando ya llevaban un buen rato en marcha.
—Quizá la magia antigua que habita estas tierras repela de alguna forma la maldición… —propuso Arión.
El eco de sus voces se perdía en la inmensidad. Aquel no era un silencio corriente. Se echaba en falta el piar de los pájaros o el crujido de las ramas, la nieve engullía el sonido y el viento no soplaba.
—¿Será la misma magia que buscamos nosotros? —siguió especulando Finn—. Si la enredadera no nos siguió, quizá es porque la morada de ese poder secreto nos protege, ¿no?
—¿Vosotros os sentís protegidos aquí? —le replicó Miren.
«Todo lo contrario», quiso decir él, pero prefirió no alarmarlos.
Desde que habían salido de la cueva esa mañana, el escenario no había cambiado.
Estrechas cornisas, senderos que desaparecían al otro lado de barrancos, glaciares suspendidos en las alturas por arte de magia…
Las rocas parecían imantadas, pegadas, como si ni su peso tirara de ellas.
Solo el hielo que mantenía el paisaje compacto se quebraba de vez en cuando, violento.
Aquel páramo era un laberinto.
Invirtieron toda la mañana en salvar un desnivel brutal y, para cuando llegaron al otro lado, estaban tan cansados que tuvieron que hacer un alto.
Se llevaron un susto de muerte al toparse con una sombra inmensa congelada dentro de un glaciar.
Tenían tanto frío y estaban tan cansados que ninguno quiso acercarse para averiguar qué era exactamente.
Agacharon la vista y continuaron por el sendero en la misma dirección.
Pero, ¿cuál es la dirección correcta cuando no sabes adónde vas?
—Has mirado todo, ¿verdad? Mapas, planos y el resto de cachivaches para orientarse que llevas en la mochila… ¿Seguro que en ningún sitio hay rutas o indicaciones de ningún tipo?
—Lo he comprobado un millón de veces, Finn. Estamos aquí por la leyenda que la abuela de Miren le contó en su decimoquinto cumpleaños. Ni siquiera hay referencias de ello en mis libros de historia antigua. ¿Crees que no lo he consultado todo?
—Será mejor que sigamos —dijo Miren para terminar la discusión.
Más piedras. Más nieve. Más hielo. Un silencio tenso y sostenido.
Una calma inquietante. Huellas recientes.
Un esqueleto a medio devorar en un nido maloliente entre rocas, puede que la madriguera de una criatura que no andaría muy lejos…
Túneles inmensos perforados en la montaña por algo de cuerpo larguísimo, mayor incluso que el culebre…
Y un cielo gris, sin matices, como si alguien hubiera cubierto la cordillera entera con una manta.
Entre la constante sensación de peligro, el hambre y el cansancio, no pasó mucho tiempo antes de que los ánimos del grupo decayeran.
De pronto, Finn recordó algo:
—Si la leyenda era solo cosa de brujas, ¿cómo es que pasaron por el pueblo dos guardias y un consejero hace poco, rumbo a la cordillera? ¿Qué otra cosa vendrían a hacer por aquí?
Finn miró a sus amigos abriéndose de brazos y mostrando las palmas abiertas. Desde que había perdido la espada, se sentía algo torpe sin ella, desnudo a veces, cuando no tenía nada que empuñar.
—No tengo ni idea —reconoció Miren.
—¿Una competición de trineo? —dijo Arión tras ella, con tal franqueza y agotamiento en la voz que Finn no pudo sino soltar una carcajada.
Miren y Arión lo acompañaron. Estaban tan tensos y se sentían tan perdidos que reír les venía bien.
Llegó la segunda noche. Y tras ella la segunda mañana, y después otra noche más.
Cuando Finn despertó tiritando, comprobó que apenas les quedaban provisiones para dos días más.
Se inquietó. De entre todos los imprevistos que había imaginado, no se le había ocurrido esa posibilidad.
No había pensado en un escenario en el que llegaran a la Cordillera de las Bestias tras largas semanas de viaje y esfuerzo para encontrar la nada.
¿Cómo se suponía que iban a llegar al Filo del Mundo? ¿Y si no hallaban allí poder alguno? ¿Y si habían llegado tan lejos parar morir de hambre o de frío?
«¡Se acabó! —se dijo Finn sacudiendo la cabeza—. Deja de ser tan pesimista y céntrate. ¿De qué han servido tantos años de instrucción en la Milicia, si no?».
Miren iba delante, cabizbaja, muda, y Arión detrás, también apesadumbrado.
Finn cogió aire y se propuso no dejarse llevar por el desaliento.
Era cierto que con la neblina no podía saber en qué punto exacto se encontraba el sol, pero después de varios días de marcha había aprendido a reconocer cambios en la luminosidad, mínimas variaciones de temperatura que le indicaban en qué punto del día se encontraban, o dónde el hielo se compactaba tanto que parecía acero bruñido.
De pronto, Finn se dio cuenta de que una roca y un tronco retorcido y negro le resultaban familiares. ¡Ya habían pasado por allí! Es más: si sus sentidos no le fallaban, estaban yendo al oeste, cuando debían ir al noreste, casi en dirección contraria.
—¡Es por aquí! —exclamó con ánimos renovados.
La bruja y el mago dieron un respingo, sorprendidos cuando su repentina voz rompió el silencio. Miren frunció el ceño y chistó, malhumorada.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó cuando pasaron al otro lado. Una nueva senda, o algo parecido, se abría entre peñascos de un hielo tan puro que brillaba azul.
—Estábamos caminando en círculos —explicó Finn—. No me había dado cuenta de que el cielo está algo más resplandeciente justo sobre nuestras cabezas. Por el frío debe de ser cerca del mediodía. Y estoy convencido de que vimos amanecer por allí, así que no hay duda: tenemos que mantener este rumbo.
—¡Ese es mi Finn! —lo animó Arión saltando a su lado para chocarle los cinco.
Miren bufó y se adelantó unos pasos, alejándose de los chicos. Cuando Arión supuso que ya no los oiría, le susurró a su amigo:
—¿Crees que está molesta por algo?
—Creo que está preocupada y enfadada consigo misma.
—Ya. No sabe lo que hace. Quiero decir, ninguno lo sabemos al cien por cien, pero…
—Todos estamos perdidos —musitó Finn—. Quizá la leyenda nos esté poniendo a prueba.
—Pues menudo asco —dijo Arión justo antes de estornudar y llenarse la capa de mocos.
—Y que lo digas…
Siguieron hasta media tarde por ese camino.
El frío regresó a la ladera y les entumeció brazos y piernas.
La luz menguó, aunque seguía bastando para continuar.
Finn alzó la vista y se fijó en Miren, que caminaba recta y deprisa entre las piedras.
Era cabezota pero valiente. Eso le sacó una sonrisilla.
Le recordaba a alguien… Pero después de todo lo que había pasado, de presenciar cómo la enredadera arrasaba su vida entera y de acometer ese viaje para detenerla, ¿cómo debía ser llegar tan lejos y sentirse tan desamparada?
—Mi padre dijo que habían cerrado la Academia de Ferros —soltó de pronto Arión—.
Espero… Espero que evacuaran la ciudad a tiempo y que todos los académicos y estudiantes estén bien.
¿Se habrá extendido la maldición por el valle del Galerna hasta Marmor?
¿Y hasta Argéntea? Por lo que la Archivista quiera, espero que mi madre y mis abuelos estén bien.
—Seguro que sí. Oye, por un momento pensé que tu padre no nos dejaría marcharnos.
—Ya, nos fue por un pelo.
—Pero estuvo guay lo que te dijo, ¿no?
—¿El qué?
—Que confía en ti…