10. Las minas #3
Miraran adonde mirasen había poleas y raíles por los que carretillas cargadas de mineral viajaban hasta los depósitos de fundición.
Los pasillos serpenteaban arriba y abajo, donde los mineros picaban en las vetas más profundas iluminados por lámparas mágicas de fulgor azul.
Sin duda, contaban con algún académico en la cantera para facilitar con hechizos ancestrales las labores de extracción.
Nada más adentrarse en la mina, un coro de voces, silbidos, martillazos y traqueteos metálicos se apoderó del ambiente.
El capataz los dejó en una pequeña galería y entró en una especie de almacén.
—¡Arión Weber de Grosbrinkmann! —gritó una voz aflautada—. ¡¿Cómo se te ocurre mentirnos a tu madre y a mí?!
Finn entornó los ojos para distinguir la figura que salió a la galería tras el capataz.
Arión y su padre siempre se habían parecido mucho, pero desde que su amigo había dado un estirón el verano anterior, eran uno el vivo reflejo del otro.
Como su hijo, León era tan alto que caminaba un tanto encorvado, delgado como el mástil de una bandera y de pelo azabache y piel morena.
Vestía una elegante túnica gris pero manchada de tierra y carbón. No parecía importarle mucho.
León le dijo al capataz que podía marcharse, puso los brazos en jarra y miró a su único hijo con severidad.
—Supongo que habrá una explicación para tu comportamiento… —le espetó a Arión con un retintín que a Finn le resultó familiar—. Tu madre sigue en Marmor con tus abuelos. Ella cree que estás estudiando en Ferros, pero ya me dirás cómo vas a estar allí… ¡si han cerrado la Academia!
—¡¿Que han cerrado la Academia de Ferros?! —chilló Arión—. Ha sido por la enredadera, ¿verdad? ¡Quiero decir…! —Arión se tapó la boca a toda prisa—. Tienes razón, papá. Hay una explicación para todo esto, pero supongo que antes debería disculparme, contigo y con mamá…
León se quedó mirando a su hijo, como si quisiera asegurarse de que Arión seguía siendo el mismo.
Respiró hondo y lo abrazó ante la mirada atenta y algo incómoda de Finn y Miren, que no sabían cómo habían acabado en lo más hondo de una mina presenciando un reencuentro familiar.
A pesar del evidente enojo, estaba claro que el rostro de León estaba lleno de alivio.
—No tenía ni idea de dónde te habías metido.
¿Tú puedes llegar a imaginarte lo preocupado que estaba?
Anda, pasad a mi despacho. Ahora nos traerán el té.
Disculpad el desastre, aquí dentro es imposible tener las cosas en orden, por los temblores, o libres de polvo.
Ah, se me olvidaba —dijo de pronto, golpeando con un dedo la armadura de Finn a la altura del pecho—, ya verás cuando vuelvas a Argéntea la que te espera.
Tu madre casi llama a la Guardia Real para salir a buscarte.
Finn tragó saliva y siguió a sus amigos al interior del despacho, que no era más que un agujero húmedo.
Del techo colgaba un farol azul, había un escritorio lleno de papeles, mapas y herramientas, y varios taburetes repletos de cartas.
León vació tres de ellos tirando las cosas al suelo y se los ofreció a los chicos.
«¡Fenian Connell! —imaginó Finn que gritaba su madre —, ¡¿cómo se te ocurre abandonarnos de la noche a la mañana y marcharte a la Cordillera de las Bestias?! ¡¿Tú quieres matarme de un disgusto?!». En su imaginación, Giana abría la boca como un dragón y soltaba una llamarada.
—Venga, no pongáis unas caras tan largas, que yo no voy a castigaros. Ya se ocuparán vuestras madres y la maestra Zaferina de vosotros…
—¡Pero papá! —replicó Arión.
—La pobre anciana se enteró de que el Ejército había evacuado Ferros y pensó que te habría pasado algo cuando dejó de tener noticias tuyas.
Si vas a mentir, ¡al menos hazlo bien, hombre!
—León suspiró—. Bueno, no hay más que verte para saber que estás arrepentido, así que ¡soy todo oídos!
¿Cuál es esa gran explicación? Ya ha de ser convincente para que no os envíe de vuelta a la capital en mi propio carruaje.
Y de paso me presentáis a esta muchacha tan educada.
¿Dónde estará ese té? Será una historia larga, imagino.
Desde que Finn recordaba conocerlo, el padre de Arión había sido así.
León saltaba de un tema a otro en medio de una conversación, como si sus ideas fueran más rápidas que su boca.
A Finn le parecía divertidísimo, aunque a Arión lo ponía de los nervios.
Era curioso, ¿no se daba cuenta de que a él le pasaba lo mismo?
El capataz volvió con una tetera y un juego de tazas. León probó el té y sonrió, satisfecho. Arión dejó su taza en la única esquina libre del escritorio y respiró hondo antes de hablar.
—Papá, no puedo extenderme mucho, pero Finn, Miren y yo estamos en una misión secreta para hallar la morada de un poder legendario perdido más allá de la Cordillera de las Bestias, con el que hacer frente a la gran enredadera y salvar el Reino…
Durante casi diez minutos, Arión habló a toda velocidad, adelantándose a los intentos de interrupción de su padre.
Le explicó absolutamente todo, desde que Miren se había colado en su habitación hasta el mismo momento en que habían llegado con los caballos a la aldea minera (solo omitió el detalle del encuentro con el culebre para no preocupar a su padre).
No paró de hablar ni un instante y a Finn empezó a preocuparle que su amigo se asfixiara.
Hasta que, finalmente, Arión se dejó caer agotado en su taburete y finalizó:
—¿Podemos irnos ya?
Silencio.
Finn agachó la vista, rodeó su taza con las manos y probó a darle un sorbito al té. Ardía. Tosió.
—¿Estás bien? —le susurró Miren casi sin mover la boca.
—Ve he quevado va vengua —le contestó con un hilillo de voz, señalándose la lengua.
León asintió despacio, bebió de su té, dejó la taza sobre un montoncito de libros y mapas y se palmeó los muslos.
—¡Vaya, pues sí que era una gran historia! Aunque como explicación no sé si me parece tan convincente…
Arión enarcó una ceja, dubitativo.
—Entonces, ¿me perdonas por haberos mentido y dejado la Academia?
—Naturalmente que sí, hijo.
—¿Y nos permites seguir nuestro camino?
—Oh, naturalmente que no…
Arión sonrió con el primer «naturalmente» y se hundió en el taburete con el segundo.
—Pero papá… —suplicó.
León se puso serio. Parecía preocupado, como si creyera lo que su hijo le había contado pero no fuera suficiente.
—Arión, hasta yo me escapé del internado alguna vez durante mis años mozos, pero en estas circunstancias no puedo dejar que sigáis solos por ahí. ¿Qué clase de padre sería?
—Si me permite la pregunta, señor —intervino Miren—, ¿a qué circunstancias se refiere?
—A la gran enredadera, por supuesto. Está siendo un verdadero reto mantener las líneas de suministro y transporte operativas con esa dichosa maldición campando a sus anchas.
—¿Lo ves? —clamó Arión poniéndose en pie de un salto—.
Tú mismo lo reconoces: Luxos está en peligro.
Nosotros lo descubrimos antes incluso de que lo cantara el heraldo.
Yo encontré esas cartas, Finn habló con el Consejero de la Guerra y Miren tuvo esa extraña visión.
¡Su aldea entera fue arrasada! ¿Es que eso no significa nada?
—Hijo, la maestra Zaferina tendrá que juzgar tus acciones dentro de la Academia, pero aquí fuera tu madre y yo somos los responsables de tu seguridad.
¡Y de tu futuro! Enviaré un grajo tan rápido como me sea posible para disculparnos y pedirle tu readmisión.
Tu formación es lo primero, Arión, ya se encargarán las autoridades de solucionar…
Arión frunció el ceño, ofuscado, y lo interrumpió pegando un grito.
—¿Volver a la Academia? ¿Mientras la enredadera se expande por el Reino? ¡No tiene ningún sentido! Además, ¡yo sé cuidarme solo!
León hizo una mueca y miró a su hijo con ternura. A Finn le pareció que lo hacía como si creyera que Arión aún era un niño.
Justo cuando parecía que el hombre iba a abrir la boca para decir algo, un temblor empezó a zarandear paredes, suelo y techo.
Arión soltó un grito, Finn se dio de bruces con la pared de roca y Miren derramó su taza.
Hilos de tierra llovían sobre sus cabezas.
León fue el único que no se inmutó, parecía acostumbrado a los seísmos.
Una campana repiqueteó a través de los túneles en cuanto paró el temblor.
Solo entonces el padre de Arión mostró preocupación.
—Vamos, chicos. Aquí no es seguro.
En cuestión de medio minuto, los guio con destreza por el laberinto de roca hasta el exterior.
Al salir los sorprendió la luz de la tarde, mezclada con la polvareda que brotaba de la boca de la mina.
Una docena de mineros tosían, se ayudaban los unos a los otros a ponerse a salvo y se aseguraban de que no hubiera quedado nadie atrás.
Finn se frotó los ojos, que le picaban y lloraban, y oyó al capataz acercarse al padre de Arión y decirle:
—Hemos vuelto a verla en los túneles, señor, y esta vez se movía deprisa.
León lo miró con el rictus de una estatua.
—¿Ha atrapado a alguien?
—Creemos que sí, señor.
León maldijo entre dientes.
—Entonces, da la orden y sellad la entrada.
Mientras León volvía con los chicos y los empujaba camino abajo, hacia el pueblo, el capataz regresó a la campana y la repicó con fuerza. Después, gritó:
—¡Evacuación, compañeros y compañeras! ¡No es un simulacro! ¡EVACUACIÓN!
—¿Qué está pasando, papá? —preguntó Arión con voz aguda sin dejar de andar—. No será la enredadera, ¿verdad?
—No te detengas, hijo, debemos llegar al carruaje antes de que…
Entonces fue cuando pasó.
Finn se dio la vuelta justo en el momento en que un torrente de ramas estallaba en la boca de la mina.
La gran enredadera brotó de los túneles como una explosión, atrapando a algunos mineros entre sus lazos.
A Finn se le cayó el mundo a los pies. La montaña temblaba y rugía.
Guijarros y cortinas de tierra caían de las alturas. Todos gritaban.