8. La gran enredadera #4
—Siguen con vida —confesó Finn casi susurrando.
El estudiante de magia se quedó con la boca abierta.
—Perdona, ¿qué?
—Uno de los cuerpos era el de un muchacho de nuestra edad —le explicó Finn—. Es el de un muchacho —se corrigió—. Descubrí a los demás porque vi su mano, que asomaba entre la enredadera, pero cuando me acerqué noté algo raro: el color de su piel era normal, así que estiré un brazo y… la toqué.
—¡¿Tocaste la enredadera?!
—¡Toqué la mano! Y estaba caliente. —Finn dudó, nervioso—.
¿Cómo es posible? Entonces observé mejor sus rostros.
—Fijó la vista en su amigo. Pese a la fogata, le costaba distinguir sus rasgos, saber si le temblaban los labios—.
La gran enredadera no mata a sus víctimas, sino que las atrapa. ¡Las adormece! Como si… Como si…
—Como si se alimentara de ellas —concluyó Miren—. Como una planta carnívora.
Los chicos se giraron hacia la bruja. Finn no podía imaginar qué le estaría pasando por la cabeza. Si esas personas estaban vivas tras el paso de aquella maldición, su familia, tal vez…
—¿Cómo fue? —le preguntó con esfuerzo—. Quiero decir, ¿reconoces lo que has visto ahí abajo? ¿Fue igual cuando llegó a tu aldea?
—Fue peor, Finn. Aterrador. Imagina esa avalancha de ramas avanzando sin que nadie pudiera detenerla, aplastando casas enteras, atravesando paredes, engullendo con sus brazos espinosos a todo ser vivo.
No os mentí cuando os describí la maldición: esa cosa no discrimina entre personas, animales e incluso árboles vivos, lo envuelve todo con su cuerpo y lo…
Yo pensé que lo mataba. —Los ojos se le humedecieron—.
Vi cómo arrasaba con todo, cómo devoraba a mi familia, antes de que yo…
—Con un movimiento feroz, se limpió las mejillas humedecidas con las muñecas—.
No me detuve para comprobar si seguían vivos o no.
Mi madre me dijo que huyera, que no mirara atrás…
Sentí… Mi magia me dijo que los había perdido.
—Pero entonces, ¿es posible que sigan con vida? —repuso Arión, abrazándose las rodillas—. Allí, en tu aldea. ¿Es posible que sigan atrapados?
Finn vio como Miren agitaba la cabeza. Parecía negarse a tener una pizca de esperanza.
—No lo sé… Supongo que sí, pero mi nana fue clara: la leyenda del Filo del Mundo es lo único que importa. Y estoy segura del significado de mi visión, me la enviara el Creador o ese búho ancestral tuyo —añadió, señalando a Arión—, Ulo-comosellame.
—Uloran —la corrigió el mago con retintín.
—Lo que sea. Lo importante es que completemos la misión. Aunque mis padres sigan donde los vi por última vez, paralizados entre las ramas de esa cosa, eso no cambia nada.
—¡Cómo que no! —repuso Finn—. Lo cambia todo, Miren. ¡Significa que aún podemos salvarlos! Díselo, Arión —añadió agarrando al mago de un tobillo—. Si damos con el antídoto apropiado o con la forma de hacer retroceder a la enredadera…
—¡Tiene sentido! —exclamó Arión rascándose la barbilla—.
Las cartas que encontré en el despacho de Lidéndil decían que los académicos de Ferros lo habían probado todo para detener la maldición.
Estoy convencido de que se referían también a despertar a las personas que acaban en sus garras.
O sus brazos. ¿Sus raíces? —añadió cuando vio que Finn ponía cara rara.
Miren sonrió sin fuerzas. Finn vio una intensidad extraña en sus ojos, un esfuerzo inmenso por mantenerse entera. La bruja se caldeó las palmas de las manos con la hoguera.
—Prefiero no albergar esperanza. No sabemos si ese estado es… reversible, ni si la enredadera mantiene así a sus víctimas un tiempo, nada más, antes de apagarlas del todo. Quizá se alimente de su energía vital hasta que esta se agota… Y de poco me serviría saberlo si antes no la detenemos.
—Pero… —refunfuñó Finn.
Arión le dio un codazo y Finn se mordió la lengua.
Miren se acostó y se dio la vuelta, dándoles la espalda.
Él habría querido seguir hablando, intentando comprender en qué pensaba la bruja, buscando teorías, alimentando la esperanza de recuperar a su familia…
Pero entendía que no podía ponerse en su lugar.
Sobre todo si ella no quería compartir su carga.
Arión les dio las buenas noches y también se arrebujó en su nido de mantas. Finn aguantó despierto un poco más, la vista clavada en las llamas danzantes, el pensamiento perdido en la espeluznante visión de la gran enredadera, la mejilla apoyada en su espada…
Estaba a punto de dormirse sentado cuando se oyó un estruendo. Fue como si el bosque entero retumbara. Arión gritó y se revolvió entre sus mantas, Miren saltó como un gato y Finn desenvainó la espada y miró a su alrededor, en busca del peligro.
—No puede ser… —musitó entre dientes.
—¿Es la enredadera? —chilló Arión—. ¿Viene a por nosotros?
Las copas de los árboles se agitaban violentas y dejaban caer hojas y ramas. De pronto, algo emitió un rugido ensordecedor. Finn buscó a Miren con la mirada, esperando que pudiera decirles a qué se enfrentaban, pero la bruja frunció el ceño e invocó en su mano derecha una llama verde.
—Eso no es… —empezó a decir.
No llegó a acabar la frase.
La arboleda crujió a pocos metros de distancia abriéndose en pedazos. De entre los troncos reventados surgió una serpiente gigante de escamas azuladas que titilaban al tenue brillo del campamento.
—¡¿En serio?! —bramó Arión a los pies de Finn, que buscaba desesperado la cabeza o la cola del animal, enrollado entre los árboles que los rodeaban— ¿Un culebre justo ahora?
—añadió el mago con los ojos desorbitados—.
¿No tenemos bastante con una enredadera asesina que ahora nos tiene que atacar un dragón?
La criatura alzó el cuello cinco o seis metros por encima de sus cabezas y los miró desde las alturas con las fauces abiertas.
—¡¿Es que este día no va a acabar nunca?!