7. El arduo camino #5
Finn sintió una mezcla de alivio y frustración.
Miren estaba a su lado con las palmas de las manos aún temblorosas, no sabía si por la tensión vivida o por el cansancio de invocar su magia.
La joven se peinó con los dedos la melena pelirroja alborotada y se puso la capa.
Finn frunció el ceño, envainó la espada y dio tres zancadas hacia la anciana que había acusado a Miren injustamente.
—¿Es que nadie piensa disculparse?
Los presentes, incluida la anciana, lo miraron boquiabiertos, como si hablara en otra lengua.
—Finn, no importa, vámonos… —murmuró Miren.
Se quedó pasmado. La gente los escrutó con recelo una última vez antes volver a sus quehaceres. Arión fue corriendo hasta ellos.
—Puede. Alguien. Explicarme. Qué. Diablos. Ha. Pasado. —les preguntó en voz baja y gesticulando—. ¡Ni dos minutos puedo dejaros solos sin que os metáis en líos!
Finn se sintió tentado de matar a su amigo, pero Miren soltó una carcajada.
De repente.
Era una mezcla de llanto y risa, seguramente consecuencia de la tensión, pero aun así Finn se alegró. Era la primera vez que la oían reír.
—Luego te lo contamos todo, Arión —le dijo Miren con una tímida sonrisa—. Ahora será mejor que nos vayamos…
La académica se aclaró la garganta. Miren interrumpió la frase al instante e irguió la espalda, seria.
—Estoy de acuerdo con la joven —convino la académica.
Su voz era templada—. Gracias a la Archivista no ha pasado nada que debamos lamentar, pero temo por vuestra seguridad.
Los caminos no son seguros. Ningún rincón del Reino lo es ahora mismo.
El pueblo está aterrorizado y no hay nada más peligroso que una turba…
, en especial cuando la domina el miedo.
Finn escuchó con atención a la mujer, intentando averiguar si había algún mensaje oculto en sus palabras.
Arión le agradeció los ingredientes que le había proporcionado en la tienda del templo y Miren también le dirigió una tímida reverencia antes de irse.
Finn ni siquiera se había percatado de lo mucho que había avanzado la tarde.
Cuando habían llegado aún hacía calor, pero ahora el sol apenas era visible y se había levantado en los alrededores una ligera niebla.
Pronto anochecería. Se pusieron las capuchas y tomaron una senda que se alejaba de la Carretera de Bronce en dirección a un manantial.
Finn se dio cuenta de que Miren parecía más apagada con cada paso que daban.
¿Sería el cansancio o algo más? Después de todo, habían estado cerca de que las cosas se torcieran de verdad.
Finn se dijo a sí mismo que, de no haber sido por el hechizo de la académica, quizá no habrían descubierto a tiempo a los ladrones.
¡Incluso los podrían haber apresado a ellos!
Y aunque se habían librado de todo, Finn no se sentía victorioso.
Todos habían culpado a Miren, incluso sin pruebas.
Les había bastado con que fuera bruja. La culpa le había dejado un regusto amargo en el paladar.
Culpa porque, por un momento, él también había dudado de la inocencia de Miren; se había dejado llevar por las acusaciones, por la presión de grupo, por los ojos inyectados de odio.
La gente culpaba a las brujas de lo malo que le pasaba mientras ellas pagaban también las consecuencias de todas sus desgracias.
No sabía cómo desataría ese nudo de emociones, pero Finn las dejó madurar en su interior.
Sintió que eso era algo a lo que nunca se había enfrentado, una parte de la realidad de Luxos que había ignorado siempre.
Separados como vivían de las brujas, de sus tradiciones y experiencias, nunca había presenciado nada igual, tantos prejuicios, tanta ignorancia.
—Finn, ¿me estás oyendo?
Parpadeó.
—Perdona, ¿qué decías, Arión?
—Pues que habéis estado espléndidos, Miren y tú.
¡He alucinado cuando la chica esa ha empuñado las dagas y se ha abalanzado sobre ti!
Casi me da un patatús. ¡Y luego el muro de fuego verde!
Guau. Ha sido espectacular. —Emitió una tosecita—.
Por cierto, Miren, si tuvieras que situar ese conjuro en una escala de intensidad del cero al diez, ¿qué nota le da… ?
—¡Arión! —lo riñó Finn riendo.
—Perdóóón. Ya sabéis que no puedo evitarlo. «Estudio, memoria, archivo». Registrar todas las manifestaciones de magia elemental que vea es parte de mi cometido. La maestra Zaferina no me perdonaría desaprovechar una oportunidad científica como esta. Sobra decir que mi interés es meramente…
—¡Académico, por supuesto! —se adelantó Miren, también con una sonrisa.
El grupo dejó la senda que llevaba al manantial poco antes de que los últimos rayos rozaran los árboles. Envueltos en la niebla, siguieron varias horas más rumbo noreste. Luego buscarían dónde levantar el campamento y Miren convocaría de nuevo a las hiedras mágicas.
Mientras Arión seguía elogiando la potencia mágica de Miren y las maniobras de combate de Finn, este recordó las palabras de su madre después de que oraran juntos en el templo de Argéntea y antes de que el heraldo cantara en la escalinata del Bastión Corona.
Parecía que hacía meses de aquello, cuando en realidad solo habían pasado dos días.
«La magia de las brujas solo trae desgracias», repitió la voz de su madre en su memoria.
¿Sería verdad?