El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 10. Las minas #4
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10. Las minas #4

Un par de mineros alzaron las manos y dibujaron runas en el aire antes de que rayos de luz azul construyeran una jaula mágica en la entrada de la mina. « ¡Oikima klestión! », le pareció que decían.

¡Eran magos! Ellos contendrían la maldición, se dijo Finn.

Ya tenía los dedos alrededor del mango de su espada para ayudarlos y enfrentarse a la enredadera cuando Miren tiró de él promontorio abajo.

En sus ojos vio la realidad: a la gran enredadera no se la combatía.

Solo podían escapar, tal y como lo había hecho ella en su propia aldea.

Finn hizo caso a la bruja y la siguió, a pocos pasos de Arión y su padre.

Las campanas seguían sonando calle abajo, en el pueblo.

Hombres, mujeres, ancianos y niños corrían, la mayoría en dirección opuesta a las minas, montados a caballo o sobre carros, pero otros justo hacia allí, armados con lanzas, azadas y picos, convencidos de que así podrían salvar a los suyos.

—¡No! —clamó Miren—. ¡No luchéis! ¡Huid!

Pero nadie la escuchaba.

—Vamos, no podemos quedarnos aquí —dijo León, empujando a los chicos para que no miraran atrás.

Pero era imposible no hacerlo.

La visión era espeluznante. La enredadera salía de la montaña como una alfombra de serpientes y zigzagueaba colina abajo, hacia las casas.

Sus ramas agrietaban la roca y formaban una telaraña al expandirse.

Los académicos lanzaban chispazos azules a diestro y siniestro, cortando ramas espinosas y frenando su avance.

Finn miraba en todas direcciones sin saber qué hacer, adónde ir, cómo reaccionar.

En cuestión de segundos, la amenaza se había trasladado al corazón del pueblo.

Los aldeanos combatían a estocada limpia, pero la enredadera no parecía sentir dolor cuando la golpeaban.

A la mínima oportunidad, sus ramas se abalanzaban sobre los hombres y las mujeres, los rodeaban y los arrastraban al interior de la mina.

También los envolvían enteros, como si los devoraran.

Finn no pudo evitar pensar en la granja arrasada del bosque, en la familia atrapada, en la mano aún cálida del joven que había visto allí dormido.

¿Cuántos inocentes acabarían ese día bajo las zarpas de la maldición?

—Debemos ayudar —susurró para sí mismo, pero al parecer Miren lo oyó y, aunque pálida y con la boca temblorosa, asintió.

—Podemos darles algo de tiempo para escapar.

Se detuvieron en la avenida principal. León seguía arrastrando consigo a Arión, que parecía en trance, como si no entendiera nada de lo que estaba pasando.

—Mi carruaje está justo ahí —dijo su padre señalando un carro lujoso con cuatro caballos—. No tenemos ni un minuto que perder, chicos.

—¡No podemos irnos! —exclamó Finn.

El padre de Arión frunció el ceño y arrugó la nariz. Pareció que iba a protestar, a hacer uso de su autoridad como adulto, pero no tuvo tiempo.

Un tifón de ramas agrietó la pared de roca a la derecha del pueblo. Un enorme fragmento de mineral amenazaba con desprenderse de la montaña y aplastarlos a todos.

— ¡Pausis kairós! —exclamó uno de los magos que Finn había visto combatiendo en la boca de la mina.

Del otro, no había ni rastro.

De pronto, una aurora azul brotó de sus manos y formó una runa gigantesca que retuvo el desprendimiento, como si ralentizara el tiempo y la avalancha cayera ahora muy, muy despacio.

— ¡Lysis polysméros! —añadió el mago a toda prisa.

La avalancha explotó desde su interior y se precipitó sobre el pueblo, la calle y los tejados en forma de piedras, escombros y polvo ligero.

Finn estaba alucinado por el despliegue de poder del académico, pero se apresuró a coger del suelo un escudo de latón y protegerse la cara del aluvión de ladrillos y tejas.

Se disponía a darle las gracias al mago cuando vio que una rama lo atrapaba de una pierna y lo introducía en un boquete abierto en el suelo.

Horrorizado, intentó lanzarse a por él, pero el amasijo de raíces y espinas era tal que nada podía hacer para ayudarle.

Si un talento ancestral tan grande era inservible contra la enredadera, ¿qué podrían hacer ellos?

—¡Finn, despierta! —lo zarandeó Miren.

La bruja levantó un ciclón verde del suelo que impidió que un muro entero se desplomara sobre una familia a las puertas de su hogar.

Las ramas se dirigían hacia ellos a toda velocidad.

Los caballos patearon y se encabritaron, pero León consiguió calmarlos antes de pedirle a Arión que subiera al carruaje.

—Pero papá, ¡la leyenda! —suplicó.

—Hijo, hablaremos de ello más tarde, ¡pero ahora lo importante es escapar!

Arión gimoteó y miró con espanto a Finn.

Ambos se giraron a la vez para contemplar el extremo opuesto de la calle que cruzaba el pueblo.

Aquel era el único paso a la Cordillera de las Bestias, al Filo del Mundo y a la única oportunidad que tenían de vencer la maldición.

Entre los temblores, las casas derruidas y los brotes de enredadera que salían por todas partes, cabía la posibilidad de que el camino quedara bloqueado en cuestión de minutos.

—Finn, ¡ayúdame! —le pidió Miren a su izquierda.

Finn se dio la vuelta y vio como la bruja recogía un pico del suelo y hería una rama que amenazaba con atrapar por el tobillo a una chiquilla.

Finn desenvainó la espada y llegó justo a tiempo para desviar con el filo un tallo que a punto estaba de enredarse alrededor de la cintura de un hombre.

Al cortar, la enredadera retrocedió un segundo, pero luego volvió a la carga.

El minero tuvo tiempo, al menos, de coger a la chiquilla en brazos y huir.

No hacía falta mirar muy lejos para darse cuenta de la cantidad de vecinos que se debatían atrapados en la enredadera, cuyos brazos o pies aún eran visibles entre ramas y nudos. Algunos aún se movían, pero otros ya estaban quietos.

Finn se mordió el labio tan fuerte que notó el sabor de la sangre inundándole la boca.

Gritó y saltó hacia delante batiéndose con ferocidad con la maldición.

Miren fue tras él, enarbolando sus llamas verdes.

Hombro con hombro, el soldado y la bruja abrieron un flanco por el que escapó un buen grupo de mujeres, hombres y niños que se batía en retirada.

Sin embargo, no importaba cuantos tajos le propinara Finn a la enredadera, de entre las heridas abiertas brotaban más raíces.

—¡El camino! —gritó Miren al darse cuenta de que el único paso a la cordillera estaba a punto de quedar tapiado.

—¡Rápido! —los llamó León, tirando desesperado del brazo de Arión.

—¡No, papá! —Arión exclamó, zafándose del agarre. Tenía los ojos brillantes de lágrimas, pero su voz era firme—. ¡Debemos seguir hacia el norte!

—¡Hijo, es una locura! —León lo cogió por los hombros.

Los separaban unos metros de horror, de polvo, gritos y escombros, pero Finn pudo ver el terror en el rostro del padre de su mejor amigo—.

¡Por favor, escúchame! Aunque la leyenda de las brujas fuese cierta, ¡he visto a decenas de personas perder la vida entre estas cumbres! ¡No podéis seguir!

—¡Tenemos que hacerlo! —exclamó Arión dando un paso hacia sus amigos—. Nunca he hecho nada por mí mismo, siempre he seguido vuestras órdenes. ¡La magia ancestral se me da fatal! Pero si encuentro la Biblioteca de la Archivista, tal vez…