10. Las minas #5
—Pero Arión…
—¡Confía en mí! ¡Por favor!
Por cómo lo miró, Finn sintió que León había notado algo en su hijo que no había visto nunca antes. El hombre asintió, liberó las riendas de los caballos y se aupó a la silla de uno de ellos.
—Vuestras madres me matarán por esto —dijo para sí mismo antes de mirarlos a la cara y alzar la voz—.
Hace tres días pasaron por aquí dos soldados de la Guardia y un consejero de la Corona.
Se dirigían a la cordillera. Tal vez tenga algo que ver con esa leyenda vuestra…
Dijeron que eran hombres del Príncipe, pero tened cuidado.
Su líder se ocultó bajo una capucha y ninguno quiso explicar qué hacían aquí…
Confío en ti, hijo. —Después, León le dirigió también un gesto a Miren—.
Ha sido un placer, señorita. Cuidad los unos de los otros.
—Esto último, lo dijo mirando a Finn. Chasqueó las riendas y escapó.
Arión respiró aliviado al ver como su padre se alejaba rumbo al sur.
—¡Cuidado! —gritó Miren.
Un brazo colosal de enredadera cayó como un martillo sobre la calle.
Muros de piedra, vigas de madera, tejas y carros estallaron en un mar de destrucción.
Finn apenas tuvo tiempo de saltar gracias a la advertencia de la bruja.
Arión se cubrió el rostro con las mangas de la túnica y corrió hacia Miren, cuyas llamas empezaban a apagarse.
Finn se levantó de un salto y se puso delante de ellos para protegerlos de las enloquecidas raíces.
—Hay que… cruzar… el pueblo… —balbuceó Miren con los ojos entornados.
Le temblaban las piernas, claramente le fallaban las fuerzas.
La magia elemental la había agotado. Arión hizo que la bruja pasara un brazo sobre sus hombros y tiró de ella.
A base de estocadas y golpes, Finn siguió deteniendo las ramas que les flanqueaban el paso y los intentaban enredar.
La boca le sabía a sangre. La tierra se le había metido en la nariz y la boca y le rechinaba entre los dientes.
Raíces y espinas se arremolinaban aquí y allá.
Solo les quedaban unas pocas casas más y llegarían al final de la calle, donde el camino se perdía en la montaña, zigzagueante.
Finn alzó la vista un momento y sintió que el corazón se le escapaba por la boca.
Hubo una explosión.
La pared que flanqueaba el pueblo por la izquierda reventó desde dentro. Una telaraña de zarzas y rocas cayó sobre sus cabezas y se unió a las ramas que salían del lado derecho.
¡La enredadera estaba intentando cerrarles el paso bloqueando el camino!
Un muro empezó a trenzarse ante ellos.
—¡No! —vociferó Finn lanzándose hacia delante, espada en ristre.
Hundió el arma en el tapiz de ramas antes de que fuera demasiado tarde.
La gran enredadera parecía una boca inmensa que se estuviera cerrando.
Cortó tallos y espinas, pero se dio cuenta de que eso no haría que el muro dejara de crecer.
A su alrededor, más y más raíces salían de las entrañas de la montaña, cubriendo casas y serpenteando por el camino.
Finn tuvo una idea; era drástica e impulsiva, pero no tenía elección si querían cruzar. Introdujo la espada en el túnel de ramas e impidió así que, por un momento, las fauces terminaran de cerrarse.
—¡Rápido, cruzad! —les gritó a Miren y Arión.
El hueco abierto en el muro de zarzas no aguantaría mucho tiempo.
—¡Pero… tu espada! —replicó Arión. El mago tenía razón, la espada estaba siendo devorada por las ramas. Si querían cruzar al otro lado, Finn tendría que dejarla atrás.
—¡No hay tiempo!
El mago fue el primero en pasar y, desde el otro lado, tiró de los brazos de Miren.
Luego Finn saltó por el agujero, segundos antes de que las raíces siguieran creciendo.
Al levantarse y dirigirle una mirada al imponente tapiz de ramas, Finn sintió un vuelco en el estómago y el corazón.
El mango de su valiosa espada aún era visible entre las espinas.
Sintió ganas de llorar, pero el horror de la escena contuvo sus lágrimas.
La aldea estaba perdida.
La maldición era una alfombra que no se detendría hasta atrapar en su red a la última alma viva.
Las altas paredes que antes habían dado cobijo a la cantera ahora se deshacían como un castillo de arena.
Finn deseó haber podido ayudar a más personas a escapar, haber sido más rápido, haber previsto el ataque de la enredadera. Cualquier cosa que salvara más vidas.
—¡Vamos, Finn! —gritó Arión desde delante.
Parpadeó y volvió en sí.
Miren y Arión se alejaban senda arriba, a través de la Cordillera de las Bestias, en dirección al Filo del Mundo.
Un viento frío sacudió a Finn, que buscó angustiado en el amasijo de ramas y fue incapaz de hallar el más mínimo rastro de su espada.
Ver sepultada la reliquia de su bisabuelo sería algo que jamás podría olvidar.
Apretó los puños y corrió tras sus amigos.
Puede que le hubiera dado a la maldición mucho más que una espada, pero era un sacrificio menor a cambio de seguir adelante.