9. Dos magias #3
—Vale, ahora lo entiendo —dijo Finn, y luego negó rápidamente con la cabeza—. Bueno, realmente no, ¿hablaste con él? Quiero decir, es evidente que luego sí, antes de despedirse, lo cual también es alucinante, pero ¿y la flecha? Además, Arión también lanzó un hechizo…
La bruja sonrió.
—Claro, porque necesitábamos penetrar la barrera mágica de sus escamas y que mi magia entrara en contacto con la suya.
—Por eso busqué en el Manual esencial del buen académico en formación el hechizo de flecha penetrante —expuso Arión sacando de su mochila el libro en cuestión—. ¿Entendéis ahora por qué era tan importante que llevara tanto equipaje? «Un mago sin biblioteca es como un pollo sin plumas».
—¿Esa frase es de la maestra Zaferina? —replicó Finn tras un pequeño silencio.
—No estoy seguro —confesó Arión—. Puede, ¡solo puede!, que me la haya inventado.
—Aun así, ¿cómo puedes cargar con tantísimo peso? —preguntó Miren. Todos le habían visto vaciar la mochila entera en el suelo—. No te he oído quejarte ni una vez… No de eso, al menos.
—Esto… —Arión carraspeó de forma sospechosa—. Supongo que tengo un físico envidiable. Díselo, Finn. Vaya, no soy un guerrero, pero…
Finn entornó los ojos. Algo no cuadraba.
—¿Arión…?
—¡Vale, lo confieso! —exclamó alzando los brazos—.
Cada mañana, antes de ponernos en marcha, embadurno mi mochila con extracto de pluma de golondrina y trazo un hechizo temporal de ligereza.
No es gran cosa, dura muy poco, por eso he de repetirlo todos los días.
Pero así puedo cargar con mis libros. Y con las medicinas. Y con los mapas. Y con…
Finn pegó un grito.
—¡¿Y a mí no me dices nada, cuando voy cargado con la armadura, la espada, el zurrón…?!
—Ejem, mi mochila tampoco pesa poco, precisamente —rechistó Miren.
—A ver, tú estás hecho un musculitos y tú eres una bruja superpoderosa, no pensé que os hiciera falta y, bueno…, además… ¡Me daba vergüenza, ¡¿vale?!
Finn y Miren se miraron atentamente y luego se echaron a reír a la vez. Arión los miró, nervioso, hasta que comprendió que no se reían de él, sino de la situación. Entonces él también rompió en una carcajada.
—¡Pero eso es estupendo! —aplaudió Miren—. Estás mejorando mucho con los conjuros, ¿no?
—Es verdad —reconoció Finn—, primero la poción de invisibilidad en la Academia, luego lo de la mochila y hoy incluso la flecha punzante esa.
—Penetrante —le corrigió Arión. Luego añadió entre dientes—: Aunque el licor etéreo no me volvió invisible del todo… y el de hoy tampoco me ha salido a la primera…
—¡Pero sí a la segunda! —lo animó Miren mientras Finn asentía—. Y sin el licor no habríamos descubierto las cartas, así que deberías estar orgulloso.
Arión se sonrojó, aunque al calor de la hoguera, y por su piel morena, no se notó mucho.
Finn extendió los brazos por detrás de la nuca y se recostó en su lecho. Estaba agotado. Cualquier otro día, el fuego y la cena lo habrían adormecido, pero esa noche la adrenalina todavía fluía por sus venas y le hacía cosquillas en la palma de manos y pies.
—¿Cómo se os ocurrió lo de combinar las dos magias? —les preguntó a sus amigos—. No tenía ni idea de que la magia elemental y la ancestral pudieran emplearse así, unidas. ¿Estudiáis eso en la Academia?
Arión arrugó la nariz, esforzándose en pensar.
—Nunca había oído nada semejante, si te digo la verdad.
—¿Pero crees que la maestra Zaferina, o el Archimago Lidéndil, o incluso la Princesa Selina si me apuras, sabrán algo al respecto?
—Hummm… —rumió Arión—. Por el cariño que la Academia y el Archimago les tienen a las brujas, no creo que les hiciera mucha gracia enterarse de algo así. O investigarlo.
—¿Y en tu aldea, Miren? —siguió Finn—. ¿Comentó alguna vez tu abuela algo sobre el tema? Porque eso es lo que hizo tu flecha, ¿no? Atravesó la runa de Arión y se potenció con el hechizo ancestral. ¿No os parece un descubrimiento alucinante?
—Supongo que sí —contestó ella—, pero no, mi nana tampoco lo mencionó jamás.
Finn suspiró.
—Me sorprende que se desconozca algo así. O que se ignore. Imaginad cuántas cosas podrían hacer brujas y magos colaborando, ¡trabajando juntos codo con codo por el Reino!
—Para eso primero tendrían que permitirnos volver a las ciudades, ¿no crees? —replicó Miren con cierta resignación.
—Ya…
—No sé, ya que fuiste tan amigo de Roland en el Fortín —dijo Miren—, ¿nunca te contó qué pensaba de la política de su madre y su abuelo en torno a las brujas?
Fenrick II fue quien prohibió el culto al Creador en las ciudades, a fin de cuentas.
Roland es el heredero, vaya, se supone que reinará algún día. Podría cambiar las cosas, ¿no?
—Me avergüenza un poco reconocerlo, pero la verdad es que nunca hablamos de eso —confesó Finn, un poco decepcionado consigo mismo—.
A Roland no le interesan demasiado la política o la administración del Reino, él es más de explorar Luxos escoltado por la Guardia Real, entrenar con la espada y el escudo, montar a caballo…
Sí me comentó en alguna ocasión que su hermano Jarrin sabe mucho de esas cosas.
—El hermano mellizo de Selina —quiso corroborar Miren.
—Eso es. Mientras que ella es un as de la magia ancestral, él es un «humanista», creo que utilizó esa palabra, un apasionado del arte, los mapas y la historia del continente.
—Todo eso está muy bien —dijo Miren con cierto cinismo—. Pero a las brujas exiliadas nos sirve de poco.
Finn se encogió de hombros pensando en ello.
La pregunta de Miren le había hecho reflexionar.
Seguía sin comprender por qué se les había cogido tanta inquina a las brujas en el pasado.
¿Qué debió de pasar para que el mundo llegara a la conclusión de que expulsarlas y prescindir de sus conocimientos, de su sabiduría, de su magia, era preferible a esforzarse en comprenderlas?
La magia elemental daba miedo, Finn la había visto fuera de control, pero también un buey desbocado era peligroso y no por eso dejaban de emplearse para arar los campos y transportar mercancías.
Cada vez tenía más claro que, aunque le disgustara llevarle la contraria, su madre estaba equivocada: ni las brujas ni su magia eran el problema.
El problema de Luxos era el odio.
La ignorancia.
Miren lanzó un guijarro a la hoguera y las chispas que salpicaron a su alrededor trajeron de vuelta a Finn de sus pensamientos.
Arión emitió un sonoro bostezo.
—Tienes razón —le dijo Finn con una sonrisa—. Es hora de descansar.
Entre unas cosas y otras, estaba amaneciendo.
Aunque infinitos pensamientos rondaban su mente como un vendaval, Finn no tardó ni medio minuto en caer en el profundo abrazo de los sueños.
Durmieron hasta el mediodía antes de volver a ponerse en marcha.