7. El arduo camino
EL ARDUO CAMINO
Carretera de Bronce
C aminaron durante la noche para alejarse todo lo posible.
No querían estar cerca de Argéntea cuando la familia Connell descubriera que Finn había desaparecido, por si pedían ayuda a la Milicia y mandaban patrulleros en su busca.
Alrededor de la ciudad se desparramaban kilómetros de sendas, huertos, prados y colinas en lo que parecía más bien un laberinto.
Por suerte, Finn conocía el valle como la palma de su mano.
Graneros, silos, acequias, establos, cultivos y frutales fueron quedando atrás junto con el perfil cada vez más borroso de la capital.
Estaban nerviosos, tensos y cansados después de tantas emociones y tantos descubrimientos, por lo que hablaban poco y andaban deprisa.
En un cruce toparon con una cuadrilla de soldados, pero nadie les preguntó adónde iban tres jóvenes en mitad de la noche ni por qué.
Faltaban pocas horas para el amanecer cuando alcanzaron la Carretera de Bronce, que acababa en Aestia, pero ellos no llegarían tan lejos.
Cuando el firmamento empezó a clarear, se introdujeron entre los árboles.
El Bosque Perenne se extendía de forma irregular por el centro de Luxos.
Aunque se lo conocía por ese nombre gracias a los pinos y encinas que le daban un aspecto sano y verde en cualquier estación, era rico también en olmos, robles y hayas.
Al este, el Río Galerna impregnaba el ambiente de humedad, pero al norte y al oeste el bosque era más seco, más frío, más siniestro.
El traqueteo de los carros y las pisadas sobre la gravilla quedaron atrás, junto al camino.
Según amanecía, un nuevo silencio los envolvió.
Finn había recorrido aquellas lomas muchas veces, tanto de niño como durante jornadas de entrenamiento, y pronto halló lo que buscaba: una hondonada de difícil acceso llena de rocas.
Sabía la forma de colarse en un recodo seco y a salvo de lobos y bandidos.
Allí podrían dormir unas horas antes de continuar.
—Un momento —dijo Miren cuando estaban sacando las mantas.
La joven se acercó a la pared de roca y posó ambas manos en ella.
Fue como un latido. Finn lo sintió y, por la cara que puso, también Arión.
En casa, las pocas veces que Finn se había atrevido a preguntar de pequeño sobre las brujas o el Dios de la Naturaleza, su madre siempre había reaccionado igual: advirtiéndole de los peligros que entrañaban, hablándole de su poder salvaje, diciéndole que no eran de fiar.
Según le habían contado, el exilio de las brujas había ocurrido en la primera etapa del reinado de Fenrick II, poco después de la Era Oscura, antes incluso de que los padres de Finn hubieran nacido.
Él había visto parte de esa magia en el dormitorio de Arión, cuando ni siquiera la bruja que las había convocado podía detener aquellas voraces llamas verdes.
Pero lo que sintió en ese momento fue distinto.
Miren cerró los ojos y le susurró unas palabras a la piedra.
De pronto, los árboles sobre la sima empezaron a temblar, las hojas cayeron y una hiedra tierna tejió una cortina en el hueco por el que habían entrado a la guarida.
Protegiéndolos. Arión emitió un sonoro «¡Guau!
». Finn mantuvo las distancias. Al abrir los ojos, cada uno de un color, Miren tenía la melena pelirroja llena de las hojas que habían ido cayendo.
Aquello, supuso Finn, también era magia elemental.
—Por el bosque iremos más lento, pero también es más seguro —dijo Miren.
Después de dormir hasta el mediodía y reponer fuerzas con un mendrugo de pan, queso de cabra y unos cuantos higos maduros, habían continuado. Sabían que la carretera estaba cerca y que tomarla les ahorraría rodear matorrales y salvar los desniveles del terreno.
Pero volver al camino entrañaba otros riesgos.
—¿El bosque, más seguro? ¿Y qué pasa con los lobos, los bandidos, los duendes o los fuegos fatuos? —señaló Arión por lo bajo—. A mí este silencio me da mala espina.
—A mí me preocupan más las patrullas —dijo Finn señalando su armadura—. Quizá no ha sido buena idea traer el uniforme. Si me ven sin yelmo y me preguntan qué hago sin él y por qué no estoy en el Fortín, me meteré en problemas.
Se habían detenido en un pequeño claro. Arión había sacado un mapa enorme de Luxos, lo había desplegado en el suelo, sobre la hierba, y señalaba con una ramita el itinerario.
Finn había dejado la espada y el zurrón apoyados en una piedra y se había sentado en ella.
Era la tercera vez en una hora que tenían esa conversación. Miren se mordió el labio.
—En algo sí te doy la razón —le dijo la bruja a Arión—: fuera del camino también es más probable que nos crucemos con bandidos.
Arión asintió exageradamente.
—Y no os olvidéis de los fuegos fatuos y los duendes…
Finn entornó los ojos.
—En el Bosque Perenne no hay fuegos fatuos, Arión.
—¿Cómo lo sabes? Que nunca hayas visto uno no quiere decir nada.
Son peligrosos. ¡Más de lo que te puedas imaginar!
Según la maestra Zaferina —añadió, levantando un dedo hacia el cielo y poniendo voz de académico—: «los fuegos fatuos se aparecen a viajeros perdidos en los bosques y los guían hasta lo más profundo, de donde nunca consiguen escapar… ».
—Te aseguro que este bosque no es tan interesante —replicó su amigo.
Miren se aclaró la garganta.
—¿Y has dicho duendes ? ¿Qué problema habría con cruzarnos con alguno? Quiero decir, son de lo más inofensivos… ¿Te… te dan miedo?
Hubo un momento de silencio.
Finn se aguantó la risa y miró para otro lado.
—Esto… Bueno, ¿miedo? —balbuceó Arión—. ¡Claro que no! Pero son seres maliciosos, uno nunca sabe qué clase de artimaña pueden estar tramando. ¡Mejor prevenir que curar! ¿No?
Miren se encogió de hombros e intercambió una mirada cómplice con Finn. Aunque hasta hacía pocas horas el ambiente del grupo había sido tenso y distante, tras las horas de sueño y el tentempié los tres se sentían un poco mejor. La luz del día ayudaba a calmar los ánimos.
Finn dio una palmada y se levantó de un salto.
—Si nuestro experto en magia ancestral dice que en el Bosque Perenne corremos peligro, lo mejor será volver a la carretera.
—Me parece bien —suspiró Miren cargándose el zurrón al hombro.
El rostro de Arión se iluminó, radiante de contento.
—Veréis como me lo acabáis agradeciendo. Está todo en los libros, de verdad. No es por presumir, pero yo he estudiado muchísimo y…
—Lo que me pregunto yo es… —lo interrumpió Miren echando a andar la primera y guiñándole un ojo a Finn—: ¿qué haremos cuando lleguemos al Páramo Fungoso y nos crucemos con un tritón de dos lenguas?
Me han dicho que alcanzan los tres metros de largo y que su saliva es tan venenosa que con solo salpicarte te puede paralizar…
Finn le siguió el juego.
—Esperemos que los conocimientos de nuestro estudioso mago nos salven. De lo contrario, que la Archivista nos pille confesados.
Arión se quedó el último. Finn vio de reojo cómo su amigo se estremecía.
—¿Habéis dicho el Páramo Fungoso? No iremos a pasar por allí, ¿verdad? ¡¿Verdad?!
Entre risas abandonaron el claro rumbo a la carretera.
Habían imaginado que la vía que comunicaba Aestia con Argéntea estaría concurrida, pero no tanto.
Cuando se mezclaron con la caravana de viajeros, caballos, bueyes y carros, fueron conscientes de que nadie repararía en ellos.
Solo eran tres caminantes más, quizá jóvenes para ir solos, pero no tanto como para llamar la atención.
—Aun así, deberíamos tener una tapadera —había dicho Finn antes de abandonar del todo los árboles—. Por si las moscas.
—Es buena idea —convino Miren.
—Vosotros dos tenéis pecas en la cara y el cuello —aportó Arión señalándolos con un dedo. Miren y Finn se miraron—. Podríais pasar por hermanos que regresan a sus granjas. Y yo seré vuestro primo, que os acompaña para ayudar con la temporada de la vendimia.
—Y si alguien pregunta por mi uniforme —concluyó Finn—, diré que ya soy explorador, pero que estoy fuera de servicio y por eso viajo sin el yelmo de oso.
No era el mejor plan del mundo, pero les serviría para tener una coartada común, llegado el caso.
A media tarde, la Carretera de Bronce desembocó en una villa.
Media docena de casas de madera y con dos plantas se alzaban en círculo, robustas.
Una de ellas, de mayor tamaño y con una marquesina a la que estaban atados caballos y burros, era una posada.
De sus ventanas abiertas salían voces, risas y un intenso aroma a cerveza, vino y guiso de carne de caza.
A Finn le rugieron las tripas. Frente a la posada había un templo de la Diosa de la Memoria, más modesto que el de Argéntea pero también espectacular, con torres terminadas en afiladas puntas.
A su alrededor rondaban devotos y académicos.
En el centro de la explanada había un pozo, un cartel con anuncios y una tarima desde la que un hombre parecía estar diciendo algo.
Una pequeña multitud se había congregado cerca.
Con un gesto, Finn pidió a sus compañeros que se acercaran para escucharlo mejor.
—¡Como lo habéis oído, compañeros, el Príncipe regente nos ha abandonado!
—estaba gritando el hombre cuando se aproximaron—.
Esta misma mañana, el heraldo ha cantado desde la escalinata del Bastión Corona que el Reino se enfrenta a una amenaza desconocida y que, para garantizar la seguridad de sus ciudadanos, Argéntea cerrará sus puertas y vigilará sus murallas con la ayuda de la Guardia Real.
La muchedumbre murmuró escandalizada.
Finn miró de reojo a Arión y Miren, que, visiblemente incómoda, se puso la capucha sobre la melena pelirroja.
El hombre vestía ropas humildes, pero demasiado limpias para pertenecer a un trabajador del campo.