El aprendiz de Argéntea (Acero y magia 1) 7. El arduo camino #2
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7. El arduo camino #2

—¿Desde cuándo un gobernante se esconde en su palacio para hacer frente a una crisis?

¿Garantizar la seguridad de sus ciudadanos?

¿No querrá decir «proteger a los suyos sin importarle qué nos pase a los demás»?

Yo me pregunto: ¿acaso no somos los que vivimos fuera de las murallas de la capital también ciudadanos del Reino?

A cada nueva pregunta lanzada al aire, se oían más y más abucheos.

—No obstante, se dice que el Archimago Lidéndil ha convencido al Príncipe regente para darles algo de tiempo a los habitantes de las villas que rodean Argéntea y el valle del Galerna para ponerse a buen recaudo en la ciudad.

¡Qué haríamos nosotros sin los magos! Alabada sea la Archivista por ponerlos en nuestro camino…

Finn arrugó la nariz. Algo le olía a chamusquina.

De hecho, detectó algún gesto de incredulidad en los hombres y mujeres que había a su lado.

¡Qué sospechoso que el predicador echara pestes de Roland pero elogiara tanto al Archimago…

! ¿Le habría pagado el propio Lidéndil para dejar a los magos en buen lugar?

—Por no hablar de esa amenaza desconocida…

—prosiguió el hombre con retintín—. ¿Amenaza desconocida?

—Alzó un brazo para señalar al gentío—. ¿Cuántos de vosotros habéis presenciado ya los estragos de la maldición con vuestros propios ojos?

¿Quiénes han visto esa monstruosa enredadera y han vivido para contarlo?

Varias personas alzaron la voz y las manos para relatar con horror las historias que contaban viajeros y grajos.

Arión estaba en lo cierto respecto a lo que había dicho en su dormitorio: de nada le serviría al Príncipe Roland ignorar la realidad o al Archimago Lidéndil esconder en su despacho un fajo de cartas.

Si la gran enredadera estaba infectando Luxos por los cuatro puntos cardinales, pronto no quedaría una sola alma en todo el Reino que no supiera la verdad.

Solo retrasaban lo inevitable.

Finn observó disgustado a la multitud. Le apenaba pensar que culpaban a Roland de lo que estaba pasando, pues él sabía que, pese a todo, era un buen chico, un buen príncipe… No obstante, tenía que reconocer que, como regente, era su responsabilidad velar por su pueblo.

Por todo el pueblo.

Y no parecía estar haciéndolo.

—¡El Consejero de la Moneda ha subido los impuestos para poder pagar las horas extra de la Milicia! —denunció el hombre con una extraña sonrisa en la cara—. ¿No debería salir ese dinero de las arcas del propio regente?

—¡Cada vez hay menos patrulleros en las carreteras y más bandidos y saqueos! —dijo una voz del público.

—¡La Princesa Selina y el Príncipe Jarrin han sido vistos ayudando en la capital mientras el Príncipe regente se esconde en el Bastión Corona!

—¿Qué será de nosotros si nos alcanza la maldición?

—¡La gran enredadera acabó con toda mi familia!

Finn se percató de cómo Miren se encogía a su lado al escuchar ese último grito.

—¡Calma, amigos y amigas! Debéis ser fuertes y permanecer unidos.

Según ha dicho el heraldo esta mañana, el Consejo aún no sabe con exactitud cuál es el origen de la plaga, pero mis fuentes en la corte me han asegurado que la principal hipótesis apunta a la oscura magia elemental, ¡y a las brujas! , como causa del desastre.

—¡Han sido las brujas! —aulló una mujer—. ¡Ellas invocaron a ese monstruo para vengarse de la Corona! ¡Que la Archivista nos proteja!

Miren agachó la vista. Los ojos le brillaban, llenos de lágrimas o de ira contenida.

La chica cerró los puños con fuerza y saltó una chispa verde.

Intentaba contenerse, pero Finn se dio cuenta de cómo perdía el control y se encendía un abanico de diminutas lenguas de fuego entre sus dedos.

Asustada, la bruja escondió las manos bajo la capa.

Arión, que también lo había visto, dejó caer a sus pies un frasco que, al hacerse añicos contra el suelo, generó una polvareda amarilla.

—¡Perdón, perdón! —gritó Arión, haciendo aspavientos—. ¡Se me ha caído un frasco con polvo de hadas! Ay, ¡cómo lo siento!

—¡Lleva más cuidado, chico! —le riñó la mujer.

Enterado de lo que había pasado, el predicador recuperó la atención:

—¡Que nadie se asuste! Parece que ha sido un accidente con polvo de hadas… ¡Pero lo que estaba diciendo es importante, pueblo de Luxos! ¡Id y corred la voz: el Príncipe Roland pretende cerrar Argéntea y dejar a todo aquel que no esté entre sus murallas a su suerte!

Finn, Miren y Arión retrocedieron a la vez que la reunión se disolvía. La mayor parte de la gente entraba en la posada o tomaba sus caballos para partir. El murmullo fue deshaciéndose, a la vez que la tierra levantada por las pisadas, las ruedas de los carros y las zancadas de los animales.

Miren miraba en todas direcciones con nerviosismo.

—Nosotros también deberíamos irnos —susurró—. No ha sido buena idea venir aquí.

—Quizá tengas razón —reconoció Finn, y luego le dio un codazo a Arión—. Ahí has estado rápido. Bien hecho. Nos ha ido por un pelo.

—Un mago tiene sus recursos. Pero ahora tengo que reponer el frasco de polvo de hadas…

¿Vamos un momento al templo? Tiene que haber un académico encargado y, de paso, me gustaría comprarle algunos ingredientes.

Si vamos a toparnos con tritones de dos lenguas, necesitaré algo más que polvo de hadas para seguir de una pieza.

—Está bien, pero que sea rápido —accedió Miren, inquieta.

Por dentro, el templo también era similar al que Finn conocía: estanterías altísimas con libros y pergaminos, cojines y alfombras en el suelo donde sentarse a meditar, y un altar al fondo con flores, alimentos, velas y todo tipo de ofrendas.

En el centro había un pequeño ídolo de plata: una estatuilla con forma de anciana de cabellos largos, sonrisa enigmática y ojos cerrados.

Era la viva imagen del sosiego, de la sabiduría.

Aunque no fuera devoto de la Diosa, Finn tenía que reconocer que el ídolo era una maravilla y que su semblante transmitía mucha paz.

Entendía a quienes, como su madre, acudían al templo en busca de calma, esperanza o respuestas.

Arión desapareció en busca del académico encargado.

Mientras tanto, Miren y Finn se quedaron cerca del altar.

Las velas dibujaban un halo titilante alrededor de la estatuilla y también a su espalda, donde una elaborada vidriera de colores trepaba hasta la bóveda.

El mosaico dibujaba una elegante balanza de plata rodeada de libros abiertos y raíces entrecruzadas.

La luz de la tarde atravesaba los miles de cristales y teñía la nave con un fulgurante arcoíris.

—Así que esta es la famosa Archivista —susurró la joven observando la estatuilla.

—En Argéntea su culto es muy popular. Bueno, en todo el Reino, creo —dijo él, aunque al instante se sintió tonto, como si hubiera dicho una obviedad. Carraspeó—. Aunque antes también se adoraba a vuestro Dios en la ciudad, ¿no?

—Antes —repitió Miren con la mirada perdida. Parecía más incómoda incluso que fuera del templo—. ¿Te refieres a cuando a las brujas se nos permitía vivir en las ciudades?

Finn se sintió algo avergonzado.

—Mi madre siempre me ha dicho que me aleje de la magia elemental —dijo sin mirarla—. Que es peligrosa, salvaje, como el Dios de la Naturaleza.

—Estaría de acuerdo con ese cantamañanas, entonces. ¿Tú también crees que las brujas estamos detrás de la maldición? ¿O que nuestra magia es monstruosa? —preguntó Miren con tono de reproche—. Porque te aseguro que no es cierto.

—Yo no he dicho que piense lo mismo —se justificó Finn, titubeante—. Pero desde niño he oído historias espantosas de tempestades y desastres naturales enviados por vuestro Dios.

Miren negó en silencio antes de hablar.

—El Creador es indomable, como lo son las tormentas o los tornados, pero también hermoso como una flor abriendo sus pétalos o un amanecer.

Finn no supo qué contestar.

—Visto así…

Enmudecieron. Finn todavía no se acostumbraba a la presencia de la bruja.

Miren los había puesto en alerta sobre la amenaza, pero no les había contado mucho más.

¿Cómo apareció en su aldea la enredadera, en qué punto del Bosque Calmo estaba exactamente, desde cuándo vivía su familia allí?

A Finn no le avergonzaba reconocer que no sabía demasiado de las brujas, sus costumbres, sus tradiciones…

Y por más vueltas que le daba, no entendía cómo podrían una bruja tan joven y un mago como Arión (no solo aún estudiante de la Academia, sino también uno bastante torpe) hallar la forma de detener una maldición que los académicos de otras ciudades no podían vencer.

Finn frunció el ceño y observó detenidamente a Miren, que, a su lado, miraba agitada de un lado a otro. ¿Qué buscaba? ¿Qué escondía?

—¿Dónde se habrá metido Arión? —musitó la bruja—. Lo he perdido de vista.

No dejaban de llegar fieles al templo. Una pareja de campesinos se acercó al altar y dejó a los pies del ídolo una figura de madera tallada y varias monedas de cobre. Luego se sentaron en la primera fila con los ojos cerrados, imitando el gesto de la Diosa.

Miren se giró hacia Finn y se dio cuenta de que este la estaba mirando. Y de cómo lo hacía.

—¿Qué pasa?

—¿Seguro que has sido del todo sincera con nosotros?

—¿En serio estás con eso otra vez? Mira, piensa lo que quieras.

Quizá lo mejor sea que os espere fuera de este sitio —dijo con asco.

Luego sus ojos encendidos volvieron a él—.

Además, puede que tu madre tenga razón. Nosotras no somos como los magos, no nos vendemos al primero que pasa.

—A Finn la sorprendió su voz pesada, pastosa—.

Nuestra magia sería incomprendida en las ciudades.

Nuestro vínculo con la tierra es demasiado fuerte.

Tardamos años en controlarlo. Quizá fue una suerte que el rey Fenrick II obligara a mis antepasados a exiliarse.

A Finn aquello lo sorprendió.

—No lo dices en serio. ¿No te parece injusto que os expulsara? Porque a mí sí. Vosotros también sois súbditos de la Corona. La Reina Dybala debería…