El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 8. La gran enredadera #2
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8. La gran enredadera #2

—Mi bisabuelo luchó al final de la Era Oscura, y al parecer fue todo un héroe en la batalla del Alba.

Precisamente por ese combate bautizaron así al bosque que hay cerca de Marmor, donde Arión recogía setas con su familia.

Según cuenta mi tía, mi bisabuelo combatió con honor y fue condecorado por la Corona.

Por el mismísimo Fenrick I, el refundador de Luxos.

Gracias a eso obtuvimos tierras de cultivo alrededor de la granja y también la espada.

Mi padre asegura que fue forjada por el mismísimo herrero real y que su hoja es de acero de opalázuli, pero yo no estoy tan seguro.

—¿Acero de opalázuli? —replicó ella.

Arión soltó una ocurrente tosecita de académico a punto de dar una lección.

—Permíteme que intervenga, Finn, pues en esta materia soy experto.

El opalázuli es un mineral valiosísimo y con infinitas aplicaciones.

Se encuentra en muy pocas minas de Luxos y, de hecho, apenas quedan vetas activas.

Mi familia cuenta con una excavación al norte, cerca del paso a las montañas.

Aunque principalmente se extrae para el comercio exterior y la elaboración de joyas y orfebrería, en el pasado se añadía en pequeñas dosis a aleaciones de metales preciosos para la forja de armas mágicas.

—¡Vaya! —exclamó Miren, fascinada—. ¡Así que tu familia tiene un emporio minero!

—Emporio que quieren que en el futuro dirija un prestigioso mago… —añadió Finn—. Tendrán que conformarse con Arión.

—Ya, bueno —gruñó él cabizbajo, ignorando la broma—.

Tampoco estaría de más que me preguntaran a mí qué quiero hacer en el futuro…

Pero volviendo a lo de antes —se apresuró a decir—, no tenía ni idea de que tu espada fuera de acero de opalázuli.

¿La habéis llevado a un armero o un académico para que lo confirme? Podría valer una fortuna.

Ante la expectante mirada de Miren y Arión, Finn se encogió de hombros.

—Para mi padre y mi tía tiene un gran valor sentimental. Es lo que les queda de su abuelo. Les recuerda que fue un héroe en otro tiempo, yo creo, y que apostó su vida porque reinara la paz aun cuando no era un guerrero ni un soldado.

—¿Pero no quieren saber si es cierto que es de opalázuli?

—¿Qué conseguirían averiguándolo? —replicó Finn, dubitativo—.

Es decir, no se desharían de ella ni aunque valiera mil piezas de oro, y si un artesano armero les dijera que es una espada común, eso querría decir que mi bisabuelo les habría mentido.

Si yo estuviera en su lugar, no sé si querría averiguarlo.

Arión se atusó el pelo alborotado como animándose a pensar.

—No sé. Si yo tuviera una espada mágica, me gustaría saberlo. Cuando volvamos, buscaré algún libro sobre aleaciones mágicas. Tal vez encuentre algo sobre el acero de opalázuli, una lista de ungüentos o extractos con los que armonice, hechizos que lo hagan reaccionar, ya sabes.

—Como quieras, pero… —Finn se encogió de hombros—.

Mi espada ya es lo bastante valiosa sin componentes mágicos.

Mis padres ahorraron durante mucho tiempo para que al menos uno de sus hijos entrara en el Fortín y pudiera tener una vida mejor.

Por eso siento que la espada, de alguna forma, estaba destinada a mí.

—Miren lo miró atentamente mientras Finn esbozaba media sonrisa y se rascaba la nuca—.

Es raro, porque mi hermano Doras o mi prima Laia son mayores que yo y podrían reclamarla.

Pero sé que no lo harán y que, cuando me den un yelmo y un puesto definitivo en la Milicia, la espada me pertenecerá por derecho.

Así yo también podré velar por nuestra familia y por la paz en Luxos.

Ninguno de los tres dijo nada durante unos segundos. Luego, Arión soltó un silbido.

—¡Vaaaya! Menudo discurso. Te lo tenías preparadito desde que dejamos Argéntea, ¿a que sí? Miren, ¿tú también estabas confabulada para lanzarle esa pregunta de manera casualmente inocente? Confesad.

Finn se sonrojó muchísimo.

Siguieron adelante entre risas. Al cabo de un rato, Miren se percató de que Finn avanzaba súbitamente cabizbajo, pensativo.

Quizá la mención a su familia le había hecho pensar en sus padres y su hogar, en la capital, la muralla…

De ser cierto lo que había dicho el predicador de la villa días atrás, las puertas de Argéntea estarían ya cerradas.

Miren entendía el miedo en los ojos de Finn.

Y eso que él no había visto lo que ella.

El aprendiz de soldado aún no alcanzaba a comprender a lo que se enfrentaban.

—Y tú, Miren… —dijo de pronto Arión mientras seguían avanzando entre árboles cada vez más separados entre sí—, ¿qué nos puedes contar de tu aldea? Quiero decir… Si te apetece. Interés académico a un lado, lo prometo. Es que no sabemos nada de cómo vivís las brujas. ¿Echas de menos tu hogar?

Miren tragó saliva.

—Mucho.

—¿Cómo era la vida en vuestra aldea?

—Sencilla. No teníamos grandes lujos, pero éramos felices.

Mi nana estableció en el valle la comunidad de brujas y brujos hace muchos años y desde entonces muchas otras familias fueron asentándose desde otras regiones del Reino.

Unos se encargaban del huerto, otros de la construcción de nuevas casas, también teníamos cazadores y vigilantes de las lindes…

Cada cierto tiempo algunas de nosotras íbamos a un pueblo cercano para intercambiar productos y hacernos con hierbas y suministros que no podíamos conseguir por nuestros propios medios, pero en general necesitábamos poco más que lo que nos daban la tierra y el Creador.

—Un momento, ¿brujos? —replicó Finn.

—Claro, mendrugo, ¿no lo sabías? —le chinchó Arión—. Son poco comunes, pero la magia de las brujas también puede aflorar en los chicos.

—No tenía ni idea —admitió él, sonrojado.

—Es normal. Si no nos dejan convivir a brujas, personas corrientes y magos, ¿cómo vamos a conocernos?

La magia elemental es salvaje, es cierto, pero no más peligrosa que una espada o un hechizo en las manos equivocadas.

Todo depende de quién la use y para qué.

Pero a nosotras nos exiliaron y al resto, no —explicó Miren—.

El culto a la Diosa de la Memoria os convenía, mientras que el del Dios de la Naturaleza os parecía un estorbo.

Eso me contó mi nana. Por eso mis antepasados se marcharon de las ciudades y acabaron fundando aldeas como la mía.

—Qué curioso —apostilló Arión, acariciándose la barbilla— que justo una visión enviada por tu Dios exiliado sea lo que nos haya llevado hasta aquí. Quizá gracias a él acabemos con la enredadera que amenaza al Reino. ¿Lo habías pensado?

Miren se quedó callada, con los ojos muy abiertos. Tanto Finn como ella le aguantaron la mirada a Arión un momento.

—¿He dicho algo tonto? —dijo el estudiante de magia.

—Al revés —lo corrigió Miren, que intentaba que no se le notara el ligero temblor que, de pronto, le recorría las manos.

—¡Es brillante! —aplaudió Finn, abrazando a su amigo—.

Se me había olvidado lo del sueño de Miren.

¿Recuerdas algo más? —Se dirigió a la bruja—.

Quizá en esa visión haya alguna pista sobre quién está detrás de todo esto.

Los Dioses hacen esas cosas, ¿no? Comunicarse con brujas y magos.

¿Podrías describírnoslo punto por punto?

—Bueno… Yo… —parpadeó, cogida por sorpresa.

—Normal que dudes, me he agobiado hasta yo —bufó Arión—. Intenta dejar la mente en blanco. Sé que con un aprendiz de soldado dando brincos a tu alrededor no es nada fácil, pero ya es tarde para darle esquinazo …

—¡Eh! —gruñó Finn.

Miren intentó sonreír. Se concentró. No era difícil volver al sueño: lo revivía cada noche.

La visión era clara, pero, al mismo tiempo, nebulosa como un paisaje tras la bruma.

Cerró los ojos y frunció el ceño, tratando de pensar.

Las enredaderas crecían como serpientes a su alrededor, derribaban muros, atrapaban a personas y animales, tejían un tapiz oscuro cada vez más asfixiante…

hasta que formaban un túnel. Y, al fondo, una luz: la ventana del dormitorio de Arión, en la Academia de Argéntea.

Lo veía con claridad: las cornisas de piedra, la hiedra que subía hasta el primer piso…

Los tallos verdes tenían presa una pluma blanca.

Luego la ventana se abría y ella penetraba en la oscuridad y entonces veía a lo lejos la Cordillera de las Bestias…

Y el frío polar la despertaba de pronto.

Se llevó una mano al pecho. Se le había acelerado el pulso al recordar.

—Qué. Es. Lo. Que. Has. Dicho. —Arión enfatizó cada sílaba.

Se había parado y miraba a Miren con los ojos como platos.

—¿Quieres que te cuente el sueño desde el principio o…?

—¿Había una pluma blanca en la hiedra de mi ventana?

A Miren le pareció ridículo que el joven mago se quedara con ese detalle.

—¿Qué tiene de especial? —preguntó Finn.

—Cuando nos contaste la visión no dijiste nada de una pluma blanca —insistió Arión.

—La pasaría por alto, supongo —respondió Miren—. Me parecería algo insignifi…

—«¡En una visión mágica no hay nada insignificante, jovencita!

». —Cuando Arión se dio cuenta de que había imitado a la maestra Zaferina, tanto en su gesto como en su voz, se aclaró la garganta y miró al suelo—.

Perdón, pero ahora entiendo algunas cosas.

No fue tu Dios quien te envió esa visión, ¡fue mi Diosa!

—¡¿Cómo?! —preguntó Finn, totalmente perdido.

—¡¿Qué?! —añadió Miren con fastidio.