10. Las minas #2
—Mi nana nunca me habló de ese avatar, pero es común que el Creador se comunique con las brujas así. Y de forma enigmática. Nos avisa del cambio de estación, ante la llegada inminente de granizo o nieve, o incluso cuando se adelanta un parto o si algún animal enferma.
A Finn no le importaba mucho qué Dios le había enviado a Miren la visión o si podía significar una cosa u otra. Al fin y al cabo, él estaba allí por elección propia, no porque una deidad le hubiese llamado.
—Pues, sea como sea, me alegro de acompañaros. Tal vez no sepa mucho de magia, pero si puedo ayudaros… —Finn se encogió de hombros—. Siento que mi lugar está aquí, con vosotros.
Miren entornó los párpados antes de mirar a Finn de reojo y esbozar una sonrisa.
—¡Cáspita! —bostezó Arión con estrépito—. ¿Por qué no me habéis despertado?
Finn se giró y lo fulminó con la mirada.
—¿Crees que no lo hemos intentado? ¡Ni el rugido de un minotauro podría despertarte!
—¿De veras?
—Y para que lo sepas, llevamos subiendo la senda toda la mañana. Si echas la vista atrás, disfrutarás de una panorámica impresionante. Eso sí, cuidado con el vértigo. Qué útiles han sido tus diez kilos de mapas y libros para guiarnos por aquí, ¿eh?
—Detecto malestar en tu voz, Finn. Por fortuna ya hace muchos años que nos conocemos y sé que jamás albergarías sentimientos tan amargos hacia un buen amigo.
—¿Tú ves algún buen amigo mío por aquí?
Fue Miren la primera que soltó una carcajada, seguida por Finn y Arión, que no aguantaban más de dos minutos pretendiendo estar enfadados.
El eco de sus risas los acompañó hasta bien entrado el mediodía, cuando penetraron en un desfiladero e hicieron una pausa. Al emprender de nuevo la marcha, Arión desplegó un mapa sobre la espalda de Finn.
—El pueblo minero de mi familia debe de estar cerca.
—¿Cómo? —replicó Miren—. ¿El pueblo entero es de tus padres?
—Sí… y no. Mi bisabuela fue una pionera en la minería y abrió pozos y canteras de metales por todo Luxos, y una de esas minas sigue aún activa aquí.
Pertenece a la red de minas de Aestia, ricas en bronce, pero está tan lejos que es poco conocida.
Es la última población antes de la senda que sigue al Filo del Mundo.
Mis antepasados compraron las tierras aledañas a la mina a la Corona y desde entonces generaciones de mineros y geólogos se han asentado aquí con sus familias.
Mi padre me ha hablado de este sitio. Los inviernos son crueles, pero la mina sigue dando beneficios.
De hecho, creo que una de las pocas vetas activas de opalázuli que quedan está aquí.
—Con un poco de suerte, quizá el jefe de la excavación te conozca y nos deje echar un vistazo a los túneles, ¿no? —propuso Finn, emocionado.
—No te hagas ilusiones —replicó su amigo—. La última vez que acompañé a mis padres hasta aquí tenía seis o siete años. No creo que nadie se acuerde de mí.
—¡Pero si es el señorito Arión! ¡Cómo está tan alto y hombretón! ¡Deme un abrazo!
Nada más poner un pie en el pueblo, un grupo de mujeres ataviadas con gruesas capas y guantes de pieles, y que arrastraban carretillas llenas de escombros, se detuvieron en medio de la calle y comenzaron a gritar.
Una de ellas, casi anciana, corrió con impresionante brío hasta Arión, a quien bajó del caballo para darle un achuchón.
—¡Pero mirad estos hoyuelos! ¡Y las cejas y el pelo negro! ¡Y los ojos! ¡Es clavadito a su padre, como dos gotas de agua del Río Galerna, por la Archivista que sí!
—¡Alabada sea, es cierto! Pero más flacucho, ¿es que no le dan de comer en la capital, señorito? Con lo rellenito y mono que era de pequeño… ¡Tenía unos mofletes riquísimos!
—¡Avisad a los demás! Mi esposo se alegrará muchísimo de ver al señorito Arión. ¡Si prácticamente le enseñó él a andar, cuando no me llegaba ni a las rodillas! ¡Ay! ¿Cuántos años han pasado? ¿Por qué ha tardado tanto en visitarnos, señorito?
Finn no hubiera sabido decir quién estaba más perplejo, si ellos o el propio Arión. Miren se apeó del caballo y le dirigió una mirada tan alarmada como desternillante.
—¿Señorito Arión? —le susurró con los labios curvados hacia arriba.
En cuestión de minutos se había formado un alboroto, era como si hubieran anunciado las fiestas de la comarca.
Gritos, carreras, silbidos. Alguien cogió los caballos y los llevó a una cuadra cercana, donde les darían agua y avena.
Mientras todo el mundo intentaba hablar con Arión, ellos se quedaron un momento a un lado mirándolo todo.
El pueblo estaba construido entre dos paredes de roca que se erguían planas a derecha e izquierda hasta perderse en la neblina.
Las casas combinaban piedra gris extraída de la mina con vigas de madera ennegrecida por el clima áspero y el humo de los hogares.
Los tejados eran inclinados, para evitar la acumulación de nieve en invierno.
Los edificios eran hoscos pero pintorescos, tenían ventanas pequeñas de coloridos postigos, y de las fachadas colgaban herramientas mineras: picos, faroles, azadas, amuletos hechos con ramitas…
La calle estaba empedrada de forma irregular y una ligera capa de polvo rojizo (polvo de bronce, supuso Finn) cubría puertas, cercas, carros y ropajes.
El Camino del Norte pasaba por en medio del pueblo y se perdía de vista entre acantilados y peñascos nevados.
—Tiene que estar hambriento, señorito Arión —le dijo uno de los primeros hombres que apareció en escena, de piel morena manchada de hollín—. Venga a la taberna y entre en calor. Y traiga a sus amigos, por supuesto.
Los mineros se llevaron a Arión en volandas. El estudiante de magia solo tuvo tiempo de girarse hacia sus amigos y lanzarles una mirada de pánico que decía claramente: «Socorro».
Siguieron a la marabunta a la taberna, que en realidad era más bien un comedor común. Finn entendió mejor lo que Arión les había contado de camino: el pueblo entero se dedicaba a la mina y, por eso, todo funcionaba allí como si fueran una gran familia.
—¡Marchando una ración de estofado bien calentito! —bramó el cocinero nada más hubieron sentado a Arión y a sus amigos en el centro de la taberna.
Junto con el plato humeante, les ofrecieron también pan recién horneado y jarras de peltre hasta arriba de un licor almendrado que Finn no supo reconocer.
Miren estudió el plato con suspicacia, pero tras la primera cucharada reconoció que estaba delicioso.
Entre tirones de oreja y achuchones, los lugareños saludaban a Arión, le preguntaban cómo era su vida en Argéntea y le pedían que les hiciera una demostración de magia ancestral antes de retirarse de vuelta al trabajo.
—Luego, tal vez —decía intentando no atragantarse con un trozo de patata cocida—. Los hechizos requieren de una gran preparación y… Bueno, supongo que podría intentarlo, pero no podré quedarme mucho rato. Os lo agradezco, pero debemos seguir, una misión nos espera y…
—¿Se va a ir sin ver a su padre? —replicó una mujer enorme. Sin duda, el trabajo en la mina era exigente.
—¿Cómo? —replicó Arión, dejando el cubierto a un lado.
—Pensamos que habría venido a la mina a encontrarse con su padre, señorito Arión.
—¿No es eso lo que lo ha traído al pueblo?
—¿Irse ya? ¡Si acaban de llegar! Quédese unos días y enséñeles a sus amigos el pueblo… La cascada y el mirador son visita obligada, señorito, ¿o es que no lo recuerda?
—¿Se está atragantando? Son esos dichosos trozos de carne tan grandes, mira que se lo tengo dicho al cocinero.
Más y más voces empezaron a amontonarse a su alrededor.
—¿Mi padre está aquí? —acertó a preguntar Arión.
—Está en la mina, por supuesto. Llegó hace unos días para comprobar el estado de la última veta abierta. ¡Y pensar que hace poco estuvimos a punto de tener que cerrar la mina!
Arión tragó saliva y miró a sus amigos. Finn se dio cuenta de que el mago estaba en apuros.
—¡Gracias por el estofado! —dijo a viva voz—. Pero ahora debemos discutir un asuntillo con el señorito Arión, ¡un detalle sin importancia! ¿Nos disculpáis? ¡Enseguida volvemos!
Finn cogió a Arión de la capa y se lo llevó a una mesa apartada. Miren los siguió y juntó la cabeza con ellos para que nadie husmeara.
—¿Y los caballos? —preguntó Arión con la mirada perdida—. ¡Hay que escapar!
—No entiendo. ¿Escapar? Si son todos un encanto… —dijo Miren.
—¿No lo recuerdas? Arión mintió a sus padres para salir de Argéntea —le explicó Finn—. A su maestra le dijo que iría a Marmor a ver a sus abuelos, y a sus padres les dijo que iría de intercambio a estudiar a la Academia de Ferros.
—¡Por el Creador! Lo había olvidado…
—Seguro que ya saben la verdad —musitó Arión con un hilo de voz— y me desheredarán.
—Vamos, no es para tanto —lo animó Finn—. Tus padres son muy razonables y, además, a estas alturas el pueblo entero sabe que estás aquí. Tu padre se presentará en la taberna de un momento a otro. ¿De verdad quieres huir para no enfrentarte a una bronca?
Arión tragó saliva con dificultad, como si tuviera algo pastoso y denso en la garganta.
Finn le palmeó un hombro. Para sus adentros pensó que, además, hablar con el padre de su amigo quizá les serviría para tener noticias de la capital y del avance de la enredadera.
Quizá León, pues así se llamaba el padre de Arión, había visto a la familia de Finn.
No quería presionarlo, pero tampoco dejar pasar la oportunidad de saber si estaban bien.
Además, ¿quién podía resistirse a visitar una mina en funcionamiento?
—Está bien… —titubeó Arión. Alzó una mano y llamó al capataz—. Llevadme con papá.
La mina estaba excavada en un flanco de la montaña, sobre un promontorio. La entrada estaba reforzada con maderos entrecruzados. El capataz los guio por los túneles, adonde no llegaba la luz del sol.