El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 9. Dos magias #2
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9. Dos magias #2

Finn tampoco estaba por la labor de discutirlo.

El culebre impulsó la cabeza hacia delante y le asestó un cabezazo a un tronco, que crujió al partirse.

Finn se protegió con el escudo de la lluvia de astillas y ramas.

Al abrir los ojos, un coletazo le pilló desprevenido y lo derribó.

Por suerte, consiguió ponerse en pie y evitar la siguiente dentellada.

—¡Eureka! —exclamó Arión.

Por lo entusiasmado que sonaba, debía de haber encontrado algo.

Arión le enseñó una página a Miren y esta se quedó pensativa.

Cuchicheaban. Se lo tomaban con calma. ¿Qué diablos estaban haciendo?

Finn empezaba a estar cansado de tanto esquivar, correr y lanzar estocadas inútiles para entretener al culebre.

—De acuerdo, podría funcionar —oyó que decía Miren.

Antes de que pudiera acercarse a sus amigos y preguntarles, el culebre volvió a la carga.

Ante un nuevo mordisco, Finn giró sobre sí mismo y desvió con la espada y el escudo al animal, que se dio de bruces contra unas rocas.

Finn se escabulló entre el estruendo y la lluvia de piedras.

Apareció junto a Miren y Arión jadeante, despeinado y con la armadura llena de tierra.

—Finn, ¡estás sangrando! —clamó Arión al verlo.

Pues claro. Tenía arañazos en el rostro, el cuello y las manos. Un hilillo rojo le goteaba desde la ceja derecha hasta el hombro.

—No es nada —aseguró entre resuellos. Estaba sorprendentemente feliz—. Doras no… me creerá cuando…, cuando le cuente que he luchado… contra un dragón.

—¿Quién es Doras? —replicó Miren.

—Mi hermano mayor.

—Para contárselo primero tendremos que salir vivos de esta… —murmuró ella.

Finn respiró hondo. Los músculos le ardían bajo la coraza.

Estaba agotado y notaba el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho, pero se sentía mejor que nunca.

Puede que aún no le hubieran dado un yelmo y la Milicia no lo considerara un soldado al cien por cien, ¡pero llevaba un buen rato luchando contra un culebre y seguía de una pieza!

¿Cuántos patrulleros, centinelas o exploradores podían decir lo mismo?

Estaba seguro de que el Consejero Bernus estaría orgulloso de verlo combatir como lo estaba haciendo, y también su padre, su hermano y su…

Se atragantó con su propia saliva y con aquel pensamiento.

Si su madre se enteraba de que se había liado a espadazos con un dragón del Páramo Fungoso, ya veía su cara amoratada gritando:

«¡A la cama sin postre y no se hable más, Fenian Connell!».

Sus labios dibujaron una sonrisilla.

—Entonces —dijo, enjugándose el sudor de la frente y señalando el bestiario abierto de Arión—, ¿de qué estabais hablando antes: del tiempo, de vuestra comida favorita… o al fin tenéis un plan?

La bruja suspiró.

—Tenemos una idea.

—¡Una idea! Eso está genial. Tomaos todo el tiempo del mundo, ¿eh? Por mí, sin prisa. Podría estar luchando contra ese bicho toooda la noche. No cansa nada de nada.

Arión soltó una tosecita y le dio una palmadita a Finn en el pecho, sobre la armadura.

—Deja de hacerte el gracioso y apártate. Miren, ¿estás preparada?

Ella extrajo una flecha del carcaj y adoptó una postura experta.

—Un momento. ¿Vais a…?

— ¡Inbelos glyphia! —dijo Arión al mismo tiempo que trazaba en el aire la runa del hechizo.

Hubo un estallido de luz azul, pero Finn se dio cuenta al instante de que el conjuro había fallado. Conocía las caras de Arión, y la que puso no significaba nada nuevo. Sin embargo, Miren concentró sus llamas verdes en la flecha medio segundo antes de cerrar un ojo, apuntar y disparar.

—¡No, espera! —exclamó el mago, pero para entonces ya era tarde.

La flecha atravesó la runa mágica de Arión, pero esta parpadeó en el aire, como si no hubiera sido trazada correctamente.

La magia azul se deshizo en forma de humo pestilente y el proyectil de Miren impactó contra el cuello de la bestia.

La madera se quebró al instante. El culebre sacudió la cabeza, soltó un alarido y devolvió su atención a los chicos enseñando aún más los dientes.

—Algo me dice que no le ha gustado vuestra idea —musitó Finn—. ¡Corred!

El dragón arremetió contra ellos con fiereza. Las hojas y las ramas rotas volaban por todas partes. Miren y Arión rodaron para ponerse a salvo. Finn saltó entre ellos y el dragón. Al aterrizar, lanzó una serie de estocadas encadenadas para detener los coletazos de la criatura.

Cuando la polvareda se disipó, sus ojos amarillos dieron con él.

Finn esquivó un mordisco de refilón, asumiendo parte del impacto con el brazo con el que sujetaba el escudo en una mala postura.

Los tablones tachonados de este se partieron y cayeron hechos trizas.

Un latigazo de dolor le recorrió la mano y el antebrazo izquierdos.

Finn rechinó los dientes y bloqueó otra dentellada con la espada.

Al levantar la vista, sus ojos entraron en contacto con los de la bestia.

Sin escudo, supo que el siguiente ataque sería letal.

— ¡Inbelos glyphia!

Finn tuvo el tiempo justo de girarse para verlo.

Una aurora azul envolvió a Arión antes de que la flecha de Miren atravesara la runa y se impregnara de ella.

Hubo una vibración en el aire, una extraña conexión.

Las llamas verdes de la magia elemental y el halo azul de la ancestral dejaron una estela de color turquesa en el aire tras el vuelo del proyectil.

La flecha penetró en el cuerpo del culebre, cerca de la cola, solo lo bastante profundo para que la punta de hierro tocara la carne. Fue suficiente. La bestia rugió y se enrolló en sí misma, herida, para al cabo de un momento quedarse quieta. En calma.

De pronto, se hizo el silencio.

Finn contrajo el brazo dolorido contra el pecho y mantuvo la espada en alto con la otra mano, esperando el siguiente ataque.

Al otro lado de troncos, ramas y rocas, Miren y Arión estaban expectantes.

Ella aún con una mano en el arco y la otra, la que había soltado la flecha, levantada en el aire.

Él tapándose media cara con el libro de hechizos abierto.

¿Había funcionado?

Antes de que se atreviera a hablar, el culebre miró a Miren.

Finn dio medio paso hacia ella, para interponerse si hacía falta, pero el dragón tenía las fauces solo ligeramente entreabiertas, y de entre sus labios brotaba un suspiro ronco, calmado.

Sus movimientos eran suaves. Hasta el débil brillo de la hoguera, casi apagada, resplandecía distinto en el entramado de sus escamas.

Aunque no entendió nada, Finn sintió que el dragón profería una especie de… ¿melodía?

—No importa. Ahora estás a salvo. No pretendíamos asustarte —dijo Miren dirigiéndose al culebre. De pronto, frunció el ceño—. ¿Estás seguro…? ¿Qué deberíamos hacer?

—¿Está… hablando… con el dragón? —tartamudeó Arión con la boca abierta.

Finn se encogió de hombros.

De las fauces de la criatura brotaba un siseo constante y delicado.

Miren asintió e hizo una leve reverencia.

—Así lo haremos. Gracias. Y suerte.

El culebre inclinó la faz hacia abajo para dirigirles a los tres una última mirada antes de deslizarse entre los árboles y desaparecer.

—¿Ya está? —protestó Arión—. ¿Ahora tienes el don de hablar con las bestias?

—Es cosa de la magia elemental, idiota, no mía. Y no se trataba de una bestia cualquiera. Los dragones pueden hablar también con personas sin dones mágicos, no es mi culpa que haya decidido confiar en la bruja en lugar de hacerlo en vosotros. Estábamos en lo cierto: huía de la enredadera.

—¿Y qué más te ha dicho? —inquirió Finn.

Miren tragó saliva y tardó un instante en contestar.

—Que la maldición también se dirige a la cordillera. Y que debemos darnos prisa.

—Ha sido alucinante, chicos, ¡una completa y absoluta pasada! —exclamó Finn.

Habían restaurado la hoguera y recogido el campamento, pero a su alrededor la noche había avanzado y los estragos de la pelea eran evidentes por todas partes.

De hecho, pronto amanecería, pero habían tomado la decisión de dormir durante la mañana.

Miren hizo aparecer de los árboles una cortina de hiedras que los protegería de la luz y de nuevos encuentros inesperados.

Arión hirvió agua con tomillo y romero para relajarse y lavarse un poco.

También, y a regañadientes, obligaron a Finn a quitarse la armadura para limpiarle las heridas. Eran arañazos y cortes poco profundos, pero entre las flores secas de Miren y los ungüentos del botiquín del mago, dejaron a Finn como nuevo en un pispás.

—La contusión del brazo es otro cantar —dijo Arión mordiéndose el labio—.

Deberías estar varios días sin hacer esfuerzos y tomando miel de hierbaluna.

Te irá bien para el dolor. Si nos topáramos de camino con algún templo de la Archivista, podría pedirle al encargado que te curara el codo, pero yo no me atrevo con hechizos sanadores, Finn, es magia ancestral avanzada.

—Lo dejamos como está, entonces —contestó Finn—. Pero en serio, ¿qué fue lo que hicisteis? ¿Cómo calmasteis al culebre?

—En realidad, Miren me dio la idea —confesó Arión tras fingir una tosecita—. Cuando dijo que la magia elemental tampoco servía. Me recordó un pasaje del bestiario en el que el autor decía que los dragones llevan unidos a la magia elemental desde tiempos inmemoriales.

—No acabo de pillarlo —reconoció Finn.

—Solo necesitábamos que el culebre se diera cuenta de que Miren es una bruja —siguió el mago—. Si lográbamos que la percibiera como una aliada en lugar de como una amenaza…

—Quizá dejara de atacarnos —explicó Miren esbozando media sonrisa y con chispas verdes bailoteando entre sus dedos—.

Mi nana siempre decía que los seres mágicos están en íntimo contacto con el Creador.

La magia elemental es… como un idioma que empleamos para comunicarnos con el poder de la tierra, el agua, el aire y el fuego.