El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 9. Dos magias
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9. Dos magias

DOS MAGIAS

En la linde norte del Bosque Perenne

«¿Y ahora qué?», pensó Finn con la vista fija en la enorme criatura.

Tenía la cabeza triangular, con un hocico alargado lleno de pequeños cuernos que, sobre los ojos, eran más grandes y se curvaban hacia atrás.

De la mandíbula abierta le colgaba una lengua bífida roja.

El culebre retorcía su cuerpo de serpiente entre los árboles, y los troncos, aplastados, crujían al partirse.

Finn no podía dejar de mirar las filas de dientes y los ojos amarillos de pupila vertical.

No había visto un dragón más que en banderas y libros.

¿Qué demonios hacía uno en el Bosque Perenne, tan lejos de lagos y mares?

¿No era allí donde esa especie en concreto escondía sus tesoros en enormes cuevas subacuáticas?

Tragó saliva. Empuñó la espada con la mano derecha para poder sujetar el escudo que había cogido de la granja con la izquierda. Era de mala calidad, hecho con madera tachonada, pero no estaba como para despreciar ninguna ayuda.

—¿Arión? —le preguntó a su amigo con urgencia—. No quiero ser grosero, pero ¿puedes darte un poco de prisa?

El mago se había hecho un lío con las mantas que había usado para arroparse y estaba intentando buscar algo en su mochila.

A su alrededor se amontonaban plumas, pergaminos, mapas, maletines de pociones, frascos, saquitos de sales preciosas…

Finn no daba crédito: ¿cómo podía su amigo cargar con tantísimo peso?

De pronto, Arión alzó un libro al cielo.

—¡Al fin! Sabía que había echado el bestiario —dijo hojeándolo a toda prisa—. Veamos, centauros, cerberos, cíclopes… ¡Ya lo tengo: «culebres»!

El dragón respondió a su exclamación soltando un bramido.

Cientos de pájaros echaron a volar en el cielo oscuro.

La bestia sacudió el cuerpo y le propinó un latigazo al suelo con la cola.

Todo tembló, como si la mismísima tierra fuera a abrirse.

Arión cayó de costado entre los cachivaches que había sacado de la mochila.

Finn se mantuvo a duras penas de pie. Miren extendió los brazos para permanecer en equilibrio.

El culebre bajó la cabeza y posó los ojos inyectados en sangre en el mago.

—¡Aquí, bestia! —exclamó Miren a la vez que invocaba una espiral de llamas verdes.

La joven bruja echó a correr hacia la espesura, donde desapareció entre los matorrales. El animal mordió el anzuelo y la siguió. Cuando todo su cuerpo pasó ante él y quedó expuesta la punta de su cola, Finn arremetió contra ella con una estocada limpia.

¡Clanc!

La hoja rebotó sin dejar en las escamas azuladas ni un solo rasguño.

—¡Arión, ayuda! —clamó Finn—. ¡No le he hecho ni cosquillas!

—¿Qué te crees que estoy haciendo? —aulló el mago de rodillas entre bártulos y con el enorme volumen abierto a escasos centímetros de la nariz—.

« Cule bre draconianis …, subespecie de dragón de tamaño medio…

, habita en climas templados y bosques húmedos…

, le gusta estar cerca del agua, ya que acostumbra a dormir cientos de años bajo la superficie… ».

—¡Eso ya lo sabía! ¡Busca puntos débiles o…!

—¡«Comportamiento pacífico salvo que se sienta amenazado…»! —continuó leyendo Arión, en un tono cada vez más alto—. «Rara vez ataca al hombre, pues su dieta es principalmente piscívora…». Anda, mira, eso no lo sabía, está bien saberlo.

—¡Arión!

—¡Ya voy, ya voy! «Carece de extremidades; posee un largo cuerpo de serpiente recubierto de escamas brillantes y duras como el diamante a prueba de armas y hechizos…

Se recomienda huir en caso de encuentro, pues su mordedura y abrazo constrictor pueden ser fatales».

—Arión enderezó la espalda—. ¿Pueden ser fatales?

¿Qué clase de bestiario de pacotilla es este?

¿Tú le has visto los dientes? ¡Para saber que tengo que huir de un dragón no me hace falta un libro!

Un nuevo rugido lo puso en alerta. Entre los troncos divisó un resplandor verdoso. Cuando vio a Miren volver corriendo, respiró tranquilo. La chica salió de entre los árboles con la melena pelirroja llena de ramitas, hojas y telarañas. Su expresión no vaticinaba nada bueno.

Sin embargo, Arión se puso de pie de un salto y sonrió de oreja a oreja al verla.

—¿Lo has despistado?

—¿Qué? —replicó Miren haciendo una mueca—. Claro que no, ni siquiera he conseguido acertarle. Solo quería daros algo de tiempo para trazar un plan. —Al ver que los chicos se miraban en silencio, añadió—: ¿Y bien?

—No hay plan —carraspeó Finn.

—Hay plan —lo corrigió Arión—, pero consiste en no tener ningún plan.

—Es un plan-no-plan.

—¡¿Un plan-no-plan?! —replicó Miren abriéndose de brazos—. ¿Y para qué sirven todos esos libros y cacharros?

—¿Para saber que deberíamos huir? —sugirió Finn.

—¡Pues menudo plan!

No tuvieron tiempo de seguir discutiendo porque el follaje estalló sobre sus cabezas.

La boca abierta del culebre arremetió contra ellos.

Finn se tiró sobre Arión, aplastándolo contra el suelo.

Miren saltó a un lado. La criatura impactó a pocos metros de la mochila del mago.

Sus fauces atraparon un tronco inmenso. Al elevarse y girarse hacia ellos, vieron cómo los afilados dientes se hundían en la madera acompañados de una espuma sanguinolenta.

Las cuencas amarillas de la bestia palpitaban llenas de venas rosadas. Llovían hojas por doquier.

—¡Rápido, levantaos! —exclamó Miren.

—Le pasa algo —dijo Finn sin apartar la vista del culebre, que se retorcía y enrollaba en sí mismo mientras apretaba más y más sus fauces contra el tronco—. Su comportamiento… no me parece normal.

Con un último crujido, el árbol explotó en una nube de astillas. Miren siguió la mirada de Finn, frunció el ceño y titubeó.

—Eso explicaría por qué nos está persiguiendo como si fuéramos peces —asintió Arión.

—Está furioso, encolerizado, como si tuviera tanto miedo de nosotros como nosotros de él… —rumió Finn, pensativo.

—¿Tanto? —apostilló Arión—. ¿Es eso posible?

Miren dio una palmada.

—¡Eso es: algo lo ha asustado! El culebre también está huyendo, como nosotros.

—¿Y no puede huir en otra dirección? —continuó diciendo Arión en voz baja.

—¿Pero huyendo de qué? —preguntó Finn ignorando a su amigo.

Finn tuvo el tiempo justo de levantarse y cubrirse con el escudo para desviar la trayectoria de un fortísimo coletazo.

El culebre movía su cuerpo como una serpiente embrutecida golpeando árboles y rocas.

Era cierto: no solo estaba cabreado, estaba fuera de control.

De no serenarse, acabaría haciéndose daño a sí mismo.

—¿No es evidente? —bufó la bruja—. ¡De la enredadera!

—¡Tiene sentido! —exclamó Arión alzando un dedo en el aire.

Finn se giró hacia su amigo. ¿Cuándo había recuperado el bestiario y se había puesto a leer?

—. Según el libro, los culebres son semiacuáticos, viven cerca del agua, ya sea dulce o salada.

¡Incluidos pantanos! Aquí lo dice: «Se ha documentado la presencia de culebres en cenagales como el Páramo Fungoso».

¡Y mirad esto! «Es fácil saber cuándo un culebre está deshidratado por el color amarillento de sus ojos y la irrigación sanguínea extra alrededor de sus pupilas». ¡Ahí lo tenéis!

Finn sujetó con firmeza la espada y el escudo y miró al culebre.

—Debe de estar huyendo del Páramo Fungoso —dijo—. ¡¿Es posible que la maldición ya haya llegado allí?!

—Esto es lo que les hace a los animales que no consigue atrapar —confirmó Miren—. Los deja confusos y asustados.

—¡Nosotros también estamos confusos y asustados y no vamos por ahí atacando a nadie! —refunfuñó Arión.

Un nuevo rugido abandonó la boca de la bestia. El mago se cubrió la cabeza con las manos mientras Miren sacaba una estaca de la hoguera y la lanzaba contra el dragón.

—Retiro lo dicho —dijo Arión, boquiabierto—. Parece que nosotros hacemos exactamente lo mismo.

—¿Prefieres quedarte de brazos cruzados mientras nos devora? —protestó Miren.

—Debemos hacerle entrar en razón —propuso Finn.

—¿Y cómo se hace eso?

—No lo sé, pero vosotros sois la bruja y el mago, yo me encargaré de distraerlo. Sus escamas son demasiado duras, mi espada no puede atravesarlas. ¡Y tampoco queremos herirlo!

—¿Pero entonces…? —gruñó Arión tirándose de los pelos.

—¡Pensad en algo!

Finn gritó y acometió una embestida contra el dragón.

Desvió una sacudida con un rápido movimiento de muñeca y apoyó el escudo en el cuerpo del animal para dar una voltereta por encima de él.

Luego giró sobre sus talones y rasgó el aire con un tajo descendente, pero el acero volvió a lanzar chispas al chocar contra las impenetrables escamas de la bestia.

El culebre bufó, furioso, y contraatacó saltando hacia delante. Sus dientes se cerraron a escasos centímetros de donde, medio segundo antes, había estado la cabeza de Finn.

—¡Y rápido! —les gritó a sus amigos mientras se levantaba de un salto y detenía una nueva dentellada con el escudo.

Arión terminó de vaciar su mochila en el suelo.

Finn oyó cómo chocaban botes, envases y frascos contra las piedras.

Otro libro cayó abierto entre sus rodillas.

Mientras luchaba, vio de reojo como su amigo se ponía a leer sin aparente prisa.

«¡Será posible…!», pensó. Al distraerse, a punto estuvo de no esquivar otro mordisco.

Miren dio un paso y alzó los brazos. Una lengua de fuego verde saltó de sus manos e impactó en el cuello del culebre, en vano.

—Es inútil, ¡la magia elemental tampoco sirve! —protestó la bruja.

Finn envainó la espada un momento, rodeó la cola del culebre con los brazos y tiró de ella. Tal y como había imaginado, la bestia rugió, molesta, y le fulminó con la mirada, olvidándose por un momento de Miren y Arión.

—¿Pero has visto a tu amigo? —le dijo Miren a Arión—. ¡Está chiflado!

El mago, enfrascado en la lectura, le quitó importancia con un gesto.