7. El arduo camino #3
—¡Claro que es injusto! —dijo Miren entre dientes.
La chica apartó la vista y le dirigió al altar una mirada penetrante, oscura. Finn se percató de que, desde la primera fila, la pareja de fieles los estaba mirando con recelo.
—No solo tenemos que vivir escondidos —siguió susurrando Miren—, sino que se nos culpa de las desgracias que ocurren en Luxos, ¡cuando yo también lo he perdido todo!
Finn se dio cuenta tarde de lo que iba a pasar. Las chispas verdes giraron de nuevo alrededor de los dedos de Miren, pero en esta ocasión no pudo retenerlas bajo la capa. Las llamas saltaron y fueron a parar a los cojines, a una pila de volúmenes y a un banco de madera en una capilla.
Los fieles comenzaron a gritar, pidiendo agua y auxilio, a la vez que se alejaban corriendo del templo.
Solo Finn, Miren y otro hombre se quedaron a combatir las llamas con mantas recias sacadas de un rincón.
Para cuando llegaron los cubos de agua del pozo, apenas quedaban rescoldos encendidos.
La alarma había sido mucho mayor que el desastre: tan solo el banco había quedado con marcas ennegrecidas y un cojín se había desplumado.
Finn dejó cerca las mantas solo por precaución, pues lo peor había pasado.
Lo peor para el templo, claro, porque temía que otro tipo de problemas fueran a comenzar.
—¿Qué es lo que ha pasado? —preguntó el hombre que había colaborado en la extinción.
—¡Yo lo vi! —dijo una fiel vestida de negro—. Fue ella —dijo señalando a Miren—. ¡Ella invocó las llamas verdes! ¡Es una bruja!
Las acusaciones no se hicieron esperar. Media docena de fieles rodearon a Miren, que tenía las manos escondidas bajo la capa.
—¡No! —dijo—. Yo no…
—¡AAAHHH! —vociferó de pronto otra voz al fondo de la nave.
Todos los presentes se giraron, alertados. Una joven señalaba con espanto el centro del altar rodeado de velas y ofrendas.
Finn sintió un escalofrío.
—¡ALGUIEN HA ROBADO EL ÍDOLO DE LA ARCHIVISTA!
Si la situación hasta ese momento había sido delicada, a partir de entonces empezaba a ser crítica.
Miren buscó a Finn con la mirada. La bruja tenía el rostro descompuesto, temblaba de arriba abajo, era incapaz de articular una sola palabra.
Culpas, lloros, gritos y quejas llovían a su alrededor.
Finn sabía que, si no actuaba rápido, la cosa iba a ponerse fea.
¿Dónde se habían metido Arión y el académico encargado del templo?
—Dejadla —dijo Finn intentando alzar la voz—. Ella no ha hecho nada. ¿Para qué iba a robar un ídolo de la Diosa?
—¡Está claro que odia a la Archivista, es una bruja! —escupió una anciana con los ojos desorbitados de enfado mientras la apuntaba con un dedo larguísimo y arrugado.
—He estado a su lado todo el tiempo y es imposible que…
—¡Eso es! —gritó el hombre—. Por eso invocó las llamas. ¡Solo eran una distracción!
—¡Llamad a la Milicia! —aulló la joven que había denunciado la desaparición de la estatuilla—. Hay patrulleros en la posada. ¡Que alguien los llame!
—¡Y que la juzguen por bruja y por ladrona! —chilló la anciana.
Finn no podía creerlo. No había pruebas. No había nada. Se llevó una mano a la empuñadura de la espada, pero se pensó muy bien el desenvainarla allí. ¿Qué iba a hacer? ¿Atacar a aquella gente? No eran monstruos ni bandidos, solo personas equivocadas…
Maldijo entre dientes y pensó, tanto que sintió que la cabeza le echaba humo.
Buscó los ojos bicolor de Miren, que eran la viva imagen del terror.
¿Y si tenían razón? ¿Y si había aprovechado un despiste suyo, mientras buscaba las mantas con las que apagar el fuego, para vengarse del desprecio de Luxos?
¿Hallaría la estatuilla si le pedía que vaciara su zurrón?
Fue entonces cuando, al otro lado del templo, bajo el arco de la entrada, Finn vio algo.
A la pareja de fieles que había orado en primera fila y que los había mirado atentamente mientras Miren y él hablaban.
En lugar de quedarse con el resto y acusarlos, se estaban escaqueando.
«¿Y si…?».
—¡Alto! —gritó Finn desenvainando la espada y corriendo hacia ellos.
La multitud chilló horrorizada al ver el arma y se hizo a un lado.
Finn adelantó a la pareja de campesinos corriendo por el lateral.
Se interpuso en su camino justo a la salida del templo.
Una pequeña nube de tierra se formó a sus pies al derrapar.
El resto de la villa se estaba acercando al templo para averiguar a qué venía tanto grito.
—¿Te has vuelto loco, muchacho? —dijo el hombre, señalando la imponente espada que Finn sujetaba en ristre, bien alto—. ¡Aparta eso antes de que hagas daño a alguien!
—¡Quiere matarnos! —vociferó la mujer.
Miren y los fieles que la habían estado acusando asomaron en ese momento por el umbral.
—Finn, ¿qué es lo que…?
—Ellos estaban en primera fila cuando se te escaparon las llamas —dijo él, señalándolos con la reluciente punta de la espada.
—¡Así que… es cierto! —aulló la anciana, que jadeaba por el esfuerzo de haber corrido hasta allí—. Es como yo… he dicho… ¡Ella incendió el templo!
—Sí, ¡pero fue sin querer! —insistió Finn—. Miren no es una ladrona. Pero ¿por qué unos devotos que se sientan en primera fila saldrían pitando como cobardes después de desaparecer el ídolo de la Diosa? ¿No deberían estar consternados como los demás?
Hubo un instante de desconcierto. La muchedumbre se miraba entre sí y cuchicheaba.
La pareja acusada rio con nerviosismo.
—¡Eso es absurdo!
—¿Quién va a creer al amigo de la bruja?
—¡Deben de estar compinchados!
—Nosotros, fieles devotos —dijo el hombre—, ¿robar la sagrada figura de la Archivista? ¡No me hagas reír!
Finn aguantó el tipo. No cedería un milímetro hasta que se supiera la verdad.
—Déjalo, Finn, quizá aún podamos escapar… —murmuró Miren a su lado.
—¡Eso ni lo sueñes, jovencita! —chilló la anciana, que parecía tener tan bien el oído como las articulaciones de las piernas.
—Enseñaré mi zurrón, ¿de acuerdo? —claudicó Miren, que aún miraba a Finn—. Baja la espada, Finn, por favor. Si vienen los guardias…
Pero él no se movió. No sabía cómo iban a salir de aquel lío, pero sí que ella no había robado nada y que era injusto que la acusaran por el simple hecho de ser una bruja.
Al menos el semblante de Miren había recuperado algo de color, quizá por el sofoco de la carrera.
La ausencia del ídolo entre sus pertenencias no la eximiría de culpa.
Aquellos fanáticos dirían que había hecho desaparecer la estatuilla con su magia elemental para juzgarla igualmente.
Era tan poco lo que sabían de la magia de las brujas que podían inventarse lo que fuera con tal de culparlas a ellas de todo, desde un robo hasta la propia maldición.
Finn frunció el ceño y blandió con aún más ahínco su espada.
Puede que no se fiara aún del todo de Miren, pero después de perder a su familia la chica estaba arriesgando su vida para ir a la Cordillera de las Bestias en busca de una solución a la gran enredadera.
Se merecía, como mínimo, el beneficio de la duda.
—¡Por la Archivista! ¿Qué ha pasado aquí?
Alguien se abrió paso entre la gente. Era una mujer de mediana edad, de escasa estatura y melena rubia lisa hasta los hombros; llevaba binóculos apoyados en la nariz y portaba una túnica celeste. Finn respiró aliviado al ver a Arión tras ella. ¡Debía de ser la encargada del templo!
—Académica, menos mal que ha llegado —dijo, bajando la espada—. Esta pareja es sospechosa de haber robado la estatuilla del altar.
—¡Eso es mentira!
—¿Cómo te atreves?
—Mi amiga tan solo es culpable de ser una bruja —siguió él, ignorando sus voces—, pero eso aún no es delito en Luxos, si no me equivoco.
Tragó saliva y aguantó la mirada desafiante de la académica, que transmitía carácter.
—No, no lo es —admitió la mujer.
Por fin, algo de sensatez.
Pensó rápido. Estaba convencido de que la pareja tenía algo que ver con el robo, pero para demostrarlo debía desenmascararlos. ¿Cómo?
—¿No hay…? —empezó a decir, improvisando en voz alta—. ¡Arión! —lo llamó. Su amigo dio un respingo y salió a primera fila—. ¿No hay algún hechizo de magia ancestral que reaccione con la plata?
Los cuchicheos aumentaron. La pareja acusada parecía inquieta.
Arión se rascó la nuca.
—Esto… Un hechizo para la plata… ¿Te refieres a…? Déjame pensar…
—Sí que lo hay —dijo la académica con serenidad.
Finn la miró. La mujer observaba la escena como si el robo no fuera con ella ni confiara en unos u otros.
Sin embargo, fue como si algo en los ojos de Finn surtiera efecto en ella, porque acto seguido movió los brazos con soltura en el aire, dibujó una runa de trazo exquisito y exclamó—: ¡Leukos árgiros!
Hubo una explosión de luz.
Un destello fulgurante inundó los alrededores y les obligó a todos a cerrar los ojos o a taparse la cara con las manos.
Luego el brillo amainó y se concentró en varios puntos de los alrededores: en los botones de la túnica de un hombre de porte elegante, en el colgante de una comerciante de pieles, en el broche que una hermosa joven usaba para recoger su melena rizada, en las monedas de algunos bolsillos…
y, sobre todo, bajo la capa del hombre al que Finn había acusado.
—¡No es posible! —reconoció con sorpresa alguien entre la multitud.
—¡Ha sido él! —lo siguió otra voz.
—¡Yo también lo he visto! —continuó una tercera.
—¿Dónde están los guardias? —sentenció la última.
Luego fue imposible diferenciar entre comentarios, quejas, insultos y voces.
—¡Eso no prueba nada!
—¡El hombre puede guardar algo de plata de su propiedad…!
—¡Lo que sí ha quedado demostrado es que la bruja ha incendiado el templo!
—¿Qué más necesitamos para apresarla?
Finn estaba furioso. ¿Es que nadie iba a hacer nada? Levantó la espada y amenazó a los ladrones cuando el hechizo se apagó.
—Enseñad ahora mismo lo que escondéis —les ordenó.