8. La gran enredadera
LA GRAN ENREDADERA
En lo más profundo del Bosque Perenne
S u propia risa: ¿cuándo la había escuchado Miren por última vez? Hacía una luna, al menos, desde que la maldición arrasó su aldea y devoró a sus vecinos y amigos, a su querida nana, a su padre y, finalmente, en la orilla del río cuando ella escapaba, también a su madre.
Cuando soltó una carcajada tras el incidente de la estatuilla, después de que Arión se les acercara y les riñera (con los brazos en jarra y esa voz tan graciosa que tenía de anciano y de niño a la vez), Miren se sorprendió hasta a sí misma.
Había pasado semanas aterrada, con una sola idea obsesionándola día y noche.
Pero debía llevar cuidado. Reírse significa relajarse y relajarse significaba correr el riesgo de cometer errores.
Y eso Miren no podía permitírselo.
Sin embargo, era evidente que a cada día que pasaba los tres se sentían más cómodos, más confiados, más seguros.
Mientras Miren encendía la fogata con un abanico de chispas verdes, Arión canturreaba algo parecido a una tonada de taberna y Finn cuidaba el filo de su espada como cada noche, con el mimo y la profesionalidad de un herrero.
—¡Por fin una cena como la Archivista manda! —exclamó Arión analizando ante los últimos rayos de luz, como si fueran diamantes, las setas que habían ido cogiendo por el camino—. Qué harto estaba de los guisos de castañas y la cecina reseca de Finn…
—¡Eh, que te he oído! —dijo este, levantando la vista—. Si por ti fuera habríamos recogido bayas venenosas al segundo día de viaje. Menudo mago estás hecho.
—Yo no tengo la culpa de que la guía botánica tenga dibujos tan confusos… Y solo digo que, si dedicaras a la caza el mismo empeño que al cuidado de la espada, cenaríamos como reyes todas las noches.
—¿Cómo dices? —protestó Finn, pero Arión se hizo el loco y cada uno siguió a lo suyo.
Al principio del viaje, Miren creyó que acabaría odiando las continuas riñas de los chicos, pero se había equivocado.
Las largas mañanas y las lentas tardes de camino a través del Bosque Perenne, en busca de sendas abandonadas y caminos de cazadores, les habían dado la oportunidad de conocerse un poco más.
Ella, aun así, había intentado contarles lo mínimo de sí misma.
Primero por precaución y, luego, por un extraño pudor.
Aunque era agradable estar con Finn y Arión, que la trataban como a una amiga más aunque no lo fuera, ella se seguía sintiendo una extraña.
No solo por ellos. También por el bosque, por el cielo.
Estaba lejos de casa.
—¿Necesitas ayuda para tensar el arco? —le preguntó Finn.
Ya había terminado de afilar su espada con un paño de cuero. Miren no era experta en armas contundentes, pero algo sabía de cómo cuidarlas. Y era evidente que Finn también.
—No, tranquilo, ya lo he hecho yo misma —le dijo con media sonrisa—. ¿En el Fortín también te enseñaron a tratar el metal?
Por cómo se le iluminaron los ojos, a Finn le había gustado que le hiciera esa pregunta.
—En realidad, sí, pero un día Roland vio cómo lo hacía y me dio un par de trucos. Se trata de encontrar el punto medio y no afilar ni demasiado plano ni excesivamente inclinado, de lo contrario la hoja se vuelve frágil. ¿Tú solías cazar en tu aldea? —le preguntó señalando el arco.
Miren negó despacio.
—Nunca me gustó. Mi padre sí salía a cazar a menudo. Supongo que de tanto verlo mimar su arco, algo se me quedó…
Como ninguno de los dos supo cómo seguir la charla, callaron; él le echó unas gotas de aceite a la hoja y la dejó apoyada en un tronco para que se secara todo rastro de humedad, y ella apretó contra su regazo el zurrón, donde guardaba el saquito con las cenizas de la fogata de su decimoquinto cumpleaños.
Era cuanto le quedaba de su hogar.
Esa tarde habían pasado por una cabaña abandonada donde habían encontrado un arco en aceptable estado y un carcaj con unas pocas flechas.
Ahora, ella también podría cazar. Hasta ese momento solo Finn había tenido éxito atrapando una perdiz con una de sus trampas, y de eso habían pasado ya varios días.
Desde entonces se habían alimentado a base de castañas, avellanas, cecina, higos y pan duro.
Debían ser capaces de obtener todo lo que necesitasen de la naturaleza.
Pero no siempre tenían suerte y, cuando levantaban el campamento y encendían el fuego tras largas caminatas, los tres oían el concierto de rugidos de sus tripas y se echaban a reír, avergonzados.
—¿Cómo va esa tortilla? —preguntó Finn con retintín.
—Estupendamente, gracias —replicó Arión imitándolo.
Estaba atardeciendo. El verano había sido seco y, ahora, el inminente cambio de estación se hacía notar con lluvias que no duraban mucho, casi siempre al caer la tarde.
Eso hacía que los afluentes del Galerna regaran, crecidos, lo más profundo del bosque y levantaran al crepúsculo bancos de niebla.
A menudo debían desviarse de la ruta, vadear arroyos o trepar colinas cubiertas de helechos.
La temperatura era suave, ni tórrida al mediodía ni fresca de madrugada.
De hecho, encendían el fuego del campamento más por caldear el espíritu que el cuerpo.
No obstante, Miren sabía que conforme avanzaran hacia el norte la temperatura empezaría a caer y haría las noches a la intemperie menos amables.
—Hacía años que no veía estas setas —dijo Arión mientras las cortaba con su navaja en trozos geométricamente iguales—.
De pequeño, iba con mis padres de excursión al Bosque Alba, cerca de Marmor, y cogíamos millones.
Luego me matricularon en la Academia y se acabó lo que se daba.
Mi madre las preparaba a la parrilla con una vinagreta que estaba de rechupete…
—¿Así es cómo vas a hacerlas tú? —le preguntó Miren.
—Ojalá. No tengo los ingredientes adecuados. Pero rehogadas con ajo y sal y revueltas con huevos quedarán aceptables.
Arión rebosaba alegría desde que esa mañana Miren había encontrado el primer puñado de setas a los pies de un olmo centenario. Luego el mago no había dejado de buscar en cada tronco. En cuestión de minutos habían reunido una buena cantidad.
El brillo naranja de la fogata resplandecía en sus rostros. Finn guardó la espada y se sentó junto a su amigo.
—Deja de mirarlas así —se burló Finn—. Vas a llenar la cazuela de babas.
—¡Puaj! —soltó Miren con una mueca.
—«No hay ingrediente inapropiado, solo medida desacertada», eso es lo que dice siempre la maestra Zaferina.
—Estoy seguro de que tu maestra no se refiere a tus babas.
Miren rio de nuevo, dándole la razón a Finn.
Esa noche durmieron con el estómago lleno y una sonrisa en el rostro, sobre todo Arión. De madrugada, un viento frío zarandeó los pinos y estuvo a punto de apagar la fogata, pero de los dedos de Miren, aún dormida, saltaron unas chispas que la mantuvieron viva.
Miren tardó en despabilarse. Esa noche había vuelto a soñar con la visión del Creador.
La ventana del cuarto de Arión, un mago y una bruja yendo a las montañas, la morada secreta del poder legendario…
y una pared de enredaderas espinosas brotando de la tierra y arrasándolo todo a su paso.
Era el mismo sueño una y otra vez. La verdad es que el Creador no se andaba con metáforas: aquello era una clara misión.
Pero si ya estaban en marcha, ¿por qué insistía el Dios de la Naturaleza en contactar con ella?
—Es una suerte que aún no nos hayamos cruzado con bandidos ni manadas de lobos, pero a partir de aquí el riesgo se multiplica —dijo Finn, con el pecho inflado y el semblante duro.
A Miren le hacía algo de gracia lo en serio que se tomaba eso de ser aprendiz de soldado.
Siempre rastreando huellas, buscando peligros, con los sentidos alerta.
La primera vez que lo había visto lo había llamado «soldado cabeza hueca», y aún lo pensaba en parte, pero no del todo.
Lo que había hecho por ella en aquella villa…
Bueno, pocos aprendices se la habrían jugado por una bruja.
Pocos habitantes de Luxos, en general. Pero él le había dicho que era injusto que las brujas hubieran tenido que exiliarse, y a Miren le había parecido sincero. ¿Y si les contaba…?
No. Lo había perdido todo por llegar hasta allí, así que ahora no podía flaquear.
Al final de esa jornada llegaron a una zona del bosque menos densa, con claros sin árboles donde el sol tocaba el suelo.
Era agradable volver a sentir la caricia de sus rayos en la piel.
El instinto de bruja de Miren le decía que en cualquier momento avistarían ya los primeros picos de la Cordillera de las Bestias.
Si bien al evitar caminos y carreteras habían tardado más días de lo previsto en cruzar el bosque, ahora estaban muy cerca.
—Pronto llegaremos a la linde norte del Bosque Perenne —dijo Arión después de consultar uno de sus mapas en un descanso—. A partir de ahí no hay mucho más que campos salvajes y granjas sueltas hasta las montañas.
—¿A qué edad entraste en la Academia? —le preguntó Miren cuando reiniciaron la marcha.
—Poco antes de cumplir ocho años. Ya llevo seis allí. Es durísimo, ¿eh? Jornadas de estudio sin descanso, práctica de hechizos, elaboración de pociones y extractos, historia de Luxos…
—No te quejes tanto. ¡En el fondo te encanta! —dijo Finn, que iba al frente de la comitiva.
—Tú calla, soldado, ya te llamaré cuando requiera tus servicios.
Rieron. Miren vio cómo Finn golpeaba una rama baja con la espada envainada. Carraspeó.
—Hay algo que llevo preguntándome desde que emprendimos el viaje… —reconoció—. ¿Cómo llegó una espada como esa a tu familia, Finn?
Finn había mencionado una vez, una noche de hoguera, que su espada era una valiosa reliquia familiar y que por eso debía cuidarla, afilarla y limpiarla cada noche.