10. Las minas
LAS MINAS
En el Camino del Norte
P oco después de abandonar la linde del bosque, dieron con un prado donde pastaba una manada de caballos salvajes.
Los había de todos los tamaños y colores: negros, blancos, marrones, de manchas…
Ante la presencia de los chicos, que en un primer momento intentaron pasar de largo, algunos se pusieron a trotar.
Arión se asustó, pero Finn detectó algo en Miren que le hizo mantener la posición.
La bruja miraba atentamente a dos ejemplares, uno de color arena y otro gris.
En lugar de seguir a la manada, los dos caballos se pusieron a galopar en círculos alrededor de los chicos y acabaron encarándose a Miren, que alzó una mano y les acarició la frente, justo entre los ojos cerrados.
Las largas pestañas del marrón miraban al suelo cuando la chica se animó a montarlo.
—¿Pero qué haces? —bramó Arión—. ¡Son caballos salvajes!
Lejos de encabritarse, el animal movió el cuello y la cola con complicidad.
Finn sonrió, embobado ante la belleza de los caballos.
—Yo también soy un poco salvaje, ¿no? —respondió Miren sacándoles la lengua.
Finn se atrevió a montar el otro ejemplar y Arión subió con él, no sin recordarles el miedo atroz que le daba ir a caballo. Aunque no tenía mucha experiencia cabalgando, Finn supo hacerse al animal. Miren le susurró algo al suyo, que emprendió la marcha al trote.
El cielo se abrió, azul como una promesa. A ese ritmo, llegarían a la Cordillera de las Bestias antes de lo previsto.
¡Por fin les sonreía la suerte!
Al dejar el bosque a sus espaldas, se adentraron en tierras duras y frías con escasas granjas y vegetación.
No tardaron en localizar el Camino del Norte, que comunicaba Aestia con la población más al norte de Luxos, una aldea minera que Arión parecía conocer.
Ese era el único paso a la Cordillera de las Bestias.
Aunque el otoño acababa de empezar, en aquella región el tiempo era siempre brusco y frío. Al menos, ir a caballo suponía una gran ventaja. En pocos días cubrieron una distancia que, a pie, les habría supuesto semanas.
—¿Sabéis que hay leyendas que dicen que los gigantes de las brumas se hacen pasar por montañas y crean nieblas con su aliento para atraer presas a sus pies? —dijo de pronto Arión una noche en que tuvieron que acampar antes de tiempo por miedo a perderse en la neblina.
Finn lo fulminó con la mirada.
—Nada mejor que la compañía de un mago para levantar el ánimo.
—¡Solo lo digo por precaución! —se justificó—. Para que estéis atentos… Yo aporto el conocimiento; vosotros, la experiencia en campo abierto.
—Y no te olvides de los duendes y los fuegos fatuos… —dijo Miren con sonrisa pícara.
Finn se agarró el estómago para no desternillarse de la risa y Arión se fue a la cama airado y ofendido.
Por lo general, y desde el encuentro con el culebre y la gran enredadera, las jornadas de viaje habían transcurrido sin mayores contratiempos que el constante apetito de Arión, el mutismo reservado de Miren y los quebraderos de cabeza de Finn por saber qué estaría pasando en Argéntea y cómo estaría su familia.
Cuando el camino se volvió pedregoso y empezaron a subir las primeras laderas de la cordillera, los tres sintieron, de alguna forma, que la cosa se ponía seria.
—¿Quién crees que puede estar detrás de la maldición?
Llevaban toda la mañana serpenteando por la falda de la montaña. El Camino del Norte zigzagueaba hasta adentrarse en el imponente macizo pardo y gris. El viento soplaba fiero y les obligaba a arrebujarse con las capas por encima de la ropa.
—No creas que no he pensado en ello —dijo la bruja girándose hacia Finn—.
Tengo algunas teorías, pero no he llegado a ninguna conclusión.
¿Un plan orquestado por un reino vecino, tal vez?
La república de Flamia, al este, ha tenido siempre relaciones tensas con nuestros reyes.
Quizá su Asamblea de Hechiceros haya ideado la enredadera para debilitarnos antes de intentar conquistarnos…
Finn barajó esa posibilidad. La visión del amasijo de zarzas que había atravesado una granja entera volvía de vez en cuando a su cabeza. Sobre todo en forma de pesadillas. El recuerdo de la familia atrapada entre sus ramas aún le producía escalofríos.
Un ronquido terrible resonó en su oreja izquierda.
Finn cruzó una mirada con Miren, que soltó una carcajada.
Tuvo que contenerse para no despertar a Arión de un codazo.
El mago viajaba con él a caballo y dormía apoyado en su espalda como un bebé.
Cada poco rato se quedaba sin respiración y soltaba un ronquido atronador.
Por no hablar de las babas que le goteaban en el hombro.
Puaj. Finn tendría que limpiar la armadura pronto.
Soltó un hondo suspiro y trató de pensar en otra cosa.
—Quizá la Reina Dybala haya ido a Orben para hacer aliados en una futura guerra.
Aunque no dio nombres, el heraldo dijo algo sobre fortalecer alianzas y asegurar el porvenir de Luxos.
Pero, ¿de qué iba a servir eso si la maldición estaba ya propagándose por todas partes?
La Reina tenía que saber lo que estaba pasando, seguro.
—Entonces el heraldo os mintió, por orden de la Reina, claro, o, como mínimo, ocultó información al pueblo…
—Quizá fuera como me dijo el Príncipe Jarrin, para ganar algo de tiempo… Aunque Roland me aseguró que su madre se había ido para ponerlo a prueba a él, dado que la corte y el consejo dudaban de él como heredero…
—Ya —caviló Miren, reflexiva—. Lo que Arión nos contó sobre Selina y el Archimago, cuando los espió en la biblioteca privada de los académicos. Debe de ser una maga excelente. Tal vez estén en lo cierto y ella sería mejor reina.
—Pero Roland es un buen guerrero. Puede que algo cabeza hueca, como me llamaste la noche en que nos conocimos… —Le sacó la lengua a Miren—. Pero, ahora en serio, tiene buen corazón. Lo conozco bien. Estoy seguro de que será un gobernante justo.
—Tal vez —dijo Miren tras respirar hondo y encogerse de hombros.
Finn volvió la vista al frente. La falda montañosa era cada vez más escarpada. Los guijarros resbalaban entre los cascos de los caballos. El silbido del viento le estremeció.
—¿Sabes, Miren? —carraspeó—. Te debo una disculpa.
Ella le dirigió una mirada dubitativa.
—Por cómo me comporté al principio del viaje. Me costó fiarme de ti. Confiar en que nos contabas la verdad.
Miren parpadeó, parecía sorprendida, pero no dijo nada. Finn decidió continuar dándole forma a lo que llevaba días pensando:
—Pero cuando llegamos a la granja, con la enredadera a su alrededor, las pocas dudas que me quedaban hicieron ¡puf!
y se esfumaron. ¡Te lo prometo! —le aseguró.
Después de todo, Miren no había dudado en entrar con él a la casa devastada y se había quedado a su lado incluso cuando podía ver en su expresión que le traía recuerdos dolorosos—.
Tuvo que ser horrible vivir todo eso en primera persona y escapar. Fuiste muy valiente, Miren.
Los labios de la bruja temblaron al dibujar una sonrisa.
—No hay nada que perdonar, Finn. Era una desconocida. No es ningún crimen desconfiar de los desconocidos. De hecho, es lo más sensato.
—Pero ya no lo somos, ¿verdad? —sonrió él—. Ahora somos amigos.
Miren asintió despacio, pero no dijo nada.
Un nuevo ronquido tronó a las espaldas de Finn, que brincó sobre el lomo del caballo por el susto. El animal relinchó, molesto.
—Ya, ya… —Lo calmó dándole caricias en el cuello—. Lo siento mucho. ¡Es este dormilón! ¿Cómo puede roncar tanto?
Finn había aprendido a montar a caballo en el Fortín.
En la granja de sus padres tenían también un par de burros con los que su padre y Doras araban el campo y trillaban la siembra, pero él nunca había montado encima.
Por eso había sido durante la instrucción cuando por primera vez se había visto cara a cara con esas bestias de patas casi tan altas como él.
Le había costado un poco acostumbrarse a sus relinchos y pisotones, aprender a leer sus movimientos y cabezazos gentiles.
Los caballos de la Milicia eran criaturas dóciles criadas en cautividad cerca de la capital, pero los que ahora montaban rara vez permitían que un ser humano se acercara a su manada.
—No te lo pregunté —dijo de pronto—, pero ¿cómo conseguiste que se dejaran montar? ¿Aprendiste en tu aldea a domar fieras o algo así?
—Para nada. —Miren rio—. Simplemente les transmití que no éramos una amenaza. Aunque os dije que la magia elemental era como un idioma, realmente no funciona con palabras, sino con… sensaciones.
—La magia de las brujas no deja de sorprenderme. No es lo que me esperaba. Cada vez tengo más claro que la leyenda de tu nana tiene que estar relacionada con lo que hicisteis Arión y tú con el culebre —añadió Finn.
Miren frunció el entrecejo.
—¿A qué te refieres?
—A la magia ancestral y elemental combinada. ¿No es eso lo que te dijo ella? Que debías ir con un mago hasta el Filo del Mundo porque allí moraba un poder antiguo que podía acabar con la maldición.
—Hummm. No exactamente. La leyenda decía que solo se puede entrar a la morada secreta con magia… Como no sabía si se refería a la magia ancestral o a la elemental, supuse que lo más sensato era llegar allí acompañada de un mago. Además, también está el tema de la visión…
—Arión está convencido de que la Archivista te la envió para que él descubra la biblioteca perdida. No sé cómo nos iban a ayudar un montón de libros viejos a detener a la enredadera, la verdad…
—Yo no estoy tan segura de que fuera la Archivista… —murmuró Miren.
Pese al viento, Finn la oyó.
—¿Por qué te pondría el Dios de la Naturaleza una pluma blanca en el sueño, entonces? ¿Cuál es su avatar?
La bruja puso cara rara, como si no quisiera responder a esa pregunta o no supiera qué decir.