7. El arduo camino #4
Estaba convencido de que la pareja de falsos fieles se había sentado en primera fila para estar cerca del ídolo, a la espera de la ocasión perfecta para hacerse con él.
Y esa oportunidad se la había dado (accidentalmente) Miren, con sus inoportunas llamas.
Eso no la hacía culpable. Finn no permitiría que se cometiera una injusticia.
No si podía impedirlo.
—Maldito mocoso, ¡yo te enseñaré!
Con una agilidad insospechada, la supuesta devota desenvainó un par de dagas y se lanzó sobre Finn.
Al ver el acero cortando el aire, la muchedumbre enloqueció.
Finn no se esperaba el ataque, pero elevó la espada a tiempo de bloquear el primer golpe.
La mujer adelantó un pie y el arma libre por un costado y con el filo rozó su armadura a la altura de los riñones.
El supuesto ladrón aprovechó la ocasión para intentar escapar.
—¡No lo dejéis huir! —exclamó Finn. No podía perseguirlo sin darle la espalda a su compañera, que estaba decidida a dejarle algún corte de recuerdo.
Por suerte, Miren también lo vio y se interpuso en su camino. La bruja aprovechó que la muchedumbre se disgregaba para levantar ambas manos al cielo y dejar escapar un chillido. Un muro de fuego verde dibujó un círculo que envolvió a Finn, a los sospechosos y a ella misma.
El semblante del hombre, de pronto atrapado entre las llamas, era de puro terror.
Finn contempló asombrado el poderoso círculo de fuego, con Miren al frente, orgullosa y, esta vez, sin un ápice de miedo en su cuerpo.
La gente echó a correr, temerosa de que la magia de la bruja se propagara.
Finn sabía muy poco de la magia elemental, pero empezaba a conocer a la joven bruja y en su gesto percibía confianza en sí misma.
Esta vez no sería como en el dormitorio de Arión.
Esta vez ella controlaba el conjuro y no al revés.
Un nuevo tajo devolvió a Finn a la batalla.
La ladrona volvió a saltar y a propinarle dos nuevas cuchilladas, pero él las detuvo girando la espada en el aire.
El acero restallaba contra el acero y lanzaba chispas.
Finn sentía la adrenalina corriendo por sus venas.
Aquello no era un entrenamiento, ya no estaba en el Fortín y, de recibir un corte, allí no había maestros ni médicos para atenderle rápidamente.
Era incluso probable que el filo de las dagas estuviera impregnado de veneno, por lo que no podía permitirse ni un error.
Debía concentrarse, ser astuto y no adelantarse a las frenéticas ofensivas de su atacante.
Tarde o temprano ella cometería algún error…
Y así fue: en una de sus acometidas tropezó y expuso su espalda. Finn se adelantó y le asestó un golpe con la empuñadura de la espada. La mujer aulló y, al caer al suelo, perdió ambas dagas.
—¡Suelta la estatuilla y apagaré las llamas! —le pidió en ese momento Miren al hombre, que con los brazos se protegía la cara del alcance del fuego.
—¡Maldita bruja!
Miren frunció el ceño. Con un movimiento de manos, desplazó el muro verde. Las flamas volaron altas y aterrizaron en la capa del hombre. Este gritó. En un primer momento, intentó extinguirlas con sus propias manos, pero luego se desabrochó la prenda del cuello y la dejó caer mientras se consumía.
Finn creyó ver, entre los harapos prendidos, un resplandor plateado.
—¡Todos quietos! ¡ES UNA ORDEN!
Los patrulleros los rodearon.
Finn palideció al reconocer las armaduras brillantes, las lanzas en ristre y los yelmos de lobo. ¿Dónde se había metido la Milicia cuando la habían necesitado?
Miren parpadeó, sorprendida, y fue como si, a su vez, el muro de fuego reaccionara y se hiciera pequeño. Pronto solo quedaron unas pocas ascuas encendidas y un círculo de ceniza en la tierra. En el centro, hecho un ovillo, estaba el supuesto ladrón.
A apenas unos metros, la estatuilla de la Archivista asomaba entre los restos de su capa carbonizada.
La académica se agachó para coger el ídolo. Tras ella iba Arión. La mujer limpió con la manga de su túnica algunos restos de hollín de la estatuilla y miró a los guardias con semblante sereno. Se inclinó hacia delante.
—Gracias por acudir a resolver el altercado, soldados. Alguien debe apresar a estos bandidos y encargarse de que sean juzgados como corresponde.
Finn dudó un momento. ¿A quién se refería la académica con lo de «bandidos»: a los que de verdad habían robado el ídolo o a Miren y a él?
La maga señaló a los ladrones con un elegante gesto e hizo una leve reverencia.
—De no haber sido por la valerosa actuación de estos muchachos, quién sabe qué habría sido del ídolo de la Archivista…
Los patrulleros relajaron la postura mientras se miraban entre ellos.
Había confusión en el ambiente. Los pocos curiosos que quedaban se preguntaban también si todo había sucedido tal y como contaba la académica.
Finn podía verlo en sus cejas levantadas y bocas abiertas, en sus hombros encogidos y murmullos indiscretos.
La palabra de la maga, aun así, era la palabra de la Diosa, y no convenía desdecirla a la ligera.
El capitán del escuadrón apoyó la lanza en el suelo e imitó la reverencia de la académica.
—Lamento que hayamos llegado tarde, pero celebro que el tesoro de la Diosa haya sido recuperado. ¿Estáis segura de que podemos irnos, académica? Dos de mis hombres escoltarán a los malhechores hasta los calabozos de Argéntea si así lo estimáis oportuno.
La académica esbozó una convincente sonrisa.
—Que así sea, soldado. Yo responderé por los muchachos.
Los patrulleros maniataron a los ladrones, que seguían postrados en el suelo, gruñendo y pataleando.
—¡Os las veréis con nosotros!
—¡Nuestros camaradas se vengarán!
Los soldados los subieron a un carro y dejaron la plaza para echarse al camino.
La polvareda que se había levantado tras las ruedas y los caballos se posó despacio.
Una extraña calma se apoderó del lugar, sobre todo después de los frenéticos minutos de pánico.
La multitud volvía a hablar en un tono normal, se dirigía a la posada, regresaba al templo o preparaba sus carruajes.
En cuestión de segundos fue como si nada hubiera pasado.