8. La gran enredadera #3
—Veamos. ¿Habéis oído hablar de los avatares de los Dioses?
No os molestéis en contestar, vuestro nivel de conocimiento mágico es francamente preocupante.
—Arión se cruzó de brazos y se plantó delante de sus amigos dispuesto a dar una clase.
Miren y Finn cruzaron una mirada de indignación—.
Los avatares son monstruos legendarios que sirven a los Dioses como intermediarios para enviarnos mensajes.
Se los ha visto tan pocas veces que suenan casi a leyendas.
Es extraordinario que los avatares intervengan en conflictos, desastres naturales o cataclismos, pero no es imposible.
¿Qué mejor ocasión para hacerlo que cuando una enredadera maligna amenaza con borrar a Luxos del mapa?
—Para el carro —le pidió Finn—. ¿Y por qué ha tenido que ser la Archivista quien le ha enviado la visión a Miren? ¿No tendría más sentido que fuera su propio Dios?
—¡Porque el avatar de la Diosa de la Memoria es Uloran, un búho ancestral del tamaño de una casa con plumaje que cambia con las fases de la luna! Su mirada puede ver los hilos del destino y sus palabras solo se escuchan en los sueños… ¿A que suena genial?
A Arión le brillaban los ojos, pero Miren solo podía imaginarse a un búho aplastando el horno de la familia de Finn con su peso.
—¿Lo pillas ahora? —insistió Arión—. ¡La pluma blanca es una señal! ¡La Archivista quiere que encuentre su biblioteca perdida en la Cordillera de las Bestias! ¡Estoy seguro!
—Yo no me fiaría tanto de una simple pluma, Arión —dijo Finn, de brazos cruzados.
Pero ya era tarde. Arión, con las manos a la espalda, había empezado con sus conjeturas:
—Mmm… ¿Será por eso por lo que se me da tan mal la magia ancestral? Quizá es porque estoy destinado a algo más importante, quién sabe, a dar con nuevos hechizos en su biblioteca o a detener la maldición con un poderoso contraembrujo…
Miren estaba aturdida. Miraba con cierta distancia a Arión, visiblemente emocionado, mientras que Finn ponía cara de no entender nada.
Ella solo sabía una cosa: la Archivista no le había enviado esa visión.
Era imposible. La pluma blanca de su sueño debía significar otra cosa.
Pero no podía compartirlo con los chicos.
Con nadie. No sin arriesgarse a poner en peligro lo que…
De repente, una ráfaga de viento atravesó la escasa arboleda y le puso el vello de la nuca de punta.
Miren alzó la vista. Ya era más del mediodía.
La brisa le zarandeó la melena rojiza atada en una cola alta.
La linde del bosque estaba a pocos pasos: pinos y encinas dejaban de dominar el paisaje, que se abría en todas direcciones como una manta verde y despejada.
Colinas sinuosas, prados dorados y campos de tierra negra en barbecho dominaban la vista.
—¡Lo que os decía! —exclamó Arión dando una palmada—. El bosque llega hasta aquí.
—¿Habéis sentido eso? —preguntó Finn, mirando al oeste.
Miren y Arión cruzaron una mirada.
—¿A qué te refieres?
A Miren, su intuición de bruja le decía que el aprendiz sabía más de lo que parecía.
—¿Al viento? —intuyó el mago—. Sí, es algo molesto, pero…
—No —murmuró Finn, frunciendo el ceño, mientras desenvainaba la espada, abandonaba la arboleda y empezaba a subir la ladera de una colina—. Es otra cosa. Me ha parecido…
Otro soplo de viento desapacible peinó la hierba.
Finn desapareció al llegar a la cima. Sus amigos compartieron una mirada confundida y se lanzaron tras él a toda prisa.
Al otro lado de la colina hallaron campos de un cereal amarillento, una granja y un granero.
Finn estaba allí. Fue entonces cuando Miren lo vio.
Un muro.
Una telaraña negra de ramas y raíces gigantescas entrelazadas, llenas de espinas afiladas como puñales.
Miren sintió un aguijonazo de terror y de furia.
—Finn, espera —advirtió en voz baja.
Primero, se quedó quieta, temerosa de que aquella cosa pudiera verlos.
Y de que fuera a por ellos. Luego, se dio cuenta de que el muro había atravesado la casa y destruido paredes, tejado y cimientos, pero no se movía.
Sus ramas y troncos eran como una criatura colosal hecha de mil serpientes de madera salidas de la tierra.
Parecía que hubiera pasado por allí tiempo atrás en dirección a otro sitio.
Cuándo o adónde eran algunos de los interrogantes que martilleaban su mente junto con los frenéticos latidos de su corazón.
De habérselo propuesto, habría liberado un ciclón de llamas verdes para quemar hasta el último palmo de ese demonio hecho de raíces y troncos envenenados, pero Miren sabía que no podía arder. Ya lo había intentado.
Llevaba varios segundos sin respirar cuando Arión apareció tras ella y soltó un grito. Finn se giró hacia ellos y confirmó en los ojos de la bruja lo que creía que era.
—La gran enredadera —susurró.
Finn aún percibía en su pecho la fría quemazón que había sentido hacía apenas un minuto. No lo entendía, pero era como si una voz le hubiera dicho que el muro de ramas y espinas estaba al otro lado de la colina. Esperándolos.
Esperándolo a él.
Prefería no pensar mucho en lo perturbador que aquello le parecía.
—Deberíamos acercarnos —sugirió Finn, espada en ristre.
—¡¿Qué?! ¿Te has vuelto loco? —exclamó Arión—. Yo no me acerco ni muerto.
—Podría sernos útil —insistió.
—¡O podría matarnos! Díselo tú, Miren.
La bruja tardó en reaccionar, pero cuando abrió la boca la respuesta sorprendió al mago:
—Finn tiene razón: podría sernos útil.
—Estáis fatal…
—Piénsalo, Arión —dijo Finn—. Puede haber supervivientes en la granja. Miren y yo echaremos un vistazo y tú, mientras, podrías recoger muestras o ver de cerca de qué está hecha la enredadera. Podría darnos pistas.
—Me parece una misión suicida. Y sin nosotros yendo a la Cordillera de las Bestias en busca del poder que acabe con esa cosa, vosotros me diréis quién va a hacerlo.
—La enredadera está dormida —sentenció Miren. Al fin y al cabo, era la única que la había visto antes, y en acción. Finn confiaba en su criterio—. No debería pasarnos nada.
¿Y si se despertaba?
Finn iba el primero, con la espada en alto.
Cruzada la linde norte del Bosque Perenne, habían llegado a tierras pertenecientes a Aestia, donde ganaderos y agricultores desafiaban el clima helado de las montañas.
De no haber seguido esa especie de «llamada», Finn, Miren y Arión habrían virado al este y visto las primeras cumbres nevadas en cuestión de minutos.
Habían estado a punto de pasar aquello por alto.
Aquel era el motivo por el que estaban allí.
La sombra que dibujaba el muro de zarzas sobre el prado era fría, húmeda, siniestra. Un silencio perturbador dominaba la escena. No se oían pájaros ni insectos. Era como si la maldición hubiera paralizado aquella parcela, entumeciéndola. Como si la vida se hubiera detenido.
Las raíces habían perforado el flanco izquierdo de la granja y girado hacia arriba, reventando el techo.
Las vigas de madera estaban quebradas y expuestas a la intemperie como meras ramitas.
Las ventanas colgaban de sus goznes. Había escombros por todas partes.
A pocos metros, la visión de la enredadera era espeluznante.
En efecto, sus brazos lucían secos, como si hubieran pasado por allí hacía varios días, puede que incluso semanas.
—No la toques —le pidió Miren—. Si despierta…
—¿Es rápida? —le preguntó a la bruja, que asintió despacio.
Arión mantuvo las distancias, pero Finn entró en la casa semiderruida.
—¡¿Hay alguien ahí?! —gritó.
—¡Chsss! —le recriminó su amigo desde fuera.
No hubo respuesta.
El eco de su voz se perdió entre las paredes despedazadas y los muebles cubiertos de tierra.
Finn se estremeció al descubrir platos, vasos y cubiertos en la mesa de la cocina.
La maldición había pillado a los habitantes de aquella granja de sopetón.
¿Habrían escapado? Finn distinguió un viejo escudo tirado en un rincón y se adelantó para cogerlo con la mano libre.
La madera crujió bajo los pies de Miren.
Intercambiaron una mirada tensa. El silencio era insoportable.
Si la enredadera reaccionaba a su presencia, no podrían hacer nada para combatirla ni para huir, pero tampoco podían desaprovechar esa oportunidad. ¿Y si en aquel estado latente era vulnerable?
Finn se acercó a las ramas que habían entrado por un lateral y atravesado la casa. Le había parecido ver algo entre sus nudos.
«No puede ser…», pensó mientras sentía que las fuerzas le fallaban.
Dejó caer los brazos. Envainó la espada. Dio otro paso hacia la enredadera.
—¿Finn? —le preguntó Miren, asustada.
Él la miró y señaló con un dedo un recoveco entre las ramas.
—Mira ahí.
La bruja le hizo caso y se asomó a una estrecha grieta en la que, de pronto, vio algo.
La mano de un joven.
Miren ahogó un grito y reconoció lo que había hallado Finn.
—Están todos ahí —dijo este, pálido, con un hilo de voz—. Están todos atrapados dentro.
—Recapitulemos un momento, ¿vale?
Habían acampado poco después de ponerse en marcha.
Desanduvieron sus pasos, alejándose de la enredadera, en cuanto tuvieron oportunidad.
La luz del sol ya caía de canto cuando volvieron al bosque para protegerse del viento y pasar la noche guarecidos por los árboles.
Miren había insistido en seguir, iluminados por sus llamas, pero finalmente había desistido porque sabía que viajar a oscuras era peligroso.
Tras encender la fogata y comer algo, hablaron sobre lo que habían visto.
Sobre lo que Finn había encontrado entre las ramas.
—¿Estáis diciendo que en la enredadera estaban… —titubeó Arión—, en fin, los cadáveres de los dueños de la granja?
Finn levantó la vista del fuego. Su amigo tiritaba bajo la capa. Finn lo conocía lo suficiente para saber que estaba muerto de miedo.
Miren lanzó un pequeño guijarro al fuego, que chisporroteó.
—Estaba la familia entera, sí, pero no… No estaban…
—¿No estaban cómo? —insistió Arión.